Es 1952 en Chile. No tenemos certeza del lugar, pero sabemos qué era: una librería que vendía todo tipo de libros aunque, en forma clandestina, se especializaba en textos teóricos sobre comunismo.

Seguramente se trataba de alguna librería de barrio, ubicada en las comisuras del centro de Santiago, quizás en los deslindes del sector de Estación Mapocho o tal vez hacia el occidente, en el antiguo barrio de Estación Central.

Sí sabemos que era un local que vendía poco y en cuya parte trasera había una suerte de oficina pequeña, un lugar habitualmente lleno de papeles y humo de los cigarrillos que fumaban los dos hombres que desde hacía meses se reunían al menos una vez por semana allí, a beber piscola y hablar sobre Marx, Engels, Gramsci, Trotsky, Lenin, Mao y muchos más.

Eran épocas peligrosas para conversar sobre esos temas. En función de la «Ley de defensa de la democracia», dictada en 1948, se prohibía «la existencia, organización, acción y propaganda, de palabra, por escrito o por cualquier otro medio, del Partido Comunista», así como la existencia de cualquier grupo que atentara contra la democracia o soberanía del país.

Pese a que se había relajado un poco la fuerte represión que cayó sobre los comunistas apenas dictada la Ley, y que incluso obligó al poeta Pablo Neruda a huir de Chile, el tratar esos temas seguía siendo una apuesta peligrosa, pues podía significar cárcel y, en el mejor de los casos, una relegación.

Sin embargo, ninguno de los hombres que bebían allí cada semana parecía preocuparse mucho de eso. Solo sabemos el nombre verdadero de uno de ellos. Era el estadounidense David Atlee Phillips, un norteamericano atlético, de 1.85 de estatura, treinta años, pelo rubio y casi siempre bronceado: Un tipo de rostro anguloso y mirada firme, un sujeto extraordinariamente apuesto, según lo que recuerdan todos quienes lo conocieron.

No obstante, es improbable que esa noche estuviera usando su verdadero nombre. Más posible es que su interlocutor solo lo conociera como «Knight», «Michael Choaden» o «Paul Langevin», algunos de los primeros tres seudónimos que Phillips utilizó en su carrera como oficial de la Central de Inteligencia de Estados Unidos, la CIA.

El otro hombre era alguien a quien Phillips identifica en sus memorias solo como «Juan». Se trataba de un dirigente de nivel medio del Partido Comunista chileno, que por un lado estaba comenzando a desencantarse de las políticas internas y la rigidez y que, por el otro, se veía acuciado por las exigencias de su esposa, quien le exigía poner los pies sobre la tierra y preocuparse de la librería, el medio de subsistencia de la familia.

James Bond a la chilena

Dos años antes, Phillips, que era dueño de un diario en inglés que se imprimía en Valparaíso, el South Pacific Mail, acababa de trasladar dicho medio a Santiago, cuando recibió una misteriosa invitación a almorzar congrio.
Quien lo invitaba era un tal «Brad», jefe de la estación de la CIA en Santiago, quien le planteó, sin muchas vueltas, que querían contratarlo como agente. Sabía todo acerca de su vida y la de su esposa, Helen Hausch, y aunque no poseía experiencia en inteligencia, le dijo que cumplía con tres requisitos fundamentales: cobertura, acceso y lenguaje.

Cuando Phillips pidió a «Brad» que le explicara qué significaba todo eso, le respondió que era muy simple. Poseía «cobertura», pues tenía un negocio legal, que explicaba su presencia en Chile, y «acceso», ya que en virtud del mismo podía moverse por donde quisiera y hacer preguntas. Y aunque solo había llegado a mediados de 1948 junto a su esposa, hablaba un español casi perfecto, gracias a que había nacido en Fort Worth (ciudad que forma parte del Dallas metropolitano, en Texas), donde había estudiado español en la secundaria y donde forjó amistad con varios latinos. A todo ello contribuyó un curso de español que había tomado en la Universidad de Chile, ya en Santiago.

Tras aceptar la oferta de la agencia norteamericana, Phillips relata en su autobiografía que «Brad» le explicó que como era un agente encubierto, alguien no oficial, solo se relacionaría con él por medio de una «casa de seguridad»; es decir, un sitio que no despertara sospechas y que solo se usaría para dichos fines. «Brad» le dio una dirección y la fecha y hora en que Phillips debería acudir a su primera reunión en ese lugar, donde además conocería a la persona de la CIA que, de allí en adelante, sería su «agente de control».

