Por Ximena Torres Cautivo

“Soy dulcemente firme”, se define Liliana Santander (43), educadora de párvulos y mediadora familiar de la Universidad Católica. Sólo así puede mantener a raya a miembros de las bandas “Los Chubis”, “Los Ratones” y “Los Guarenes”, cuando comienzan las balaceras y los niños del Jardín Infantil Cardenal Raúl Silva Henríquez, que dirige, corren a guarecerse en las salas.

“Ellos automáticamente saben lo que tienen que hacer. Como yo digo: aquí uno es la migrante, la extranjera, la que tiene que aprender. Ellos saben que hay que entrarse, cubrirse y esperar que pase lo peor”, comenta “la tía Lili”.

El jardín -que pertenece al Hogar de Cristo y es el único gratuito además de los otros 11 del sistema público que funcionan en la comuna de Quilicura- está al lado de “las naves azules”, como llaman “los angustiados” a los blocks que lo rodean. Está constituido por varias mediaguas unidas y surgió de una toma hace 17 años, cuando las propias mamás organizaron un lugar para cuidar a los niños más pequeños. Hoy luce primoroso dentro de su evidente humildad; tiene unos modernos y coloridos juegos que donó un banco, un patio techado con policarbonato con una carpeta blanda y hasta un huerto donde los niños aprenden todo lo que necesita una semilla para germinar y florecer.

La población Raúl Silva Henríquez, se ubica en el sector San Luis de Quilicura, y es una de las cuatro que componen el sector. Las otras son la Pascual Gambino, El Mañío y la trístemente célebre Parinacota, que “hoy está medio destruida. Parece una zona de guerra, porque para combatir el narco, las autoridades, tal como hicieron en Bajos de Mena, en Puente Alto, están echando abajo los sectores más conflictivos”, comenta Liliana, que se las arregla para trabajar y sentirse útil, e incluso feliz y realizada aquí, en el epicentro del narco, la violencia y la pobreza.

“Integra fue mi escuela; pero este jardín del Hogar de Cristo ha sido mi universidad”, comenta esta mujer a la que sus compañeras “de la Cato” admiran por cómo se expone a diario trabajando en un sector tan peligroso.

“No lo es tanto, si conoces y entiendes los códigos. Lo principal es dejar los prejuicios, no juzgar, entender. Y hacerte respetar. Yo tengo un apoderado muy tránsfuga al que le digo yo sé lo que haces y no lo comparto, pero a tu niño lo quiero, lo cuido y lo protejo, y por eso me aprecia y se porta bien aquí adentro. Nosotros no tenemos alarma, ni rejas con puntas, ni vidrios molidos en los cantos de los muros y sólo una vez nos han robado. Se llevaron una radio a pilas y yo supe quién había sido y lo fui a buscar a su casa. ‘Me la consumí; estaba volado, disculpe, tía’, me dijo, el cabro, y me pasó 7 mil pesos en puras monedas de 100”.

El jardín de la tía Lili tiene 62 niños, aunque su capacidad máxima es para 56. “En la comuna hay 1.200 niños en lista de espera para jardín infantil y nos llegan casos tan extremos, que es imposible no hacer un esfuerzo extra”. El 41% de los alumnos son hijos de migrantes, lo que le aporta color al paisaje humano. En la sala de los más pequeños, hasta dos años, abundan los haitianos, que hablan mitad español, mitad creole. “Hay un par de chiquititas que con nosotros hablan perfecto, pero entre ellas sólo lo hacen en su lengua. ‘Estas nos están pelando’, bromeo yo”, dice la educadora, soltando una carcajada.

Cuenta que desde el año pasado está tomando clases de creole en el Movimiento Acción Migrante y cursos de interculturalidad en la Universidad. “Todo lo que ayude a comprender mejor a los padres, ayuda a los niños”, sostiene.

-¿Cómo se vive aquí la discriminación? ¿Hay mal trato hacia los migrantes?

-No hay diferencias entre unos y otros. Nunca he escuchado aquí a nadie decirle a un haitiano “negro tal por cual”. ¿Sabes por qué? Porque muchos son delincuentes, consumen, los llaman flaites, conocen la dureza de la discriminación y el rechazo, por eso son solidarios. Saben que entre todos tenemos que aceptarnos. A mí me costó entender por qué acá todos se tratan de “hermanos”. Muchos han sido abandonados a los 7, a los 8 años en la calle y se han ayudado para sobrevivir. Se han vuelto familia y se cuidan como hermanos.

-¿Hay diferencias entre los padres chilenos y los haitianos? ¿Y entre los niños?

-Los haitianos son súper preocupados de que sus niños aprendan. Preguntan mucho, aunque tienden a ser más castigadores físicamente. Nosotros tenemos que enseñarles a endulzar ese proceder. Corregir el “te voy a pegar”, que surge inmediato ante cualquier cosa. Los niños haitianos tienen mucho más desarrolladas las habilidades motoras. Trepan, corren más. Y adultos y niños haitianos son más sonrientes. Me parece que, pese a toda la adversidad, lo pasan mejor que nosotros, los chilenos.

Tía, ¿usted carretea mucho?

A nosotros, nos impresionan la vitalidad y las ganas de Liliana, quien llega a diario a las 7 en punto a abrir el Jardín. Hace tres años, salía de su casa a las 5 de la mañana, porque viajar desde La Florida, le tomaba dos horas en micro. Por eso se cambió a Santiago Centro, donde vive con sus tres hijas de 18, 16 y 14 años. “Ahora son 40 minutos y eso que me vengo en la 303, que me deja al lado de la comisaria y de ahí camino varias cuadras por la población. Lo hago porque me gusta conversar con la gente, sobre todo con los chiquillos que se van yendo al colegio a esa hora. Ahí veo que está la salida para esta situación, el futuro”.

