La sensación ambiente es que la centroizquierda, más allá de sus líos internos, enfrenta un problema profundo: se quedó sin proyecto. Lo han dicho desde Carlos Montes a Ricardo Lagos. ¿Comparte el sombrío diagnóstico?

−Bueno, lo matizaría un poco. Esa sensación existe, es verdad, pero hay una paradoja: los dos proyectos que han surgido en respuesta a ese vacío –creado por el agotamiento de los ideales de los años 80 y 90− son más inconsistentes aún. Por un lado, un nacional-populismo de derecha que juega a manipular temores y que, para serle franco, me temo que puede llegar a gobernar en Chile, cosa que jamás pensé cuando Sebastián Piñera fue elegido. Y por el otro, una izquierda de protesta muy feble porque en rigor no tiene proyecto alguno, nadie sabe qué harían por el país si gobernaran. Y al medio existe esta otra cosa: una centroizquierda que no termina de convencerse de que el pasado fue bueno −yo creo que fue excelente− pero es pasado, ya terminó. Y si seguimos pegados en las reflexiones que hicimos en los 80, nos vamos a quedar irremediablemente atrás.

Cuando dice “los ideales de los 80 y 90”, ¿cuáles serían?

−Derechos humanos, democracia, reducción drástica de la pobreza, políticas sociales. Y reposicionar en el mundo a un país que estaba completamente aislado. Todo eso ya es parte del sentido común de la sociedad, de lo cual la Concertación debería estar muy orgullosa, pero ya fue, estamos en otra. Y eso significa, por ejemplo, que en la centroizquierda tenemos que volver a hablar de economía. Y no de la pura distribución, también de crecimiento y empleo. Porque ya no basta, como en los 90, con manejar bien ciertas variables macroeconómicas. Y nos hemos demorado más de la cuenta en cambiar ese switch.

¿Por qué se han demorado?

−Porque esa receta sirvió para cuadruplicar la economía del país y aumentar el gasto social como nunca en la historia de Chile. Y así es fácil distraerse de lo que tiene que hacer un progresista: seguir el ritmo de los cambios, plantearse nuevos desafíos.

Pero el proyecto de la Nueva Mayoría se presentaba como ese cambio de switch. ¿Cómo fue que en cuatro años quedó en nada?

−Yo no creo que haya quedado en nada. Por mucho que estemos en la época del Twitter y el WhatsApp, la política todavía es algo de tiempo, de camino, de paciencia. Pero ese proyecto sólo tiene futuro si a su agenda social le agrega una de desarrollo: cómo manejar la revolución tecnológica sin convertirnos en un país cada vez más dependiente, cómo diversificar la economía y desarrollar los sectores en los que podemos predominar, cómo aprovechar mejor las capacidades de nuestra gente…

La famosa “política de desarrollo productivo” que todos los gobiernos de la Concertación tenían en el programa…

−Sí, ahí soy autocrítico. Siendo ministro del Interior, alguna vez dije “oye, no tenemos una política industrial”. Y un ministro me miró con cara de sabihondo y me dijo: “You dont pick the winners” [Tú no eliges a los ganadores]. Bueno, yo creo que hay que pick the winners. Es un milagro que invirtiendo el 0,33% del PIB en ciencia y tecnología patentemos un buen número de inventos al año. Pero suelen quedar como proyectos, por falta de financiamiento. Hay una cantidad de jóvenes brillantes que están encerrados en ese 0,33%.

A la izquierda le gusta esa crítica al modelo, pero en el fondo le cuesta apasionarse con estas materias.

−Es que a la izquierda chilena le falta definirse de una vez por todas: ¿vamos a reformar el capitalismo o a construir el socialismo? Yo soy un socialdemócrata, creo que hay que reformar el sistema actual. Si nuestra respuesta a los problemas del país sigue siendo que vamos a construir el socialismo, mientras Xi Jinping va a Davos y proclama a China como la segunda economía de mercado del mundo, ¿quién nos va creer?

Desde el Frente Amplio le responderían que la socialdemocracia también está muerta.

−Ah, bueno, entonces nos queda elegir entre el capitalismo compasivo de Joaquín Lavín y el nacional-populismo de José Antonio Kast.

“Si alguien me hubiese dicho ‘el presidente de Chile va a estar agitando a las masas en la frontera entre Venezuela y Colombia’, no lo habría podido creer. ¿Se imagina usted a Lagos o Alessandri haciendo algo así? Y la verdad es que ahí estaba, ahí estaba…”.

