Quiso el destino que por allá por el año 2000, los tenistas chilenos Marcelo Ríos y Nicolás Massú se toparan en la primera ronda del US Open, el último Grand Slam de la temporada, el de los estadios más grandes del mundo. Aquella fue la única oportunidad en que jugaron un partido válido por la ATP. El resultado fue victoria para el zurdo por 6-3, 7-5, 1-6 y 7-6 (6). Pero más allá del marcador, se le recuerda a ese partido por un punto en que el Ríos, por entonces ya bajando en su rendimiento, hizo gala de todo su talento, de esa magia que lo llevó alguna vez a ser el primer rankeado en el mundo.

La escena, que se ve más arriba, acontece cuando Massú sirve para el lado de los pares. Ríos devuelve bajo a dos manos y el viñamarino corta subiendo a la red. El zurdo vuelve a pegar, pero apurado, con un revoleo a lo Nadal por sobre la cabeza, pelota que intercepa Massú con un volea de revés que parece perderse en el fondo. Entonces es que Marcelo Ríos, casi acabado, estira el brazo y pega un slice de revés, casi de espaldas. Massú, cual espectador, sólo ve cómo la bola se pierde hacia atrás.