Desde las buenas intenciones, siempre está el riesgo de instalar una dicotomía en la política (y la sociedad), donde no la había antes. Este es el riesgo performativo, por cierto mínimo, de esas series de columnas iniciadas por Basaure y Joignant sobre “populismos de derecha”, riesgo que alimentaré debidamente con lo que sigue.  El intelectual-militante Kaiser, siempre en la búsqueda de argumentos y aliados que lo puedan ayudar a combatir la izquierda en American Latina y Chile, sean los que sean, encontró en Banner un intelectual-militante global que hace las loas al mismísimo fenómeno, el populismo, al que Kaiser consagró un libro entero –malo, pero eso no importa—en combatir, no entender y demonizar. Paradójicamente, ilustra que lo que sigue rigiendo en Chile absolutamente es el establecido y hegemónico esquema derecha-derecha, que determina amigos y enemigos –sean populistas o no– algo que enmarca también la dificultad en este país, para no decir la imposibilidad, de imaginar una izquierda populista.

Por haber conocido muy de cerca populismos, tanto de izquierda como él Chávez, de derecha, como con él igualmente mal educado de Trump, o indefinible en ese eje, como el Peronismo, puedo afirmar perentoriamente, sin riesgo de crear algo donde no había nada, que Chile no “está preparado”, en términos de repertorios, de lo aceptable qué se puede decir o hacer en política (o hasta en público), de planteos que descalabran en algunos aspectos la clasificación izquierda-derecha, para el populismo.  Tener un verdadero populismo de masa en Chile equivaldría a una “revolución cultural”, que no está cerca de ocurrir. Ese planteo, que muchos calificarían de “optimista” (desde el apego a la institucionalidad y la manera correcta de hacer política), no lo es, sino que es más bien conservador en el sentido derrotista de la permanencia de un cierto status quo, político-cultural, difícilmente alterable.

Hablemos aquí de José Antonio Kast, que sería fóbicamente el portador local de ese virus hoy en día sin duda bastante contagioso, y, en términos de comportamiento electoral, del pueblo de acá. El primer punto, esencial, es saber diferenciar lo que es derecha dura de populismo (incluso en su versión de derecha, que es lo que aquí asusta). Hablemos de un Kast que vaya más allá de militares retirados nostálgicos del Pinochetismo y no demasiado atormentados por las violaciones a derechos humanos, o de círculos populares evangélicos conservadores o de sectores cuicos del Opus Dei que no comulgan demasiado con Francisco –bastiones de la derecha dura valórica chilena que representa sin rodeo Kast. Es decir, pedir un “orgullo LGBT” (ya no son “Sendero Luminoso”) en el Bar The Clinic y reírse de los chistes que hasta muy poco estaban en la pared es saber por la inversa lo que Kast representa. Hasta la hora, ni el uno ni el otro han llegado a ser fenómenos de masa.

Para ser empírico mínimamente, notemos que en las últimas elecciones presidenciales, el fenómeno masivo en cuanto al sistema de partidos chileno fue la irrupción del Frente Amplio, con más del 20% de los votos a su candidata presidencial, taloneando muy de cerca la histórica Concertación que incorporó al PC, y no el 7% y algo de J.A. Kast, muy, pero muy atrás de Chile Vamos. Lo nuevo en Chile no es la aparición de un populismo de derecha de masa, sino el recambio generacional en la izquierda que significó el FA. Eso es, hablando de los chilenos. Parafraseando sociológicamente a Riveros y Pelfini, si es populismo, sería más bien un populismo bastante sin pueblo. Pero concentrémonos en los discursos y estilos populistas (o no), populismo que no se puede poner como sinónimo de derecha dura o extrema derecha.  

Para muchos especialistas mundiales del populismo, incluso y especialmente en América Latina (De la Torre, Knight, Moffitt, yo, etc.), el populismo es un estilo político, una manera de ser y de hacer política, transgresora, ubicada políticamente en lo que he llamado “lo bajo”. El populismo es una manera muy diferenciada de relacionarse con su público y el llamado “pueblo de la nación”. El estilo populista es transgresor, tosco, hasta grosero, orgullosamente inculto, descortés, confrontativo, más desinhibido y para sus enemigos simplemente mal educado. Formalmente, es una simbiosis de appeals que son fuertemente culturalmente popular, anclado en lo nativo y hiper-personalista, con impulso redentor. Pensando en lo culturalmente popular, en Chile un liderazgo sin acompañamiento musical de reggaetón no es populista… Y por supuesto hace falta hablar con pasión de Shile, y no de tchile, para una “ruptura radical” (la que sea). Trump puede ser millonario, pero su sintaxis, su entonación, sin hablar de varias frases famosas, están en lo bajo, no en lo alto como Obama (quien empezó como organizador comunitario).