Pero le dirían que ser socialdemócrata ya es lo mismo que ser liberal.

−Y la verdad es que durante un período muy virtuoso, desde los años 40 hasta los 80, fue participar de una alianza liberal, socialdemócrata y socialcristiana que hizo crecer la economía mundial y redujo sustantivamente la desigualdad. ¿Cómo? Haciendo cosas que hoy día parecen terribles en Chile, como los impuestos progresivos. O sea, que por sobre una cantidad enorme de dinero, la que gana el 1% de los chilenos, en las economías desarrolladas se pagaba 80% de impuestos. Pero en los años 80 llegaron los neoliberales, sacaron al liberalismo de esa alianza y la desigualdad en el mundo es igual que en 1913. Y ellos creen que las grandes amenazas para esta sociedad son la migración y las reivindicaciones de género…

¿Cuáles son para usted?

−En términos muy breves, tal vez simplistas, yo diría que este mundo ha resuelto una cantidad increíble de problemas, pero nos quedan tres muy grandes: la violencia, la desigualdad y el riesgo de destruir este planeta. Creo que esos tres problemas configuran el proyecto político del futuro. Pero los tres basados en un reordenamiento de la economía, que a lo mejor parece no tener nada que ver, ¡pero tiene mucho que ver! Es la lucha por el predominio económico lo que impulsa gran parte de estos conflictos.

Y en la sigla PS, ¿qué significa hoy la S?

Al menos para mí, un socialismo que busca reformar desde un punto de vista humano la sociedad capitalista, pero dentro de los marcos de la economía de mercado.

¿Y ese no es “el capitalismo compasivo de Lavín”?

−No, no, no… Porque Lavín no tiene nada que cambiarle a la economía. Y yo sí quiero cambiar, por ejemplo, la brutal concentración monopólica que está acumulando la riqueza del país en torno a unos pocos conglomerados, que tienen acceso preferencial a capitales financieros. Si usted es dueño del Jumbo o de Ripley, consigue el crédito mucho más barato que si es Pedro, Juan o Diego, dueños de pequeñas industrias. Eso no le parece mal a Lavín, a mí sí.

La izquierda nació para representar a los trabajadores, pero hoy habla de los ricos por un lado y de los beneficiarios de políticas sociales por el otro. No está el trabajador entremedio.

−Y es un grave error. Lo he planteado, por ejemplo, cuando se discute la Ley de Pesca. Se asume que hay sólo dos actores: los grandes empresarios y los pescadores artesanales. ¿Y los trabajadores industriales? ¡También son centrales en este asunto! Y cuando ellos quieren defender sus empleos, se les califica de “apatronados” y cosas por el estilo.

Desde la izquierda…

−Pero a la derecha, por su parte, no le importa que hayan desaparecido los sindicatos, ni que las pymes sean tan castigadas por el mercado crediticio. Se ha olvidado mucho a los productores, a los reales productores.

 

POLÍTICA MALITA

Pensando en recuperar el gobierno, ¿le urge más recomponer los lazos con la DC o tantear afinidades con el Frente Amplio?

−Cuando hablo de la DC, me refiero a los grupos medios de la sociedad −la mitad “centro” de la centroizquierda− que perdieron confianza en nosotros. Hay que recuperar esa confianza. Porque además, en la campaña de la segunda vuelta cometimos la torpeza de salir a pelear los votos de la izquierda, cuando había que pelear los del centro, y los asustamos más todavía. Sí, yo saldría para allá.

¿Y qué le pareció el descuelgue de la DC ante la reforma tributaria?

−Mal, porque había un cierto compromiso, pero la agresividad de las réplicas me pareció peor aún. Los diputados de la DC han dicho que van a rechazar la reintegración tributaria, que es el corazón del proyecto. Si eso es así, las cosas son manejables. Por lo tanto hay que reaccionar de una manera tal que no rompa los puentes entre nosotros, en vez de ponerse a proclamar una especie de ruptura definitiva.

Por razones históricas, la izquierda es sensible a conductas de la DC que parezcan una “traición”.

−Claro, pero si andan buscando la traición en cada problema, nuestra alianza no se va a concretar nunca. Las alianzas así no funcionan.

Pero el PC tiene derecho a enojarse si el presidente de la DC les dice “retrógrados”.

