Sin lugar a dudas, Laclau y Mouffe se han tomado el debate estratégico de las nacientes fuerzas de izquierda en Europa y Latinoamérica. Su esquema posiciona una solución, ciertamente “digerible”, ante el robusto posicionamiento electoral de sectores conservadores y, sin lugar a dudas, propone un método discursivo que pretende generar rápidos y efectivos resultados a la hora de las votaciones. Al parecer, el “populismo de izquierda” viene como anillo al dedo. Y ese dedo apunta hacia un porvenir cargado de neofascismo e ingenio progresista. Junto a ese populismo de nuevo cuño, asoma otro concepto menos examinado, pero que comienza a asomar como un intento de responder ante el avance de la ultraderecha, que es el de la “prosperidad”. Porque si por una parte se intenta responder ante la masividad en los sufragios de los retrógrados, hay que entender que un discurso como el del “evangelio de la prosperidad” pareciera asomar como otro campo a disputarle a los Bolsonaro y los Kast que se asoman en el horizonte. Desde cierta izquierda algo desesperada, pareciera que la “buena nueva” tiene estos dos ejes: populismo y prosperidad. Veamos.

Laclau y Mouffe admiten que el populismo es, por definición, una estrategia que facilita la unión de multitud de elementos heterogéneos. Dan por hecho que, para dar lugar a un nuevo sujeto político, el producto de la conjunción de demandas debe agrupar a diferentes sectores sociales y clases. El populismo de izquierda (estrategia discursiva de los autores) tiene un elemento central, abordado profundamente por filósofos y psicoanalistas: el Significante, que en el esquema Laclau-Mouffe es modificado para componer un nuevo concepto: “Significante vacío”. ¿Qué es el significante? (esperamos no ofender con esta escueta y simple definición). Pues bien, es lo que compone el signo lingüístico, es decir, la palabra en sí misma o la estructura simbólica. El significante es el soporte físico, la expresión tangible de un sistema de signos. La palabra, el sonido. El significante es parte central de la estructura lingüística y posee un  trato detallado en pensadores como Lacan y Saussure, entre otros. El significante no se puede entender sin su contraparte, el significado. Forman un par dialéctico de mutua dependencia, la palabra y su significado. Por otro lado, tenemos el concepto vacío. Esta palabra -según los autores- tiene una especial función: privar al significante de su  objetivo principal, apuntar a un significado particular.

Para Laclau y Mouffe el concepto “significante vacío” hace referencia a una palabra, discurso o frase  cuyo significado no debe ser asumido objetivamente, siendo necesario que posea un grado de indefinición considerable para alcanzar la mayor cantidad de representados posibles. Un ejemplo de esto es la frase “educación de calidad”, la cual, puede ser entendida de distintas manera por profesores, estudiantes, clase política, empresarios y conservadores, pero también, puede lograr hacer sentido a todos ellos. Laclau y Mouffe dejan de manifiesto que el populismo es, por definición, un ejercicio de unión de elementos (sectores o clases)  heterogéneos. Esto quiere decir que el producto de la unión de demandas debe agrupar a la mayor cantidad de sectores. De aquí se deduce que el discurso del populismo debe ser ambiguo, al igual que un significante sin significado, vacío.

El populismo de izquierda tiene un objetivo inmodificable: alcanzar los espacios de administración estatal para generar, desde ahí, los verdaderos cambios sobre el modelo, hacerse con la maquinaria del Estado para superar las políticas neoliberales. Esta propuesta es interesante y seductora pero no dista de tener elementos para abordar desde una crítica al procedimiento, más aún si la exigencia para su aplicación mantiene la existencia de significantes vacíos. En primer lugar, el populismo de izquierda llega desarmado ante el populismo de derecha que -sin ir más lejos- posee significantes con significados; un populismo con practica, con una estructura a disposición cuyo papel es asegurar garantías (el empresariado privado) y que ha desarrollado apéndices estratégicos (como los partidos de centro derecha)  para disputar con mucha facilidad la hegemonía discursiva que Laclau y Mouffe proponen. Lo evidenciado en España ante la aparición de Ciudadanos o lo vivido en Chile con Evópoli, demuestra que a Ernesto y Chantal no solo los leen desde esta vereda.

Pero la propuesta populista se ha “popularizado”,  y algunos sectores de la nueva izquierda ya comienzan a dejar en evidencia su adhesión. Por consiguiente,  el abordaje orgánico de estos nuevos elementos discursivos comienza a ser prioridad en los partidos de izquierda nacidos en estos últimos años. Instituciones que han crecido en un caldo de cultivo común: periodos de baja participación en procesos democráticos, llegada de la derecha empresarial en el órgano público, consolidación cultural del modelo neoliberal,  desprestigio de la clase política en todas sus dimensiones (pérdida de liderazgos) y posicionamiento brutal de referentes neofascistas en países donde se viven horrorosas crisis económicas e insostenibles escenarios de corrupción. Estas condiciones activan la ansiedad por contar con una estrategia efectiva y rápida para alcanzar poder, así contrarrestar el avance desenfrenado de la derecha que -dicho sea de paso- ha tomado una velocidad preocupante.

