El sexo puede ser muchas cosas, impulso, arte, gimnasia, ansiolítico, lata. De lo que no cabe duda es que es político. No da lo mismo cómo se llega ni qué se hace en la cama. Por ejemplo, hay feministas que declaran que la penetración es violencia de género. Se ha sabido incluso de hombres que aceptan con total orgullo esta disposición de sus parejas, mujeres emancipadas (quizás para ahorrarse tener que hacer algo con el pene, que no a pocos les complica, o bien, lo resuelven a la antigua: la dama en el salón, que en este caso es la activista en el salón universitario, y la amante para la cama). Pero más allá de estos exotismos de los extremos, es indiscutible que el sexo es un asunto político. De ahí las tensiones en torno al porno, el aborto, denuncias de acoso y la distribución de los roles sexuales en general.

Pero hemos olvidado lo contrario: la política también es sexual. Eros y, por cierto, Tánatos nunca son lo suficientemente ponderados, y ciertamente los obviamos en las predicciones de nuestro último referéndum.

Sonrojados anduvieron los hacedores de encuestas y columnistas respetados, después de los resultados inesperados en primera vuelta. Pero era difícil hacer predicciones alternativas a las oficiales, pues estaban los datos de las encuestas, los resultados de las elecciones primarias y municipales y una teoría potente acerca de un chileno medio con más sed de mall que de reformas sociales. Se construyó una verdad autorecursiva, que suponía que Chile seguiría la tendencia de las sorpresas políticas de 2016: Brexit y Trump. Es decir, que la desconexión de la centroizquierda con las masas, empujaría a una derechización de éstas. Acá entraría lo pasional en la política: habría un voto de venganza hacia una izquierda siútica que habría abandonado el proyecto social y despreciaría a las masas, considerándolas vulgares y acéfalos consumidores (cabe recordar al ministro Eyzaguirre, insinuando que los apoderados de los colegios subvencionados padecían de un ridículo mal gusto e ignorancia). Seguramente todo esto nos tenía preparados para un piñerazo fulminante, hasta que los resultados de Frente Amplio vinieron de sorpresa.

El Carlos Peñarismo, aunque ha defendido al sujeto hijo de la modernización, erró en lo mismo que la moral elitista que lo atacaba: reducir la complejidad del sujeto de consumo. Es indesmentible que corre un ethos consumista e individualista, pero que no se contradice con el hecho de que se aspire a la seguridad social. Incluso, no se opone a querer salvar a las ballenas y hacerle el quite al mall.

El consumo, como práctica en los tiempos que corren, no es sólo material sino que es emocional y estético. Por lo tanto, en el consumo electoral corren ideas, pero también pasiones e imágenes de uno mismo reflejadas en algún representante. Votamos por imaginarios. Y aunque la teoría apuntaba hacia la venganza resuelta en la derechización, pase lo que pase en segunda vuelta, el triunfador de la jornada ha sido Frente Amplio. Porque construyó un imaginario más erótico: la pasión, los sueños, el pulso de vida son parte de su dominio. Hasta ahora.

Podrá sonar banal e irrelevante, pero el deseo es también un motor de la historia. Incluso puede ser más potente que las razones conscientes.

Uno de los problemas de la derecha es que nunca ha sido demasiado sexy. Por razones de estructura: cuando se está del lado del tener, se está embarazado del temor a perder. Y se acentúa ese rasgo feo del temor a ser robado. La derecha es como el dueño de auto caro, que se pone en extremo nervioso cuando algún peatón le roza la carrocería. En ese sentido por más que la derecha se renueve, se ponga liberal en otros aspectos, el miedo es su tara. El político de ese lado representa a gente que anda con el poto apretado. Y aunque lo disimulen o se chasconeen, como un Piñera en 2009 que coqueteaba con la idea de ser un centroizquierdista de clase media; en la coyuntura actual, se vio tentado a seducir con el arma clásica del terror. Recurso que se tornó impúdico en la campaña tras la primera vuelta. Las amenazas de un Chile convertido en ruinas por un eventual triunfo del oficialismo, terminó por descascarar ese rostro de derecha “buena onda” y mostrar al zombi: no nos roben la plata, es el mensaje de fondo.

Zombis o no, puede que ganen igual. Porque hay una fuga en el apoyo a la Nueva Mayoría, proporcional a la fuga de libido del candidato. Sospechosamente fatigado, como quien se duerme antes de ir a la fiesta por temor a que nadie quiera bailar con él. Su estrategia de seducción en este trecho, ha sido, por fin, contarnos algunas de sus ideas, y que son bastante interesantes como para tomarlo en serio. Pero ya nos advirtió que no nos ilusionemos. Esto no pasa de una amistad con ventaja, pues nos avisó que sea o no presidente de Chile, en cuatro años se retira de la política. Nada de andar proyectándonos con él.

El voto sexy se lo llevó FA. Se apropiaron del entusiasmo y de la ética. También de la estética. Que lejos de ser una frivolidad, implica apoderarse de lo deseable al ojo. Rebasaron a ese joven de derecha liberal, que suele llevar traje de hedonismo californiano, paradójicamente, con un look de soldado de peinado neopunk. Piscola papurri, ya no es el nombre de la rebeldía joven, sino la disciplina.

Aunque no soy experta en estrategia política, algo sé de estrategia histérica (que es algo así como lograr que el propio deseo se convierta en el deseo de los otros sobre uno). FA quedó en el lugar de la niña bonita a la que le dicen, ya po suelta el voto. Manejando con soltura de cuerpo los hilos, pues no tienen nada que perder. Bueno, sí, algo. El poto apretado lo tienen en la aspiración al purismo moral. Olvidan que sólo una máquina puede operar con total transparencia y corrección política.

Por ahí anda Eros, en el lado más histérico de la fuerza, en lo que hoy no puede ser. Por lo pronto abunda el escupo, las elecciones huelen a Tánatos, entre el candidato del miedo y el del mal menor. Todo indica que nadie quiere al candidato por quien tendrá que votar, si acaso votan.

Se habla de un retroceso. Todos temen el proyecto del otro, aunque no se tenga claro el propio, ni como invitar a los demás. Hay que defenderse, ese es el proyecto. Como en la política del sexo sin penetración, el otro parece sólo llegarnos como violencia. El mundo, conservador y progresista, se ha deserotizado. A eso sin duda que hay que temerle.