−Por cierto que sí. Eso no debió ocurrir.

¿Qué es lo que más echa de menos de la Concertación?

−Que estábamos todos tan de acuerdo. Allá por el año 96, un amigo mío vino a Chile y me dijo: “Sé que estuve en tal ministerio con un DC, un socialista y un PPD. Pero no pude distinguir cuál era cuál”. Echo mucho de menos esa unidad, ¿sabe por qué? Porque respondía a un proyecto nacional, que es algo muy difícil de construir. Son cosas que no se arman de un día para otro. Y creo que no vamos a tener otro proyecto tan poderoso como la Concertación en los próximos 50 años. Eso hará la política mucho más difícil.

¿Por qué lo ve tan complicado?

−Por el individualismo. La política en los últimos años ha perdido mucho de su concepto como actividad colectiva. Como dijo un colega hace poco, hoy en el Parlamento somos un montón de empresas individuales de autopromoción.

Eso somos ya casi todos los ciudadanos.

−¡Pero es un gran problema! Quizás ocurre que lo colectivo, como decía Norbert Lechner, responde a la necesidad de estar juntos, y con el teléfono inteligente y la personal computer esa necesidad se está diluyendo. Pero esto es fatal para la política. Y cuando usted me pregunta qué le pasa a la centroizquierda… El otro día escuchaba en la radio a dos personas −llamémosles “él” y “ella”− muy de acuerdo entre sí, contrariando a una tercera que era de derecha. Y de pronto él dijo “cuando nosotros planteamos esto…”, y ella dijo “no, no fueron ustedes, lo planteamos nosotros”, y comenzó una interminable batalla sobre cuál lo había planteado primero, mientras la persona de derecha tomaba palco. Hay una frase que se la atribuyen a Indira Gandhi o gente así, pero la dijo el presidente de la Coca-Cola: toda empresa humana es realizable mientras nadie trate de sacar el crédito propio por ella. Aquí todos queremos sacar crédito. No importa la idea, importa quién se la adjudica. Es terrible.

El poder que tenían los partidos hace 15 o 20 años, ¿ahora está en otra parte o en ninguna?

−La tentación es decirle que en ninguna, pero los partidos todavía deciden, querámoslo o no. O sea, una persona al margen de cualquier contacto con partidos políticos no tendría cómo influir en el Congreso ni en el gobierno, esa es la realidad. De manera que han perdido la capacidad de explicar sus decisiones, pero no tanto el poder.

¿Y espera que el desprestigio de la política se revierta algún día? ¿O la democracia podría funcionar así para siempre?

−Siempre hay que conservar el optimismo mágico, ¿no? Pero de que la cosa está malita, está malita. Le gente encuentra que le mienten demasiado, y la verdad es que vendemos demasiadas expectativas falsas. A mí me asombra la jovialidad con que políticos de izquierda y derecha hablan de los países nórdicos, ¡pero omitiendo que ellos pagan más del doble de impuestos que nosotros! O sea, hay que hablar claro: si uno quiere gratuidad en la educación, tiene que gastarse un montón de plata. Y no lo decimos nunca. “No, si no les voy a subir los impuestos, no se preocupen…”.

¿Usted va a decirle a la clase media que le quiere gravar los salarios?

−No, porque no les quiero gravar los salarios a ellos. Lo que quiero es que pague bastante más el 1% de gente que se lleva más del 20% del ingreso nacional.

Pero si está pensando en Europa, le falta mucho. Allá la clase media paga.

−Y demasiado en algunas partes. Pero sobre salarios mucho más altos y con una estructura tributaria que sí reduce la desigualdad. Nuestro Gini no mejora después del pago de impuestos, porque el IVA pesa tanto que al final pagan los que consumen. Y los recursos que acumulan los más ricos… Mire, yo quizás no les subiría tanto los impuestos si tuviéramos una clase rica más emprendedora. Pero aquí cuando la gente gana más plata, se compra otra casa. Cuando yo llegué a vivir a Washington, estaban por vender la Blackberry, que la habían inventado unos canadienses pero los inversionistas eran de Washington. Y no eran empresarios, sino un grupo de profesionales exitosos que invirtieron su plata en tecnología y se hicieron inmensamente ricos. Esos mismos profesionales en Chile se habrían comprado un terreno en Chiloé. Tenemos unas clases completamente rentistas…

Lo van a odiar, les indigna que les digan eso…

−¿Por qué? Si son rentistas, pues. ¿O no se ha fijado en que nuestras cifras siempre siguen la curva de la inversión extranjera? La inversión interna es la que no crece más allá del 20 o 21%, y para crecer bien tendría que ser de 30 o 35%. Los chinos no son tan eficientes como la gente cree, lo que pasa es que invierten el 50% de su producto. Nosotros estamos desperdiciando recursos.

