La “Sección Confidencial’’ del matinal de Canal 13, que hacía María Eugenia Larraín, había tenido éxito el segundo semestre de 2004. Estaba en la retina la entrevista a Camiroaga, que le costó un reto de TVN al Halcón de Chicureo. Fue por eso que el productor Bibiano Castelló había quedado entusiasmado con la idea de repetir el rating con un rostro de primera línea. Marcelo Ríos siempre fue un evasor de la prensa y de las entrevistas, pero ese año en particular quiso mostrar su lado amable a todos sus seguidores. Aceptó ir a conversar con Kenita a las pantallas de la estación católica y después se le vería en MEGA comentando el bloque deportivo junto al desaparecido de la TV, Mauricio Israel.

Frente a las cámaras, ella muy maquillada —con la típica sombra azul en los ojos— y un Marcelo muy serio y con muchos tics en el cuello. Se trató de un diálogo de unos 20 minutos editado, pero dónde él se mostró sorprendentemente contento. Rio varias veces. Raro. Es que su entrevistadora lo cautivó, al nivel de que antes de retirarse a su casa en el auto deportivo que lo esperaba se quedó un rato conversando con ella. La pareja se flechó.

Pasaron unos días y Ríos contactó a la amiga de la modelo, Macarena Olmos, a quien convenció para que le pasara el número de celular de Larraín. Faltaba la tarea difícil, pues aunque el tenista tenía fama de galán, cuando alguien le interesaba de verdad le entraba el temor. Pero igual la llamó.

Se hicieron amigos, conversaban todos los días por teléfono y de a poco empezaron a salir. La mayoría de las veces iban con Macarena y otros amigos de Marcelo a bares y discoteques. Pasaron varias jornadas en la OVO de Viña del Mar. Ríos Mayorga se portó como un caballero, al nivel de que bebía solo gaseosas y jugos en un comienzo, y las veladas junto a la rubia eran hasta temprano.

De ahí comenzó un romance casi de estudiantes entre ambos. Mucho contacto telefónico y de juntarse casi siempre en lugares con poco público o en la casa de María Eugenia, en Martin de Zamora esquina Colón. Vieron muchas películas, lo que tuvo como consecuencia el primer paparazzeo entrando a un video club de la extinta cadena Errol’s. Era verdaderamente un idilio, que coincidía con la organización del retiro del tenis del ex número 1 del mundo.
Ríos Mayorga viajaba mucho para ofrecer partidos de exhibición. Eran sus últimos duelos, los cuales acompañaba antes y después de un llamado telefónico a Kenita, con quien duró solo dos meses como amigos y seis meses más como su pareja. La relación tenía como contexto a un atareado deportista en medio de un entuerto judicial con su ex mujer Giuliana Sotela. La costarricense lo había demandado por una millonaria pensión alimenticia para su hija Constanza Ríos. Ambas vivían en San José.

Kenita lo apoyó, porque lo vio sufrir una decena de veces en que él trataba de hablar con su pequeña y su madre se la negaba al teléfono. Ríos era un excelente padre y, pese a su carácter altanero y desafiante, cuando se trataba de Constanza agachaba la cabeza. Y ahí estaba María Eugenia, ganándose el escurridizo corazón de un duro.
Habían pasado solo un par de semanas de relación formal para que el hombre del tenis presentara a “su nueva mujer” a la familia. La pareja llegó a la casa de los Ríos-Mayorga y ahí los recibieron Jorge Ríos y Alicia Mayorga. La segunda quedó hipnotizada con la ex de Zamorano. El pasado había quedado atrás para los dos y había que apoyarlos. Jorge Ríos solo miraba debajo del agua y sonreía, como a regañadientes. Pero el niño de la casa tenía que estar feliz y, además, era la mina de oro que le cambió la cara a su familia. Paula Ríos, hermana del “Chino’’, fue siempre discreta. La aceptó igual.

La relación se hizo formal. Tranquilidad ante todo. Marcelo, pese a que tenía un departamento en la avenida El Golf, que lucía un hipnotizador color café oscuro y ventanas redondas, prefería pasar las noches donde sus papás. Su pieza iba a ser eterna, por lo que —como un adolescente— llegaba allí con un previo aviso a los dueños de casa. La decoración de su espacio infantil se mantenía exactamente igual que cuando era más pequeño y ganó sus primeros torneos, como el Orange Bowl.

A las semanas la pareja comenzó a entrar de lleno en sintonía. Se quedaron muchas veces en el departamento de María Eugenia. Al comienzo a ella le agradaba mucho ir a la casa de los Ríos-Mayorga. Incluso, ambos jugaron con los dos pastores alemanes que vivían allí y en más de una oportunidad caminaron juntos a las canchas de tenis que colindaban con el domicilio. Jugaron tenis sin mucho éxito.

Pintaban para un futuro próspero, inmerso en la fama y donde ella por fin encontraba la felicidad. El deportista era otro, un número uno que la hacía feliz y le bloqueaba un pasado de sufrimiento y desesperanza. María Eugenia Larraín Calderón se enamoró irremediablemente de Ríos. Él hizo su trabajo de conquista en muy poco tiempo, pero cada detalle, cada sorpresa y las increíbles y profundas conversaciones entre ambos, que iban más allá del Roland Garros o de las pasarelas, terminaron con una mujer entregada a un loco simpático e irreverente.

Habían pasado unos meses fantásticos hasta que llegaría la primera discusión. El motivo: la resurrección del alcohol en el “Chino’’ (que había fallecido antes de conocer a la mujer de los ojos claros).

