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El 30 de diciembre de 1996 las risas y los murmullos se tomaron dos poblaciones emblemáticas de nuestro país. Ese día, Ricardo Palma, Pablo Muñoz, Mauricio Hernández y Patricio Ortiz, miembros del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, le dieron un duro golpe al sistema de las cárceles en Chile. Mientras en las noticias hablaban de un escape sólo posible en películas, los vecinos de La Victoria y La Pincoya no podían creer cómo “los chiquillos”, como ellos conocían a los frentistas, habían salido de la Cárcel de Alta Seguridad colgando de un canasto. Gloria Carrasco era una de esos tantos vecinos.

Son las dos de la tarde y las calles de La Victoria están desiertas. Los únicos que irrumpen con la soledad de los pasajes son los que, desafiando el calor, salen a comprar rápido la bebida, el jugo o la ensalada que les faltó. Gloria y Hernán, en cambio, están concentradísimos en la cocina de la parroquia Nuestro Señora de La Victoria, entre las calles Ramona Parra y Libertad.

La pequeña puerta de al lado está abierta de par en par. Adentro hay una sala, un comedor. Tres jóvenes haitianos conversan entusiasmados. Allí es cuando aparece Gloria. Les sirve comida con la ternura y amabilidad de una madre. Juan, su esposo camina apurado entre la cocina, la mesa y la calle. Llevan años haciendo esto y con el paso de las horas, por la mesa dispuesta en el centro de la sala, pasaron jóvenes, niños y abuelos, la mayoría sin hogar. Otros en cambio, han pasado su vida entera en esta población, así que Juan los va a buscar, les sirve comida y los va a dejar a sus casas. Ante los piropos sobre la buena mano de la cocinera y los cuidados de Juan, Gloria responde, “los ingredientes los pusimos nosotros, pero desde arriba nos proveen con lo más importante”.

Los inicios

En 1957 La Victoria se convirtió en la toma de terrenos más grande de Chile y Latinoamérica. En ese entonces, 1200 familias migraron desde el conocido “Cordón de la Miseria”, a las orillas del Zanjón de la Aguada, hasta la comuna de Pedro Aguirre Cerda. Los padres de Gloria, iban en esa caravana. El 30 de octubre a las 2 de la mañana, salieron hombres, mujeres y niños desde sus casas con la esperanza de encontrar un lugar para ver crecer a sus hijos.

Los incendios, los ahogos en el zanjón y las pésimas condiciones higiénicas habían cobrado la vida de muchos niños. Además, cuando subía el caudal, arrastraba lo poco que tenían. Esta situación y las conversaciones con algunos dirigentes, terminó por convencer a este grupo de personas a salir de allí. Sin saberlo, estaban construyendo la historia de una de las poblaciones más emblemáticas del país.

La muerte fue el punto en común entre estas dos poblaciones. La alta mortalidad infantil, sobre todo, era lamentablemente algo de lo que sabían los vecinos de La Victoria y de La Pincoya.

El origen de la última se remite a fechas cercanas al nacimiento de La Victoria y respondía a las mismas necesidades. En un principio, tuvieron que construirse casitas con cartones o sábanas, tal como lo cuenta Elva Martínez, vecina de la población, que relata el momento mientras descansa en su actual hogar que está ubicado en el mismo terreno que aquella vez llegó a tomarse con su marido. “Llegamos y veníamos con nada, tirábamos unos cartones al suelo para dormir, pero a veces se nos mojaban y dormíamos en el suelo no más”.

La lucha

Los vecinos de estas poblaciones lograron convertirse en un actor social importante y determinante durante los 70. Son conocidos hasta hoy por su actividad política. Según Gloria, en el caso de La Victoria esto se debe a que para las familias del Cordón de la Miseria, el Partido Comunista fue el único en tenderles una mano cuando nadie más parecía verlos. “El Gobierno se hacía el leso, los niños se morían, la gente no tenía trabajo y ellos pidieron hacer una organización. Ahí empezaron a mirar los fundos de la Chacra La Feria”. Casi 60 años atrás el suelo donde está la parroquia donde conversamos no era nada más que siembras de choclos, frutas y pastizales.

La organización en La Pincoya también estuvo activa desde el comienzo. De esa manera los vecinos comenzaron con la construcción de sus viviendas. Malvina, vecina de La Pincoya, recuerda que sin la ayuda de los jóvenes militantes de algunos de los partidos de la época no hubieran conseguido nada. Asimismo, Elva menciona que juntaban dineros para hacer compras al por mayor con la ayuda de curas que los visitaban. “Los chiquillos del Frente y después del MIR nos ayudaron con los papeles de nuestras casas. Eso fue después de varios años, pero nos dio una tranquilidad impagable.

