La expresidenta de Ecuador, Rosalía Arteaga, que ha participado esta semana en el foro feminista de líderes en Reikiavik, ha afirmado en una entrevista con Efe que el lugar más peligroso para una mujer es su propia casa.

“Todavía el hogar es el lugar más peligroso para las mujeres, por el maltrato doméstico físico, psicológico y sexual”, lamentó.

Arteaga, que aunque en 1997 asumió la jefatura de su país durante una semana no ha sido reconocida como presidenta hasta 21 años más tarde por ser mujer, denunció el mal endémico de la violencia de género para la que recetó “educación, educación y educación”.

“Hay que educar por supuesto a las mujeres, porque nosotras educamos al 100 % de la población. Somos como madres las primeras que socializamos al hijo y además en lugares como América Latina más del 70 % de maestros de educación básica son mujeres”, explicó la expresidenta, que también llamó a educar a los varones “para que sientan que las personas no pueden ser discriminadas por su sexo”.

Preguntada sobre si la cultura hispánica es especialmente machista, respondió que no es algo único de los hispanos, sino que ocurre en todo el mundo.

“Se ve en todas partes. Mira a Malala Yousafzai luchando porque las niñas vayan a la escuela, por ejemplo”, dijo en referencia a la joven paquistaní ganadora de premios como el Nobel de la Paz o el Sájarov.

“A la mujer en todos los países aún le queda lo más difícil: poder participar en espacios públicos, políticos, civiles y académicos. Díganme cuántas mujeres rectoras de universidad publicas hay en el mundo, o astronautas, o premios Nobel en Ciencias”, reflexionó.

Preguntada por los frenos de la mujer a acceder en igualdad a los mismos cargos que los hombres, Arteaga indicó que “todavía hay discriminación, por un lado, y luego también otra dificultad de acceso dada la condición de maternidad, además de muchos prejuicios interiorizados”.

Explicó que a lo largo de la historia las mujeres fueron sometidas por la sociedad y la religión al ser consideradas demasiado “poderosas” y “peligrosas” por el hecho de poder crear vida y dar a la luz.

“Las primeras civilizaciones fueron matriarcales. La mujer tenía un poder enorme, por ello hubo que oprimirnos, y ahí intervinieron las religiones y los diferentes esquemas sociales para hacer que la mujer se considerara inferior cuando en realidad había demostrado superioridad”, añadió.

La vicepresidenta Arteaga estuvo en el cargo de jefa de Estado entre el 6 y el 11 de febrero de 1997 cuando el presidente, el populista Abdalá Bucaram, fue destituido en medio de protestas populares.

Aunque ella reclamó para sí el cargo por sucesión presidencial hasta el fin del periodo, en el año 2000, el lugar lo ocupó el entonces presidente del Congreso, Fabián Alarcón.

Relató que su historia es una historia “de machismo” pues otros vicepresidentes varones antes y después de ella pudieron asumir la presidencia después de que se cesara al presidente, y sin que las instituciones y el poder militar les obligasen a dar un paso al lado.

“Increíblemente, el mismo Congreso decidió dar un golpe de Estado y nombrar un presidente interino, un título que no existe en toda la historia del Ecuador”, recordó.

El pasado mes de julio, en el Salón Amarillo del palacio de Carondelet, sede del Ejecutivo, en Quito, se colocó finalmente el retrato de Arteaga junto al resto de expresidentes de Ecuador.

Arteaga consideró que, a pesar de ser un gesto “simbólico”, para ella “significó mucho que viniera de petición de las mujeres ecuatorianas, que firmaron una carta al presidente de la república”.

Sobre si ahora sería más viable que una mujer llegara a la presidencia de Ecuador, contestó positivamente. “Inclusive la clase política se va acostumbrando a que haya más mujeres y me siento orgullosa por haber abierto ese camino”.

Arteaga participó esta semana en el foro global de mujeres líderes en Reikiavik con el objetivo de reunir a mujeres que ocupan puestos de responsabilidad en el ámbito público y privado para intercambiar opiniones sobre cómo avanzar en la igualdad y la representatividad de la mujer.