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No se trató de fallas técnicas ni problemas climáticos, fue la falta de combustible y exceso de peso lo que gatilló la caída del avión de aerolínea Lamia que transportaba al equipo brasilero de Chapecoense el 29 de noviembre.

Según un informe preliminar y oficial realizado por la Aeronáutica Civil de Colombia, el avión salió de Santa Cruz, Bolivia, con el tanque de gasolina lleno pero sin las reservas que establece la regla internacional. Además, en el trayecto debían parar en dos aeropuertos para abastecerse otra vez, pero los aterrizajes no se realizaron. “En este momento al parecer sospechamos de una fuga de combustible en uno de los tanques”, dijo uno de los tripulantes cuando ya estaban cerca de Bogotá.

Ya estando en el área de Medellín, la tripulación informó que había solucionado la falla mencionada. “Igual ya no requiere servicio en tierra, ¿correcto?”, preguntó una operadora, a lo que desde el vuelo de Lamia le respondieron: “No, muchas gracias”.

En una rueda de prensa, el coronel Fredy Bonilla explicó que la nave voló a 30.000 pies, cuando la norma es de 29.000 de altura; cargaban 500 kilogramos de más. “Hemos calculado que la máxima carga era de 41.800 kilos y despegó con 42.148, aunque este hallazgo no es prioritario para el accidente”, indicó.

Finalmente, cuando solo faltaban tres minutos para el trágico accidente, un miembro de la tripulación dijo: “Falla total, eléctrica total, sin combustible”, siendo que anteriormente habían informado que la falla se había solucionado. Segundos después de alertar el problema eléctrico, el sensor radar perdió el seguimiento del avión y la tripulación reitera que se ubiquen los vectores en la pista.

La operadora avisa que están a 8,2 millas de la pista. De forma entrecortada, se oye que alguien de la tripulación dice “Jesús”. Desde la base de operaciones preguntan a qué altura van, pero la conexión se pierde definitivamente.