*Texto y fotografías: Marianne von Pérez, desde México.

“Tú hablarás a él, y pondrás en su boca las palabras, y yo estaré con tu boca y con la suya, y os enseñaré lo que hayáis de hacer.” (Éxodo, 4:15)

“¡Dios los bendiga!”, grita Karen,“¡Dios los bendiga más!”. La multitud aclama. “¡Denle palmas al señor!” La efervescencia va en aumento, pero aún así la locutora se queja de la convocatoria. “Aún es poca la gente, yo quiero que se reúna más. ¡Yo quiero que se reúna más!”.

Las palabras de Karen retumban en el albergue provisorio instalado en el estacionamiento del Instituto Tecnológico del Istmo en Juchitán de Zaragoza, Oaxaca. El mismo espacio que el año pasado acogiera a mil mexicanos damnificados tras el terremoto, hoy intenta recibir a los cerca de cinco mil integrantes miembros de la caravana migrante.

Pese a la buena voluntad de las autoridades, el sitio no da abasto. Centenares de personas se agolpan unas a otras en el cemento, clamando por sombra bajo unos toldos plásticos dispuestos para la ocasión. Pero nada es suficiente para aguantar los 30º de calor que marca el termómetro, ni siquiera el viento.

Son unos setenta los oyentes que observan con fe a Karen predicar dentro de este improvisado albergue. La diáspora iniciada durante la primera semana de octubre en Honduras no ha parado de crecer. Lo que partió con 200 personas que buscaban huir de la miseria, se transformó en un masivo movimiento que busca cumplir el divino sueño americano.

“Voy a decirles algo”, continúa Karen, “no es la primera vez que estoy en una plataforma. Aquí en México he predicado en campañas donde Dios me ha mandado. ¡Y Dios me trajo aquí! Yo no quería venir, ¡Pero recuerden que ustedes están viviendo el Éxodo! ¿¡Cuántos les dan palmas al señor!?”, dice, y el público estalla en ovaciones.

Aquí en el albergue, Karen Gómez, una sencilla mujer mexicana con vestido largo y pelo negro amarrado en una cola, es la fiel representante de la palabra de Dios.

Según una publicación del 2014 del Pew Research Center (PRC), “América Latina alberga a más de 425 millones de católicos, casi el 40% de la población católica total del mundo”. Aunque “en casi todos los países encuestados, la Iglesia católica ha experimentado pérdidas netas por el cambio religioso, ya que muchos latinoamericanos se han unido a iglesias evangélicas protestantes o han rechazado por completo la religión organizada”.

A su vez, el estudio les “preguntó a los excatólicos que se han convertido al protestantismo sobre las razones por las que lo hicieron. De las ocho posibles explicaciones ofrecidas en la encuesta, la más citada fue que buscaban una conexión más personal con Dios”.

“El ángel Miguel ha sido enviado por Dios a darme un mensaje”, continúa proclamando Karen en la tarima. “Yo tuve una revelación hace años y la voy a compartir hoy, pero sólo una parte. Aunque muchos se van a alegrar y tantos otros se van a entristecer. Pero lo que Dios tiene para ustedes es algo más grande, algo especial ¿O ustedes quieren ir a Estados Unidos a morir? ¿¡Quieren ir a Estados Unidos a morir explosivamente con bombas!?”. “¡No!”, gritan los asistentes. “¿Ustedes creen que Dios los lleva para allá? ¡Hay un país que los está pidiendo y ese es España!”, silencio total.

Karen, en un arrobo místico, menciona España, país en que nunca ha puesto un pie.

“Y los hijos de Israel fructificaron y se multiplicaron, y fueron aumentados y fortalecidos en extremo, y se llenó de ellos la tierra.” (Éxodo, 1:7)

Eran las 16 horas cuando por fin se dio inicio al encuentro informativo que habían pospuesto ya dos veces en el día. El doctor Víctor Manuel debía exponer ciertos temas de salud y sugerir recomendaciones de cuidado. Además, terminaría la incertidumbre de si a la madrugada siguiente avanzaría o no la caravana. Pero fue imposible; Karen, la profeta de Dios, estaba dirigiéndose a los fieles del Señor que caminan con ella en este éxodo.

— ¡Una profeta no es puesta porque ella quiere sino porque Dios la pone! —, argumentaron muchos migrantes cuando la organización quiso interrumpir la prédica de Karen para dar paso al doctor Manuel. “Hoy necesitamos la palabra de Dios más que nunca”, expresaron.

La caravana migrante de centroamericanos empezó a caminar decidida un sábado 13 de octubre desde San Pedro Sula, Honduras, con destino a Estados Unidos. Con los días se sumaron transitantes de Guatemala, El Salvador, incluso de Nicaragua; todos con la aspiración de huir de la violencia, las pandillas, la falta de trabajo y las nulas oportunidades que experimentan momento a momento en sus distintas regiones.

“Y mientras Dios lo permita, seguiremos rumbo al país donde los sueños se cumplen”, opina Rosa, una nativa hondureña que residió los últimos años en México junto a su esposo e hijos. País que nunca le concedió la nacionalidad, hasta que ella decidió dejar de esperar y partir.