“Para quedarnos aquí vamos a tener que dar una lucha, no sabemos si aquí pueda correr sangre. Ustedes tienen que estar dispuestos a eso”
Gloria tiene esas palabras grabadas en su memoria. Se las dijo su tío en una da las tantas conversaciones que tuvo con él sobre la toma. “Aun así la gente los siguió”, dice Gloria. Probablemente, la determinación se debía a que si se quedaban dónde estaban antes, los pobladores de ambas tomas, se morirían igual. La Iglesia también tuvo que intervenir. El Cardenal José María Caro fue conocido por las negociaciones entre los pobladores y el Gobierno. Pero fue cada vez más difícil, y en dictadura el conflicto explotó.

Los héroes de Los Pobladores

Durante estos años los grupos armados de carácter revolucionario fueron la respuesta extrema de jóvenes y adultos que vieron por años como los pobladores, como actor social general, eran marginados, maltratados y golpeados. La Victoria fue fundamental en el fortalecimiento de las políticas sociales y La Pincoya no se quedaba atrás y parecía siempre actuar en una reacción en cadena. Eso era peligroso para los que hacían esfuerzos por ignorar que existían. Ambas poblaciones albergaron a los grupos de izquierda, a los perseguidos. En los pasajes, que en ese entonces eran peladeros con casas de materiales livianos, se llevaron a cabo cientos de enfrentamientos.

En plena dictadura, cuando el hambre azotaba a las familias de estas poblaciones, porque no había trabajo para quien decía que venía de esos lugares, o porque se le prohibía a los camiones abastecer a los pequeños negocios, el Frente Patriótico Manuel Rodríguez jugó un papel indispensable. “Los veíamos asaltar los camiones, pero su intención no era hacerle daño a los choferes. Ellos muchas veces les entregaban las cosas sin hacer problemas. Siempre robaban los pollos, los lácteos para los niños, el arroz y los fideos”. Después de repartir eso por la población, Gloria cuenta que se iban.

En estas calles, pasajes los jóvenes que eran terroristas, salvajes, y enemigo para el Gobierno, se convertirán en amigos, en esperanza, en una ayuda. “Muchos de ellos vieron desde niños todo lo que hicieron los milicos aquí y en La Pincoya. Vieron cómo mataban y arrasaban con todo. Vivieron con tanta violencia frente a sus ojos que su respuesta no pudo ser una pacífica”, dice Gloria. “Sacaban a los hombres, los formaban con las manos en la nuca y ahí no sabías qué iba a pasar, si iban a volver o no”, sentencia Elva.

También figuras como Alberto Hurtado, Pablo Neruda y Salvador Allende, fueron personajes que visitaban constantemente a los pobladores. En La Pincoya, Malvina recibió al poeta chileno más de una vez. “Venía a vernos, a conversar. Entre lo poco y nada que teníamos lo tuve varias veces en mi casa tomando once”, cuenta y luego aclara que esa casa no era más que una carpa y cartones. La falta de comida, de agua para tomar, bañarse o cocinar, la luz eléctrica para evitar los incendios que se generaban por las fogatas, son solo algunos de los problemas que tenían en ese entonces, y de la mano de las organizaciones comunitarias, los jóvenes del FPMR, el MIR y estos personajes, poco a poco encontraban soluciones.

Según informó el Correo de Trabajadores, gracias a la ayuda de Alberto Hurtado y Salvador Allende, La Pincoya pudo conseguir un colegio para sus niños y así suplir esa necesidad de educación. Pero, además de ello la gente reunió firmas para conseguirse la enseñanza media también y que los jóvenes tuvieran la oportunidad de seguir estudiando allí mismo.

Por otra parte, una de las leyendas de esta población, partidaria de la lucha social y del MIR, Herminia Concha, fue una de las tantas mujeres que participó en el proceso de obtención del policlínico de La Pincoya, cosa que si bien no iba a comenzar con todo lo necesario para atender a las personas, sí ayudó bastante a combatir las enfermedades del lugar.

Respecto de los jóvenes frentistas, Gloria dice que nunca hicieron daño dentro de la población. Afuera, no lo asegura. Lo mismo dice Elva de La Pincoya. Sus testimonios se cruzan y se reflejan como espejos. Cada una en una extremo de la cuidad diferente vivieron, sin saberlo, una parte de la misma historia. Gloria cambio convirtió todo lo que vio y vivió en las calles de su población en una historia que no quiere que vuelva a pasar nunca más. Por eso, y motivada por la convicción de que el amor por el otro es lo único que ayuda a seguir adelante es que cada domingo después de la misa se queda en esa pequeña cocina de la parroquia con su esposo, Juan, a cocinar, “para que nunca más le falte un plato de comida a un victoriano”.

Elva por el otro lado, vive intentado no recordar los tiempos más difíciles. Prefiere recordar las cenas de navidad en la calle con los vecinos, la unión, el lado lindo de la lucha. Sonríe cuando nombra a los jóvenes de las capuchas que venían cargando bolsas con comida. Sonríe pensando en ellos cuando se apoya en la puerta de su casa. Esa por la que peleó por tanto años.