por Rodrigo Vergara Tampe, periodista y guionista.

Roma es una película de contrastes. Y no solamente por el hecho de ser en blanco y negro, sino por los mundos emocionales y narrativos opuestos que describe en su relato. Ya en la primera escena, a través de un plano cenital hermoso, somos testigos de la aparición de un cielo que se refleja en el suelo, gracias al agua que escurre. Cielo y tierra, amor y desamor, pobreza y riqueza, padres ausentes y madres presentes, vida y muerte. Éstos son algunos contrastes que Alfonso Cuarón nos muestra, a través de una fotografía virtuosa.

La historia transcurre en el barrio de Roma, en Ciudad de México y narra el desmoronamiento de una familia acomodada, a través de los ojos de Cleo, la empleada de la familia. Desde los primeros minutos, Cuarón nos retrata el mundo solitario de Cleo, usando toda la capacidad artística que el cine permite: planos secuencias, el fuera de cuadro, planos generales, las acciones en segundo plano, la música diegética, el sonido y la fotografía. Cleo es una mujer de raíces indígenas que da todo por la familia donde trabaja. Es la que acuesta a los niños de la casa y la que los despierta, la que limpia las cacas del perro, la que les da de comer a toda la familia y lleva a los niños al cine.

Pero el relato de Cuarón no conlleva un juicio moral ni ideológico, frente a una situación que a todas luces es parte de la desigualdad presente en todo el continente americano. No. La narrativa es objetiva y le permite al espectador hacerse su propio juicio, ejercicio necesario que se ve pocas veces en el cine contemporáneo. Aquí no hay primeros planos para enfatizar el sufrimiento de Cleo ni escenas para juzgar a sus empleadores. Tampoco hay música incidental, que generalmente se usa para manipular emociones. Por el contrario, toda la música presente es diegética, está incorporada dentro de la escena de forma narrativa. Esto se complementa con otro recurso valioso que nos propone el director mexicano: el sonido. El ruido de la ciudad, sus vendedores, autos, manifestaciones, bullicios y retazos de conversaciones urbanas, nos cuentan historias no sólo de un lugar, sino del momento social y político que vive Ciudad de México en los 70.

Y en esa neutralidad y objetividad en el lenguaje cinematográfico, radica la riqueza de Roma, que irónicamente nos recuerda a las obras maestras del neorrealismo italiano. La historia transita por muchos estados emocionales y a diferencia de algunas voces que la han descrito como “plana”, la película construye un arco dramático pronunciado, donde cada personaje va experimentando un cambio interior que se ve reflejado hacia al final de la historia. Cleo vive su propio camino al infierno, enfrentada a la dualidad de ser pobre, pero pertenecer a una familia rica. Ella es mexicana, pero su travesía existencial podría ocurrir perfectamente en Chile, Perú o Argentina. Lo mismo con la historia, cuyo epicentro podría haber sucedido en cualquier parte del mundo.

Roma nos entrega escenas que probablemente tendrán una buena vejez: un parto como pocas veces lo hemos visto en el cine, una secuencia de acción en el mar que no escatima en angustia para el espectador, un incendio en el bosque con tintes surrealistas, un enfrentamiento entre represores y manifestantes al estilo de las grandes producciones y personajes sicopáticos escritos con la complejidad de lo mejor de la literatura y el cine: por momentos, el novio de Cleo nos recuerda a Travis Bickle.

Ésta es una película pequeña y gigante, una experiencia visual y sensorial, que quizá requiere de un segundo o tercer visionado para absorver la cantidad de detalles que están presente en todos sus mundos narrativos. Una obra maestra que no cuenta una, sino muchas historias a la vez. No entrega juicios ni lecciones, sino algo mucho más importante: poesía, algo que los artistas de la Novelle Vague y neorrealistas italianos tenían muy presente. Roma es un homenaje al cine, a la mujer, al arte, a los niños, a la nostalgia, a las ciudades latinoamericanas, a las cosas simples de la vida y al tiempo, ése que se resiste a morir y que está empeñado en conservar retazos de nuestra infancia.