 

EL AGITADOR

Ha sido muy crítico del viaje de Piñera a Cúcuta y de sus flirteos con Bolsonaro. ¿Se ha chacreado la política exterior chilena?

−Creo que sí, que ha cambiado más que nunca. Chile rechazando acuerdos que había negociado es algo que yo no creí que fuera a ver. Y si alguien me hubiese dicho “el presidente de Chile va a estar agitando a las masas en la frontera entre Venezuela y Colombia”, no lo habría podido creer. ¿Se imagina usted a Lagos o Alessandri haciendo algo así? Y la verdad es que ahí estaba, ahí estaba… No estaba Bolsonaro ni Macri, no, no, no, estaba nuestro presidente de agitador político en la frontera. Yo no creo que Piñera pertenezca a esa “derecha cavernaria” de la que habló Vargas Llosa, pero parece que se siente atraído por eso, lo cual le impide tomar distancia.

¿Cree que Chile quedó alineado con esas fuerzas que llama nacional-populistas?

−Quedó, quedó. Mire la lista de los doce países que no suscribieron el Pacto Migratorio: ahí están todos. Faltaba Bolsonaro, pero ya anunció que se retira. Y hay un par de países que sí tienen un problema delicado de migración −República Dominicana, Australia−, pero al menos lo explicaron así, no hicieron de ello una especie de filosofía. Ni elogiaron el Pacto en la Asamblea General del ONU para después no firmarlo.

¿Le ve a Ampuero impronta de canciller?

−Mire, Ampuero no tiene una gran experiencia en relaciones internacionales, pero tengo que reconocer que siempre ha tenido ganas de conversar. Cuesta pelearse con Ampuero, esa es la verdad [se ríe].

¿Cree que este gobierno de Piñera va a dejar algún tipo de legado? ¿O va a pasar sin pena ni gloria como el anterior?

−Creo que no va a dejar mucho legado, francamente. En parte, porque pretende gobernar como si hubiera ganado las elecciones parlamentarias, olvidando que las perdió. Cuando algunos ministros salen y dicen “nosotros ganamos, así que nos toca hacer lo que queramos”, no, eso no va a resultar. Y los gobiernos no pasan a la historia por la cantidad de veces que se pelean con la oposición, eso sí que no.

¿A Chadwick no le da para pánzer?

−Mire, cuando yo vine a Chile el año 81, después de mucho tiempo exiliado, llegué al aeropuerto sin saber lo que iba a pasar. Me habían dado un permiso por cinco días, la cosa era bien incierta… Y este joven, llamado Andrés Chadwick, me estaba esperando en el aeropuerto. No se me olvida eso, soy un hombre agradecido. Así que no voy a criticar a Chadwick en términos personales.

Pero usted fue ministro del Interior con el Congreso en contra…

−Estábamos más o menos empatados, pero igual había que negociar, porque usted siempre corre el riesgo de que uno o dos negocien por la suya y se salgan del asunto. Además, a mí me gustan harto los acuerdos, ¿ah? Cuando hicimos la reforma del Estado el año 2003, ¿sabe por qué llegamos a acuerdo? ¡Porque queríamos llegar a acuerdo! Había ganas. Si esto no tiene mucha ciencia: si uno quiere llegar a acuerdos, llega a acuerdos. Pero eso significa que está dispuesto a conceder, a cambiar de opinión, que no cree tener toda la verdad. Y eso se perdió mucho.

¿Se acabaron las ganas?

−Es que hay poca unidad en las coaliciones… Yo recuerdo haberle dicho a mi contraparte, que era Pablo Longueira: “¿Te das cuenta de que si uno de los seis partidos se desembarca en la Cámara, esto se va a las pailas?”. Y entraron todos. Pero ahí tuvimos la ventaja de que la clase política, equivocadamente a mi juicio, se sintió al borde de un desastre. Ahora ya se acostumbraron a vivir en crisis, entonces lo importante es salvar los muebles propios. Mire, le cuento algo más sobre la venta de la Blackberry. Los dueños no pudieron acordar en cuánto vendían sus acciones, así que fueron a un largo procedimiento arbitral. Pero dos días antes del fallo, todos se asustaron y se pusieron de acuerdo para repartirse la plata a lo amigo, sin necesidad de arbitraje. Fascinante.