Como se lo define científicamente en el Oxford Handbook of Populism (2017), el populismo es el alarde antagónico a fines de movilización en la política de lo culturalmente popular y nativo, y del personalismo como modo de toma de decisión. Lo culturalmente popular y nativo actua como emblemático de lo que ha sido “ninguneado” en la polis, mientras que el personalismo (central) es tanto un modo de identificación –ser Chavez-ista; Peron-ista; de Trump– como un modo de remediar ese (supuesto o no) ninguneo.  El anti-populismo, al revés, es un apego –a veces bastante neurótico (como mecanismo de defensa)– a la institucionalidad (sin lo cual se viene el caos); a las proceduras, el legalismo y la letra del reglamento (otra especialidad chilena, quizá en reacción fóbica a sus vecinos), incluida burocrática; a los buenos modales y a la manera “correcta” de hacer política. Y si el lugar de preferencia del político “alto” es una comisión parlamentaria, el político “bajo” crea multitudes, de preferencia de tonos “oscuros”. Yo no reconozco a Kast en lo “bajo”. Ni siquiera tiene el lenguaje abrasivo de su ídolo Bolsonaro, cuyas famosas citas hicieron las primeras páginas de los diarios del mundo. Por ser tan rubio, a nivel de auto-presentación transgresora populista podría por lo menos intentar un corte de pelo como él de Trump. Y no se lo ha visto antes en ningún reality show o The Aprentice (que es lo que le dio vuelo inicialmente a Trump como figura de masa), en radionovelas como Evita, o en equivalentes a Alo Presidente. ¿Se lo ha escuchado a Kast hablar sobre el tamaño del pene de sus adversarios? ¿Ha dicho en directo a la Secretario de Estado de EEUU: “No te metas conmigo chica, I am speaking in English because I want to meet the Condoleeza”? El appeal de Kast, en estilo, modo de ser, auto-presentacion no tiene nada de populista y está a leguas del de Trump. No, el discurso de Kast es el discurso para nada original de la derecha valórica dura de Chile, acompañado de un cierto neoliberalismo aún menos original. Kast es, simplemente, de extrema-derecha.

Políticamente, está vez hablando de derecha dura y no de populismo ausente, el “peligro” original para Chile ha sido la UDI inicial, explícitamente Pinochetista y orgullosa de eso. Pero aun ese rasgo se ha ido silenciando bajo la alfombra con el pasar de los años (con el estilo mucho más “pop” de Lavin que él paleontológico de Jovino Novoa). Y el deseo de poder del partido declinante ha sido que se amarara cada vez más firmemente a la figura liberal y popular de Piñera. De ahí la escisión principista por derecha del purista J.A. Kast, muy minoritario.

Queda, para terminar, la gran paradoja de Bolsonaro en Brasil. Jair Bolsonaro sí que tuvo un lenguaje ultramente en “lo bajo” (que es lo que siempre llama la atención de los medios) y muy de derecha. En teoría, Bolsonaro sí que califica como populista de derecha, a la imagen de Trump. Y Brasil no por coincidencia sí tiene una tradición populista. Sin embargo, todos los sondeos de opinión en Brasil mostraron que los electores lo votaron por derecha, y no por “bajo” o por su estilo. Es decir, mirando el sistema de partidos brasileño, el descrédito de los partidos convencionales de centro-derecha (lo que no es para nada el caso de Chile Vamos) dejó como única “alternativa creíble” a Bolsonaro como respuesta política al izquierdista PT. Y de hecho, la sociología del voto en Brasil muestra claramente que fueron los sectores y regiones del país más ricos que votaron a Bolsonaro, y no los sectores populares, “del pueblo”. Uno es libre de creer en un populismo de clase media-alta y alta, de las grandes urbes prosperas del país, pero eso no es la imagen aceptada del populismo, y particularmente en América Latina. (Banner, por ejemplo, no se cansa en su entrevista de elogiar a la clase trabajadora de EE.UU., en contra de Wall Street.) Uno es libre de temer un populismo de las comunas altas santiagueñas, inspirado por la Fundación para el Progreso, pero no creo que eso sea precisamente el miedo de Basaure y Joignant.

El populismo de derecha no es imposible, discursivamente, en Chile, en contra de una inmigración creciente al país del resto del continente, amenazando una chilenidad criolla idealizada. Pero falta mucho más que eso. Además el populismo no se satisface de un lugar en un polo político en contra de una “elite cultural marxista-feminista” que se “ha tomado las universidades”. Eso es chiquito. El líder populista se presenta como único salvador posible para un pueblo-Nacion que ha entrado casi terminalmente en un declive mortal, aplastado por fuerzas extranjeras externas poderosas (China económicamente y Mexico laboralmente, para Trump) y una elite débil que ha vendido y olvidado su país.  Al rubio Kast, le falta cuero para eso. No estamos cerca de leer pronto sobre una pared de Santiago lo que rayaron en Buenos Aires décadas atrás: “¡La poronga de Perón es más grande que un jamón!” Kast, como los demás, es parte de la clase política chilena. Así que tranqui.

*Pierre Ostiguy – ExProfesor de planta del Instituto de Ciencia Política de la Universidad Católica de Chile.