Mi gato necesita psicólogo (y yo también): diario de un dueño de mascota desesperado en la era de los etólogos
Un periodista de The Clinic, escéptico de la idea de “humanizar” a las mascotas, terminó enfrentándose a un dilema sin salida: su gato empezó a morder y destrozar su ropa de manera compulsiva. Ese caos doméstico lo obligó a emprender un camino que nunca imaginó —buscar a un etólogo para comprender y modificar la conducta de Sofrito— y a entrar en un mundo donde conviven especialistas en salud mental animal, dueños que medican con clonazepam a sus perros y un padre que defiende la crianza “a la antigua”. En ese trayecto, sin querer, también terminó pensando en su propia relación con la terapia.
Por Felipe Betancour 7 de Diciembre de 2025
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Como siempre, voy sobre la hora al trabajo. Entre tomar café, ducharme y hacer mi mochila, agarro una de mis poleras regalonas y me la pongo. Me miro al espejo y me doy cuenta de que tiene un hoyo. ¿La rompí yo? ¿Fue una polilla? No importa, no hay tiempo para buscar explicaciones; me pongo una camisa y me voy. Hablando por WhatsApp con mi polola, me cuenta que también tiene ropa con hoyos. El culpable: Sofrito, el gato que adoptamos hace un año y que, de la nada, empezó con ese comportamiento destructivo.
Cuando vuelvo a mi casa ese mismo día, me doy cuenta de que tengo más de una polera con los dientes marcados de mi gato. Varias de ellas son parte de mis pocos tesoros: los principales dos, poleras de fútbol de Flamengo y Vasco da Gama que compré en un viaje a Brasil.
En el caso de ella la situación es peor, sus joyas no son solo camisetas: Sofrito lleva días abriendo la puerta de su clóset, pasando parte del día adentro, con vestidos, poleras, pantalones, chalecos y chaquetas a su total disposición para marcar con sus dientes. Su jornada sin supervisión se la pasa durmiendo, mirando por la ventana y ahora también comiendo ropa.
No sé muy bien qué hacer, nunca he tenido una mascota. Mi papá en algún momento tuvo un par de pastores alemanes que vivían afuera de la casa y que, si le hacías cariño a uno, el otro iba y lo atacaba. Al final se separó y los terminó regalando; son los únicos animales que han estado en mi vida. Yo –y la mayoría de los amigos de mi generación– a diferencia de mi padre, no creemos que regalar a nuestras mascotas sea una opción.
Mi polola me dice que quizás es momento de contactar a un etólogo, un especialista que pueda abordar de manera integral el problema. Ahora estoy en una encrucijada con mis principios: ¿Cómo voy a llevar a mi gato a terapia? Me he reído de la humanización de los animales, de aquellos dueños que los tratan como hijos, los que hacen amigos en los caniles de perros y del culto exagerado a los gatos.
¿Qué pensaría mi papá?
El culto a sofrito
En nuestra casa tenemos nuestro propio culto: el culto a Sofrito. Después de meses conversándolo, decidimos adoptar un gato; incluso antes de tenerlo, ya habíamos elegido el nombre. De su vida antes de nosotros sabemos poco. Mi polola se metió a un grupo de Facebook donde dan gatos en adopción y, en ese submundo, pedían entre otras cosas que no pusieran en adopción gatos negros cerca de Halloween porque corría el rumor de que los usaban para rituales satánicos.
En ese grupo apareció una persona que daba en adopción un gato gris que, según la publicación, tenía tres meses. Había que ir a buscarlo a la estación Santa Ana. El 17 de noviembre lo fuimos a buscar en una caja de zapatos. La joven que llegó con Sofrito dijo que había nacido en Pudahuel y que no tenía ninguna vacuna. Cuando lo llevamos al veterinario por primera vez, la doctora dijo que probablemente era aún más joven. Ahí tuve mi primera lección, no soy dueño de Sofrito, soy “tutor”.
A un año de ese momento, Sofrito se convirtió en parte de nuestra familia. Es una obsesión fotográfica, en el centro de atención de los amigos cuando van al departamento y en un foco de entretenimiento constante. Pero nadie me había contado lo que me esperaba: cuando fue creciendo, se puso activo en la madrugada, no me dejaba dormir, me mordía los pies en la noche y botaba los vasos de agua. La gota que rebalsó el vaso fue la situación de la ropa. A esta altura sofrito ya ha destruido más de 20 prendas.

Medidas extremas
Sofrito no es el único que ha necesitado terapia en casa. Mi última sesión con el psicólogo fue hace seis meses. Acostado en el diván, quemaba los últimos cartuchos de un largo proceso de tres años. Mi terapeuta me propuso seguir con las sesiones por algunos meses más, pero me mantuve firme y dije que no. Las ganas de seguir en una zona de confort eran tentadoras, pero hace un tiempo que me venía faltando plata, y los casi $200 mil que gastaba al mes en terapia eran un gasto que ya no me estaba haciendo sentido. Además, me sentía preparado para seguir afrontando la vida sin este espacio.
Ahora el paciente no soy yo. Tal como se busca un especialista para humanos, empezamos a preguntar por etólogos. Primero me recomendaron a una veterinaria y etóloga, Josefa Ramírez, que tiene más de 50 mil seguidores en su Instagram (@joseveterinaria). La evaluación es online, aunque también puede ser presencial si se contratan packs de sesiones. Jose tiene una asistente que responde a las dudas de los dueños.