¿Le cuesta conectar con un debate público tan cargado a las reacciones emocionales?

−Bueno, siempre creí que hay que separar las cosas. Yo soy bien afectivo, le confieso que algunas cosas me producen furia y quiero salir a pelearme con todo el mundo. Pero la política democrática –y yo no concibo otra− es un gesto de racionalidad, una búsqueda de comunicación. No puede ser una cosa binaria en que yo gano y usted pierde.

Y haciendo una posible autocrítica de la política de los acuerdos: si pudiera cambiar una sola cosa de lo que hizo la Concertación, ¿qué cambiaría?

−Cambiaría la atención que prestamos… Déjeme decirlo de la siguiente manera. Cuando llegamos al gobierno, no teníamos que demostrar que éramos democráticos ni que nos preocupaba lo social, porque el contraste con la derecha era evidente. Pero sí había muchas dudas sobre cómo íbamos a manejar la economía, y nosotros nos sometimos demasiado al rasero que nos ponía la gente que era dueña de la economía. Y no hicimos cambios que podríamos haber hecho.

¿Alguno en especial?

−Al menos yo, si pudiera volver atrás, habría hecho una tranquila, reservada y seria revisión de todas las privatizaciones. Tal vez era difícil hacerlo en el gobierno de Aylwin, pero el de Frei ya tenía más poder. Y me hago responsable porque yo era parte del gobierno.

Y en el presente, ¿por qué les ha costado tanto salir a explicar y defender las reformas de Bachelet, como la tributaria o la educacional?

−Tenemos, efectivamente, un defecto comunicacional tremendo. Muchas veces nos dirigimos a públicos que no son los principales. Tratamos de explicarles a los diarios de la derecha lo que estamos haciendo…

Al lector del “Cuerpo B”.

−Exacto, al lector del “Cuerpo B” y del Pulso, más que a la población común que espera propuestas económicas adecuadas. Y nos hacen goles maravillosos. La semana pasada el ministro Blumel decía: “Si no hay reforma tributaria, tampoco habrá ley de rentas regionales”. ¡Pero si no tiene ningún proyecto de rentas regionales, por favor! Que no diga mentiras. Y en mi región más de alguien me va a decir “ah, por su culpa no vamos a tener rentas regionales”, cuando la explicación real es que ellos no quieren regionalización, el resto es puro cuento. Ahora, sobre la reforma educacional, le confieso que hubiese preferido fortalecer la educación pública, más que aumentar el aporte estatal a los prestadores privados.

Su gobierno decidió otra cosa…

−Así es, y es una crítica lo que estoy planteando. Yo habría privilegiado la educación pública y no pierdo la esperanza de que eso pueda ocurrir en el futuro.

¿Y qué pasó con la nueva Constitución?

−Bueno, en su momento yo adherí a lo que decía Camilo Escalona: que nos convenía privilegiar otros avances. Pero luego he pensado que nuestra Constitución, aunque muy reformada a lo largo del tiempo, sigue siendo una Constitución de transición, por lo tanto sería bueno cambiarla. Y me he pronunciado por una asamblea constituyente mixta, integrada por todos los parlamentarios y por un número parecido de personas elegidas para esa asamblea. Serían como 400 personas en total, ninguna cosa dramática.

¿Pero por qué se abandonó un proyecto que parecía tan sentido? ¿En realidad era un cacho?

−No, pero tampoco estuvo nunca entre las prioridades más sentidas del país. El 90% de la gente está preocupada de si la van a echar, si va a tener pensión, si se va a enfermar o si la van a asaltar. Esas cosas tienen inmensa prioridad sobre el resto.

Lo mismo le respondió Lavín a Lagos en el debate presidencial del 99.

−Con un gran diferencia: la Constitución del 99 era muchísimo menos democrática que la actual. Y también pasa que el presidente Lagos, que a mi juicio es el hombre republicano más notable que hemos tenido en el último siglo, francamente…

¿En el siglo XXI o en los últimos cien años?