Desde ese día no dejan de salir centroamericanos de sus hogares para unirse a la gran diáspora. “Esta es la única que tiene esperanza de pasar”.

“A los que vienen atrás, ¿Usted cree que los dejen seguir? Si quiere Yavhé esperemos que nos lo permitirá a nosotros”, anhela Yana, otra hondureña que trata de bajarle la fiebre a su hijo de un año y dos meses. Yana lleva dos semanas y media caminando junto a sus dos hijos pequeños, su esposo y el coche de guagua.

“Partieron los hijos de Israel de Ramsés a Sucot, como seiscientos mil hombres de a pie, sin contar los niños.” (Éxodo, 2:37)

Conforme a la información del PRC, un dato no menor es que “las personas de las naciones centroamericanas de Honduras, Nicaragua, Guatemala y El Salvador se encuentran entre las más religiosas y socialmente conservadoras” de América Latina. Lo que de alguna forma explica cómo la mayoría de los integrantes de la caravana buscan sobreponerse cada jornada al sufrimiento, las adversidades y el agote que ha significado migrar alrededor de 5 mil kilómetros a pie.

En la religión depositan su confianza y seguridad, convencidos de que el desafío que están llevando a cabo es un acto divino puesto que, como indica Rosa, “esto es una obra de Dios, sólo él sabe y decide lo que va a pasar”. Están esperanzados que será él quien los libere y salve luego de tantos años de “opresión y maltrato”.

“Y amargaron su vida con dura servidumbre, en hacer barro y ladrillo, y en toda labor del campo y en todo su servicio, al cual los obligaban con rigor.” (Éxodo, 1:14)

Todas las noches, sin importar lugar o cansancio, se realiza un culto religioso. En general, los que acuden son en su mayoría hombres ya que, como menciona Yana, “ellos son más negativos y necesitan ayuda para no explotar”.

Su fe es la que les da la fuerza que necesitan para continuar. Están seguros de que un ser superior vela y guía sus pasos. “¡Honduras, nosotros no estamos solos! Quien está con nosotros es Cristo, quien está por nosotros es el rey de reyes y señor de señores”, anunció Tania en su prédica.

Tania, una hondureña profeta al igual que Karen, tuvo una revelación tiempo antes de unirse a la caravana. “Mi rey amado me mostró una caminata igualita a la que vengo haciendo desde que salí de Honduras.”

No obstante, ese no fue el único mensaje que le tenía preparado Jehová. Hace tan sólo un día Tania tuvo otra epifanía. “Iba corriendo con un muchacho que conocí acá. Corríamos y corríamos mientras nos perseguían un montón de Zetas para matarnos. Por eso yo le pido a mi Dios amado que nos cuide y proteja porque no es justo que la sangre de los hondureños sea derramada en la calle.”

“Y Moisés dijo al pueblo: No temáis; estad firmes, y ved la salvación que Jehová hará hoy con vosotros; porque los egipcios que hoy habéis visto, nunca más para siempre los veréis.” (Éxodo, 14:13)

El éxodo migrante atravesó el Mar Rojo el día que ingresó desde Guatemala a México a través del río Suchiate. Lo que vino después ha sido sobrevivir al calor, la sed y el hambre; sumándole la lluvia y el frío. Tal como padeció el “pueblo elegido” durante los 40 años que Moisés los guió rumbo a la “tierra prometida”.

Hoy, a punto de enfrentarse a la “Guerra con Amalec” (Éxodo, Capítulo 17) en su tránsito a Canaán, el miedo y la angustia tienen nombre. Y no es sólo el de los 5.800 soldados extra que Donald Trump desplegó en la frontera el pasado octubre, sino también el de Los Zetas.

“Los emigrantes saben cada vez más que Los Zetas son el lobo del cuento en la tragedia que viven cuando atraviesan México”, respondió en una entrevista realizada por elmundo.es hace más de ocho años, el periodista salvadoreño que ha investigado la inmigración ilegal en México: Óscar Martínez.

El Cartel de Los Zetas es uno de los grupos del crimen organizado más activos, violentos y sanguinarios que existe en tierra mexicana. Sus crímenes son tan macabros que aún vive en la memoria de los centroamericanos el recuerdo de la peor matanza de migrantes ocurrida la última semana de agosto de 2010 en México.

Fueron 72 los asesinados -58 hombres y 14 mujeres- en una bodega semiabandonada en un sector rural de la población de San Fernando, Tamaullipas. Los vendaron, los obligaron a apoyarse contra un muro y luego les dispararon.

Luis Freddy Lala Pomavilla, un ecuatoriano que a la fecha tenía 18 años, fue uno de los pocos sobrevivientes de la masacre. “Nos bajaron para pedirnos dinero, pero nadie traía. Después nos ofrecieron trabajar para ellos. Dijeron que eran Zetas, que nos pagarían 1.000 dólares por quincena, pero no aceptamos y nos dispararon”, publicaría el 26 de agosto el diario mexicano Reforma.

Hasta hoy Los Zetas controlan las rutas norte de migrantes que transitan por México hacia Estados Unidos y “quiera Dios que nada nos pase”, concluyó Rosa, aferrándose nuevamente a una de las pocas esperanzas que tienen los migrantes y que no está en la tierra.

 

*Texto y fotografías: Marianne von Pérez, desde México.