Toda proclama tiene algo de desesperado y la que publiqué en la edición online del diario El Siglo pocos días atrás (apareció como una columna, pero era una proclama), no estaba exenta de esa desesperación, y es una autocrítica, o al menos de ese impulso maníaco, propio de los fanáticos y de los suicidas, de querer torcer con palabras el rumbo sin palabras que toma a menudo lo inevitable. A no ser un milagro, lo más probable es que la suerte esté echada y que la patria bolivariana de Venezuela caiga. La ecuación es feroz en su simplicidad: en el estado actual de la tierra todo el poder está en el poder. Por el momento afuera no hay nada y las fuerzas son demasiado disparejas. Una vez más el sueño de los más pobres, de los más postergados de la tierra será aplastado. 

En la otra cara, los centenares de miles de venezolanos, fundamentalmente capas medias, profesionales, que afectados por la crisis: la escasez, las pérdidas de sus trabajos y las drásticas restricciones a que se vieron sometidos, salieron de Venezuela (y que sorprendieron a la mayoría de los países a los que llegaron por su altísimo nivel educacional, por sus modales y gentileza, además por lo bonito que hablaban), sin pensar que más que Chávez o Maduro, lo que los obligó a marcharse de su patria es parte del manual básico con que el imperialismo responde frente a cualquier país que se atreva a poner en cuestión su predominio y los intereses de la macro-oligarquía que lo sustenta. Así fue en Chile, así sucedió en Venezuela, los guiones son los mismos. Espero con algo, que es más que el corazón, que si el desenlace es el que temo, las consecuencias no sean para los venezolanos las mismas que fueron para los chilenos: los 17 años de dictadura y sus miles de desaparecidos, torturados y masacrados (y hablamos de dictadura: comparar a Chávez o a Maduro con Pinochet no es un chiste; es obscenidad).

Recuerden entonces Chile. Recuerden unos y otros que Salvador Allende el día del golpe, el 11 de septiembre iba a llamar a un plebiscito. Soy escéptico de que esa posibilidad sea ya factible, un plebiscito o unas elecciones totales son muy poca cosa frente a la perspectiva de una victoria absoluta, pero recuerden unos y otros, sobre todos los otros, que no son víctimas del otro bando, sino que todos son víctimas de un sistema que en la expresión máxima del capitalismo, domina hoy esa ínfima pelusa azul, perdida en la inmensidad sideral del espacio, que llamamos pomposamente mundo, y que ha hecho del capital una metafísica y de su viga maestra, la propiedad, la religión de una religión sin dios.

Como militante, pero más largo aún, como no militante, yo soy comunista y todo lo que mala o buenamente pueda haber escrito e imaginado en mi vida tiene que ver con eso, es decir, tiene que ver con la derrota y la esperanza, pero este es un momento en que, sea cual sea el lugar o partido que hayamos tomado, y la frase es de Neruda, hay algo que es infinitamente más importante que todas las demás y es esta: 
Que el malo no mate al bueno ni que el bueno mate al malo.