Todos recuerdan el día en que Donald Trump ganó las elecciones. Fue como una gran sombra flotando en el cielo de Estados Unidos, igual que en las películas una nave espacial anuncia sobre los edificios el fin de la humanidad. Mujeres, inmigrantes y casi toda la población LGBTI supo en ese mismo instante que venían días oscuros.

Si lo de Estados Unidos fue antes o después de lo de Rusia, ya no recuerdo. Si Donald Trump borró cualquier referencia a la sigla LGBTI de la web de la Casa Blanca antes o después de que Vladímir Putin decretara ilegal toda propaganda homosexual. Si los campos de concentración para homosexuales en Chechenia aparecieron antes o después de que el gobierno estadounidense propusiera quitar la palabra “género” de los documentos de la ONU, excomulgando así a toda persona transgénero de cualquier protección. Sé que en el último mundial de fútbol las autoridades rusas pidieron a las parejas del mismo sexo no mostrar su sexualidad en público, y que los fanáticos apalearon a dos hombres franceses, probablemente mientras la cámara mostraba un gol. Pero ya no recuerdo en qué momento de nuestra línea temporal se encuentra ese incidente. Ya no sé a quién mataron primero.

Más y más líderes intentan borrar nuestra existencia y entonces no nos queda más remedio que llegar a una conclusión. No importa lo que nos digan, el tiempo no siempre corre hacia delante. Somos frágiles. En la ley nuestros nombres están escritos con lápiz grafito.

Por supuesto, la elección de Bolsonaro no hizo más que confirmar nuestros miedos. El enemigo está ganando terreno y acerca sus garras a nuestra garganta. Ya no necesita mentir, ni siquiera esconder su verdadera forma como lo hizo Donald Trump el día que sostuvo una bandera multicolor para ganar los votos de sus opositores. Bolsonaro fue claro desde el comienzo. No nos quiere con vida, considera que una persona a la que le gusta por el culo merece una paliza y la mayoría de la gente que votó por él estuvo de acuerdo. La consigna del pueblo era la siguiente: preferimos a un homofóbico que a un ladrón. Y así, en un mero intercambio de valores, nos sacrificaron.

Es difícil no ceder ante la incertidumbre. Los días que siguieron al triunfo de Trump fueron silenciosos, pero las líneas telefónicas que hasta el día de hoy ayudan a prevenir el suicidio, estallaron. El miedo comenzó a expandirse como el agua, sobre todo entre la comunidad trans, que en un futuro cercano vería como la sombra a la que temían, era real. Fueron ellas y ellos, familiarizados con la amenaza, quienes miraron a Brasil con mayor preocupación, como quien se entera de que un familiar lejano pero muy querido está desahuciado.

Es más, aún no puedo sacarme de la cabeza el mensaje que comenzó a dar vueltas en internet luego de la fría victoria de Bolsonaro: Protege a tus amigos.

Cada vez que lo repito, suena más desolador: protege a tus amigos.

Cuando Donald Trump llamó supremacistas a la nueva generación de nazis que marchaba por sus calles, el mundo se percató que los tiempos habían cambiado. Que amparado por una nueva generación de líderes, el odio podía reclamar sus víctimas y salir ileso. Lo mismo ocurrió un año después en Chile, cuando un grupo de hombres apuñaló a tres mujeres durante la marcha por el aborto, y en la reciente “Marcha contra la ideología de género”, una facción protectora de la familia atacó a un grupo de adolescentes por bailar de forma “afeminada”. Esto ocurrió en el Parque San Borja, el mismo lugar donde 6 años atrás otro grupo neo nazi torturó y asesinó a Daniel Zamudio.

Dos marcas sobre la misma coordenada, levantando un cementerio que solo admite nuestros cuerpos.