Pero en 2005, tipo una de la mañana en la misma OVO de Viña, el grupete de Ríos y Kenita se repetía el plato: La Camisa Negra de Juanes sonaba como vuvuzela en el Mundial de África. Todos bailaban, pero Ríos con una cara chistosa, desfigurada y colgando de un vaso de ron comenzó con un espectáculo que vieron al menos 50 personas: mientras sonaba la canción, el ex tenista comenzó a hacer unos pasos eróticos, como un vedetto del Barrio Suecia. La gente empezó a hacer un círculo, mientras él con su lengua lamía los cuellos de las mujeres. Kenita no lo podía creer.

Pasaron los minutos y la canción cambiaba. Ahora era La Tortura, de Shakira y Alejandro Sanz. El mejor deportista de todos los tiempos seguía con su rutina. Esta vez había más ron en el cuerpo y los pasos se hacían más aletargados. Quienes estuvieron allí cuentan que María Eugenia le pidió insistentemente a Marcelo que se fueran del lugar. Mucha gente los había visto a ambos y ella nunca pensó que él tomaría tanto como para no tener conocimiento de lo que sucedía.

Lo peor vino después. Mientras Ríos se abrazaba a la rubia para poder dar unos pasos sin tambalearse, justo a la salida de la discoteque se acercó a saludar Fernando González Ramírez, padre del tenista Fernando González. El papá del Bombardero de La Reina solo trató de ser amable ante la pareja, pues pensaba regresar al casino de juegos, que se encontraba al lado de la OVO.

González asintió con la cabeza hacia Ríos y Larraín. Pero el Chino, sin motivo alguno, lo miró, se puso a reír, le arrebató el celular y con su zurda monstruosa lo lanzó, fácil, a más de 20 metros. El aparato quedó completamente destrozado, González no entendía nada y María Eugenia tomó a su novio de la mano y se encogió de hombros excusándose ante el afectado. Y rápidamente se llevó a Ríos antes de que pasara algo más.

Cada uno durmió por su cuenta esa madrugada. Horas después, mientras Kenita repasaba los imborrables recuerdos de hace algunas horas, Ríos se disculpó apenas abrió los ojos. El entorno de la pareja señala que ella inmediatamente terminó con Marcelo.

El ex tenista sabía que los flashazos que tenía en su cabeza de hace al menos 10 horas eran solo manchas, música, risas y nada más. Estaba arrepentido, pero fue un caballero y la única forma de reivindicarse ante ella, que de verdad lo tenía hipnotizado, sería con un golpe de timón, de esos que hacen cambiar de parecer a cualquiera, que convencen. Sin titubear le dijo: “No te quiero perder y por eso voy a cambiar. Acuérdate de mí’’.

Ella no sabía qué cosa podría ser tan drástica como para borrar una jornada de aquellas, donde Ríos Mayorga por un rato le hizo recordar los malos tiempos con una pareja, haciéndola sufrir una vez más. Es que eso era: Larraín Calderón podría haber aguantado un payaseo de Ríos, pero escándalos, violencia y problemas de ese tipo le hicieron acordarse de su escandaloso pasado amoroso.

Sin embargo, ella quedó sorprendida cuando escuchó algo que nunca imaginó que existiera. Ríos le explicó que había un tratamiento que se llamaba pellet, el cual se trataba de un comprimido que se inserta en el tejido abdominal y que está compuesto por una sustancia que reacciona frente a la ingesta de alcohol, incluso en cantidades bajas. Él le prometió que se lo pondría y ella se encargó de acompañarlo a la Clínica Alemana.

Volvieron como pareja en esa oportunidad.

Lo lamentable es que solo duró un par de meses el artefacto dentro de la piel del tenista. Él mismo se lo fue a sacar.

Cercanos a Marcelo aseguran que continuó con sus fiestas —a menor escala, sin tanto escándalo— pero el consumo, principalmente de ron, se mantenía intacto. Kenita se dio cuenta de que lo que tenía su pareja era una enfermedad. Dicen que ella lo interpretó como un “grave problema”, al que asoció con la infancia de un niño prodigio que vivió en las losas de los aeropuertos, compitiendo como un adulto, sin sus padres ni compañeros de escuela, ni juegos, ni bicicleta. Y después, una adolescencia plagada de entrenamientos, coaches, presiones constantes, lobbies de finos hoteles y dinero.

Ella no lo dudó y lo acompañó a la Clínica Alemana una vez más. Realmente creía que en algún momento él ya no iba a recaer. Y aunque en dos nuevas ocasiones más él volvería a sacárselo (y su pareja lo llevaría de vuelta a ponérselo), la situación cambió. Se logró estabilizar la dependencia del alcohol en Marcelo y la pareja comenzó a disfrutar de los paseos, los paisajes, las películas y el buen sexo.

Cercanos a María Eugenia Larraín cuentan que ella siempre elogió a Ríos por ser un buen amante. Dicen que la rubia siempre se jactó de sus besos, sus caricias y sus glúteos. Años después, Marcelo Ríos daría una polémica entrevista. Fue el 16 de noviembre de 2016 en el programa El Cubo, de Chilevisión. En ella el ex número 1 del mundo se jactó de ser un súper dotado a nivel viril. A la voz en off que le preguntaba frente a las cámaras Marcelo le respondió con célebres frases. “14 centímetros es una hueá chica, normal, no sé, ¿20?’’. Al final cerró el tema diciendo que tenía “21 centímetros, la última vez’’.

Después de esas palabras del deportista en CHV, las amistades curiosas llamaron inmediatamente a la modelo, quien entre risas repitió una decena de veces la misma frase: “Yo estoy segura, pero muy segura, de que eso lo dijo en broma’’.

