La transición chilena a la democracia fue un ciclo intensamente refundacional que apeló a una retórica prudencial donde durante un decenio padecimos los discursos del “pánico político” acerca de las posibilidades reales de una “regresión autoritaria”. A poco andar, nuestra clase política se sirvió de una “tecnología de los miedos” para domesticar la proliferación de un eventual “sujeto deliberativo” cuyos efectos podían erosionar el dispositivo jurídico-militar del autoritarismo y generar un retroceso devastador que nos llevaría al despeñadero. Tal tremendismo surtió una fuerte mediatización conservadora y estuvo en boga durante toda la década de los 90′ y atravesó ligeramente los años 2000′.

A tal punto llegó la inoculación de esta tesis -regresión autoritaria- que más de una generación abrazó el argumento contingencial y luego deliberado de la elite progresista, a saber, se debía pasar el “test de la pureza” que implicaba esperar al menos un decenio (y quizás más…) A este respecto vaya una moción de orden. Después de la noche del plebiscito resultaba prácticamente inviable una “regresión autoritaria”, parcialmente similar a un golpe de Estado, cual es un movimiento que aglutinara al conjunto de las ramas de la defensa y que gozara de un apoyo cerrado de nuestra élite neo/conservadora que por esos años ya abrazaba el derrotero institucional -reclamaba su ancestral rectorado discursivo- como un ritual indispensable para su propia “purificación”, y de pivote permitía masificar el acceso populista a los goces de globalización y consumo. Quizá la noche del plebiscito fue la última oportunidad que el pinochetismo tuvo para realizar un movimiento de fuerzas que -so pena de exhibir un poder de fuego vacío de toda legitimidad- hubiera derogado de bruces la institucionalidad edificada por el propio Jaime Guzmán. Tal acción de fuerzas no contaba con un respaldo cerrado en los sectores neo-conservadores que apoyaban al régimen, ni menos en la DC, consciente del costo de sus ambiguedades en los años 70′. En suma, llegamos a la paradoja de que un tibio “¡Pinochetismo sin Pinochet!” se había incubado a fines de los años 80′, al menos en algunos personeros de RN, cuestión que gradualmente dio pie a la tesis de los consensos.

Lo que ocurrió después de esa noche fue la administración cada vez más racional y consciente de las emociones ciudadanas donde los ingenieros del marketing político no tardaron en hacer uso y abuso de la iconografía castrense. De este modo, un sector de la coalición del arco-iris, que veía en tal proceso no sólo la desactivación de las “voces disidentes”, sino una comunicación estratégica para instaurar un campo de reformas liberalizantes propias de una “refundación neoliberal” que se consumó en plena transición a la democracia y que no tiene precedentes respecto a las reformas administrativas implementadas a fines de los años 70′ -cuestión que la generación del golpe se niega a recomocer-. Ciertamente esta trama de sucesos no se puede imputar a una tesis velada, o bien, a un enfoque conspirativo, sino a las configuraciones que el poder fue cincelando. Sin embargo, después del agotamiento de la vía de “rebelión popular” la elite progresista -especialmente aquella de mayor sensibilidad en la coordenadas geopolíticas de la región- empezó a leer con sutileza y sentido de oportunidad el cambio de época y los “tanques pensantes” de la transición como FLACSO fueron fundamentales para capitalizar diversas coyunturas y proyectar escenarios.

Ya era tarde para impugnar la veracidad de un conjunto de ficciones naturalizadas, que solo pueden ser comprensibles apelando a algún ensayo de Fernando Pessoa. A poco andar una parte de la elite había optado por la vía del tránsito pacífico y buscaba salvar su honra, purgar sus pecados y recuperar el mito republicano. La metáfora de la “manu militari” no tenía soporte constitucional, era técnicamente inviable, y tampoco hubiera encontrado una aceptación sustantiva, dado el New deal entre élite y capitalismo financiero en los tiempos de la aldea global. No es una ficción sostener que en el marco de una asonada militar ello hubiera derivado en un proceso de polarización entre un empresariado conservador, muy cercano al “régimen derrotado”, una facción ligeramente liberal de RN y una parte de nuestra elite que por distintos “pudores republicanos”, entre ellos la necesidad refundacional de una economía globalizada, no se hubiera embarcado en una nueva aventura militar.

