Por Pia Mundaca Ovalle

En los últimos meses el fenómeno migratorio ha sido un tema recurrente en debates políticos, noticias, reportajes, entre otros. El foco ha estado puesto, fundamentalmente, en el control de fronteras y en aspectos relacionados a la seguridad. Nada distinto de lo que ha sucedido en muchos países del mundo. Sin embargo, hemos discutido poco y nada sobre lo que sucede dentro del territorio nacional: cómo diseñamos políticas públicas que permitan la incorporación de los migrantes a nuestro país, de qué manera se promueven y facilitan relaciones sociales entre personas de diversas nacionalidades, en fin, cómo logramos vivir juntos y ser parte de una comunidad.

Dado lo anterior, resulta profundamente destacable la segunda encuesta realizada por Espacio Público e IPSOS: “Chilenas y chilenos hoy: desafiando los prejuicios, complejizando la discusión”, que en esta versión consideró por primera vez la medición de percepciones sobre migración.

En primer lugar, la encuesta deja en evidencia cómo existe mayor resistencia a la integración con migrantes por parte de mujeres, personas de mayor edad y grupos socioeconómicos bajos. Esto último se ha vuelto una tendencia recurrente, puesto que son los grupos socioeconómicos más bajos quienes ven como una amenaza directa a los migrantes que toman puestos laborales de servicio o en general con menos calificación.

En segundo lugar, las mayores preocupaciones hacia la migración están vinculadas con la seguridad ciudadana, la disponibilidad de empleos para los nacionales y aspectos relacionados con la salud, llegada de nuevas enfermedades y acceso a atenciones de salud.

En tercer lugar, llama la atención la negativa a reconocer cualidades positivas o ventajas comparativas de los migrantes respecto de los chilenos, especialmente, al momento de afirmar que los inmigrantes mejoran la calidad de los servicios por su amabilidad y el aporte que realizan con su nivel de educación. Estos dos aspectos vuelven a resaltar temores asociados con reconocer una competencia laboral que puede resultar mejor preparada o presentar características más atractivas para los empleadores. Estamos frente a temores legítimos, y en ningún caso reprochables; por lo mismo es necesario reconocerlos, profundizar en su causas y generar mecanismos que se hagan cargo de ellos.

Los resultados de esta encuesta pueden animar una discusión necesaria y urgente. La forma en que nos integramos es un aspecto esencial para la manera en que queremos vivir junto con los migrantes que han decidido desarrollar su proyecto de vida en Chile, pero también será un tema crucial para la forma en que se sentirán en Chile aquellos hijos de migrantes- los denominados “segunda generación”- que nacerán en nuestro país. Esto ha sido un factor determinante en países con una tradición migratoria de más larga data que la nuestra. Es por esto que quisiera destacar algunos aspectos vinculados a este desafío.

Si bien, en la gran mayoría de los casos, las políticas de integración se desarrollan desde el nivel nacional, estas deben considerar y dejar campo de acción al nivel local. Han sido las ciudades, sus autoridades, vecinos, entre muchos otros actores, los que se han visto tensionados y altamente desafiados por la llegada de nuevos habitantes a sus comunas.

Ejemplos sobre esto hay en todo el mundo. Es por ello que hay cada vez mayores esfuerzos para que sean las ciudades las que estén a la vanguardia de la creación de respuestas, tanto de corto como de largo plazo, para la llegada e integración de migrantes.

La integración sucede a nivel local y, si queremos avanzar en un buen convivir, esta aseveración tiene que ser el pilar rector de lo que queramos construir. La integración no es una discusión abstracta. Existen medios, como políticas de empleo, vivienda, educación y salud, a lo que se suman la creación y fomento de relaciones sociales.

Todo esto se verá facilitado con la posibilidad de hablar el mismo idioma y conocer la diversas culturas, teniendo siempre como base el goce de los derechos humanos de la población migrante. Ejemplos novedosos podemos encontrar en todas las áreas: Barcelona desarrolló una estrategia anti-rumores para prevenir el racismo, que buscó hacerse cargo
de los temores y estereotipos que afectan la convivencia. La ciudad de Erlanger en Alemania ha desarrollado programas de empleo en conjunto con la empresa, que es el principal empleador local. Atenas ha desarrollado programas especiales para fomentar el conocimiento entre apoderados de estudiantes nacionales y extranjeros. Nueva York creó un programa especial, el cual realiza distintas asesorías y capacitaciones para postular a los permisos de residencia en variadas bibliotecas de la ciudad, acercando y vinculado a los migrantes con espacios que por definición son de encuentro entre vecinos y vecinas. La lista de innovaciones a nivel local es larga y cuenta con países de diversas características.

La tarea es enorme. Fomentar espacios de encuentro, interacción y conocimiento desde la cotidianidad es un desafío que pone a las ciudades y todos los actores involucrados en ellas como líderes de este proceso. Debemos reconocer que una buena convivencia y el logro de la cohesión social no son objetivos que se lograrán poniendo toda la carga de la responsabilidad en los migrantes. Hace algunos meses vimos cómo el Gobierno justificaba el Plan de Retorno Humanitario -el cual ha devuelto a migrantes, principalmente haitianos, a sus respectivos países de origen- bajo la idea de que eran migrantes que “no se habían podido insertar” o habían tenido “problemas de adaptación”. Esta encuesta nos vuelve a interpelar: ¿qué hemos hecho para que esos migrantes que se fueron de Chile se hubieran
podido insertar?