Pero volvamos a la pareja. María Eugenia y su flamante novio estuvieron en su mejor momento a los cinco meses. Tal fue la estabilidad emocional, la excelente relación de ambos con sus respectivas familias, que el ex “extraño del pelo largo’’ decidió hacerle una invitación distinta a Larraín Calderón. Se trataba de una glamorosa cena en la suite presidencial del The Ritz-Carlton Santiago. Ella pensó que la comida era en el restaurante del hotel, pero cuando llegaron al flamante edificio del barrio El Golf, inmediatamente tomaron el ascensor. Algo extraño pensó que sucedería —le contaría después a sus amistades—.

La pareja entró a una habitación de más de 80 metros cuadrados. Alhajada, mucho blanco, con una vista a todo Santiago y un comedor con una mesa de vidrio, velas encendidas y los respectivos dos puestos. Cinco minutos después, mientras él caballerosamente la ubicaba en su silla, sonó el timbre. Se trataba de un botones que traía la comida. Eran dos bandejas de plata. Tras retirarse el mayordomo, inmediatamente Marcelo se abalanzó sobre uno de los recipientes. Lo cogió, se lo acercó a su pareja y le pidió que lo destapara. Ella lo tomó con su brazo izquierdo y se encontró con una luz reflectante a pura piedra preciosa: un anillo de brillantes y oro blanco.

Kenita lloró.

Lo que vino después era la pregunta —casi afirmación— del tenista: “¿Casémonos?”. El sí de María Eugenia fue espontáneo e inmediato, sin dudas.

Fue un amor sincero por esos días, y avasallador. Ríos no le pidió la mano nunca a los padres de su novia y Jorge Ríos y Alicia Mayorga se dieron por enterados del tema casi por una conversación de pasillo. Es que el “Chino’’ era especial. Quería todo rápido, sin contarle a nadie y solo informar cuando se estableciera la fecha.

Desde aquella noche en el Ritz solo pasaron 10 días para que fueran al Registro Civil y estamparan las respectivas firmas para darse por casados.

La oficial del Registro Civil estaba preparada ese 7 de abril de 2005. Sabía que le tocaría un novio escurridizo y como cónyuge se encontraría con la reina de la farándula local. En el departamento de la maniquí solo seis personas celebraron la ceremonia: la oficial, el padre y madre de la novia, Mario Larraín Corssen y Patricia Calderón Terán, además de su hermano mellizo, Mario “Kenito’’ Larraín y su nana, de nombre Érika. Acompañando a Ríos solo estaba Alicia Mayorga, pues su padre, Jorge Ríos, andaba de viaje viendo unos temas comerciales.

Pese a que se trató de algo simple, bajo absoluto hermetismo y con menos de dos semanas para su realización, la prensa sabía la hora y el lugar de la ceremonia. Y cuando los participantes del matrimonio salieron, se encontraron en la calle con casi un centenar de periodistas, fotógrafos y camarógrafos. Lógico, era el segundo matrimonio del mejor deportista de todos los tiempos y la protagonista había dejado plantado en el altar no a cualquier figura del balompié nacional.

Y lograron zafar. Imágenes, solo imágenes, tuvo la prensa de la rápida fuga que se produjo luego del esperado “sí’’. El destino de ambos fue el aeropuerto: San Francisco, Estados Unidos, y Tahití, serían los destinos de la esperada y fugaz luna de miel.

En San Francisco tuvieron mucho resguardo ante los reporteros. Los canales y medios nacionales habían encargado a corresponsales en EEUU que enviaran imágenes y lograran una entrevista con los recién casados. Pero el hotel nadie supo cuál sería, ni mucho menos supieron cuándo arribaron a Tahití.

Ya instalados en la isla más grande de la polinesia francesa, los Ríos-Larraín disfrutaron de verdad. Podían caminar, tomar tragos de fantasía en la playa sin que nadie los molestara, pues eran dos desconocidos para la poca gente que estaba por esos días en el paradísiaco resort que los hospedaba. Los “NN’’ de Tahití tuvieron que regresar a los pocos días a la capital de Chile, porque él debía cerrar unos negocios y ella recibiría una tentativa oferta de Canal 13.

Lo lamentable para Marcelo fue que ya de regreso en Santiago, la estación católica desistió de la oferta para la rubia, pero sí pasó algo con TVN. El matinal Buenos Días a Todos necesitaba a la ex de Zamorano para reemplazar a Tonka Tomicic, que se iba de vacaciones por dos semanas, y la idea era que la mujer de los ojos azules formara el trío con Felipe Camiroaga y Jorge Hevia. ¡Ardió Troya para el “Chino’’! Él sabía que lo del “Halcón’’ eran cenizas que nunca se habían apagado, por lo que siempre se opuso a que ella desembarcara en la red pública y más en su programación mañanera.

Pero Marcelo nunca le prohibió nada a su mujer. Quienes conocieron a la pareja señalan que, pese a su carácter, él respetó las decisiones de ella hasta los últimos días de la relación. El entorno del ex tenista asegura que fue un caballero de principio a fin. Y en esa instancia —y en contra de su voluntad—, aceptó la participación de su esposa en el BDAT.

Todo el tiempo estuvo monitoreando los programas donde aparecía su mujer. La producción de TVN se enteró y decidió invitar a Marcelo al set. El “Chino’’ no quería, pero no podía decirle que no a una propuesta del franjeado donde trabajaba su esposa.