Y qué nos dicen las anécdotas. En uno de los tantos momentos de incontinencia y de Pinochet, éste último le expreso a Patricio Aylwin que su único Jefe Directo era el propio Presidente de la República y no así Patricio Rojas, por aquel entonces Ministro de Defensa, quien no cumplía a juicio del general con el grado de un “Mariscal de Campo”. Durante tal reunión, Aylwin en su calidad de viejo político falangista, profesor de derecho administrativo y Presidente en ejercicio, inmediatamente le enrostró al general la Constitución elaborada en tiempos de Dictadura y visada por el propio Pinochet para recordar categóricamente que ella decía literalmente “Las Fuerzas armadas y del orden responden al Ministerio de Defensa”. En suma un categórico Aylwin le replicó: “¡Según su Constitución General, no la mía, su jefe Directo es Patricio Rojas y su Jefe Superior soy yo¡” (sic). Llamado al orden y fin del diálogo. El tema se daba por zanjado ahí, pues la fuerza del dispositivo constitucional era el mecanismo legitimador (vinculante y purificador transversalmente para la clase política) del propio mundo autoritario so pena de patochadas, enojos, malestares simbólicos y ejercicios de enlace.

¿Y qué duda cabe? A modo de un contra-factual, si las cosas hubieran tomado otro cauce, a no dudar, una transición menos pasiva, y guiada por Gabriel Valdés, con más densidad política -y sin esa impronta de un largo bostezo- hubiera generado un clima de mayores tensiones cívico-militares, pero implicaba también avanzar en la iniciativa política (proceso que fue silenciado). Y ello admitiendo en el extremo que la joven democracia (pactada) hubiera tenido que enfrentar escenarios parcialmente similares a los duros conflictos de Raúl Alfonsín con los “carapintadas”. Estas son materias que se discutieron in situ y acaloradamente a fines de los años 80′. Pero sin perjuicio de todo lo anterior, y admitiendo todas las afecciones institucionales y ciudadanas que ello hubiera significado, aún así, la sumatoria de los malestares, intimidaciones y amenazas veladas o explicitas estaba lejos de habilitar la posibilidad real de una regresión autoritaria que derogara la dantesca relojería constitucional (deus ex machina) cincelada por Jaime Guzmán.

En ese sentido la elite concertacionista inoculó el discurso del miedo -bajo distintas coyunturas- y lo adaptó a su fragilidad apostrófica para administrar una textualidad bio-política bajo un “principio prudencial” exacerbado. En buenas cuentas, resultaba un buen recurso echar mano de una sociabilidad centrada en los miedos, más aún para templar los antagonismos y finalmente domesticar aquel campo de “sujetos litigantes” que exigían espacios de democratización más genuinos que la Concertación a poco andar neutralizó invocando en más de una ocasión “raison d’état”. Sin embargo, en un muy breve plazo, los actores incidentales del progresismo chileno leyeron las tendencia de cambio y entendieron la dinámica del proceso intensificando por omisión el quiebre entre política y sociedad, impulsando una escisión entre transformación y vida cotidiana, consolidando una “épica del realismo”, cuestiones indispensables para sustentar el aluvión neoliberal de ribetes refundacionales. De allí deriva un lugar común donde se suele afirmar eufemísticamente que la Concertación administró (heredo) el modelo legado por las reformas implementadas por los “Chicagos boys”. El uso del término “administración” resulta vulgar y conceptualmente huero para entender el proceso de desactivación deliberado que algunos agentes elitarios de la Concertación implementaron.