A nosotros nos ocurrió Sebastián Piñera. O más peligrosos aún, sus amigos. Aunque hayamos conquistado parte de nuestros derechos, quienes se oponen a la fatídica idea de la igualdad cuentan con una libertad inusitada para expandir discursos de odio. Ridículos, sí, pero aun así aplastantes, pues siempre existe alguien que los escucha. En televisión abierta, en titulares, en las calles amparados por la religión o tibios desde el confort de un hemiciclo. Ahí están. Apuntándonos desde las alturas como dioses confundidos. Ignorantes. Un cuerpo político –un presidente y su bancada– responsable de truncar las leyes que lentamente abren paso hacia una sociedad más justa. Permitiendo, incitando, escribiendo ataques de odio. Autores de una narrativa que se resiste a desaparecer.

Quizás deba ser claro en este punto: no existe conciliación posible. No hay zonas grises. Este no es un debate en el que ambas partes puedan vivir en un feliz desacuerdo, porque tener o no tener derechos no es un simple desacuerdo, sino que obedece a una visión de mundo en el que, paradójicamente, no cabe todo el mundo. Y decidir que hay personas que no merecen igualdad por una cosmovisión personal, arrebatar oportunidades y atentar contra la dignidad de las personas por un sistema de creencias individuales, no es una opinión. Es un ataque.

En tiempos de guerra, necesitamos reconocer al enemigo. Pintarle una cruz roja en la frente y afinar el disparo. Es gritar o desaparecer. Y no me refiero solo a figuras desquiciadas como Carmen Madinagoitia, Jacqueline Van Rysselberghe o Marcela Aranda , sino también a quiénes invitaron a las Marcela Aranda a opinar en televisión abierta. A quienes le dieron poder. No hablo solamente del grupo que apuñaló a una mujer durante la marcha por el aborto, sino al director de ese matinal que pensó que entrevistarlos para que expresaran su “punto de vista” era una buena idea. Nuestros enemigos también son quienes piensan que el problema aquí es una diferencia de perspectiva, como si nuestras vidas estuvieran justo al medio de un vaso medio lleno y uno medio vacío. Hablo de quienes convirtieron nuestra sobrevivencia en una pelea de rating, en un tema de pauta, en algo sobre lo cual se puede debatir. ¿Cree que las parejas del mismo sexo son normales? Opinan los comunicadores como si nuestros cuerpos fueran terrenos vacíos sobre los cuales cualquier persona, desde un experto en medicina hasta Raquel Argandoña, puede construir una opinión.

Esos también son nuestros enemigos. Y es que en la sociedad donde caímos no hay nada más poderoso que la comunicación. La información es poder, sí, pero tener el espacio para compartirla es decisivo. Los canales y los medios son campos de batalla porque de ellos nacen los relatos que nos cuentan. Y el odio, se aprende.

Recuerden sus nombres. Apúntenlos. Tenemos que reconocer a nuestros enemigos porque no podemos defendernos de aquello que desconocemos.
En tiempos de guerra nos urge también reconocer a nuestros aliados, contarlos uno por uno. Y si usted es un aliado, necesitamos que dé un paso adelante. Ya no son tiempos para ser no-homofóbico, necesitamos que sea anti-homofóbico. No que mire, sino que actúe. Si es necesario contra sus amigos, contra sus colegas, contra sus padres. Tapar todos los agujeros por el que la ignorancia se escurre y termina por ahogar a uno de los nuestros. Ser el cambio que uno quiere ver en el mundo, como supuestamente dijo Ghandi. O mejor aún, ser uno mismo la revuelta que no deja a nadie en pie. O quizás, aunque sea, ser el o la responsable de hacer las cosas un poco más difíciles a aquellos que pueden hacernos todo, absolutamente todo, más difícil.

Un terremoto. Eso propuso hace tiempo la caricatura enfurecida del Pastor Soto, que somos los culpables de un terremoto. Que la ira de Dios y nuestra libertad entraron en una pelea tan grande, que removieron la tierra y echaron la ciudad abajo. Y que al final, como los gays ganaron, Dios nos castigó. Yo les digo, gente de mi tribu, que quizás sea momento de aceptar ese poder como un regalo. Que recuerden que luego de cada enfrentamiento contra la autoridad, la norma y la religión; incluso luego de nuestra última pelea contra Dios, sobrevivimos. Nosotros y nosotras sobrevivimos. Y no llegamos tan lejos solo para haber llegado así de lejos.