¿Cómo surge “Réquiem”?

-Se me ocurre hace cuatro años, viendo un reportaje de “Informe Especial” sobre un conscripto que fue de los pocos que rompió el pacto de silencio entre militares. Soy una persona de izquierda y me parecía interesante este personaje que a los 70 años o más rompe el silencio y cuenta lo que fue obligado a hacer: que fue llevado por su hija a romper el pacto de silencio. Eso me hizo un click entre hija y padre involucrado en violaciones de derechos humanos. Producto de eso me puse a investigar qué pasaba con los hijos de los militares implicados.

¿Con qué te encontraste?

-Me encontré con la sorpresa de que había muy pocos registros. Vi por Internet una entrevista que hicieron en “Mentiras Verdaderas” a Loreto Iturriaga, hija de uno de los militares que están en Punta Peuco. Ella es un verdadero personaje, es increíble escucharla. En su discurso limpia la imagen de su padre y trata de “desenmascarar” cómo la izquierda chilena trató de crear un plan para desacreditar el “trabajo” de Augusto Pinochet durante el gobierno militar y a posteriori. Es una fabulación tremenda. Ella, incluso, promueve el libro de su padre, sus memorias y como los cientos y miles de denuncias, según ella, no son reales, sino de gente que estaría organizada para mentir. Producto de eso, empecé a investigar el caso de Argentina, y ahí encontré muchísimo material sobre instituciones que trabajan con hijos que descubren que su padre fue un torturador, o espacios donde se encuentran hijos de torturadores con hijos de torturados. Es una sociedad que ha puesto el tema en el tapete sin tapujos y de una forma verdadera y real para sanar. Consulté, también, sobre los familiares de los nazis y encontré mucho material sobre los traumas que crea haber tenido un padre o abuelo nazi.

¿Cómo esa búsqueda la traduces a un guión de una dramaturgia?

-Yo siempre parto ficcionando una situación particular. Instalo a dos o tres personajes dialogando y empiezo a imaginar qué es lo que siente cada uno en ese momento. Deben ser personajes con ciertos perfiles antagónicos, para empezar a cocinar el conflicto. Empecé a escribir el encuentro de dos hermanos: Pedro, que tiene un odio profundo con su madre y renegó de su familia y, después de muchos años, va a ver a su hermana, que está enferma. Ella, en cambio, es como la hija de Iturriaga. Posteriormente, empecé a investigar a la madre que, obviamente, tiene cierta proximidad con Lucía Hiriart y su imaginario. Estuve investigando mucho sobre eso: fotografías, comportamientos y frases de ella para saber cómo funciona esa psique. También revise la película “Agosto”, una comedia-drama de Tracy Letts donde trabaja la Meryl Streep encarnando a una matriarca muy venenosa con sus hijas. Quería trabajar la idea del ser humano en crisis, como el personaje de la madre en “Réquiem”. Lo que me interesa, más allá del trasfondo político, es que el espectador asista a cierta catarsis donde los sentimientos están candentes y cada uno lucha por su verdad más profunda.

¿El espectador va a poder identificar en la obra rasgos de lo que comenta, de Lucía Hiriart, por ejemplo?

-Absolutamente. Tiene que ver con una visión política, una visión de clase, una idiosincrasia sumamente reconocible, que también se identifica en los hermanos, porque los roles que ellos juegan dentro de la dinámica familiar, son comunes, los podemos reconocer en las familias.

Sobre el trabajo de actores y actrices, ¿cómo ha sido su preparación?

-Tuvimos un proceso de trabajo de seis meses de ensayo en 2017. Fue un proceso de inmersión, revisión de material audiovisual y lectura para que cada uno construyera su personaje desde las polaridades, contradicciones y sensibilidades de cada rol. Los personajes no son planos, son una montaña rusa, y hay un sesgo reconocible. Se ve que el padre dejó un sello en estos hijos. El proceso de preparación costó. Para abordarlo, los actores y actrices compartieron su propia experiencia y sensaciones sobre la dictadura. Hubo distintos recuerdos, algunos dolorosos: uno tuvo un abuelo era carabinero, otra recordaba los balazos del 73… Empezaron a construir desde su sensación, pero era el lugar errado porque significaba demasiado dolor y rabia, sin posibilidad de conversión. No podíamos entrar ahí y a veces era muy catártico. Por eso, tuvimos que salir de ese lugar de abordaje. Nosotros estábamos hablando desde la vereda del frente y teníamos que sensibilizar y empatizar, como artistas, para poder entender el engranaje de cada personaje para que empiece a funcionar la dramaturgia y sus recovecos. Tuvimos que hacer un trabajo de mucha conversación y cambiar el switch para encontrar el flujo de la obra.

