Pablo Ortúzar
Investigador del Instituto de Estudios de Sociedad

Hay un consenso mediático respecto a que la izquierda mundial, al dedicarse a coleccionar causas de minorías identitarias, habría dejado de lado los grandes problemas políticos, permitiendo así a líderes de derecha hacerse del poder. Se dice también que la fórmula para recuperarlo sería corregir la desviación identitaria y volver a conectar con las grandes mayorías.

Este diagnóstico suena bien, pero es muy superficial. Y es que faltan más elementos de juicio: primero, que no sólo las izquierdas tradicionales están sufriendo derrotas, sino también las derechas tradicionales. Y, segundo, que los líderes que comienzan a encaramarse en el poder tienen en común una disposición que podemos llamar antiprogresista y antiglobalista.

¿Qué tienen en común, por su parte, las derechas y las izquierdas derrotadas? Aquello que la prensa llama “corrección política” y que Pierre Bourdieu denominó “nueva vulgata planetaria”.  Es decir, el discurso de la globalización que, entre otras muchas cosas, desplaza el lenguaje de clases, que permitía enfocar los conflictos materiales, hacia el de la identidad y el multiculturalismo, que tratan todo simplemente como “diferencia”.

La pregunta correcta para entender estos desplazamientos, entonces, parece ser quién está pagando los costos de la globalización y quién está recibiendo sus beneficios. Hasta ahora la globalización era celebrada por las élites progresistas de todos los bandos como un proceso sin víctimas o, al menos, un camino hacia un mundo sin ellas. Hoy la verdad nos pega en la nariz.

Y es que mientras los ricos y educados fluyen por el mundo junto con el capital, conociendo interesantes personas de otras culturas, buscando siempre climas agradables, y deleitándose con las diferencias humanas, a los pobres y poco educados les toca quedar amarrados a Estados nacionales que ofrecen servicios precarios, recibir como vecinos a grandes grupos de migrantes (o migrar debido al colapso de sus países),  trabajar en un medio laboral cada vez más volátil e inseguro y, además, sufrir las consecuencias del cambio climático.

Las contradicciones que viven los perdedores de la globalización, a su vez, no pueden ser expresadas en la nueva vulgata planetaria. Los pobres no hablan el lenguaje político de las clases gobernantes. Y el resultado es que las segundas juzgan sus alegatos como residuos de un mundo que, por suerte, está quedando atrás. El golpe electoral que estas élites están recibiendo de vuelta, eso sí, no se lo esperaban.

¿Significa esto que la nueva bandera de lucha popular es la anti-globalización? No necesariamente. Es distinto ser contrario al globalismo que ser contrario a la globalización. Lo que es seguro es que se necesita un nuevo lenguaje político, capaz de dar cuenta de las contradicciones y conflictos del mundo en que vivimos, y que ese lenguaje sólo puede surgir del diálogo entre dos realidades que hoy se desconocen: la de los que se están comiendo el pato global, y la de los que lo están pagando.