La Yein Fonda: un reencuentro en la medida de lo posible

Se hizo uso de no pocas estrategias para evadir la atención del público hacia Álvaro Henríquez, que se dedicaba a cantar, nada más, y a exhibir algo de actitud rock, cuyo máximo despliegue ocurrió cuando Titae salió al público a tocar la guitarra, dando la vuelta por el recinto entero, escudado por los acordeonistas de Los Norteños del Sur.

Foto de archivo del lanzamiento de Agencia Uno. Debería comprarme una cámara de fotos.

Siguiendo con nuestra jornada de reseñas de espectáculos, hemos asistido a la Yein Fonda, gracias a la generosidad de su organización que nos entregó dos entradas. Todo, a cambio de una reseña, por mucho que esta salga ya para cuando la gente no irá. ¿Servirá de antecedente para que la gente se lo piense si ir a la siguiente versión? ¿Habrá una siguiente versión? Tantas preguntas en tu mente, buscas respuestas de la gente. Ven a ganar, ven a triunfar, un terremoto te espera.

El primer problema fue la locomoción. La principal barrera de entrada era el precio de las mismas, y se notó. La segunda el lugar donde se realizó. Aunque esto no es achacable directamente a la organización del certámen, no es menos cierto que la baja frecuencia del transporte público hacía altamente recomendable asistir en vehículo propio en lugar de depender de los servicios regulados por el Estado. Y los no-regulados podían cobrar sumas cercanas al valor de la entrada, así que aún más dolor. Con todo, el valor de la misma se justifica plenamente cuando constatamos la larga lista de artistas que se presentaron, con algunas pausas bailables, desde las ocho de la tarde.

Sin embargo, el número que causaba mayor expectación era la presentación de Los Tres. No representaba ninguna novedad; mal que mal, Álvaro Henríquez lleva un buen rato tocando; y hasta dio con generosidad entrevistas a diestra y siniestra (menos a nosotros, pero al menos nos dio entradas… no hay que ser malagradecido); lo llamativo consistía en que se trataría de su primer concierto de larga duración, signado por la incertidumbre que la frágil salud del cantante lo terminara devolviendo a sus cuarteles de invierno.

Cerca de la medianoche, y antes de lo esperado, salieron Los Tres al escenario. Aunque debería precisar; deberíamos decir que se trataba de una banda de covers de Los Tres con Titae al bajo. Aunque comprendemos plenamente las razones de esta estrategia —no reducir la duración del show, sin sacrificar ni comprometer la salud de Álvaro Henríquez —debo decir que el desconcierto (no el sitio de la competencia, sino el sentimiento) me invadió cuando de pronto las canciones eran interpretadas por artistas invitados y no por el vocalista original. De ahí que uno comentara, no con cierta impotencia, que eran una bandita de covers. Pedro Piedra, Gepe y María Colores interpretaron tres canciones cada uno (Gepe cuatro, en rigor); dos de Los Tres y una de su propia cosecha. Algo de decepción llevábamos, más aún cuando mi novia se apestó tan pronto afirmé que María Colores tenía buen lejos (sintióse insultada pues mi juicio lo hacía solo por que la artista era, en sus palabras “flaca y llevaba un vestido cortito”, en realidad mi temor era a por el hecho que, estando tan a la precordillera, se iba a terminar resfriando), cuando, de la nada, aparece Álvaro Henríquez, el jefe de jefes.

Ahí se nos olvidan todas nuestras ganas de odiar al mundo. Tras diez canciones, ya estábamos lo suficientemente apaleados para disfrutar y no andar sacando estadísticas. No sé bien cuánto habrá cantado, de cualquier manera habrá sido poco. Se hizo uso de no pocas estrategias para evadir la atención del público hacia Álvaro Henríquez, que se dedicaba a cantar, nada más, y a exhibir algo de actitud rock, cuyo máximo despliegue ocurrió cuando Titae salió al público a tocar la guitarra, dando la vuelta por el recinto entero, escudado por los acordeonistas de Los Norteños del Sur. La canción final, Un amor violento, fue interpretada por los invitados y Álvaro Henríquez solo quedaba en la guitarra. El final había llegado. El público, comprensivo, no pidió el bis.

Aunque la comida no dejaba de estar a un precio doloroso, comparado con otras fondas era un precio moderado y hasta decente. Una amplia oferta de comida vegana hizo las delicias de la población más pudiente que no quiere matar animalitos y solo contrariar. Bien es cierto que el mote con huesillos se agotó cerca de las once de la noche, dejando como única opción bebidas enlatadas y toda clase de bebidas espirituosas. El terremoto, que probamos, era bastante suave; de allí que no detectáramos ebrios en el lugar.

Tan pronto Henríquez abandonó el escenario, abandonamos el local. El cronista no está habituado a la pachanga, por mucho que la peliroja de anchas caderas bailase como una pirinola. El problema es que mi polola estaba bastante en alerta a causa de esta circunstancia, y echarle más bencina a ese fuego era irresponsable.

El retorno a casa sería en la salvaje micro nocturna, en la cual incluso asistentes que pagaron quince lucas, con souvenires varios como discos y fotos, terminaron por saltar el torniquete. Desprecio comprensible para un servicio tan demoroso, pero que, hay que decirlo, nos ahorró casi diez mil pesos de movilización a las dos de la mañana.

¿Gusto a poco? Sí. Pero sólo se la perdonamos a Álvaro porque está en rodaje. Y porque es nuestro amigo. O sea, es amigo de mi jefa. Y mi jefa es quien manda, yo solo escribo.

 

La Yein Fonda

Multiespacio Chimkowe

18 de septiembre

$15 mil pesos

Comentarios
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