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Corajudas, luchadoras, con garra y ovarios. Así se definen tres vecinas de la Villa 31, el corazón pobre de Buenos Aires donde la feminización de la pobreza se palpa. Tres testimonios que, pese a la adversidad, dan fe de que la mujer no tiene límites para salir adelante.

“Las mujeres impulsan más el barrio. Una vez que se empoderan salen, gritan sus derechos, emprenden, estudian, salen adelante y pelean por sus barrios. No tienen límites para defender su barrio ni para salir adelante”, arranca sin dudar Nilda Fernández en una entrevista con Efe.

Nilda, a sus 69 años, admite que tuvo que sacar la “garra” para luchar por sus nueve hijos y convertirse en “jefa de hogar” tras sufrir en sus propias carnes violencia doméstica en este popular arrabal porteño que se encuentra rodeado por los barrios más caros de Buenos Aires: Recoleta, Palermo y Puerto Madero.

Esta experiencia la motivó a crear el Centro de la Mujer en la Villa 31 hace cuatro años: un lugar de encuentro para mujeres que padecen la misma calamidad.

Actualmente, cada 32 horas en Argentina muere un mujer a manos de un hombre y en 2018 se registraron 273 feminicidios, según el Observatorio Marisel Zambrano.

En el centro se organizan, entre otras actividades, reuniones en torno al mate y talleres formativos con voluntarios, pero el objetivo final de Nilda es que las chicas saquen “los ovarios”, conozcan sus derechos y sepan defenderlos.

“Porque las mujeres tenemos ovarios y, a veces, nos cuesta encontrarlos”, recalca.

En estos años, esta “mamá leona” ha acogido alrededor de 60 mujeres y asegura que ver cómo consiguen salir adelante le da fuerza para continuar esta labor hasta “el último momento”.

En el caso de Laura Carrizo, no son nueve bocas las que alimenta, sino unas 200.

200 personas de las 90.000 que, según los vecinos -porque no hay catastros oficiales-, viven en la villa.

Esta madre soltera, además de tener que mantener a seis hijos y cuatro nietos, a sus 44 años es voluntaria de manera intermitente en dos comedores sociales de la villa.

“Por lo que yo trabajo en los comedores es justamente por mi necesidad, porque no tengo”, revela Laura a Efe, ya que al principio solo asistía para que en su casa no faltara la comida en sus períodos de desempleo.

La tasa de desempleo en mujeres en el país es del 10,5 %, mientras que en los hombres es un 7,8 % según los datos aportados por el Instituto de Estadísticas en el tercer trimestre de 2018.

Con el tiempo, Laura ha valorado el hecho de ayudar y servir a otros que “lo están pasando parecido”.

Incluso en algunas ocasiones, al final de la jornada comparte las porciones con las que la remuneran con aquellos que se quedaron sin comida.

“Yo me miro al espejo y me amo. Me amo en mi fortaleza, en que tal vez no sea lo que en mi adolescencia anhelaba ser ¡que no salió nada!, pero me digo ¡Guau, qué hermosa que sos, todo lo que te bancás y te vas a seguir bancando!”, dice con plena serenidad y orgullo.

Nancy Villar, empleada del hogar de 36 años, quiere ver progresar a su barrio.

Es por eso que, ante la incapacidad de sus vecinos para ahorrar o acceder a créditos y tarjetas bancarias, impulsó la economía del barrio desde que llegó hace cuatro años a través de una “ronda”.

La “ronda” o “pasanaku” es un sistema financiero cooperativo que se practica habitualmente en diversos países latinoamericanos.

En la que organiza Nancy participan diez “jugadoras”. Cada una, de forma semanal, aporta 1.000 pesos (24,65 dólares) y la suma se la lleva una persona diferente en cada ocasión.

De esta manera, las familias que participan consiguen un crédito que les permite desde comprar la comida, a construir su casa.

“Las mujeres tenemos que ver la olla, la comida. Cada día vas a una tienda ¿cuánto cuesta? lo que llevaste no te alcanza. Esa es la lucha y por esa razón yo hago la ronda”, asegura Nancy, que como administradora de la economía familiar tiene que lidiar con una inflación 49,3 % y hacer que el dinero se “extienda” y no falte nada para su marido y sus tres hijos.

La crisis económica que vive el país y que se puede palpar de manera nítida en las villas, ha agudizado la situación de pobreza, violencia y desempleo que viven las mujeres.

Estas tres heroínas anónimas de la Villa 31 lo tienen claro: el 8 de marzo continuarán “peleándola” para sacar su familia adelante y aportando su “granito de maíz” para que su comunidad prospere.

El trabajo invisible de estas heroínas anónimas saca adelante tres familias numerosas y hacen prosperar a toda una comunidad. Este 8 de marzo, además de seguir “peleándola”, Nilda, Laura y Nancy alzan la voz para recordar que las mujeres que son unas “luchadoras”.