En enero de este año, estaba viendo tele con mis hijas, cuando salió un reportaje sobre el Caso Maristas. A pesar de que estudié en el Instituto Alonso de Ercilla hasta primero medio, siempre estuve ajeno. Eso, hasta que alguien habló de José Monasterio.

Ahí me cayó la teja: lo que esa víctima contaba era exactamente lo mismo que me había pasado a mí. Ahí se prendió una ampolleta.

Entré al primero básico A del IAE en 1974. Como mi madre había fallecido cuando yo tenía dos años, me crie con mis abuelos maternos en el barrio Martínez de Rozas de Quinta Normal.

Mi abuelo se dedicaba a la compra y venta de cabezas de ganado en varas para carnicerías del barrio. Ellos hacían gran esfuerzo para pagar la mensualidad. En la casa en la que crecí no había grandes lujos.

Hasta hace poco, de mi infancia en el Alonso de Ercilla recordaba muy pocas cosas. Que era un ambiente muy marcial, en cierto sentido. Esto lo digo al comparar lo que viví en el IAE y en otros colegios. En el Juan Bosco, donde estudié después, el rector también era un cura, y yo podía ir a tocarle la puerta en cualquier momento. En cambio si mi tía quería hablar con alguien en el IAE, por ejemplo, tenías que pedir audiencia y esperar la respuesta.

Daba la sensación de una cárcel; los hermanos eran muy autoritarios. Recuerdo a un alumno que llegó tarde a una clase de música, a lo que el profesor preguntó en voz alta si alguien le cedía el asiento. Un compañero, amablemente, levantó la mano y dijo “yo”. El profesor dijo “perfecto, usted váyase a parar ahí castigado”. Se quedó ahí de pie hasta que se cayó desmayado. Habían castigado su gentileza.

La primera vez que José Monasterio me habló directamente, fue un día en que yo pasé por el hall central. Había ido a pagar la mensualidad, y entonces él me llamó a su despacho, con la excusa de hablarme sobre el servicio vocacional. Yo tenía 10 años, iba en sexto básico, y nunca había presentado inquietudes vocacionales, ni tampoco había hablado con él.

Monasterio era un hombre mayor, y siempre estaba parado ahí con sus manos atrás y su chaquetita gris. Su oficina quedaba en uno de los pasillos que nacían del hall central. Tenía una sola puerta con vidrio catedral, en que tú no podías ver absolutamente nada hacia dentro o hacia afuera.

Dentro de su despacho me habló de las vocaciones, y que uno de sus requisitos importantes era el que uno tuviera hermanos mayores. Le comenté que era hijo único, y me dijo “ah, entonces contigo no”. Yo me sentí aliviado, porque no tenía ni remota intención de convertirme en hermano marista. Ahí me dijo “pero, ¿a ti te gusta dibujar? Si quieres yo te puedo enseñar a hacer letras góticas”. Eso me llamó la atención. Me invitó a que pasara durante los recreos a aprender a hacer ese tipo de letra.

Últimamente he pensado en cómo él supo que a mí me gustaba el dibujo. Monasterio nunca me había hecho clases. ¿Cómo podía saber eso?

No creo que él haya ido buscando al azar, o eso me imagino ahora. El pensamiento de este tipo de personas va por seleccionar, porque tiene que ser un tipo de persona que ellos puedan dominar. Y yo siempre fui más o menos tranquilo, quitado de bulla.

La primera vez que conversó conmigo, habló muy amablemente. Con los años desarrollé una cosa muy contradictoria: yo a él lo recordaba como una persona muy amable, muy respetuosa. A diferencia de los otros hermanos, a él lo recordaba sin esa cosa tan estricta. Hasta hace mucho tiempo atrás, cuando dibujaba letra gótica en otros contextos, yo siempre contaba que eso me lo había enseñado un hermano del colegio.

No entiendo por qué tengo ese recuerdo grato de él.

La primera vez que fui a su oficina, luego de la invitación, la puerta estaba entreabierta. Pasé, y me sentó al otro lado del escritorio. Tomó un plumón de punta diagonal, y empezó a dibujar el trazo de las letras. “Así, sin levantar el lápiz, ¿te das cuenta cómo van quedando?”, me decía.

Cuando yo lo intenté, obvio, no me salió bien. Así que me invitó a que me sentara con él para practicar. Él, de a poco, comenzó a acomodarme, llevando su mano a mi cintura, hasta que quedé sobre sus genitales. Con una mano me indicaba cómo debía dibujar, mientras que la otra, suavemente, comenzó a deslizarse hasta mi entrepierna.

Derechamente, comenzó a tocarme los genitales.

Ahí empecé a sentir su erección. Eso me chocó mucho. Por un lado, te tocaba, y sentías cómo eso le excitaba. Mientras tanto, me seguía dando instrucciones.

En ese instante, yo traté de concentrarme en las letras. Pasar por alto la situación que estaba viviendo. No hice ningún atisbo de pararme, caí preso de la situación, y lo único que atiné a hacer fue concentrarme en los dibujos, en cómo hacer bien las letras.

Volví en otras ocasiones, pero no recuerdo mucho más. Sólo sé que, por mucho tiempo, yo supe hacer todas las letras en estilo gótico, y eso es algo que no se aprende en una sola lección.

¿Cuántas veces fui después? No lo puedo recordar.

Hace algunos años, y por mi diagnóstico de párkinson, unos excompañeros del IAE se organizaron para venir a verme. Me sorprendió que ellos tuvieran tantos recuerdos, y yo tan pocos. Ellos recordaban momentos de desorden, de cuando quedábamos solos en la sala, pero yo nada. Uno me dijo “te acordai que éramos mejores amigos?” ¡Y yo nada! ¿Cómo es posible que no me acuerde de quien fue mi mejor amigo por ocho años?

Pienso que lo que a mí me pasó, me bloqueó todo eso. Fue algo que me callé. No le dije a mis abuelos, ni a mi tía, ni a mi papá ni a compañeros.

A estas alturas, con todo lo que ha pasado, está más que claro que ellos, los hermanos, tenían conocimiento de lo que pasaba. O sea, no es algo que uno puede acallar si no es con gente que hace lo mismo. Es como una confabulación, el ir diciendo “mira, este alumno tiene estas características. O a él lo podemos llamar y no vamos a correr riesgos”.

Mi expareja siempre me reprochaba que a mí me costaba decir las cosas. Pero aquí había tantos religiosos, tantas víctimas, que me dije bueno, esta vez no.

Apenas terminó el reportaje en la televisión, una prima me llamó. “¿Lo viste?”. “Sí”, le dije. “Se me acaba de venir un recuerdo a la mente, y no es muy agradable”.