Don Agustín siempre nos decía, a todos los que trabajábamos en su criadero, que si alguno ganaba el campeonato nacional de rodeo él nos pagaría con un viaje al extranjero. Cuando lo gané en el 2001 no recordaba aquella promesa, pero mientras celebrábamos con un asado después del triunfo él la recordó. Nos preguntó a todos dónde queríamos ir y a los pocos días partimos a Europa, fue como a finales de julio o a principios de agosto. Fuimos como ocho trabajadores y cada uno con sus esposas, él también andaba con la suya.

Siempre nos comentaba que le gustaba recorrer el mundo y visitar los lugares más bonitos de los continentes. Era una persona que viajaba mucho, ya conocía casi todo el planeta. Nos pusimos de acuerdo a donde iríamos y partimos a Europa. No me acuerdo de todos los lados que recorrimos, pero sí recuerdo que paseamos mucho por Italia. Recorrimos gran parte del país y de sus costas.

Anduvimos en unos yates maravillosos, recuerdo que el nuestro era blanco y la tripulación nos atendía muy bien. Teníamos de todo ahí dentro, lo que quisiéramos. El de él era azul con granate, también de primer nivel. Navegamos por varios lados que ni recuerdo cómo se llamaban. Era algo totalmente ajeno a todos los que andábamos con él. Las aguas eran maravillosas y no hay nada que se compare a aquél entonces.

También recorrimos unos museos espectaculares, eran gigantescos. Él se las daba de guía y nos explicaba cada cuadro que veíamos. Don Agustín era una persona muy culta. Todo lo que le preguntábamos él ya lo sabía, ya lo había visto, así que nos respondía cualquier duda que nos salpicaba. Siempre andaba leyendo libros, pero como yo soy bien malo para la lectura no tenía idea de qué eran.

Un día fuimos a ver al Papa Juan Pablo II, estuvieron juntos unos minutos, el patrón lo saludó después de una misa. Nosotros estábamos locos, no podíamos creer que el Papa haya pasado delante de nosotros. Es algo que no tiene precio y todo gracias a Don Agustín.

Como estábamos en Italia, él nos hacía recorrer los mejores restaurantes de pastas. Nos llevaba a comer a unos lugares muy elegantes que ni en sueños imaginábamos. Un día eran pizzas, otro día eran pastas caseras y varias cosas ricas que ni sabía que podían existir. Nos sentíamos unos turistas del mundo.

Además, él era muy gentil. Siempre nos daba alguna cosita. Don Agustín es de esas personas que si uno veía algo bonito y lo comentaba, él para callado te lo hacía llegar. En ese viaje a todos nosotros nos regaló un reloj Rolex, precioso, brillante, de otro mundo. Quedamos súper contentos, a él le gustaba vernos así. Una vez estando acá en Chile vi un cuchillo tan encachado que me lo quedé mirando. Al rato apareció él con el cuchillo diciéndome que era para mí, yo no sabía qué decir, sólo le agradecía por el gesto, si él era una persona tan buena con sus trabajadores.

Yo llegué como a los 23 años al criadero Santa Isabel, fue como en el año 89. Mi papá ya trabajaba para Don Agustín y un día me llevó a trabajar con él. Me quedó gustando el lugar y decidí quedarme trabajando en los corrales de los caballos. Habían como 100. Quedé con 8 a mi cargo. Yo les tenía que dar comida, pasearlos y tratarlos bien. Me gustaba el ambiente y los campos eran preciosos, era muy tranquilo todo. Alcancé a estar 15 años ahí, después me fui porque me cambié de trabajo nomás.

Cuando nos avisaban que Don Agustín iba al criadero teníamos que armarle distintos panoramas para que se entretuviera. Entre todos los que trabajábamos ahí lo teníamos que atender, porque era nuestro patrón. Le gustaba que le tuviéramos un buen asado, unas copas de vino y los caballos listos para salir a cabalgar. A él le encantaba montar e irse a las praderas del campo y que todos nosotros lo acompañáramos. Era un tipo bastante normal en todo caso, siempre andaba de jeans y camisa, cuando hacía frío andaba con chamantos, pero era un tipo común y corriente, nada del otro mundo.

Después de cabalgar le hacíamos recorrer los corrales de los animales y le mostrábamos el cuidado que tenían. Veía a las yeguas, a los potrillos y comíamos un asadito o una comida de campo. Le gustaban las cazuelas, comer un cordero y las cosas típicas de la gente de campo. Lo que más le gustaba era sentirse desconectado de la ciudad y conectarse con la gente, nos explicaba.

Cuando iba a las fechas de Rancagua todos lo conocían, se sacaban fotos con él, pero a él le encantaba eso. Siempre posaba con los niños y los abrazaba. Toda la gente lo quería mucho y él se encargaba de ayudarlos. Una vez yo quería arreglar mi casita de Graneros y le pedí ayuda, no me pasó plata, me dijo que hablara con tal persona y que le dijera que iba de parte de él y ahí todo se solucionó, no tuve ningún problema para arreglar mi casa.

Mi papá cuando chico tuvo un accidente y quedó con una pierna más chica que la otra, era medio cojo. Don Agustín lo tomó y se lo llevó a Santiago a operarse en la Clínica Alemana. Nunca más tuvo ese problema, ya tiene 86 años y está impecable, sigue montando a pesar de su edad y todo gracias al patrón.

A veces nos llevaba a su casa a que paseáramos un rato. Quedábamos sorprendidos. Era gigante, llena de cosas bonitas. De esas casas patronales que uno se puede imaginar por la tele. Lo que más recuerdo y me llamaba la atención era que estaba llena de cuadros de su familia en las paredes. Estaban todos los Edwards anteriores colgados por todas partes. Era encachado todo.