A Felipe Camiroaga, Ríos lo detestaba. Y esa mañana se notó desde lejos. Ya en vivo y en directo, y con Marcelo con un rostro poco amigable, empezaron a hacer un juego entre los panelistas. Estaban “Pipe’’, María Eugenia, Jorge Hevia, un par de opinólogos y él. De repente, Ríos perdió en la perfomance. Habían unas piezas de plástico en una mesa. Fue tanta la ira y la frustración que tenía en ese momento, que el ex deportista empuñó las manos en cuyas palmas tenía varias de esas figuras de colores y las lanzó lejos en pleno estudio. Terminó la participación del rey del tenis.

Se fueron a comerciales.

Al “Chino’’ se le mezcló todo, y salió todo mal: jugar a algo que no le complacía, hacerse el amigable cuando no lo era, y estar sentado frente a Felipe Camiroaga, para él su archirrival.

Ya con ambos en la casa partió la primera discusión por celos. “Viste cómo te mira este hueón’’ le dijo Marcelo a Kenita. En ese sentido, el astro del tenis tenía razón. A Camiroaga no le importaba nada y las imágenes de ese día lo dijeron todo. Pareciera que el “Halcón’’ la observaba como viendo a su presa. Todos se percataron de la situación.

A Ríos Mayorga se le sumaron dos cosas en menos de una semana: ya estaba con la sangre caliente con el tema de Felipe y el flirteo con su mujer, pero lo que terminó por hacerlo explotar fue que la misma Macarena Olmos, amiga de Kenita, le comentó sin darse cuenta que el perro que tenía la pareja, el famoso Homero, se lo había regalado el animador de Chicureo a la modelo. La ira se le escapó: trató pésimo al animal, le pegó un par de patadas y lo echó. “Se va el perro o caga el matrimonio’’, gritó. Fue tajante esa tarde.

En la casa no quedó ninguna mascota, lo que se convirtió en una de las primeras amarguras constantes de María Eugenia. Siempre había sido amante de los animales y, después de todo, Homero la había acompañado por años, antes de conocer al retirado tenista.

Finalmente se lo llevó a la casa de sus papás, en Las Condes.

Se empezaron a calmar las aguas, porque empezó toda la planificación para la compra de la casa propia. Ambos vivían en el departamento de María Eugenia y los ojos estaban puestos en una residencia de USD$1 millón. Era una construcción de corte mediterráneo en Colina del Mirador, en Las Condes.

Fue tanto el gusto por el sector, que los recién casados decidieron arrendar allí y abandonar el edificio de la modelo. Era una casa gigante y les daba la posibilidad de ir, cada vez que quisieran, a visitar su futuro hogar, que quedaba más hacia la cordillera en el mismo condominio.

Habían gestionado el crédito, sí, un crédito. Todo había sido aprobado.

Los problemas comenzaron a manifestarse cuando Marcelo reincidió en el alcohol. Llevaba varios meses sin beber, con el pellet en el cuerpo y una vida completamente sana. Según quienes fueron cercanos al matrimonio, Jorge Ríos llegó una vez a la casa pidiendo champaña y le preguntó a su hijo si lo podía acompañar en un brindis, sabiendo perfectamente que —por prescripción médica— el ex jugador no debía.

María Eugenia se enojó mucho, porque ya había indicios de que el progenitor de su marido la desafiaba de una u otra manera. Y finalmente perdió el gallito: Ríos se sacó el tratamiento de pellet y comenzó a ingerir bebidas alcohólicas. Un mayordomo del condominio —que no se quiso identificar— señaló que fue en más de una oportunidad a comprar alcohol por orden de Jorge Ríos.

Lo del tratamiento de pellet se convirtió de la noche a la mañana en un tira y afloja. Según amigas de la modelo, ella, como en ocasiones anteriores lo había hecho, acompañaba a Marcelo a la Clínica Alemana a colocarse el pellet y Jorge Ríos lo convencía para que se lo sacara. En toda caso, el papá del tenista siempre argumentó que “su hijo tenía fuerza de voluntad y que no necesitaba de ningún tratamiento invasivo para abandonar el alcoholismo”.

En medio de la naciente pugna entre María Eugenia Larraín y Jorge Ríos, del canal estatal llamaron a la modelo para felicitarla por su cometido en el matinal. Fue tanto lo que rentabilizaron esas semanas que la producción de TVN le ofreció un contrato indefinido. Ahí hubo otro punto conflictivo entre los recién casados. Marcelo no quería que su querida esposa trabajara, porque ya pensaba en tener hijos. Y muchos.

Ella accedió a rechazar la propuesta de la red pública, lo que Ríos le agradeció siempre. Él era muy romántico, caballero y si algo le parecía mal, a diferencia de Iván Zamorano, solo se quedaba mudo a la espera de que la tensión pasara. Lo que quería el ex tenista era una familia y por eso presionaba con la compra de la casa del millón de dólares.

Cuando fueron a la inmobiliaria Cimenta S.A. todos terminaron impactados. El ex número 1 del tenis había dejado establecido que la totalidad de la casa quedara a nombre de María Eugenia Larraín Calderón. Jorge Ríos estaba enfurecido. Kenita, sorprendida. Y el actuar de Marcelo tenía dos congruencias: primero, hacerle un gesto a su esposa por la absoluta confianza que le manifestaba. Y segundo —y lo más importante— evitar adquirir un bien a su nombre a la espera de la resolución en Costa Rica por el juicio de pensión alimenticia que le había interpuesto su ex esposa Giuliana Sotela por su hija Constanza Ríos.

Pero nunca llegaron a vivir ahí.