En Chile se divisan diferentes posiciones en cuanto a una estrategia discursiva populista (de izquierda), muchas de ellas con declarada simpatía al pragmatismo. Actualmente, adquieren notoriedad en el esquema populista tres conceptos centrales: seguridad, crecimiento económico y prosperidad, claves para deducir  el tipo de discurso que se pretende utilizar para convocar mayorías y enfrentar el avance de la derecha chilena. No obstante, disputar hegemonía utilizando significantes característicos de la derecha (que ya cuentan con referencia objetiva y claro significado), nos mantendría en una evidente desventaja. Es decir, la izquierda populista estaría obligada a comenzar su trabajo convocante sobre las premisas que caracterizan a los sectores conservadores, arriesgando en el intento, sucumbir ante la presión de soluciones inmediatistas para significantes como: combate a la delincuencia, erradicación del narcotráfico, prosperidad económica,  creación de empleos, etc.

Ahora bien, si a toda la reflexión anterior le sumamos el uso repetido de la expresión “prosperidad”, nos resulta evidente la relación que el término tiene con respecto a una de las vertientes más potentes del mundo cristiano, y muy poco difundida entre la intelectualidad progresista: el llamado “evangelio de la prosperidad”. Y es pertinente examinar al menos este punto con cierta detención, considerando que desde la izquierda saltaron las alarmas ante el triunfo de Bolsonaro, apalancado en parte por cierto discurso proveniente del pueblo evangélico. En lo evidente, se apela a los contenidos integristas, conservadores y retrógrados del relato cristiano, pero se pasa por alto que hay un sostenido discurso que suma varias décadas y que está en la base del crecimiento del evangelismo pentecostal en Latinoamérica.

El evangelio de la prosperidad afirma que la gracia divina, derivada de la fe en Dios, se manifiesta en dones terrenales; a saber, la mentada prosperidad financiera y el bienestar físico (sanación). Sostenido en peculiares interpretaciones de pasajes bíblicos, esta prédica ofrece al creyente una especie de atajo en recompensa por aceptar ser lavado por la sangre de Cristo, atajo que asegura un disfrute en esta tierra, sin tener que esperar la muerte y la resurrección.

Es interesante conocer esto, porque de alguna manera, su discurso tiende a darle un sentido de trascendencia al trabajo concreto de la feligresía, entendiendo que los beneficios recibidos, no son sólo fruto de su esfuerzo, sino que son, ante todo, dones del Espíritu Santo. Ante una oferta que sobrepone lo mundano a lo espiritual, (no es necesario esperar estar en el cielo para gozar los frutos de la salvación), por supuesto que hay otra cara de la moneda (nunca mejor dicho), que es cómo la prosperidad del rebaño se conecta a los beneficios que el propio pastor recibe, en la forma de  diezmo (pago regular, el 10% del sueldo de cada feligrés) y ofrendas (donativos especiales solicitados en determinadas ocasiones). Apoyados muy convenientemente en un versículo que dice “Dios bendice al dador alegre”, el pacto de este evangelio de la prosperidad establece, entonces, que por una parte el creyente le da a Dios su fe, y por otra, le da al pastor su diezmo. Y la recompensa es tangible e inmediata: prosperidad financiera.

Sectores evangélicos refutan toda esta teología, insistiendo en varios puntos. Uno de ellos dice relación con que los fundamentos bíblicos de esta prédica son dudosos. Versículos sacados de contexto, leídos a medias o mal interpretados, no son base suficiente para sostenerla. Además, y en una crítica de fondo, se acusa al evangelio de la prosperidad de falsificar el mensaje de Cristo, haciéndolo mundano y falaz. No en vano, Jesús, que en una de sus últimas alocuciones, sostuvo ante Pilatos: “mi reino no es de este mundo”; es decir, los bienes materiales no eran parte de sus posesiones ni de su legado.

Pero más allá de las exégesis posibles, y la crítica proveniente de otros sectores de la misma iglesia cristiana, hay que entender que este evangelio, esparcido “por valles y praderas” es el que ha sabido expandirse a través de Chile y Latinoamérica. Son notorias las iglesias que, cada domingo, se ven llenas de una abundante feligresía que llega en automóviles del año, producto de su laboriosidad, y de la bendición divina, mientras el pastor a cargo cobra y ora e intercede por todos.

