El Centro Sájarov, una ONG fundada en 1996 para preservar el legado del Nobel de la Paz Andréi Sájarov (1921-1989), no solo difunde su pensamiento sino que es también un singular mirador a la historia de la URSS a través del prisma de las represiones comunistas y el movimiento disidente.

Situado a un costado del Yauza, uno de los ríos menores de Moscú, el Centro alberga una biblioteca, una sala de actos y una exposición sobre las víctimas del gulag, el sistema de campos de concentración creado durante el estalinismo.

En sus anaqueles acristalados pueden observarse expedientes, fotografías, cartas y diversos objetos de personas que pasaron por el gulag, cuya brutalidad fue descrita con toda crudeza por otro Nobel soviético (de Literatura, 1970), el escritor Alexander Solyenitsin.

Entre las muestras de la exposición se puede ver una zamarra numerada, relojes e, incluso, juegos de ajedrez, una de las pocas distracciones que tenían los reclusos del gulag.

“Casi la totalidad de los objetos que se exhiben han sido donados por familiares de los represaliados e incluso por ellos mismos”, dice a Efe Natalia Starover, coordinadora de exposiciones del Centro Sájarov.

El museo, agrega, cuenta con casi de 9.000 piezas y algunas han sido rescatadas en los lugares donde se encontraban los campos del gulag.

Además, en el Centro Sájarov se realizan mesas redondas, se exhiben películas, se presentan espectáculos, que tienen como eje central la defensa de los derechos y las libertades de las personas y a los que anualmente asisten miles de personas.

En 2014, en virtud de una ley que regula las oenegés, el Centro Sájarov fue incluido en el registro de “agentes extranjeros” y multado por negarse a registrarse de manera voluntaria. La ley ha sido impugnada en el Tribunal Europeo de Derechos Humanos.

“Las nuevas generaciones saben muy poco de Sájarov, y esto ocurre porque su figura es silenciada intencionadamente por los medios oficiales”, dijo a Efe el director del Centro, Serguéi Lukashevski.

Explica que, para la propaganda oficial rusa y para la gente que recuerda quién fue realmente, Sájarov es una figura “muy complicada e incómoda”.

“De él no pueden decir, como se estila en la propaganda estatal, que era un traidor y que trabajaba para las fuerzas enemigas. No se puede decir eso de la persona que creó la bomba de hidrógeno del país”, añade Lukashevski.

Al mismo tiempo, subraya, es imposible obviar su labor social, “porque el Nobel no se le concedió por sus logros en el ámbito de la física, sino en el campo humanitario”.

El ideario de Sájarov promovía la unidad del mundo para afrontar los problemas comunes, “y todo esto se encuentra en profunda contradicción con el aislacionismo que predomina actualmente (en Rusia), con esta versión estatal utópica del nacionalismo”, destaca el director del Centro.

Lukashevski admite que la inclusión en el registro de “agentes extranjeros” limita considerablemente la actividad del Centro Sájarov, ya que las autoridades prohíben administrativamente a las instituciones públicas, como escuelas y universidades, mantener contactos con la oenegé.

“Pero esto no ha influido en nuestra relación con el público adulto. La gente viene, no tiene miedo”, dice.

El Centro Sájarov, se queja su director, está permanentemente en el foco de la atención de diversos servicios especiales del Estado.

“Es sabido que sus agentes secretos o informadores, no sé cuál es su estatus formal, vienen y participan en nuestras actividades. Por tanto, si un conferenciante dice algo inconveniente, podría tener consecuencia para el Centro”, explica Lukashevski.

La ONG, añade, está también en la mira de grupos informales de activistas o partidarios del Gobierno que, con cualquier excusa, montan piquetes y organizan provocaciones y ataques contra el Centro.

Para que la Policía intervenga, se lamenta, hay que “armar un gran revuelo mediático y llamar por teléfono a jefes de alto nivel”.

“Andréi Sájarov, ¡gracias!”, se puede leer en un cartel en uno de los muros del Centro, al que se accede por un pequeño parque donde se encuentra un monumento hecho con un fragmento del muro de Berlín, que simboliza todas las barreras divisorias por cuyo derribo luchó el físico nuclear que abrazó la causa de los derechos humanos.

Por ella sufrió descrédito y exilio interior, bajo arresto domiciliario en la ciudad entonces cerrada de Gorki (Nizhni Nóvgorod), entre enero de 1980 y diciembre de 1986. Fue liberado por Mijaíl Gorbachov.