Marcelo Ríos decidió invitar a su esposa a Costa Rica. Quería ver a su hija, a quien no había podido abrazar en meses, y también tenía que enfrentar un comparendo con Giuliana. Fue citado por un Tribunal de Familia. Se trataba de una visita relámpago a San José, pues el ex tenista se había abierto a trabajar junto a Mauricio Israel todos los domingos en las pantallas de Mega, por lo que el periplo costarricense no debía durar más de una semana.
Sotela pedía una millonada mensual y exigía que él tuviera contacto con su hija solamente con custodia. El motivo de lo último obedecía puntualmente al manejo del auto, porque Ríos conducía a altas velocidades, aunque también es verdad que era un experto al volante.

Kenita lo abrazó y acarició constantemente en todo ese proceso judicial pues —según quienes conocieron a la pareja— él estuvo muy nervioso y afectado. Marcelo era un excelente padre y en esas circunstancias no estaba dispuesto a perder a su pequeña Constanza. Sufrió mucho y se le notó a distancia. María Eugenia hasta en la actualidad ha elogiado el apego que él sostenía con su primogénita.

Y una mañana partieron ambos al Juzgado de Familia de San José. Había que entrar en tierra derecha en la causa por pensión y visita. Él, en medio de la tranquilidad que le generaba su esposa, enfrentó a la justicia sin ningún episodio de exacerbamiento. Terminó el trámite y ambos se dirigieron a buscar a Constanza a la casa de su madre. Ese día, Giuliana había accedido a la visita y les entregaría a su hija para que salieran a pasear.

Para eso Marcelo arrendó un jeep. Giuliana se había cambiado hace poco a vivir sola con Constanza al sector alto de San José. Era un barrio residencial muy exclusivo, parecido a La Dehesa, con calles extremadamente empinadas y mucha curva.

Hasta allí llegó Marcelo. Con la rapidez que lo caracterizaba y apresurándose ante el posible arrepentimiento de su ex mujer. Por fin estaría con su hija. El tiempo había pasado y lo que le quedaba para regresar a Chile eran solo días. Abrió la puerta del jeep, se bajó desesperadamente y Kenita quedó allí como copiloto y preocupada de que el umbral metálico había quedado sin cerrar, lo que podría tener como consecuencia que un auto pasara por esa vía y pasara a llevar el vehículo.

Mirando de reojo la puerta del piloto extendida hasta atrás comenzó a percatarse de que el camino se movía. Claro, el freno de mano falló y el auto con la rubia como único pasajero comenzó a avanzar suavemente en reversa en primera instancia, hasta que agarró más y más velocidad. Digamos que unos 30 kilómetros por hora.

En medio de la loca carrera del jeep, María Eugenia desesperada trató de sacarse el cinturón de seguridad para poder mover su pierna izquierda y lograr apretar el freno. Nunca pudo, los nervios se la comieron en segundos y se encomendó a todo. Luego de casi 300 metros de reversa, el jeep impactó fuertemente en una reja de madera. Ella voló como una muñeca de trapo, pues recién allí el cinturón cedió. Demasiado tarde.

Ya en el suelo y con el automóvil destrozado, como pudo, la rubia trató de pararse. El lugar era una mezcla de tierra de hojas y piedrecillas. A metros, un acantilado amenazaba con algo mucho peor.

Cuando sintieron el ruido, Marcelo Ríos, junto a Sotela y la pequeña Constanza de la mano, bajaron corriendo. Entre los tres lograron pararla. La esposa del ex deportista tenía las piernas con heridas y moretones. También quedó con una lesión en la espalda y el cuello cervical. Era una pendiente muy pronunciada. De hecho, el diario La Tercera en su oportunidad publicó la información, haciendo creer que Kenita no había sufrido tanto, porque la calle no tenía inclinación.

—Es que La Tercera se equivocó. Cuando mandó a reconstituir el accidente, el equipo se dirigió a donde vivían los padres de Giuliana y en ese lugar no había pendiente —asegura Cecilia Gutiérrez, periodista que trabajaba en ese medio.

Al lado de todos, el jeep destrozado. La parte trasera era un cúmulo de chatarra. El “Chino’’ se metió en el asiento delantero para tratar de hacerlo partir, pero fue imposible. Curiosamente, pese a que los ánimos que corrían por esos días en medio de la pugna judicial Ríos-Sotela eran muy tensos, Giuliana olvidó aquello por un momento y decidió llevar a su ex esposo con su mujer herida hacia el hotel que los alojaba. Constanza los acompañaría.

De un minuto a otro el ambiente de preocupación cambió. En la habitación del hotel habían tres personas. Constanza jugaba con unos muñecos al lado de su padre, que veía televisión sin zapatillas. Mientras, Larraín se sacaba toda la ropa para mirarse al espejo del baño. La rodilla sangraba, la espalda estaba con magulladuras y sentía muy rígido el cuello. Con estos antecedentes, la rubia le pidió a su marido que la llevara al médico. Marcelo la miró de pies a cabeza, semicerró un ojo y le dijo que no lo iba a hacer, argumentándole que estaba en un juicio en Costa Rica y que él era famoso.

Constanza seguía jugando y el hombre de la casa continuaba viendo televisión. Se mostró insensible, sin interés. María Eugenia explotó en llanto en el baño. Lo llamó y él, una vez más, se hizo el desentendido.

El dolor se agudizó, por lo que la maniquí tomó el citófono y solicitó un poco de alcohol para curar las heridas. Pasaron cinco minutos hasta que el botones llegó con los implementos. Ríos seguía pegado a la TV y Constanza se acercó a la esposa de su papá. Pese a su corta edad, la pequeña sensiblemente le habló: “¿Sabes?, yo sé que te duele mucho la rodilla. Una vez me caí y me quedó igual”, le dijo la niña a la rubia. Esta última la miró, se secó las lágrimas y la abrazó. El ex tenista ni se inmutó.