Hay que destacar en este análisis algunos aspectos que hacen llamar la atención sobre la invocación a la prosperidad hecha hoy desde la izquierda. Por una parte, la palabra misma (el significante) le está hablando, a un pueblo que lleva décadas oyéndola desde los púlpitos. Su resonancia apunta a estremecer emotivamente a un oyente receptivo y entrenado a sus ecos.

Por otra parte, hay que insistir en que la prosperidad así ofrecida es un atajo. Y al ser atajo, la sensación de inmediatez, de recompensa rápida y oportuna a cambio de fe en un Dios y seguimiento de una persona (el pastor), reclama frutos instantáneos. La inmediatez es el anzuelo, pero puede terminar siendo a la vez la trampa que atrape al pescador (sea de almas o de votos…).

No es menor una anécdota leída en la prensa internacional en estos días: un alto porcentaje de mujeres brasileñas beneficiadas por planes sociales del Partido de los Trabajadores (PT), atribuyeron esos beneficios… a Dios. Sonaría muy gracioso, si el remate del chiste no se llamara Jair Bolsonaro. El caso es que el nexo entre política electoral y pueblo evangélico, no es nuevo en Brasil. Buena parte de la base de votantes que ya el PT disfrutó, provenía justamente de ese mismo pueblo evangélico. Multitud que, imbuida de la prédica de la prosperidad, vio llegar sus frutos de manos del partido de Lula. No en vano, son cerca de 30 millones de brasileños que durante ese período salieron de la pobreza. Es decir, lograron la prosperidad (el corto plazo), gracias a su fé (depositada en el PT, que es en definitiva un instrumento de Dios), y su diezmo (electoral, expresado en votos).

Parte del problema parece estar relacionado con que si la recompensa inmediata se pierde, la fe comienza a tambalear. Porque mucho se habla del avance del discurso discriminador y el rechazo a la corrupción política en Brasil, pero poco se menciona que la prosperidad del pueblo brasileño tuvo bases muy febles, apoyadas en el súper ciclo de los commodities. Pasado esto, con caída en los precios de las materias primas (y sin haber cambiado a fondo el modelo de desarrollo), buena parte de esos 30 millones fueron arrastrados de regreso a su pobreza anterior. La Biblia, y la historia, están repletas de episodios donde el pueblo de Dios se mostró voluble y dio la espalda a profetas y mesías. Hasta Jesucristo perdió ante Barrabás, en un tumultuoso plebiscito a mano alzada, organizado por Pilatos. Por eso, queridos hermanos, no es recomendable andar profetizando sin bases.

Más encima, la respuesta desde el PT no pudo ser más… apocalíptica (ya que estamos en tono bíblico). Una sucesión de medidas de ajuste estructural de estilo neoliberal, con recortes de beneficios, despidos y políticas de shock, impactaron fuertemente a la población en años recientes. Además, si le sumamos la militarización de las favelas, amparadas en la guerra contra las drogas, y las necesidades de seguridad para los Juegos Olímpicos y el Mundial de Fútbol, no hicieron más que profundizar la brecha entre un pueblo que reclamaba prosperidad y salud, y un gobierno que, de tanta oferta vacía, se había quedado sin fuelle. La corrupción y el enriquecimiento ilícito son parte de los ingredientes de este cáliz amargo que se terminará de servir con la segunda vuelta, pero este se empezó a llenar con sangre hace bastante tiempo.

En esta serie de argumentaciones, en realidad cruzamos un desierto. Y no llegamos a ninguna tierra prometida. Lo sentimos. Lo que queda es la noción de que hay conceptos, ideas fuerza, que deben ser tratados con menos liviandad. Populismo y prosperidad no son simples armas arrojadizas conceptuales. Tampoco pueden ser el sostén de una especie de ofertón que busca atraer feligresía, votos, alabanzas y diezmos. Y claro, hay un cruce extraño acá, entre filosofía y teología, entre exégesis y ciclos económicos. Un asunto complejo, que no se resolverá en este debate, pero que nos permite exigir algo de rigurosidad y menos aventuras a la hora de levantar relatos. A los pastores de la prosperidad, se les pide que citen bien y en contexto las Sagradas Escrituras. A los promotores del populismo desde la filosofía, se les debe exigir por su parte que usen bien las armas de la crítica, ya que es posible darles significado a nuestros significantes y sacarlos del vacío. Porque el vacío también es carencia, y la carencia puede ser el significado que “el pueblo” entregue a ese discurso, que termine de sonar famélico y tardío. Apenas, una voz en el desierto. Amén y amén.

Firmado por:

Pablo Padilla, Consejero Político Revolución Democrática.

Felipe Pavez, Militante Revolución Democrática.