Conspiraciones ha habido siempre, tarde o temprano salen a la luz. Pero también existe el recurso de buscar conspiraciones donde no las hay, para protegernos de lo que nos supera. Como cuando atribuimos voluntades detrás de mecanismos sociales sin sujeto, suponiendo que hay unos malos detrás de las cosas, o bien que los malos son unos que identificamos, los mismos villanos de siempre. Porque el miedo descampado, aquel que carece de causa identificable o abordable, se transforma en angustia. Este tipo de miedo nos deja sin repertorio para responder, nos aplasta.

Podemos sospechar que estamos usando el mecanismo conspirativo como protección frente a la angustia cuando el fuego es cruzado y todas las hipótesis funcionan. Como en el caso de las teorías que circulan con relación al atentado “eco-extremista” al Presidente de Codelco: unos lo adjudican a la derecha, otros a la izquierda, encontrándole conveniencias de todos los colores políticos, algunos apuntan también a aquellos que preferirían evitar la derogación de la Ley reservada del cobre.

Hay otra razón para sospechar que no se trata de un montaje, al menos no de uno clásico. Los servicios de inteligencia no tienen el tipo de inteligencia requerida para nombrar algo como “Individualistas Tendiendo a lo Salvaje”. Seguramente habrían inventado algún nombre ochentero, algo que llevara las palabras “frente”, “anticapitalismo” o “anarcoalgo”. Pero un nombre que alude, no a la transformación del mundo, sino de su humanidad -tendiendo a lo salvaje- tiene la sofisticación de la acción de arte o el terrorismo poético, claro, en una versión extrema y brutal de lo performático. Esta acción tiene el ingenio de lo autoparódico: porque ¿no es acaso el individualismo tendiendo a lo salvaje (y no de unos locos fanáticos sino que el nuestro), justamente el mal que nos aqueja? Como si se tratara de una parodia llevada al extremo, tanto de la depredación consumista como de la furia del animalista crudivegano: salvajismo individualista.

El individualismo con rasgos de salvajismo, generalmente es imputado a un sector político y a un tipo de ciudadano, aquellos que defienden abiertamente el modelo económico, el acceso al crédito como modo de integración y el consumo: ricos y pobres de derecha. Pero si esta acción es un sueño cumplido a la letra, es el del “progresismo tendiendo a lo salvaje”: el individualista con traje de izquierdista. El que con frecuencia se queja de que la humanidad “le duele”, pero no por compasión, sino que por desprecio. Falso héroe el activista de su propia causa, y que sin medir consecuencias grita ¡no más tareas! ¡no más ciudades! ¡no más comida industrial!, sin preguntarse si al niño que no pertenece a su elite y no tiene una madre que lo lleve al taller de macramé por las tardes, le conviene realmente no motivarse con las tareas, o bien, qué fue del vendedor de Mankeke que desplazó su cupcake orgánico. Como si más “natural” fuera siempre mejor, como si menos civilización fuera siempre un aporte a la civilización. Su discurso verde-libertario, aunque comenzó con la mejor de las intenciones, deriva en la discoteque de la pedantería y la endogamia cuando se vuelve furioso y acrítico. Cayendo en una moralina de la pequeñez, que luego poco tiene que ver con lograr visualizar el problema ecológico-social que es complejo y global. En el fondo, lo que el discurso de ITS (Individualistas Tendiendo a lo Salvaje) devela, es lo que el “progresista de aspiración a lo salvaje” camufla o ignora en su discurso de superioridad verde: que esa moral puede llegar a ser mortal. Tal como advirtieron los ITS en su comunicado, sus actos son: “afiebradamente egoístas” e indiscriminados, se dirigen desde “la vieja culiá que limpia el baño” hasta los gerentes. Mostrando que a la sombra de la sonrisa del crudivegano, se alimenta una ética de plantas carnívoras: la aspiración a la ley de la selva por sobre el pacto social humano.

Me desdigo. ¿Y si también pensar de que se trata de una parodia al revolucionario de escritorio, es una forma de protección mental? Para defendernos de la irrupción de una subjetividad que corre por fuera del pacto social y nos deja sin repertorio, sin herramientas para responder. Porque si hay algo realmente terrorífico, es enfrentarse a quienes no tienen como límite el temor a la muerte. Los que no tienen nada que perder. A los que aprendimos a llamar psicópatas, aquellos sujetos que conocen la ley que rige a los integrados: el valor supremo que se le da a la propia vida, y que al no compartir tal aprehensión pueden mover los hilos del terror.

No obstante, sería demasiado obtuso, e incluso funcionar como otro mecanismo de protección, comprender estos actos bajo la lupa de la psicopatología. No es necesario hablar de psicópatas en este caso, porque los tiempos perfectamente permiten que emerja una nueva raza, post humana (M. Reyes). Una que bajo los discursos contemporáneos que empujan al goce absoluto, asume que cualquier renuncia a los impulsos se vuelve un obstáculo a la realización total del ego. Por el contrario, vivir con otros implica siempre una renuncia a las pulsiones, en primer lugar, por la necesidad de ser amados, y, en segundo lugar, para protegernos de aniquilarnos. Pero se ha vuelto seductor ahorrarse la cocina social de los impulsos.

Montaje, acción de arte, eco terrorismo, sea lo que sea, nos trae una noticia: el lenguaje, la pausa y el pensamiento como cocina cultural está tendiendo a lo crudo.