En 1968, la editorial madrileña Visor publicó su primer libro de poesía: Una temporada en el infierno, de Arthur Rimbaud. Ahora esta colección de tapa negra, la colección más importante e influyente para los lectores de poesía hispanoamericanos, arriba a su libro número mil, un cuaderno en el que 85 poetas de la lengua le dedican sus versos a Antonio Machado.

El título, Estos días azules y este sol de la infancia, es la línea que Machado llevaba en un papel rugoso dentro de su abrigo cuando murió en la población costera de Colliure en 1939, ya en los compases finales de la guerra civil española. Es el Mediterráneo francés. Machado, cuya tumba es hoy un sitio de peregrinación y depósito de flores, huía de la victoria del franquismo.

La dignidad de Machado, se sabe, es proverbial. Probablemente ese sea también un término justo para definir la labor de Jesús García Sánchez, o Chus Visor, el editor mítico de 72 años que ha mantenido su sello en pie durante casi cincuenta años.

Hay en este libro número mil un poema del español Karmelo C. Iribarren, quien nació veinte años después de que Machado muriera, particularmente hermoso: “No parece gran cosa,/ no deslumbra/ apenas/ unas pocas palabras gastadas por el uso: Estos días azules y este sol de la infancia. Pero todo cabe en ellas,/ no se termina nunca. Quizás por eso/ yo las evoco ahora frente al mar.”

Chus Visor, profundamente colchonero, como buen lector de poesía, ha confesado que el poeta que más trabajo le costó incluir en la colección fue Benedetti, porque el uruguayo no quería publicar en España bajo el franquismo.
El gusto de Chus Visor antes era mucho más experimental, ahora es más diáfano y sencillo. Prefiere a Elvira Sastre y a Wilslawa Szymborka. “Leemos las cartas de los difuntos como impotentes dioses,/ pero dioses a fin de cuentas porque conocemos las fechas/ posteriores”, se lee en un poema de la gran autora polaca.
En castellano, las cartas de los difuntos, es decir, la poesía, se lee desde hace cincuenta años en sobres de tapa negra.