Columna de Ariel Dorfman: Ahora le toca a EEUU

Escritor chileno recuerda que así como operó la CIA para sabotear a la UP, ahora son los gringos los que sufren con la supuesta intervención interna de Rusia.

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A propósito de la supuesta intervención de Rusia en Estados Unidos para promover que Donald Trump ganara la presidencial (así pasó), el dramaturgo y escritor chileno, Ariel Dorfman, escribe una columna en The New York Times en donde hace la analogía de cuando lo propio aconteció en Chile durante el gobierno de Salvador Allende.

“Es tristemente familiar para mí la indignación y alarma que muchos estadounidenses sienten”, “he vivido antes esa misma indignación, esa misma alarma”, afirma el autor de “La muerte y la doncella”.

Dorfman rememora la mañana del 22 de octubre de 1970, “en lo que por entonces era mi casa en Santiago de Chile, escuché, junto a mi mujer Angélica, un flash extraordinario por la radio. Un comando de ultra-derecha había atentado contra el General René Schneider, jefe de las fuerzas armadas chilenas. No había esperanza de que sobreviviera a los tres balazos que había recibido”, en el ataque propiciado en la esquina en Américo Vespucio con Martín de Zamora.

“Angélica y yo tuvimos la misma reacción: es la CIA, exclamamos, casi al unísono”, rememora.

“No dudábamos de que se trataba de otro intento más de Estados Unidos de subvertir la voluntad del pueblo chileno”, agrega.

Dorfman contextualiza que sólo seis semanas antes del crimen de Schneider, Allende había ganado la presidencial en Chile.

“Washington había gastado millones de dólares en una campaña de guerra psicológica y desinformación tratando de prevenir aquella victoria. El gobierno de Richard Nixon no podía tolerar esa revolución sin violencia que proponía Allende, su programa de liberación nacional y de justicia social y económica”, escribe.

Hurga en la historia y trae al presente que por entonces “el país estaba plagado de rumores de un posible golpe de Estado. Ya había sucedido en Irán y Guatemala, en Indonesia y Brasil, donde mandatarios reacios a los intereses norteamericanos habían sido derrocados. Ahora le tocaba el turno a Chile. Y, debido a que el general Schneider se oponía tenazmente a esos planes, lo habían ultimado”.

“La muerte de Schneider no impidió que Allende asumiera el mando, pero la CIA, obedeciendo las órdenes de Henry Kissinger, prosiguió su asalto a nuestra soberanía durante los próximos tres años, con sabotajes a nuestra economía (“que grite de dolor”, según palabras textuales de Nixon), y también promoviendo bombazos y asonadas militares. Hasta que, finalmente, el 11 de septiembre de 1973, Allende fue depuesto, y murió en el Palacio de La Moneda. Fue el comienzo de una dictadura letal que duraría diecisiete años. Años de tortura y ejecuciones, largos años de desapariciones, persecución y exilio”.

A raíz de los dolorosos hechos que cita, Dorfman advierte que “se podría presumir que estaría justificado cierto regocijo de mi parte al ver a los estadounidenses agitados y furiosos ante el espectáculo de su propia democracia mancillada por una potencia extranjera, como fue mancillada la nuestra y la de tantas otras naciones por Estados Unidos. Y, en efecto, es irónico que la CIA, la misma agencia que para nada le importó la independencia de esas naciones, ahora se lamente de que sus tácticas hayan sido imitadas por un pujante rival internacional”.

“Puedo saborear la ironía, pero confieso que no siento regocijo alguno. No se trata tan solo de que, habiendo adquirido la nacionalidad estadounidense y habiendo votado en esta última elección, de nuevo sea víctima de este tipo de siniestra intromisión. Mi desaliento deriva de algo que va más allá de un sentido personal de vulnerabilidad. Estamos ante un desastre colectivo: quienes votan en Estados Unidos no deberían sufrir lo que nosotros, los que votamos en Chile, ya padecimos. Es intolerable que el destino de los ciudadanos, del país que fuere, sea manipulado por fuerzas foráneas”, sintetiza.

Columna original acá.

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