−Desde los años 20 hasta ahora, no creo que haya habido otra personalidad como Lagos…

O sea, no quedó picado porque Lagos no lo apoyara en la senatorial.

−¡Cómo voy a estar picado por eso! Por favor…

En algunas bancadas se han sacado los ojos por menos.

−Bueno, cada quien sabrá para qué está en la política. Pero le quería decir que Lagos tenía muy metida esta idea de que las elecciones fueran decisiones entre proyectos de país. Y en realidad las elecciones siempre tuvieron mucho de coyuntural, de emocional, y mucho de propaganda y falsificación. Pero hoy, más que nunca, la situación es que todos quieren el cambio, pero su propio cambio, no el cambio del país en su conjunto. Entonces es difícil presentar un proyecto muy coherente de país.

 

PASAJES A LA LUNA

Cuando era ministro del Interior, contó en una entrevista que estaba tan acostumbrado a resolver crisis que si no había ninguna dormía peor, porque se imaginaba qué podía pasar.

−Y lo peor es que a veces le achuntaba. El año 2003, un grupo de ministros del PS, el PPD y el Partido Radical estábamos comiendo por ahí en Lastarria, y todos comentaban que no estaba pasando nada en el país, que estaba todo tan tranquilo. Y yo les dije: “Acuérdense de mí: cuando se muera la Valentina, ahí va a pasar algo”. La Valentina era una señora que hacía la Liliana Ross en una teleserie [Machos] y que agonizó como 44 semanas. Y en eso llega Felipe Harboe contando que estaba viendo la teleserie en su casa y que se acaba de morir la Valentina. A la mañana siguiente salió la Pía Guzmán con los videos del caso Spiniak.

¿Y qué posibles crisis lo desvelarían si estuviera en el poder?

−A ver, crisis, crisis… Bueno, una caída económica es un riesgo siempre y la economía no está creciendo como se pensaba. Enseguida, la violencia, que no ha aumentado mucho en cifras pero sí en magnitud. Hoy, por ejemplo, hay menos delito juvenil que un año atrás, pero más violentos. Y en ciertos ámbitos, a niveles en que alguna gente puede empezar a pensar en soluciones propias… La gente está asustada y el temor es una mala receta para una sociedad. Usted no encuentra ningún experto que diga que el control de identidad ha producido algún beneficio y habría que ampliarlo, pero hay mayoría en las encuestas para eso.

¿Le parece un síntoma de trumpismo el interés del gobierno por esa ley?

−Sin duda. Y cuando los gobiernos creen que ahí está su capital… Hay que gobernar con razones. Lagos mandó su proyecto de abolición de la pena de muerte −y yo lo tramité en el Congreso− cuando dos tercios de los chilenos creían que la pena de muerte era buena. ¿Entonces por qué lo hicimos? Porque no había ninguna razón válida para mantenerla.

¿Cree que el ministro Blumel está cómodo con las prioridades que le marca el gobierno?

−Le tengo aprecio al ministro Blumel, y por lo mismo me sorprendió que quisiera imponer este trueque de financiamiento regional por reforma tributaria, porque no es propio de él. Si está cómodo, no es lo importante… Ahora, yo he trabajado en el gobierno y le confieso que cuando uno ya está ahí, conversando con la gente, se siente cada vez más cómodo. Todas estas cosas son asociativas. El lunes pasado leí un artículo de un amigo que encuentra que todo estuvo mal en los gobiernos de la Concertación, pero él fue ministro y estuvo bien cómodo ahí. No es una crítica, simplemente es así: uno se acomoda al hábitat en que le toca estar.

Los políticos de 60 años para abajo siempre alegan que ustedes no les dieron el espacio.

−Tienen razón. Hay dos generaciones perdidas, creo yo. Pero eso no fue culpa nuestra, fue producto del atraso generacional que generó el proceso que vivimos. Por ejemplo, yo salí de Chile a los 30 años, el 73, volví a los 45 y fui ministro a los 52, cuando quizás ya había otros más jóvenes…

O sea, empezaron tarde.

−Y hay gente muy valiosa, hoy día entre los 50 y los 70 años, que en realidad no tuvo su oportunidad.

¿Oportunidad que debieron darles ustedes o que ellos debieron buscarse?