El Jardín funciona con un equipo de siete personas, incluida Liliana. Son mujeres comprometidas y eficientes, conocedoras y convencidas del currículum Montessori que aplican. También cuentan con voluntarias, algunas son chicas de la misma población. “Son aguerridas, duras, por eso hay que ser firme y clara para tratarlas. Como líder, uno debe marcar, sin ser pesada. Ser dulcemente firme, y ellas así responden”. Y otras, como una subgerente de la tienda Ripley, que viene a ayudar todos los viernes del año, y se siente realizada. “Ella quería hacer algo por los demás y aquí encontró qué”.

El Jardín es puertas abiertas y completamente gratuito para niños de 2 a 4 años. Los padres están organizados y ponen una cuota para distintas actividades. Ahora mismo están preparando algo para el Día de la Madre. “Tenemos niveles de asistencia muy altos. En marzo, 94%; en abril, 96%. Yo no pongo restricciones para la hora de llegada. Muchos migrantes trabajan de noche. Acá, en la población, se empieza a trabajar como a las 12:30 y los viernes más tarde, y el cuerpo lo nota, porque el reggaetón empieza a sonar antes y más fuerte”.

Liliana no se amilana cuando los decibeles de la pachanga intervienen con las actividades del jardín, como el círculo del silencio o la sesión de dibujo con música clásica de fondo, y sale al bandejón central de la avenida a identificar de dónde viene el sonido para pedir que bajen el volumen. “Y siempre escucho como un murmullo de voces que repite en los blocks ‘cuiden a la tía’, ‘obedezcan a la tía’, ‘escuchen a la tía’”.

-¿Cómo has logrado ese respeto y esa protección?

-Cuando llegué, a la directora anterior le habían apedreado el auto. Había hartos problemas de convivencia. A mí me vinieron a ver personas que ni siquiera eran apoderados, para calarme, para conocerme. Yo los recibí a todos. Y les hablé claro sobre el respeto y la importancia del jardín para los niños.

Liliana llegó a trabajar al Hogar de Cristo en febrero y en abril se enfermó, pero nunca pidió licencia. Apenas un par de días cuando debió someterse a un trasplante de córnea del ojo derecho; un hongo le había comido la membrana ocular y estaba quedándose ciega. Hoy, si uno se fija bien, es posible ver las puntadas que tiene en su ojo derecho, pero está en camino de recuperación total de la vista. Cuenta: “Creo que fue bueno estar ciega en esos comienzos, porque pude ver a las personas con el corazón, sin prejuicios”. Se ríe, contando que un día una apoderada le preguntó, intrigada por sus infaltables anteojos oscuros: “Tía, ¿usted carretea mucho?”.

Tiene anécdotas por decenas, como cuando una de las chicas de la población que hacía voluntariado le ofreció asaltar el camión que les trae las frutas y las verduras para las comidas de los niños. “Ella vio la factura del mes y se escandalizó con la suma. ‘¿Esto le cobran?’, me dijo, y me propuso robarle la mercadería al camión. Hay muchas chicas del barrio que tienen malas costumbres, que afuera se portan mal, pero acá parecen niñas, tirándose por el resfalín. Muchas de ellas lo único que necesitan es que alguien les tenga confianza. Yo lo hago, he dejado mi oficina abierta, con la cartera adentro, y no pasa nada”.

-Tu clave es la confianza…

-En no juzgar y en confiar, diría que radica todo.

Otra vez, unos jóvenes consumidores de drogas trataron de robar el aludido camión de las frutas y las verduras. “Me dio tanta indignación, porque temí que no quisieran volver a traernos los suministros, que me fui a meter a uno de lo blocks, que es famoso porque está lleno de armas, y reté al responsable casi tanto como su mamá, que le largó un tremendo rosario de garabatos por desubicado”.

Liliana está convencida de que hablando se entiende la gente, por eso, no duda en salir a parlamentar, cuando hay balaceras. “’Aquí, no: hay niños’, les digo y hasta el más choro entiende y se disculpa y se va del sector. Hay que explicar con dulzura y firmeza el porqué de las cosas”. Tampoco se complica cuando debe hacerle ver a una mamá que tiene problemas graves de consumo, que es mejor que el niño quede a cargo de la abuela, por ejemplo. O cuando le molesta recibir una donación, porque simplemente responde a “turismo social”. Argumenta: “Me parece ofensivo para los niños que quieran darles cosas, sin conocerlos, sin siquiera venir a verlos, sin darse cuenta de que las carencias que enfrentan no los hacen menos personas”.

La parvularia de la UC, que no para de estudiar; que se siente orgullosa de que su hija mayor ya esté en la Universidad de Chile, en la carrera de Arte; que no tiene pareja y cree que ya no está para esos amores, es una continuadora actual de lo que guiaba en los años 40 al padre Hurtado en su trabajo social: “Efectivamente, los jardines infantiles y las salas cuna del Hogar de Cristo están donde nadie más está. Y nosotros, sus trabajadoras, estamos bien cuidadas, validadas por la comunidad, porque las personas nos sienten cercanas y humanas. Yo estoy donde quiero estar, porque me siento útil y, por lo mismo, realizada, pese a las balaceras”.