El día convenido, Phillips se puso su mejor traje para el encuentro, seguramente soñando con llegar a un lugar revestido del mismo glamour que se apreciaba en las películas de espionaje, pero a medida que se acercaba a su destino se dio cuenta de que se trataba de un sitio deprimente, maloliente y sombrío, un pequeño departamento ruinoso en medio de un conjunto de edificios perdidos en algún rincón de Santiago.

Al tocar el timbre, para su sorpresa quien le abrió fue una mujer muy desaliñada y que usaba unos enormes anteojos, cuyos cristales eran del grosor del fondo de una botella de Coca-Cola, como diría Phillips posteriormente.

Según el agente, «Linda», como la conoció, llevaba el pelo muy corto y no usaba maquillaje de ningún tipo. Además, calzaba unos enormes bototos de minero, con puntas metálicas. Ciertamente, esa persona no se acercaba en lo más mínimo al estereotipo cinematográfico de la agente sensual y seductora estilo Mata Hari.

El sonido ambiente tampoco se parecía mucho al de los elegantes salones del hotel Plaza de Nueva York o el Ritz de París. En vez de un jazz suave o algún conjunto de cámara, se escuchaba una radio encendida a todo volumen, sonajera que se entremezclaba con el estrépito que venía del baño, proveniente de un chorro de agua que caía hacia la tina (solo después de mucho rato de preguntarse qué diablos significaba todo eso, Phillips entendió que eran medidas de contrainteligencia, cuyo objeto era evitar ser escuchados, si es que alguien había instalado micrófonos).

En dichas condiciones, «Linda» explicó a Phillips más o menos lo mismo que «Brad», pero agregó otro antecedente mucho más específico: la CIA en Chile andaba detrás de un premio de caza mayor, algo que denominaban como el «proyecto Fulminater-2».

Bajo tan rimbombante nombre se escondía la intención de la CIA de descubrir a un agente de la KGB (el espionaje de la Unión Soviética) que operaba en Santiago, y para ello harían circular el rumor de que Phillips era, en realidad, el jefe de la inteligencia norteamericana en Chile, a fin de convertirlo en un cebo que atrajera hacia él al espía ruso.

Antes, sin embargo, el novel agente fue enviado a un entrenamiento de tres semanas a Nueva York, donde decidieron que por sus aptitudes era especialmente apto para el trabajo de propaganda, una forma suave de hablar de guerra psicológica, como ya veremos.

De regreso en Chile se incorporó a medio tiempo a su trabajo como agente a contrata, por el cual recibiría un salario de cincuenta dólares mensuales, más 12,5 por sus gastos. Texano, nacido en Fort Worth (Dallas), no cabe duda de que Phillips era un sujeto muy trabajador y, así como las hacía de espía, al mismo tiempo seguía manteniendo su diario (en el cual él escribía, diagramaba, vendía avisos y lo distribuía) y no solo eso: también era actor a nivel profesional.

En serio. Fue uno de los protagonistas de la película Confesión al amanecer, dirigida por el francés Pierre Chenal y estrenada en 1954 en el antiguo cine Rex de Santiago. En el filme, Phillips no solo actuaba, interpretando el papel de un «ingeniero gringo» (como él mismo lo escribió en su biografía), sino que además fue uno de los guionistas. Lamentablemente, Confesión al amanecer es parte de las películas chilenas de cuyo paradero no hay antecedentes, y de las que la Cineteca de la Universidad de Chile hizo una campaña en 2010 para buscarlas y recuperarlas.

La relación de Phillips con el cineasta francés parece haber surgido a raíz de un grupo de teatro aficionado que había en Santiago, al cual el norteamericano se integró casualmente, según él. Sin embargo, en ese mismo grupo participaba también el supuesto agente chileno de la KGB, quien se acercó a Phillips pidiéndole que le ayudara a mejorar su inglés.

De a poco, Phillips fue cultivando la relación y dando cuenta de ello a «Linda», proceso en el cual también comenzó a fijarse que ella, en realidad, era una mujer bastante más atractiva de lo que le había parecido en su primera reunión.

De su último encuentro, ocurrido justo antes de que ella fuera destinada a otro país, Phillips recuerda que «nunca había visto una metamorfosis así», pues «Linda se veía realmente atractiva, elegante y a la moda. Usaba un casimir que revelaba una hermosa figura y llevaba los labios de un rojo furioso».

