Crónica de Felipe Moscoso para Bush in Action. | Ilustración: Ignacio Mandiola.

No es ni 800 metros, o un poco menos, la extensión del único pasaje que lleva el nombre Bolivia, en Antofagasta. Es un pasaje breve, con casas chatas, algunas de éstas con extensiones que escalan como carros de supermercados sobre los techos. No hay jardínes, sólo una pavimento por donde, con suerte, cabe un auto y medio. En el paisaje parece reinar la abulia en un nublado mediodía de domingo. Bostezos, desgano y un silencio que es cortado por la aspiradora de un señor, medio calvo, con aspecto de milico en domingo, que limpia su Kia Morning, en el garaje de su casa. La escena de dos periodistas fofos de un medio con nombre raro y que buscan señales de vida en un pasaje con el nombre de Bolivia, la observa con cierta desconfianza, un señor que se presenta como Vladimir. Caminamos hacia él, antes que se lo trague la casa.

-Hola señor, somos de Bush in Action, una revista de Antofagasta.

Don Vladimir -tiene años y arrugas y merece ser llamado don- traspasa una puerta mediana que le llega a los muslos, y desde esa posición, nos observa, y luego contesta el saludo. Parece acostumbrado a hablar con misioneros, mormones, o canutos que quieren compartir su paraiso imaginario. No traemos Biblia, le aclaramos, sino que queremos saber… ; queremos que nos cuente… ; queremos contarle el resto, a nuestros lectores de Bush, que son muchos, cómo es vivir en el pasaje Bolivia de Antofagasta, el único de la ciudad que lleva su nombre, en medio de la demanda del mar de Bolivia.

Don Vladimir mira al techo, nos observa cuidadosamente, y levantando la mano como Munra el inmortal, indica y dice ahí, luego repite ahí, y después termina la oración: ahí vive un boliviano.

-¿Qué es un boliviano para usted, señor Vladimir?– preguntamos con seriedad.

-El que vive ahí, repite.

EL QUE VIVE AHÍ

El que vive ahí se llama Jimmy, perto todavía no lo conocemos. Antes, conocemos a Juana, una señora de movimientos esquivos y que representa una edad superior a los 40 años. Juana surge detrás de un repisa con abarrotes como tarritos de arvejas, salsas de tomates y bolsas con porotos. No parece acostumbrada a hablar con periodistas, y menos con periodistas del Bush. En consecuencia, no quiere fotos, pues una foto de ella la catapultaría a la fama, ni menos que le grabemos, porque una palabra de ella podría llevarla a un extenso juicio por calumnias o difamación que terminará en la cárcel. Ni menos hablar de Bolivia, porque todo lo que diga puede ser usado por Evo Morales, y desatar un conflicto internacional.

-En serio, ¿cree que Evo Morales regresara al ataque por Antofagasta?– preguntamos los reporteros de Bush.

-Por supuesto, el no se dará por vencido así como así- contesta la mujer, y agrega, sin que le preguntemos: -aquí todos nos conocemos, es un pasaje tranquilo, alejado del conflicto.

-¿Se imagina a Evo Morales en el pasaje?

Juana se queda pensativa, como diciendo ‘es mucho por hoy’.

Desde la puerta del almacén de la señora Juana, a lo lejos, se alcanza a divisar el mar. Hacia abajo hay enjambres de casas de todos los colores, y todos los tamaños que son cortados por el patio del ferrocarril.

-Sí, desde acá casi no se ve el mar, pero tenemos piscina- afirma con un rostro de malicia, la señora Juana, y luego nos dice que le preguntemos al boliviano.

-¿Cómo, piscina?

-Si es que en el verano, aquí en el pasaje (de nombre Bolivia), los vecinos sacan piscinas a la calle, y nos bañamos.

-¿Todos con todos?

-Los amigos, claro.

-Sabe, pensamos que acá vivía el boliviano-, le decimos al unísono los reporteros de Bush y redondeamos: –por lo menos, eso nos dijo el caballero de allá.

-No, acá no vive ningún boliviano, golpee al lado-

-Ya.

SOY EL BOLIVIANO

Golpeamos la puerta de al lado. De inmediato la puerta se abre, y entre el marco, brota un rostro. “Sí, el boliviano soy yo”, dice. El joven es de una edad inferior a los 30 años. Habla pausadito, pronunciando delicadamente las “s”, como boliviano. Al parecer, el joven había observado nuestra presencia y nos había identificado como periodistas de Bush. La revista es muy conocida. Con seriedad, dice que no le gustan las entrevistas ni los periodistas tampoco, porque tergiversan todo. Le explicamos que en Antofagasta no sucede lo mismo del resto de Chile, es decir, que tervigersen todo. Bush, además, desarrolla un periodismo serio, con tres fuentes por nota, como promedio, “así que sólo debes confiar”, le decimos al amigo boliviano.

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