“Oye voy a tomar / un taxi a quién sabe dónde /
y así poder olvidar / lo único inolvidable /
es que es demasiado / es demasiado triste”

González también escribió eso. Y lo hizo como cierre en el disco ‘Corazones’, esa especie de biblia sónica de la pena de amor que este año cumple tres décadas de vigencia emocional. 1989 fue un año difícil en la vida de Jorge, Claudio y Miguel. Eran tiempos raros para Los Prisioneros. El éxito internacional había llegado como un salvavidas inesperado de la persecución política que el grupo estaba viviendo en Chile. El grupo se había declarado partidario del No en el plebiscito del ’88, y la represalia de los militares no se hizo esperar. La ambiciosa gira nacional del disco ‘La Cultura de La Basura’ tuvo que ser suspendida. Los únicos sitios que podían albergar los shows de un grupo de la popularidad de Los Prisioneros, eran gimnasios y estadios. Todos administrados por la Digeder, a cargo de brigadieres y otros delegados directos de Pinochet. Un concierto privado para los mandamases del sello EMI en la Discoteque Gente, fue todo lo que se necesitó para que el trío se convirtiera en prioridad internacional de su compañía disquera. Perú y Colombia fueron los primeros países en sucumbir al poder de las guitarras afiladas y las voces escépticas. Pero en lo profundo, el juego del amor conseguiría que justo cuando más firme parecía, un castillo se derrumbara de dolor. La historia es hoy conocida. En esa época Miguel no lo vio venir y sería la gran víctima colateral, con su sueño rockero de adolescencia trizado fatalmente sin tener arte ni parte. El manager Carlos Fonseca intuía algo extraño. Jorge había traicionado a Claudio. La esposa del guitarrista se convirtió en el símbolo de la crisis final de Los Prisioneros. El tira y afloja tuvo fin cuando ella volvió a vivir con su esposo. Jorge quedó desolado. Sin plata (el éxito no se traducía en ingresos porque la gestión independiente consumía todo). Sin amor. Y experimentando por primera vez con drogas que lo tenían en pésimo estado. Un día decidió entrar en la tina y abrirse canales rojo carmesí en los brazos. Afortunadamente, algo lo llamó de vuelta y se salvó. “Encontré que me estaba yendo a un lugar nada que ver. Onda, retrocede 5 puntos. Y volví” confesaría en las páginas del libro “Exijo ser un héroe: La historia (real) de Los Prisioneros”. Pero ese regreso fue el inicio del vía crucis íntimo que lo hizo desaparecer un par de semanas de la vista de sus cercanos. Era el inicio del fin del grupo. Cuando reapareció, lo hizo con un puñado de canciones tan románticas como modernas. Se fue a Estados Unidos y grabó ‘Corazones’. El resto es leyenda.

Podríamos discutir acá si el sentimiento más popular del mundo es la pena o el amor. Pero yo no soy un especialista en el alma humana y esta no es una columna de autoayuda. Aunque escribir siempre se trate de uno, intencional o inevitablemente. Lo cierto es que por siglos, técnicamente desde el principio de los tiempos, la música ha sido el bálsamo que hace el camino del ser humano más llevadero. Hasta la religión lo sabe bien, y en su esfuerzo por evocar lo invisible, ha hecho de los sonidos litúrgicos, las artes plásticas y la arquitectura instrumentos esenciales para imitar lo más parecido posible la presencia divina. Se han gastado mucha plata en eso. Sin ir más allá, los grandes avances técnicos de la historia de la música han sido financiados por gente con sotana. La polifonía y la invención de la notación musical, por ejemplo. Incluso la organología se ha visto beneficiada, y la historia del teclado le debe más de lo debido al esfuerzo por simular un espíritu superior que nos haga comulgar con el credo.

No es necesario sentirse directamente triste para agradecer en el pecho una pequeña muleta musical. Es cosa de pensar en la bossa nova, esa banda sonora del sentimiento de nostalgia abstracta que el idioma portugués ha definido tan magistralmente como ‘saudade’. Una de las palabras más bellas y expresivas acuñadas por la civilización occidental, probablemente. La canción como analgésico es la expresión más portátil. Una cosa es la razón que nos lleva a entender mucho mejor una buena letra de amor, desarraigo y desamor cuando estamos melancólicos. Otra muy distinta son los mecanismos internos que conducen al artista hacia el piscinazo de abrir su alma, escribir, cantar, salir de gira, dar entrevistas. Sin embargo, la alta tasa de suicidios de músicos muy populares y la valiente confesión de fragilidad que recientemente han expuesto artistas muy exitosas como Cami Gallardo o Mon Laferte, han hecho crecer la consciencia sobre los temas de salud mental y bienestar dentro de la industria musical. La depresión es una enfermedad real. Sin huesos rotos, sin protuberancias palpables, invisible a las radiografías.