Sin poder contenerse, le comentó que se veía muy distinta respecto de cuando se habían conocido, ante lo cual ella le respondió que «llevo mucho tiempo en esto de reunirme con hombres en casas de seguridad y he aprendido a mantenerme a salvo. Algunas veces me reúno con agentes locales, latinos. Los latinos creen que están obligados a avanzar con cualquier mujer con la cual estén a solas, solo por ser machos, y los norteamericanos no lo hacen mucho mejor… así, he aprendido a desalentarlos desde el principio. Gracias a ello mi vida es mucho más fácil», le confesó, tras lo cual, para su desconcierto, se despidió de él con un beso en los labios (o al menos así es como él lo contó).

No sabemos los detalles de cómo terminó el proyecto «Fulminater-2», pero en uno de los documentos de la CIA liberados el año pasado en el marco de la investigación por el asesinato de John Kennedy, y que contienen numerosos archivos sobre Phillips, hay una mención a que «su conducta en este caso fue considerada excelente» y que durante el periodo en que estuvo como agente de la CIA en Chile, entre 1950 y 1954, Phillips reclutó a un agente que trabajaba en el gabinete de algún ministro.

Los astros y el espionaje

Sí sabemos también que, luego de la partida de «Linda», nuestro James Bond local entró en contacto con un nuevo agente de control, esta vez un hombre llamado «Bob», quien le explicó que había un nuevo desafío para él.

Según le explicó, el mejor informante que la CIA tenía al interior del Partido Comunista chileno estaba viejo y enfermo, por lo cual necesitaban otro. «Linda» había prospectado ese tema y había escogido a un candidato a ser captado como agente estadounidense. Se trataba de «Juan».

De ese modo, Phillips recibió una voluminosa carpeta donde estaban todos los antecedentes familiares, laborales e ideológicos de «Juan», y una vez que los hubo absorbido, comenzó a presentarse casi semanalmente en la librería, para comprar libros y hablar de todo. Aunque mirado con desconfianza, pues «Juan» sospechaba al principio que o bien era un hombre del FBI o un funcionario de la embajada de Estados Unidos, Phillips logró convencerlo de que estaba haciendo un estudio académico sobre el comunismo, con lo que se granjeó la confianza del chileno.

Todo ello implicó un enorme despliegue de recursos por parte de la CIA, incluyendo un fuerte trabajo de contrainteligencia cada vez que Juan iba hacia la librería, el cual consistía en vigilar a Phillips desde antes de su entrada y hasta bastante después de su salida, con el fin de comprobar que no lo siguieran agentes de la KGB.

Así, transcurridos casi seis meses, finalmente llegó el momento definitivo, el día en que, sin revelarle su pertenencia a la CIA, Phillips pediría a «Juan» que le proporcionara informaciones del interior del PC, a cambio de una buena cantidad de dinero mensual.

Antes de partir esa noche a la librería, Phillips dijo a sus jefes de la CIA que no le cabía duda de que «Juan» aceptaría la propuesta, y así fue.

Pese a que «Juan» era un ateo convencido, Phillips había notado un antecedente que no aparecía en la biografía que «Linda» había recopilado acerca de él. Se trataba de un detalle que a simple vista parecía muy menor, pero que a la larga fue trascendental: el librero era un hombre muy aficionado a la astrología y, junto a su esposa, planificaba sus días en función del horóscopo que salía diariamente en uno de los diarios que existían entonces en Santiago.

Ese día, cuando Phillips le propondría convertirse en un agente pagado, el horóscopo de «Juan» decía que recibiría una tentadora oferta de trabajo y que, aunque sonara extraña, era sincera y debía aceptarla.

Y claro, no era coincidencia, pues a solicitud de Phillips otros agentes de la CIA habían sobornado al sujeto que escribía ese horóscopo, para que esa jornada exacta pusiera uno que había redactado David Phillips, quien sabía perfectamente bien qué palabras debía usar para que «Juan» quedara convencido de que las cosas se estaban presentando tal como los astros querían…

Esa fue la primera gran operación en la vida de David Atlee Phillips como espía, una carrera que duraría veinticinco años, en medio de los cuales se vio implicado en dos golpes de Estado en Chile, en la investigación por el asesinato del presidente John F. Kennedy, en las indagatorias parlamentarias relativas a un intento por asesinar a Fidel Castro en Santiago y también en los planes de un mayor del Ejército chileno, que en 1970 planeaba asesinar a Salvador Allende, usando para ello un rifle con mira telescópica, tal como lo habían hecho en Dallas con Kennedy.

LA CONEXIÓN CHILENA. HISTORIAS DE ESPÍAS
Carlos Basso
Sello Aguilar, 2018, 214 páginas.