Hace medio siglo, el politólogo estadounidense Charles W. Anderson describió a América Latina como “un museo viviente”. Con ello se refería a la coexistencia de regímenes que parecían pertenecer a épocas, sino siglos, muy diferentes : dictaduras militares tradicionales como las de Alfredo Stroessner en Paraguay, y estados burocrático-autoritarios como los de Argentina y Brasil; autocracias patrimoniales, como las de Anastasio Somoza en Nicaragua y Francois Duvalier en Haití; así como democracias multipartidistas como Chile, Costa Rica y Uruguay; y sistemas bipartidistas como Colombia y Venezuela, y de partido único dominante, como en México.

Desde entonces, América Latina ha cambiado, y se asemeja más a “un teatro viviente”. Géneros como la comedia (más bien la farsa), la tragedia y el drama se dan a diario en los palacios presidenciales de la región. La ópera cómica y la opereta son también frecuentes. Lo ocurrido a fines de febrero en Cúcuta, la ciudad colombiana en la frontera con Venezuela, refleja esta nueva realidad en cuerpo y alma.

Orquestado por el presidente colombiano Iván Duque, quien desempeñó el papel principal, y con actores secundarios como los presidentes Sebastián Piñera de Chile y Mario Abdo Benítez de Paraguay, el evento fue presentado como una gran operación para restaurar la democracia en Venezuela. Este verdadera “cerco diplomático” se suponía que podría fin al régimen de Maduro, o al menos así rezaba el guión. Decenas de camiones con ayuda humanitaria estaban listos para cruzar el puente de Colombia a Venezuela sobre el río Táchira. Ante ello, se suponía que las Fuerzas Armadas venezolanas abrirían la frontera, desertarían del gobierno y le permitirían al autoproclamado presidente interino de Venezuela, Juan Guaidó, tomar el mando del país, reemplazando a Nicolás Maduro. Aunque con prohibición de abandonar el país, el fotogénico Guaidó llegó a Cúcuta y fue la estrella indiscutible del espectáculo, tanto así que Piñera y Benítez tuvieron que forcejear duramente través de sus guardaespaldas para sacarse fotos al lado del joven ingeniero.

Liderado por el multimillonaria Richard Branson, un concierto de rock (“Venezuela Live Aid”) para recaudar $ 100 millones se llevó a cabo in situ, e incluyó atracciones como Carlos Vives. La nota alta del día fue proporcionada por el cantante español Miguel Bosé (quien cantó para Pinochet en la década de 1980 en el Festival de Viña del Mar), cuando le pidió elegantemente a la expresidenta y actual Alta Comisionada de Derechos Humanos de la ONU, Michelle Bachelet, que “mueva las nalgas “ y venga a Venezuela (tanto las Naciones Unidas como el Comité Internacional de la Cruz Roja se habían negado a ser parte del show).

Al final, ningún camión cruzó el puente de San Martín, un barco cargado con ayuda humanitaria enviado desde Puerto Rico a Venezuela regresó con toda su carga a la isla, y Maduro fortaleció su control sobre el país.

Rara vez la región ha visto un fiasco diplomático de este calibre. Pero tal vez ese era el punto. El espectáculo ha reemplazado al contenido de la política. Los resultados son lo de menos. Lo importante es salir en la tele.

Sin quedarse atrás, unos días después en Paraguay, el presidente brasileño Jair Bolsonario, un ex capitán del Ejército, rindió homenaje al hombre que gobernó ese país con puño de hierro durante 35 años, el dictador Alfredo Stroessner. Lo hizo en presencia de su homólogo, Abdo Benítez, hijo del secretario privado de Stroessner. Sin embargo, para no ser acusado de mostrar demasiada afinidad con la vieja derecha, Bolsonaro pronto sacó a otros conejos del sombrero. Un ávido tuitero, durante el Carnaval brasileño, Bolsonaro se superó a sí mismo al tuitear la imagen de un hombre desnudo tocándose a sí mismo mientras otro hombre orinaba sobre él. Más tarde, el presidente tuiteó: “¿Qué son las lluvias doradas?”. Apelando a sus seguidores, mientras asistía al Foro Económico Mundial en Davos, el presidente brasileño almorzó por su cuenta en una cafetería de supermercado, en lugar de hacerlo con otros jefes de estado en lujosas suites de hotel. Bolsonaro visitará la Casa Blanca el 19 de marzo.
Golosinas, cocaína, corrupción y Cúcuta
Honduras, a su vez, es el país de opereta por excelencia. En 2009, el país experimentó uno de los últimos golpes de Estado militares en la región, incluyendo la detención del presidente al amanecer, y su traslado, aún en piyama, a un avión para sacarlo del país. La razón del golpe de Estado, según sus autores, habría sido la iniciativa del gobierno de una nueva constitución, que abría la posibilidad de una reelección presidencial, prohibida actualmente. Esto habría sido algo tan grave, que obligó a un golpe de estado. Sin embargo, el presidente actual, Juan Orlando Hernández, gran partidario del golpe de estado y elegido en 2013, logró que la Corte Suprema desahuciara la prohibición constitucional, para permitir su reelección en 2017. La misma fue declarada por observadores independientes y medios como The Economist como una elección fraudulenta.