La soledad del éxito le llaman. La expresión más pura de que no hay lugar más devastado que la cima. “No hay un modo / no hay un punto exacto / te doy todo / y siempre guardo algo”. Esos signos, esa parte insegura bajo una luna hóstil de la que escribió Cerati. La década de los 80 entraba en su mitad final y Soda Stereo iba hacia el éxito a velocidad crucero. Dos discos de alta difusión radial en otros países impusieron un piso de confianza para su compañía disquera. Pero con ello, una alta carga de responsabilidad. La música del nuevo disco del grupo estaba lista. Pero Gustavo Cerati estaba destrozado. Ese invierno de 1986, solitario en el mismo departamento de calle Azcuénaga con Juncal que había sido refugio de amor con Noëlle Balfour, después de la separación con su novia parecía una cárcel irónica. Afuera, miles de fanáticas fantaseaban con el líder de Soda. Adentro, Gustavo se sentía impotente, bloqueado, muy deprimido y presionado porque las fechas se le venían encima. El show debía continuar. Pero en su atuendo moderno de abrigos largos, camisas de seda y pelos parados, Cerati estaba más cercano a un payaso triste que a un rockstar. La leyenda, corroborada más tarde por él mismo, dice que una noche Cerati despertó a las cuatro de la mañana. “Estaba mal, salía con una mujer todos los días; pero nunca salían, siempre entraban. Yo tenía una negrura terrible. Las que se iban, se iban muy mal de mi”. Una de las letras del nuevo álbum, “Persiana Americana”, era la única lista para ser registrada. Había sido hecha en colaboración con Jorge Antonio Daffunchio, un desconocido ganador de un concurso del suplemento SI del diario Clarín, para participar del nuevo disco de Soda. Esa madrugada, en su inhóspito departamento en Buenos Aires, Cerati entró en ese estado de posesión mística que a veces viven los creadores, y escribió todas las letras que faltaban de lo que sería el álbum ‘Signos’. Años más tarde, en medio de una entrevista, compartiría conmigo la extraña sensación de cómo un momento negro puede transformarse en patrimonio cultural masivo. No sería la primera vez que esa dicotomía entre éxito profesional y tragedia personal aparecería en su carrera. Poco tiempo después, Soda Stereo llevaría 250 mil personas a un show gratuito en la Avenida 9 de Julio, pleno centro bonaerense. Al mismo tiempo, el papá de Gustavo vivía sus últimos momentos aquejado de una enfermedad implacable. Una experiencia que quedaría registrada en la conmovedora desnudez acústica de “Té para 3”. Las tazas sobre el mantel. La lluvia derramada. No hay nada mejor, no hay nada mejor que casa.

“La pena no se agotaba, eso desespera
La verdad no se piensa tanto
El corazón no se apaga, se congela
Y ahora todo lo que hago, lo canto”

Esos son versos de Gianluca, el artista más relevante de la nueva escena de trap, post perreo y música urbana chilena. Es parte de su notable hit viral “Siempre Triste”, una canción que a través del desparpajo millennial lanza un par de verdades sobre eso que Javiera Mena explicó como “nuestro carácter insular”. La popstar chilena lo dijo en una entrevista para una radio de Estados Unidos, hablando de por qué en este largo y angosto rincón somos latinos un tanto especiales. Fríos y tiesos, pero románticos e intensos. Crepusculares pero gozadores. Tal vez el misterio de la música como parte esencial de nuestras vidas no se logre explicar a cabalidad en palabras. Pero bastaría un día en que desapareciera de la faz del planeta, para que probablemente nos enfrentáramos a nuestra propia fragilidad, al hecho de que somos sólo una especie mortal más. Lo que nos da tiempo para una última cita musical. Y es de Violeta Parra, la madre de todos los músicos que son verdaderas farmacias de analgésicos para la soledad y el desarraigo:

“Lo que puede el sentimiento
No lo ha podido el saber
Ni el más claro proceder
Ni el más ancho pensamiento”