Columna de Jorge Arce: Elegía Progre

Aclaro de entrada. Mi tema no es con el progresismo en sí, sino con la progresía, con esos fundamentalistas de la vía alternativa que uno no sabe, de partida, de dónde diantres son. Porque convengamos en que dentro de esta nueva fuerza moral y evangelizadora ud. encuentra casi lo que se le ocurra: izquierdistas, capitalistas, carreristas, balmacedistas, optimistas, pesimistas, populistas, surrealistas, tarotistas, malabaristas… y mucho, pero mucho artista.

Cierto es que en política siempre son buenos nuevos vientos, pero hay algunos aspectos subyacentes a esta cosmovisión progre posmo que me tienen un tanto intranquilo.

La primera es esa manifiesta convicción de que toda su onda alternativa los pone un peldaño más arriba en la evolución. Frente a cualquier tema, la opinión del otro es secundaria; si no está en la onda progre (lo que incluye a todos quienes alguna vez hicieron actividad política antes de que aparecieran ellos), no está a la altura necesaria para siquiera empezar a discutir en serio. Eso ha derivado en (o tal vez es consecuencia de) una cierta sacralización de “esa” política, que ellos entienden como nueva, una construcción bien parecida al concepto de “la palabra”, de un dios verdadero y único, cuyos iracundos y marihuaneros hijos parecen lanzados a una moderna guerra santa.

También me inquieta su marcada vocación por las elites. La progresía ha entendido que la historia del auge y caída de las ideologías no es otra que la historia del auge y caída de las elites que las sostienen, pero en la medida que su discurso busca encantar a artistas, intelectuales, jóvenes profesionales y otros sofisticados sectores de nuestra sociedad, se permea irremediablemente de las demandas propias de dichos grupos. Lamentablemente esta visión del progre, por el progre y para el progre ha contribuido a seguir reproduciendo la ley del más fuerte, donde las únicas demandas e intereses ciudadanos que terminan teniendo alguna posibilidad de colarse en la agenda son las de aquellos grupos que tienen los recursos suficientes como para imponerlas y/o sean lo suficientemente onderas como para satisfacer el delicado paladar de la progresía criolla twitero contestataria..

Pero lo que tal vez es más relevante es que lo anterior ha implicado seguir dejando de lado precisamente al mundo que declaran olvidado, a las regiones, al ciudadano común, a esa sociedad que no es escuchada. Casi un 20% de la votación del Frente Amplio en las últimas primarias se concentró en apenas 5 comunas (Santiago, Maipú, Ñuñoa, La Florida y Valparaíso), ninguna popular y 4 de Santiago, y en las últimas elecciones internas de Revolución Democrática, el partido eje del conglomerado, votaron unas 3 mil personas, lo que representa apenas un 7% de su padrón, aún cuando las votaciones fueron por internet.

La última encuesta CEP (Oct/Nov 2018) muestra un dato que deja más preguntas que respuestas. Entre los 10 políticos mejor evaluados del país, figuran desde hace no pocas ediciones 3 personajes del Frente Amplio: Gabriel Boric, Giorgio Jackson y la ex-candidata presidencial del bloque Beatriz Sánchez, y a más de un año (contando la campaña) del desembarco masivo y ruidoso del Frente Amplio en la institucionalidad política local todavía hay nombres propios que han marcado debate y uno supondría como cartas importantes que ni siquiera figuran en el muy maleable imaginario colectivo del votante chileno. Juan Manuel Latorre, el único senador del conglomerado, Jorge Sharp, el joven y vigoroso alcalde de Valparaíso, o los diputados Vlado Mirosevic o Maite Orsini parecen no poder despegar en una tienda que ha mostrado con creces, pese a lo que muchos podían suponer desde sus llamativas y novedosas campañas, que la comunicación política no es lo suyo. Prueba de esto, y tal vez de la caña que nos dejan con tanto comunicado, es que pese a contar en sus filas con 3 de los 10 personajes políticos mejor evaluados por la ciudadanía, la última Admimark le otorga al bloque un impresionante 50% de rechazo, casi igual al de ChileVamos.

Por último, está esa satanización medio majadera de la propia política. Resulta muy triste verificar que uno de los legados más ponzoñosos de la dictadura, el desprecio por la actividad política, encuentra un eco tan sonoro en gente que, paradójicamente, dice estar aquí para renovarla. Porque esto no se trata de un grupo de auto ayuda, sino de gente con demandas políticas que buscan legítimamente acceder al poder para satisfacerlas. Pero acceder al poder es casi un pecado capital para cierto sector de la feligresía progre, que parece solazarse en lo que ellos entienden como cierta legitimidad que les da la derrota, el no ser parte del sistema. Ya lo vivió la llamada “bancada estudiantil” en el parlamento, cuyos miembros pronto comenzaron a ser tratados de “vendidos” por los mismos que poco antes marchaban codo a codo junto a ellos.

¿Cuál es el camino? No lo sé, pero en la medida que vayan accediendo a más posiciones de poder y deban agregar un variopinto y no siempre conciliable set de demandas, cuando deban comenzar a negociar con otros actores, con “los impuros”, su discurso político basado en la negación de lo que hoy se hace, cargado de kantianos imperativos categóricos, se les va a volver en contra y va a mermar su base dura, aquella que se siente cómoda en el margen, alegando por tuiter o dando la lata en cuanto asado uno los encuentre, repitiendo una y otra vez la monserga esa del duopolio. Hoy por hoy no están encantando a nadie más que a ellos mismos, y esa otra política, la que ellos llaman nueva, a la gente parece saberle tan desagradable como aquella de la que la quieren salvar.

Lo que no pueden hacer es seguir enamorados de sí mismos, porque el ruedo político es incompatible con muchas de las visiones románticas que tienen acerca de lo que hacen, y entre tanto dolor de cabeza y vicisitudes van a terminar de un lado para otro igual que los personajes de la película de Buñuel, sin poder sentarse nunca a disfrutar tranquilos del discreto (hasta el momento, muy literalmente) encanto de ser progres.

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