Sufrimiento por fuera: le ardía la lesión en la rodilla. Sufrimiento por dentro: su marido, el mismo que le prometió el cielo y la tierra y juró respetarla y cuidarla por sobre todas las cosas, le daba la espalda delante de su propia hija. Larraín Calderón no aguantó más, fue al baño de nuevo, regresó al living, tomó el anillo de matrimonio se lo lanzó a su esposo y sentenció:

—No te quiero ver nunca más en la vida. Toma tu anillo y llama a la agencia porque quiero irme ahora. En este momento. —A esas alturas la panelista de la TV tenía el rostro desfigurado y la pintura de ojos corrida hasta las mejillas. Constanza nunca se percató de la discusión, ambos se preocuparon de que la menor no presenciara nada anómalo. Podía jugarle en contra al ex deportista y, además, la chilena se llevaba muy bien con la pequeña.

Sin escatimar, el ex número uno del mundo agarró el celular y llamó a la agencia de viajes. A la hora tocarían la puerta de la habitación para retirar a una huésped que abandonaba el hotel. María Eugenia tenía su nuevo ticket preparado para emprender su retorno a Santiago de Chile. Pero antes debía despedirse:

—Chao, no te quiero ver nunca más en la vida. Me voy y no me verás jamás. —Cerró la puerta y partió en un taxi al aeropuerto.

Marcelo Ríos Mayorga se quedaba solo en la habitación del hotel junto a su pequeña Constanza.

En el aeropuerto, la mujer que atendía el counter de la aerolínea la observó y al darse cuenta de cómo rengueaba la envió inmediatamente a enfermería. Cuando se trasladaba hacia allá, custodiada por un guardia, escuchó un grito.

Miró hacia atrás y era su esposo, con Constanza en los brazos: “Quédate, no te vayas, perdóname’’, le rogaba un Ríos angustiado y arrepentido.

A esas alturas la decisión ya estaba tomada y la modelo tenía que entrar al acceso de Policía Internacional, donde él ya no podía ingresar ni hacer nada. Era muy tarde. Su mujer se le había ido.

Y una gran coincidencia mezclada a una gran vergüenza vendría después para Larraín.

Antes de subir al avión la atendieron en una enfermería, la llevaron en una silla de ruedas por todas partes hasta embarcar en el vuelo San José-Miami.

En Chile ya sabían del accidente, pero no estaban enterados de la ruptura ni mucho menos de que María Eugenia Larraín había comenzado su retorno y sola. Fue tanta la euforia periodística que la empresa Alterra, concesionaria del Aeropuerto de Costa Rica, se vio obligada a enviar un comunicado oficial.

“Ante las consultas efectuadas por los medios de comunicación de Chile sobre la posible atención médica brindada a una ciudadana chilena, Alterra, empresa administradora del Aeropuerto Internacional ‘Juan Santamaría’ de Costa Rica se permite informar que: respetando las cláusulas de confidencialidad existentes para la prestación de servicios médicos pero con el parte médico respectivo, sólo le es permitido informar que en la noche de ayer fue atendida por los servicios de Cruz Roja una señora que indicó ser de apellido Larraín. La misma, recibió atención médica con la prontitud con la que se acostumbra a atender a todos los pasajeros que pasan por la terminal aérea internacional. Una vez atendida por los incidentes ocurridos fuera de la terminal aérea y sin mayores inconvenientes, la señora Larrain que llegó por sus propios medios, pudo continuar su camino”. El texto era ambiguo y no firme. Sólo figuraba el apellido Larraín como vinculante.

Hasta ahí todo iba perfecto, pero vino el enlace Miami-Santiago. María Eugenia portaba clase ejecutiva. Al entrar a la aeronave, en un abrir y cerrar de ojos tenía a varias aeromozas poniéndole la pierna en alto para evitar agravar la lesión. Cuando hizo el esfuerzo, con inmensa vergüenza miró a sus compañeros de cabina. Detrás de ella se encontraba el gran Bombardero de La Reina, Fernando González.

Como anécdota, la rubia le comentaría años después a sus amigas que en ese momento “se hubiese enterrado’’, porque podía ser cualquier personaje famoso que se encontrara en un avión: un cantante, una actriz, un animador. Pero no, tenía que haber sido un tenista. Él la miró y, respetuosamente, le hizo un par de preguntas sobre lo que había pasado. Obvio. Ella le habló de un pequeño accidente. Sin más detalles.

Como González llegaba desde Miami a Chile estaba toda la prensa esperándolo a él. Era el ídolo del momento. Y vigente, por lo demás. Por eso es que habían muchos periodistas de deportes de todos los medios en Pudahuel.
Esa mañana fue extraña. El 8 de septiembre de 2005 a las 6.30 AM en el Aeropuerto Arturo Merino Benítez, los reporteros gráficos sacaban sus lentes para supuestamente captar a un flamante Fernando González premunido de bolsos de tela impermeable con forma de raquetas de tenis… pero los codazos de los reporteros por sacar la mejor declaración del “Feña’’ serían “más de lo mismo”…

Por eso es que en la realidad la imagen fue otra. Nadie entendía nada, todos miraban, todos tomaban fotos, todos sacaban conclusiones, todos olvidaban al actual campeón olímpico y se sorprendían con una extraña escena como si la estuvieran presenciando en el bar de La Guerra de Las Galaxias: era María Eugenia Larraín Calderón, que aparecía en silla de ruedas conducida por un empleado de Lan Chile de terno azul y corbata roja. Ella lucía lentes oscuros, un traje de cuero negro como si fuera la “Gatúbela” de Batman y la pierna derecha, con el pantalón arremangado, mostraba una lesión a la altura de la rodilla.