Después de haberse robado la elección, los Estados Unidos reconocieron a Juan Orlando Hernández como presidente y la región lo ha proclamado como uno de los grandes demócratas del hemisferio. El hermano menor del presidente Hernández, Juan Antonio (“Tony”) fue arrestado en noviembre pasado en Miami por tráfico de drogas a los Estados Unidos en nombre del cartel de Sinaloa. Su cercanía con los narcotraficantes era tal que incluso tenía un tipo de cocaína con su nombre. Tony está ahora tras las rejas en el país del Tío Sam.

Sin embargo, incluso a los países que les ha ido bien en estos años, les resulta difícil escaparse de la farsa. Perú ha tenido un gran desempeño económico, con un crecimiento anual promedio de 6.1% desde 2002 hasta 2013. Sin embargo, todos los presidentes elegidos en este período, Alberto Fujimori, Alan García, Alejandro Toledo, y Ollanta Humala, salvo el más reciente, están en prisión o con orden de arresto, un récord que llevó al New York Times a preguntar: “¿ Necesita Perú una prisión especial solo para ex presidentes?”. E incluso el más reciente, Pedro Pablo Kuzcinsky, un ex banquero elegido presidente en 2016 con una plataforma anticorrupción, se vio obligado a renunciar en 2018 cuando se supo que había recibido pagos de Odebrecht, la empresa de construcción brasileña, mientras ocupaba cargos públicos.

Al otro lado de los Andes, en Argentina, las cosas no están mucho mejor. Argentina, alguna vez entre los cinco países más ricos del mundo y bendecida con la mejor tierra agrícola (la pampa húmeda), y grandes riquezas minerales, tuvo una regresión desde su condición de país desarrollado a la de subdesarrollado. Después de su último default internacional (en 2000-2001) y alzas y bajas en la era de los Kirchner (2003-2015), se pensó que Mauricio Macri, un empresario millonario, equilibraría los libros y pagaría las cuentas. Un empresario arreglaría el desorden dejado por los políticos peronistas, se dijo. Sin embargo, después de tres años de gobierno de Macri, Argentina sigue endeudada a más no poder, el peso ha tocado fondo ( lo que obligó al FMI a apuntalar las reservas del Banco Central del país) y ya se habla de otro default…

Venezuela, el país con las reservas de petróleo más grandes del mundo, y alguna una vez tan rico que los venezolanos en Miami eran conocidos como “dame dos” (porque cada vez que querían comprar algo, compraban no uno, sino dos de ellos) ahora sufren apagones periódicos y no pueden alimentar a su gente. A su presidente, Nicolás Maduro, le ha resultado difícil llenar los zapatos de su antiguo jefe, Hugo Chávez, cuyo modelo de “socialismo del siglo XXI” ahora está en ruinas.

Se habla mucho de la crisis humanitaria de Venezuela, y con razón. Sin embargo, en cierto modo, la crisis humanitaria de Haití es mucho peor, aunque nadie le presta atención. El país nunca se recuperó del terremoto de enero de 2010. A pesar de los miles de millones de dólares comprometidos por la comunidad internacional para la reconstrucción, casi diez años después, los campamentos de refugiados aún abundan, e incluso el palacio presidencial con forma de torta de cumpleaños todavía está en ruinas. Impuesto desde el extranjero, el desafortunado Michel Martelly, un ex cantante que nunca había ocupado un cargo público, antes de convertirse en presidente (2011-2016) tuvo grandes dificultades. A su sucesor “a dedo”, Jovenel Moise (2017-) no le ha ido mucho mejor. Un hombre de negocios, acusado de embolsarse parte del producto del petróleo descontado proporcionado por Venezuela a Haití bajo el esquema de Petrocaribe, Moise ha enfrentado semanas de protestas populares. La oposición logró cerrar el país durante una semana en febrero, y las protestas han ahuyentado el turismo.

Como si la gran cantidad de organizaciones regionales existentes no fuera suficiente, con gran fanfarria se ha anunciado una nueva. Lleva el poco imaginativo nombre de PROSUR, copiado de las agencias de promoción de exportaciones (ProChile, ProColombia, ProMexico) que abundan en las Cancillerías. Varios países (Chile, Colombia, Perú, Argentina) se retiraron de UNASUR, alegando que era “demasiado ideológica”, lo que presumiblemente ésta no lo es…
Cúcuta fue la sinopsis de la película que podemos esperar de PROSUR. El show continúa.

Jorge Heine es investigador en políticas públicas en The Wilson Center en Washington DC. Su último libro (con Brigitte Weiffen) es La promoción de la democracia en las Américas en el siglo XXI: En defensa de la política (Routledge, 2015).