En suma, la masificación populista en educación superior comenzó en 1990, el año 1 del neoliberalismo en Chile migró por una línea simultanea durante el primer gobierno de la Concertación. La Coalición del arco iris no sólo se consagró a cincelar neoliberalismo full time sino que hizo del mismo una “racionalidad política” y se propuso un movimiento refundacional en cuanto a extender exponencialmente sus axiomas (hemos aprendido con Foucault que el poder es siempre productivo). Tal proceso se asemeja más a una segunda fase fundacional (y abarca desde Salmoneras, la minería hasta la privatización de las Universidades tradicionales, desde Laureate hasta el campo de las inmobiliarias). Tal cadena de sucesos dista de la tesis parroquial de la administración de un “modelo heredado”. Y para muestra una discreta sinopsis. Con ocasión de la crisis energética, Eduardo Frei privatizó Colbún, Edelnor, Edelaysen, que en conjunto representaban cerca del 40% de la generación eléctrica del país a la fecha y que aún estaba en manos del Estado. Frei Ruiz-Tagle También inició la privatización de las empresas sanitarias (proveedoras de agua potable), en rigor, la empresa de Servicios Sanitarios de Valparaíso (Esval) licitó la venta del 35% de sus derechos, los que fueron adjudicados por el consorcio Enersis-Anglian Water, proceso que alcanzó después a las distribuidoras de la región metropolitana, Emos, (hoy Aguas Andina), del Biobío (hoy Essbio) y de los Lagos (hoy Essal).La Empresa de Obras Sanitarias (EMOS) era una eficiente industria del Estado que cubría el área de la capital y alrededores. Sin embargo, EMOS fue privatizada en un acción que inició Frei y culminó Lagos. Los favorecidos fueron empresarios españoles y, por supuesto, los pagos de estos servicios de agua potable y alcantarillado se han incrementado para los consumidores. En suma, bajo una verdadera “metodología de las privatizaciones”, aquello que se desplegó a fines del Gobierno de Frei Ruiz-Tagle quedo sancionado bajo la gestión de Lagos Escobar que para efectos criollos operó como el Menem Chileno ofertando la institucionalidad que estos procesos requerían. En efecto, nuestro “neoliberalismo avanzado” -de inéditos alcances regionales- solo fue posible por un conjunto de actores incidentales que junto con asumir la imposibilidad de domesticar al mercado por la vía de las coberturas público-estatales, estimularon (full time) un ethos que asumía la fuerza expansiva del mercado. Huelga una precisión, no se trata en ningún caso de negar el origen de fuerzas (vertical o viciado) del neoliberalismo, sino de interrogar y analizar el complejo “juego” de mediaciones político-institucionales que hizo posible su fase de “alta intensidad” en cuanto a la expansión de servicios que irremediablemente nos llevan a reconocer los hitos fundacionales -la legalidad del caso- ejecutados bajo los gobiernos de la transición.

Todo transcurría sin sobresaltos hasta que llegó el totémico 2011 y una generación de jóvenes inmunizados contra las “tecnologías del miedo” -epocalmente desfasados- que no padecieron ni habitaron los traumas del autoritarismo vinieron a interpelar el legado Pinochetista, obviando el “Big Bang neoliberal” del mundo concertacionista (CAE, CNA, CNED) que era la génesis de las demandas en cuestión. Tal miopía explica -globalmente- la facilidad con que esa bancada estudiantil sentenció velozmente la caída del modelo, al menos algunos de sus mentores, y luego aceptó ser parte de la Nueva Mayoría, a saber, imposibilitados de leer la institucionalidad liberalizante que cinceló la escena transicional, y no necesariamente el pinochetismo, se sumaron a la causa del año 2014 bajo el sarcasmo del “colaboracionismo crítico” (RD).

A la luz de una “cultura managerial”, contra el relato instaurado por el oficialismo cultural, cada vez que recordemos el 5 de Octubre -y sus diversas ficciones- los rituales no pueden negar que los vítores, por doloroso que resulte, corresponden al texto constitucional de Jaime Guzmán (¡Chapeau!). He aquí el “arquitecto mayor” de nuestra democracia quien fue capaz de integrar el discurso opositor (las voces democráticas de la negación) en el propio diseño constitucional.

Ergo; solo un “épico” Pinochetismo sin Pinochet nos permite explicarnos la enmarañada escena de celebraciones donde el triunfo del NO se convirtió en la victoria del sí. Contra la tesis de Carlos Peña, un Piñera derechista -so pena de vacilaciones- siempre ha sostenido que voto por el NO. Dado la constitución de nuestra democracia hermafrodita y constatando los enlaces entre política, retórica y una realidad profundamente liquida, ¿porqué no podría celebrar el diseño de Guzmán y el oráculo de las modernizaciones?

Después de 30 años de realismos sesgados, despertar una mañana en estado de resaca. Si el 5 de octubre no representa más que una ilusión vencida, una actitud estética del progresismo ubicuo donde todos celebran la consumación del “apareo plebiscitario” (¡celebra el PC, celebra la UDI, celebran todos¡), dónde buscar un aliento bajo el tropel de impunidades, extravíos y saturaciones mediáticas. Dónde pedir respuestas a un tiempo disoluto y evitar que la pregunta no quede diferida como una ética en el vació. Despertar y saberse engañado durante tres decenios y reclamar un verbo lumínico frente a esta lúgubre manía de vivir. Pero no hay defensa posible del campo político. Todo pierde su nombre.

Con todo, huelga una pregunta por una “vida afirmativa”.

Mauro Salazar J.