Para empezar debo aclarar que no tengo care cuica. Pero me hubiese gustado tenerla. Por años pensé que era una excelente idea imitarlas. Y por eso me teñí el cabello rubio y pensaba que pasaba re piola, hasta que caché que na que ver que te aparezca la raíz negra. Con eso mostrai altiro la hilacha.

También me dió por usar lentes de contacto azules, pero tampoco me resultó y lo único que conseguí fue una infección. Pero no crean que me rendí. Mi perseverancia me llevó a casarme con un magnate de apellido rimbombante, porque el que la sigue la consigue.

Luego de recorrer el mundo junto a él, me vine a vivir a mi ciudad natal, Antofagasta. Mi marido es dueño de una mina… No de mí, no se confundan, aunque pareciera que sí se considera mi dueño, y a mí como que se me achica el cerebro y la autoestima con esas ideas suyas. Bueno, tampoco crean a pie juntillas todo lo que digo. Recuerden que soy escritora. Y obvio, para que me salga bonito debo explotar mi imaginación, que, como dice mi siquiatra, es muy, pero muy productiva.

En fin, si te por pasar por cuica, te daré unos tips: nunca digas “mi mami” o “mi papi”. “El papá, la mamá”, es lo correcto. Eso lo escuché hace unos años a una vieja pituca de verdad: es cosa de rotos decir mami, le dijo a su nieta y a mí no se me olvidó más. ¡No se te ocurra decir mi esposo! ¡Noooo! Debes decir: “Mi marido”, para referirte a tu cónyude. Y “cubiertos”, en vez de “servicios”. Y por favor, te lo ruego, menos digas “arcuza” ( esa cuestión donde se pone el aceite y el vinagre). Yo antes le decía así y mi marido, tan amoroso, de un solo grito me enseñó que se dice “alcuza”.

En fin, ya te debes estar preguntando a estas alturas, por qué el título de esta columna es “culicaliente”. Sucede que en Antofagasta actualmente viven 27 mil colombianos. Una cuarta parte del total que hay en Chile. Y ese es un término que usan ellos. Proviene del latín y del griego… Naaa. La verdad lo escuché en una peluquería. Hablaban dos mujeres colombianas. (Por cierto, me encantan. Soy su fans número uno).

Como soy una actriz frustrada, me dió por imitarlas ahora. Es que esas mujeres se roban la película: caminan por el centro curvilíneas, exuberantes, coloridas, mostrando sus carnosidades orgullosas, importándoles un pucho que las miren raro las envidiosas-flacas-palillos-cuicas de mi tierra. Ellas no están para imitar a nadie. Somos nosotras las que tenemos que aprender de su belleza, fuerza, trabajo y valentía. Hay que echarle para venirse a un país extraño, dejando muchas veces a sus hijos, en busca de un mejor futuro. Ya me fui por las ramas otra vez.

CULICALIENTE: Hablaban dos mujeres colombianas en la peluquería. Mientras una me limaba las uñas y la otra me hacía un masaje capilar, me volví invisible para ellas. Decían: ese man es un culicaliente ¡Es un hijoeputa! ¡Un desgraciado! Que se cree que por rico puede venir a engañarme (bueno, eso lo dice Arjona en su canción). Para hacerla corta, les contaré que al famoso culicaliente lo pillaron chanchito siendo infiel. ¡Ah!, dirán muchas de ustedes, mi marido también es culicaliente. Yo también un montón de cosas sobre lo que el término podía significar.

Para salir de la duda, les pregunté care palo: “¿Qué es ser culicaliente? Perdón, no cacho, porque soy chilena”. Se me olvidaba algo. Seguro tú, que no vives en Antofagasta, no te imaginas cómo eran ellas. Te digo que eran atractivas, culonas de cintura pequeñita, y usaban el jeans bien ajustados ¡Miércole! De esos que levantan las pompis, aunque ellas no tienen necesidad. Por uniforme, usaban una polera negra de piqué, que seguro odiaban porque era media ancha y sin brillo. La de la congoja lucía una trenza que nacía desde la sien y daba una vuelta formando una “s” sobre su cabello negro y largo, resaltando su piel blanca y sus ojos grandes, perfectamente bien maquillados. Calculo que tenía 28 años. Su amiga consejera le decía: “¡Deje a ese man culicaliente, mami!”, moviendo su melena rizada y ordenada en trencitas pequeñas que llegaban hasta debajo de sus hombros. Su piel, color mate y la nariz ancha, afro; los labios carnosos, pintados de rojo y, a diferencia de su amiga, pechugona, dueña de una voz felina y bien chévere.

Terminada la descripción. Procedo ahora a contar su respuesta:

-Mami, ¿Le molesta que le diga mami?
-No mami, para nada-, le respondí yo, mientras pensaba: -¡Cuéntame niña de una vez, por Dios!

-Bueno mami, es que acá alguna gente se ofende.
-No poh, yo soy simpática, si tengo la pura care cuica. ¿Qué es culicaliente?-, insistí.
-En mi tierra, cuando alguien comete un error, usamos ese término. Por ejemplo, si usted le dice a su hijo: “Papi, por favor use el casco para andar en la bicicleta. Mire para ambos lados, no ande veloz”. Y su hijo llega con la bicicleta toda destartalada y magullado entero, usted tiene todo el derecho de decire: ¿Ve, ve, ve? ¡Le pasó por culicaliente!

Me quedó clarito. ¿Y a ustedes? Bueno mis culicalientes, un error lo comete cualquiera. Y de ellos se aprende, ¿No?