¿Cómo vincula la obra con el contexto actual chileno? El año pasado vivimos algunos episodios de negacionismo, con el ex ministro de Cultura, lo hemos visto también con diputados o líderes políticos. La obra tiene que ver con eso, viene a reivindicar ese pasado que sí existió.

-Ahí emerge la arista política de la obra y apunta a la coyuntura. Expone una realidad que es oculta, algo que avergüenza, un tabú que gran parte de la sociedad chilena niega o evade. Es una obra que moviliza, te obliga a ver aquello que quizás tú no crees o te dijeron que no fue así. Es un poco voyerista, pero no es panfletaria. Aborda un lado que aún no se ha tratado de manera cabal en el teatro: ha habido obras sobre militares, torturadores o conscriptos, pero no sobre la experiencia de los hijos de torturadores. En el teatro nadie se ha puesto ahí al parecer.

¿Qué rol debe tener el teatro, en particular, y la cultura, en general, de interpelar y colocar en posiciones incómodas y hablar sobre memoria histórica, que ha costado mucho plantear?

-La experiencia de memoria tiene que ver con la memoria histórica, pero también la memoria presente. Es una historia que aún se está escribiendo. Aquello que acontece con los pactos de silencio, con aquellos hijos y su dolorosa herencia, es vergonzoso y muy en silencio busca un lugar de reparación. El proceso no es estático, se construye y genera una nueva cultura y una nueva visión de las cosas. Soy una convencida de que hasta que nosotros no nos reconozcamos, no va a cicatrizar. Hay una deuda ahí.

Tu viviste bajo la dictadura. ¿Hay cosas de tu experiencia personal en la obra?

Recurro a los rasgos autoritarios de mi padre, que siendo de izquierda en mi infancia fue un padre muy autoritario, y de eso rescato ciertos elementos que traslado en la madre de la obra. La reflexión está en cómo se reproduce la violencia que se hereda en las formas de relacionarnos, en los sueños que terminan en pesadillas, en la expresión de la desazón, de la depresión, la histeria o el des-límite. Es eso lo que acontece con los hijos e hijas de la obra, quienes tuvieron una muy buena situación por tener un padre capitán, pero tienen un tremendo vacío que es necesario acoger.

¿Qué otros elementos ocupas para completar la obra?

-Para dar tratamiento a un tema de este trasfondo hay que tener cierta estrategia, sino es insufrible. El teatro tiene la capacidad de exacerbar ciertos rasgos para aprender a reírnos de la situación antes de caer de boca en ella. También tiene que ver con el punto de vista del autor: yo me distancio de los personajes para poder escribir y verlos, como por el ojo de una cerradura. En el proceso, me sorprendo, me río con los personajes por cómo ellos buscan la “normalidad”. Quieren ser normales sin entrar en lo que sufren realmente, entonces se extravían y pasan una serie de paradojas para encontrarse con ellos mismos frente al espejo. Para eso, recurrimos al humor, pero no ha sido el intento hacer una comedia, sino una experiencia que en el viaje de la obra colinda entre la comedia y el drama. Hay elementos del absurdo, de equívoco, de catarsis que puede acercarse al humor negro, pero en lo profundo, lo que hay detrás es bien en serio.

Llevan 30 funciones. Han estado en la V, la IV, en Chiloé, Puerto Montt ¿Cómo ha sido la acogida?

-En general, muy buena. Los adultos, algunos se ríen y otros están más serios, pero aplauden mucho y hay también agradecimientos. Hay gente que sale callada e incómoda del teatro. Como autora y directora, creo que la obra logra instalar una historia humana que provoca y conmueve y que es necesaria. Hay personas del mundo del teatro que me han pedido que un cierre de la obra distinto al que tiene. Pero para mí, la historia termina así y no me hago cargo de lo otro.