Algunos partidos y medios de comunicación han utilizado al monstruo de Frankenstein para referirse a la reciente moción de censura contra el Gobierno de Rajoy. La intención no era otra que menoscabarla, comparándola con un engendro que, en la cultura popular, produce una suerte de repulsión y miedo.

El monstruo –que en la novela original no tiene nombre– está “fabricado” utilizando retales de cuerpos humanos. Piezas recolectadas en cementerios, sanatorios, prisiones y otros tétricos espacios, que hablan de la deplorable o paupérrima condición de los personajes de los que proceden.

De alguna forma, a través de esta metáfora se intenta dibujar en el subconsciente de la opinión pública la idea de que la moción de censura de Sánchez también está compuesta por acoples marginales de la política. Los votos de “separatistas”, “etarras”, “rojos” o “golpistas” harían las veces de los asesinos, locos, enfermos o borrachos de los que procedían las partes del cuerpo del monstruo.

Sin embargo, tomar como referente metafórico una obra literaria puede dar pie a lecturas e interpretaciones completamente diferentes a las deseadas. Sobre todo si no se ha leído el libro y, en todo caso, si no se hace atendiendo al contexto histórico y al mensaje que, de hecho, quería transmitir la autora de una obra que, precisamente, cumple ahora 200 años.

Y es que el monstruo de Frankenstein contiene parte de esa poderosa reacción artística revolucionaria que fue el romanticismo, dirigida a confrontar directamente contra los postulados de la tradición neoclasicista, basada en un conjunto de reglas sociales férreas y estereotipadas. Cualquiera que sepa leer con las referencias y el trasfondo adecuados esta obra terminará por empatizar con el monstruo, por comprender la tragedia que se esconde tras su nacimiento, por valorar sus esfuerzos por integrarse en una sociedad llena de prejuicios y remilgados modales, que no eran más que una máscara para esconder las miserias de la época.

La moción de Sánchez ha terminado por parecerse al monstruo de Frankenstein, pero no en esos elementos peyorativos que pretendían teñirla de horror y de catástrofe, sino en los valores y los sentimientos románticos del siglo XIX. Así, aquellos partidos señalados como los parias y los apestados del hemiciclo, por esa moral chusca y añeja de la España que pretenden imponer Ciudadanos y el Partido Popular, se han rebelado en su condición y contra su condición para darle un revolcón a los guardianes del pensamiento uniforme. Lo que parecía imposible, encontrar puntos de unión entre fuerzas tan diversas y dispares, ha resultado ser finalmente posible gracias a la actitud autoritaria de los que se creían en una posición de poder inatacable. Si tu programa y tu discurso político se basan únicamente en forzar la uniformidad en un Estado tan diverso como España, al final puedes conseguir que los diversos se unan contra esa cruzada, en aras de mantener su propio espacio e identidad.

El espíritu del parlamentarismo que, curiosamente, también se construye en el romanticismo, consiste en la capacidad y la habilidad para encontrar puntos comunes entre la diversidad de identidades e intereses que coexisten en una comunidad. Los parlamentos de las mayorías absolutas o del bipartidismo turnista no reflejan esta diversidad y fuerzan –a través de la polarización– una voluntad uniforme dentro de una realidad plural.

Paradójicamente, cuando creíamos encontrarnos en el punto álgido del momento patrio, de la bandera, del himno y del sentimiento nacional, con vocación de tapar los problemas de la corrupción, de los servicios públicos, del machismo o de las pensiones, ha sido una reacción de los sentimientos –como en el romanticismo– la que ha abierto una esperanza de cambio. De haberlo interpretado así, quizás se hubieran pensado dos veces utilizar al monstruo de Frankenstein para bautizar la moción de censura.

Texto de Francisco Jurado para Ctxt.es