—Prefiero no hacer declaraciones, porque después me puedo arrepentir —dijo escuetamente y enfiló hacia la Clínica Las Condes. Los cabos sueltos comenzaron a atarse en la prensa rosa.

Algo había pasado y Jorge Ríos se enteró. Inmediatamente decidió partir a Costa Rica. Pero antes debía dar una conferencia de prensa para dejar el camino limpio ante cualquier duda sobre su hijo estrella, intocable e imperturbable.

—No es primera vez en la vida de Marcelo que siente que lo extorsionan. Ustedes me van a preguntar si pienso si es extorsión… No tengo idea, pero no es primera vez. Tiene varios episodios en su vida con gente que le ha tratado de sacar dinero y lo ha extorsionado. Estamos preparados para ello —fue la introducción, para arremeter con su versión adulterada sobre los hechos y aseverar que no sabía qué enfermedad mental padecía su nuera. Y siguió:

—Las informaciones que se han publicado son falsas. Lo que se ha hecho es una infamia. Marcelo fue a ver a su hija con Kenita, para lo cual arrendaron un jeep. Mi hijo se bajó a tocar el timbre y pasaron algunos minutos mientras salían a recibirlo su ex señora (Giuliana Sotela) y su hija (Constanza); en ese momento Marcelo se da cuenta de que el jeep se comienza a ir hacia atrás, recorre un corto recorrido y choca con una reja. Él va a ver qué es lo que pasa y encuentra que Kenita está en el suelo. Se asusta, llega donde ella y la abraza, la trata de consolar y tranquilizar, pero al ver que no pasa a mayores, que tiene algunas raspilladuras y moretones, se tranquiliza y luego qué hace: ve que Constanza y Giuliana salen a recibirlos y va a saludarlas, y juntos ven qué es lo que está pasando.

El padre del ex tenista remata:

—Le preguntan si quiere ir a una clínica o un hospital, pero ven que no es necesario y la llevan al hotel. Su ex esposa se va y cuando se quedan solos en la habitación ella le arma un escándalo, diciéndole: ‘¡Cómo se te ocurre ir a buscar a tu hija y dejarme sola!’. Ante la sorpresa de Marcelo, ella no acepta que la haya dejado sola y se va (…). Esto no era un verdadero amor.

Por su parte, María Eugenia fue a hacerse la atención respectiva, quedó internada por un par de días en la Unidad de Cuidados Intermedios y después se dirigió donde sus padres. En el entorno de la familia de la modelo aseguran que ese día recibió al menos 10 llamadas sin contestar del ex número 1 del mundo. Estaba destrozado y arrepentido.
Mientras tanto, ella pensó que podría ir a la casa que arrendaba en el condominio Colina del Mirador de Las Condes y quedó completamente descolocada: no pudo entrar porque Jorge Ríos había cambiado la chapa de la llave. La información fue confirmada por trabajadores del recinto.

Entonces se fue al departamento de Las Condes.

Marcelo continuó con su batería de llamadas telefónicas a su esposa, pero no le resultó. Pese a que —según sus amigas de la época— ella pensó en aclarar todo con él para terminar la relación sin más escándalo, fue tanta la humillación de Jorge Ríos, que decidió mejor desaparecer en completo silencio.

El padre del ex tenista, paralelamente, se trasladó al país tico a ver la situación del jeep.

Como marcaba y marcaba a su celular sin tener ningún “aló’’ como respuesta de su mujer, el “Chino’’ se enfureció tanto que rompió en ira con un encendido comentario en la tevé: El 9 de septiembre no dudó en hacer un enlace en directo desde Costa Rica. Se fue al canal Teletica, propiedad de la familia Sotela, y desde ahí se contactó —vía satélite— con Mauricio Israel en Megavisión. Fue en horario prime:

—Es súper bajo divulgar los problemas de un matrimonio a todo el mundo por televisión, pero después de todo lo que vi y escuché, no me queda otra cosa que decir la verdad. No me pueden dejar como el malo, porque no es así… Y no tengo otra opción de defenderme de tanta mentira y del daño que (Kenita) me hizo. —Y ahí el concenso entre las versiones de las partes comenzó a tambalearse:

—Que no la haya ayudado es totalmente falso. Nunca la dejé sola, porque cuando ella parte al aeropuerto yo voy detrás y le digo que no se vaya, le ofrezco ir a una clínica para curarse las heridas porque se les podían infectar, pero no aceptó. Tomó el avión en Costa Rica, que si hubiese estado tan grave no la dejan subir, y se queda un día en Miami para después ir a Chile. —y continúa haciendo alusión al contexto de las lesiones—. Yo le curé las heridas y sé dónde están: en una rodilla, la espalda y en un hombro. El moretón lo tenía de antes, de cuando fue a esquiar.

Después de adjudicar parte de las lesiones a un accidente en la nieve sentenció con frases como: “es una persona que no merece estar al lado mío’’, “mi matrimonio no va a seguir, yo creo que esto se termina acá, porque yo no puedo tener a alguien al lado que actúa así’’.