−Se la tendrían que haber buscado un poco más fuerte. ¿Sabe lo que pasa? Que llegamos al gobierno en masa, sin haber estado nunca, y por lo tanto mucha gente se acostumbró a las funciones que le tocaron y se sintió cómoda en ellas. Entonces no estaba muy disponible para ir a jugársela de senador o lo que fuera. Tengo muchos amigos que fueron grandes técnicos, fundamentales en los gobiernos de la Concertación, pero hoy no son recordados porque no ocuparon puestos visibles. Y están todos jubilados, a diferencia mía.

¿Se siente solo? Casi todos los viejos mapus emprendieron la retirada…

−Bueno, algunos quedamos. Carlos Montes es otro. Pero la vida tiene sus propios ciclos y a lo mejor alguien piensa que todavía tengo algo que aportar.

¿Le interesa ser presidente?

−Sí, me interesa, estoy disponible para eso. Pero esto nunca lo decide uno. Yo estoy convencido de que puedo ser bueno, pero lo importante es si los demás piensan lo mismo. Así que voy a esperar a ver qué piensan los demás.

¿Qué tipo de presidente sería usted?

−Uno que trataría de darle vuelta la página a un período que ya terminó, para hacernos cargo de construir un crecimiento más viable para el país y no tan basado en el monopolio y en la desigualdad. Eso quisiera lograr.

Se tiene confianza para ser un buen presidente. ¿También para ser un buen candidato?

−No estoy tan seguro… [se ríe] ¿Sabe lo que pasa? Que uno con el tiempo se aburre de dorarle la píldora a la gente. Y de venderle cuentos de colores. Uno trata de decirles la verdad, pero me doy cuenta de que la verdad no entusiasma tanto. Usted dice “mire, las cosas son así” y hay gente que se enoja. Como que mucha gente quiere que le vendan el pasaje de ida a la luna, sin pensar en cuál es el pasaje de vuelta, ni quién va a pagarlo.

O sea que quiere llegar a presidente sin dorar la píldora.

−Es que no sirvo para eso. Ni quiero servir tampoco… Le voy a contar una cosa familiar. Cuando fui a la graduación de mi hijo menor, que sacó un Master en la Universidad de Brown, en una ceremonia el profesor guía fue describiendo a cada joven por sus méritos. Y cuando pasa mi hijo, dice: “Este es Daniel Insulza: si ustedes quieren saber lo que piensa, no tienen más que preguntárselo”. Yo me sentí profundamente orgulloso. Ojalá dijeran lo mismo de mí. Y si sigo en la política es porque he sido muy feliz haciendo lo que hago, pero hasta dónde llegue… sí, es importante, pero no tanto.

¿Ya tiene el eslogan para el 2021?

−No, mi eslogan a estas alturas de la vida tendría que ser “Insulza forever”, ¡ja, ja, ja! Lo que sí tengo avanzado, con gente que ha trabajado conmigo, son muchas de las ideas que hemos hablado aquí sobre la economía y el desarrollo de la ciencia y tecnología.

También ha tratado de meterse en las redes sociales.

−Sí. Ya no me va tan mal en Facebook y en Twitter como al principio, que tenía como 20 seguidores. Pero cuesta comunicarse bien: el tiempo es escaso y hay mucha gente.

¿Apuesta a ser visto como un líder empático o como uno que sabe ejercer la autoridad?

−Yo trato de darle a la gente el lugar que le corresponde, y creo que eso es mejor que hablarle más duro o más blando. Alguna vez solucioné un conflicto con un dirigente sindical realmente muy duro, muy difícil. Y a la salida le dijeron “oiga, ¿y usted por qué se lleva tan bien con el ministro Insulza?”. “Bueno”, dijo, “era primera vez que alguien me decía presidente y me trataba de usted”. Pero yo no lo hice para caerle bien, sino porque me gusta ser cortés. Si le hubiera dicho “oye Fulano”, como hacen los patrones aquí, que tutean a los trabajadores mientras esperan ser tratados de usted, no me habría sentido cómodo. Tampoco soy muy bueno para los abrazos y hacerse cariño, soy de otra generación. Cuando me preguntaban “¿cómo se lleva con Lagos?”, respondía que bien porque nos dábamos la mano. Nunca nos abrazamos, porque pertenecemos a un mundo que a lo mejor cambió… ¡pero algo hay que conservar, pues! Así que no me voy a cambiar la edad. No bailo cueca y no voy a aprender a bailar cueca para las elecciones presidenciales.