Ya de regreso en Chile, pasaron los días y Ríos Mayorga se dio cuenta de que pese a que su padre y él denostaron a María Eugenia Larraín, ella se había defendido escuetamente en el programa Rojo VIP de TVN, pero sin descalificaciones. Mientras tanto, Ríos mantuvo intacta la incesante lucha por lograr comunicarse con ella, como si no hubiese recordado lo que había dicho días atrás. Pero al “Chino’’ no le importaba. Se enteró de lo que había montado su padre con la conferencia de prensa e hizo un mea culpa de sus palabras en contra de la mujer con quien se casó.

Quería recuperarla como sea y María Eugenia seguía sin entregarle una sílaba.

Y ahí el ex tenista pensó en una jugada maestra que le entregaría de regreso a su esposa. Esperó un par de semanas para que se enfriara el tema, y se tomó las pantallas de Mega para dar a los chilenos un nuevo capítulo de la teleserie Kenita-Ríos.

Se trató de un cambio radical hasta en la mirada. Frente a las cámaras Marcelo, directo y sin titubear, cambió su discurso sobre los hechos del accidente en Costa Rica. Y eso que el mensaje lo dio en un contexto completamente deportivo: esa mañana se jugaba una etapa del duelo por la Copa Davis entre Chile y Pakistán, y él era el comentarista. Antes de partir con el lance respiró hondo y partió con frases que dejaron perplejo a todo el mundo y que no tenían nada que ver con tenis:

—Debo decir que actué mal con Kenita (…). No haber dicho la verdad respecto del moretón de Kenita me tiene triste, porque realmente sí se lo hizo en el accidente. Esto lo quería decir porque no he podido estar tranquilo con no haberlo dicho en ese momento de mucha rabia. Quizás debería haberla atendido mejor. Mi responsabilidad no sirvió en ese caso, debería haberla ayudado más.

Y prosiguió con sus disculpas públicas:

—Tampoco estuve bien en haber tratado a mi señora de esa manera en un momento de rabia. Ninguna mujer se merece ser tratada así, ni haberla tratado de mala y que no tiene perdón de Dios. Creo que no es una persona mala como la pinté.

Fue extraño. Mientras Ríos hablaba, en la cancha había tenistas de Chile y Pakistán entrenando, público gritando y un ambiente completamente opuesto a lo que se emitía hacia el telespectador. El ex número uno se veía afectado emocionalmente, demacrado y quería enmendar su error. Y lo hizo, porque dejó en claro que lo del accidente de la nieve era una falacia y que haberla tratado mal fue un grave error.

El potente aparataje mediático de parte de Ríos para Larraín podría haber tenido como resultado una reconciliación, pero no fue así. María Eugenia estaba dolida y no quería ver más a su esposo. Entre sesiones de relajación para las crisis de pánico, masajes y flores de Bach, habló con su abogado para gestionar el divorcio. Paralelamente, se contactó con la inmobiliaria Cimenta. ¿La razón? Devolver la casa de ambos que estaba a su nombre en Las Condes. El trámite se demoró un par de semanas, pues entre los papeles había un crédito hipotecario del cual ni siquiera se había pagado la primera cuota. A sus amigas les contó que odiaba cuando Jorge Ríos decía que a ella le habían “regalado una casa’’, por lo que el papeleo final se convirtió en una suerte de catarsis.

Se desvaneció todo y lo que en meses se convirtió en el matrimonio más mediático de Chile, ahora se había reducido a dos personajes separados. Uno, metido entre la arcilla y las pelotas de tenis y el otro, sumergido entre los camerines, pruebas de ropa y pasarelas.

Ríos buscó un par de veces a María Eugenia y ella le contestó. Se acercaron, pero no funcionó. De hecho, al mes después de la ruptura se vio a Marcelo Ríos escondido entre los pilares del Parque Arauco, observando cómo su ex mujer desfilaba la temporada primavera-verano en el centro comercial. Lo sorprendieron las cámaras de varios programas de farándula. Y a él le daba lo mismo. Lógico, lo hacía justo para que ella se enterara.

Pero el ex tenista fue aún más allá y obtuvo sus dos últimas e infructuosas estocadas. La primera: María Eugenia Larraín decidió ir con un par de amigas a Buenos Aires y estando allá en un mall de Palermo apareció él. Era una carta que en primera instancia funcionó, pero cuando empezaba el diálogo la culminación era la misma. El dolor permanecía intacto y ya no había nada más que hacer con la relación.

Segunda estocada. Se casaba Paula Ríos Mayorga y era la instancia perfecta para demostrarle a toda su familia, especialmente a su padre, que él aún quería a María Eugenia y que el matrimonio aún podía salvarse. Todos los argumentos se los entregó Marcelo a la rubia con la invitación formal a un evento muy importante para él.

—No me llames nunca más —le dijo Larraín a Ríos en la última conversación que tuvieron hasta antes de publicarse este libro.

No resultó. Punto.

Ficha técnica

Título: “Rubia de ojos celestes: La biografía no autorizada de María Eugenia Larraín”
Autor: Sergio Maraboli Triviño
Sello: VíaX Ediciones
N° Págs.: 192

Sobre el autor

Sergio Marabolí Triviño (1974) Periodista chileno y director actual de los Diarios La Cuarta y La Hora. Se inició en los medios de comunicación en laAgencia UPI. Posteriormente, en 1996 trabajó en Las Últimas Noticias, donde se desempeñó como reportero policial. En 1999 llega a La Tercera como reportero de la edición nocturna, policial y tribunales hasta el 2003, momento en que es ascendido a subeditor nocturno, y en el año 2005 queda a cargo de la edición nocturna. Llega a La Cuarta en el año 2010, desempeñándose como editor de portada y editor de lunes en el Diario La Tercera.

Rubia de Ojos Celestes es su primer proyecto como Autor.