Al teléfono me cuenta que lo que más le llegan son consultas por perros, en especial por ansiedad de separación. Dice que es especialista en eso y también en reactividad en perros. “Tendemos a tener a los perros con nosotros desde muy temprano, desde muy pequeños, y nunca les enseñamos a quedarse solos. Normalmente, adoptamos y estamos insertos en nuestra rutina”, explica.
Cuento en mi trabajo lo que ocurre con Sofrito, para mi sorpresa no soy el único que tiene este tipo de problemas con su mascota. Una compañera tiene un galgo al que le diagnosticaron ansiedad de soledad. Le tuvo que dar un antidepresivo recetado por un etólogo. En ocho años no ha logrado revertir la situación: el perro aún ladra desconsolado cuando se queda solo.
“Cada vez que me voy a la playa o a un restaurante el fin de semana voy con la perra para arriba y para abajo. No la dejo sola porque ella no sufra, sino que también para que yo no sufra porque ella está sufriendo(…) a veces incluso termina siendo más problemático que alguien cuide a la flaca que a mi hija”, me dice.
Eso me angustia.
Le pregunto a la etóloga por mi gato. Me dice que “hoy, claramente, con los gatos existe un desconocimiento respecto de sus necesidades. Normalmente, tenemos gatos más sedentarios; no estimulamos, por ejemplo, el juego y la caza en ellos, que son conductas básicas. Tenemos pocas instalaciones que se adapten a sus necesidades. Adoptamos poco la idea de “gatificar” el espacio. Entonces, claro, tenemos gatos, pero sin saber realmente qué significa tener un gato”.
Le explico el tema de la ropa y me advierte: “implica que tiene un problema de bienestar importante”. Me preocupo aún más y me lanza un concepto que no conozco: “Los problemas de convivencia —prefiere nombrarlos así en vez de comportamiento— siempre son multifactoriales”. Me deja pensando en toda mi rutina y en mi departamento, adaptado para mis necesidades y no las de él.

Pienso que gastarnos 50 mil pesos en una sesión puede ser mucho, que puede ser abrir una puerta a un camino sin fin, que la etóloga siempre encuentre algo nuevo en Sofrito y que la terapia se convierta en un desfalco para nuestras cuentas bancarias con la excusa del amor incondicional por nuestro gato. Lo mismo pensé muchas veces durante mi terapia.
Converso con otro compañero de trabajo. Tiene una gata llamada Dua Lipa. Cuando se fue de viaje por un mes, el veterinario le recomendó darle una pequeña dosis de clonazepam para calmar su estrés. Cuando volvió, dejó de dárselo. Eso sí, aún arrastra algunos problemas derivados del estrés, como cistitis. Le pregunto por qué no va al etólogo para intentar solucionar el problema de raíz.
“¿Y cuánto vale eso?”, me responde.
Ahora dice que va a poner Feliway por la casa, un difusor que imita feromonas felinas para ayudar a los gatos a sentirse tranquilos y seguros. Cada uno tendrá su forma de lidiar con su mascota, pienso. ¿Cuál es la mía?, me pregunto. Me angustia pensar que esto puede demorar tres años. Como ocurrió conmigo…
Una crianza a la antigua
Dentro del problema con Sofrito, siento que solo he hablado con gente similar a mí. Amigos de mi edad, quienes tienen el cuidado animal como uno de los puntos importantes (o centrales) en su vida. Decido cambiar de eje y consultar a mi padre.
Le pregunto a mi papá, que después de regalar a sus perros ahora tiene un gato: Kimi, que ya tiene cinco años, lo ha criado como se criaban los gatos antes: sale de la casa, da vueltas, vuelve, y le da comida. Me he dado cuenta de que eso no significa menos cariño. Él ama a su gato, me manda fotos de él y lo acompaña.
“¿Sabes lo que es un etólogo?”, le pregunto. Me dice que no tiene idea. Le explico y le vuelvo a preguntar si llevaría a su gato. Me dice que por supuesto que no.
“Los animales son animales”.
Fernanda Araneda es directora de la carrera de Medicina Veterinaria de la Universidad Mayor de Temuco y magíster en Etología y Bienestar Animal. Además, es parte de la directiva de la Asociación de Etología Clínica Veterinaria de Chile.
Me explica que existe una diferencia entre la etología “a secas”, que puede ser ejercida por distintos profesionales de diversas áreas, y la etología clínica, que es propia de la medicina veterinaria.
En las universidades, señala, se enseña principalmente desde la corriente europea, que considera la etología clínica como una especialidad veterinaria orientada al diagnóstico y tratamiento. Por lo mismo, requiere conocimientos de farmacología, neuroanatomía y otras disciplinas propias de la medicina veterinaria.
Le pregunto por qué mi papá trata a su gato de una manera y por qué mi generación tiene un cuidado especial con sus mascotas. Me dice que la etología se hizo más masiva en Chile cuando cambió el vínculo humano-animal. Antes, los gatos eran usados para espantar roedores. Hoy en día, los tutores —como yo— son mucho más comprometidos y tienen mayores conocimientos.
“No solo del daño que puede generar dejar que un gato salga libremente y afecte a la fauna silvestre, sino también de cómo un gato indoor con algún problema de conducta puede afectar el vínculo que mantenemos con él. Porque, obviamente, me va a molestar que orine donde no debe o que marque con las uñas”.
Soy preso de mi generación, pienso.
Antes de cortar me advierte sobre el “instrusismo médico”, me explica que incluso hay psicólogos humanos tratando patologías conductuales de mascotas, lo que resulta en un gran problema, sobre todo en familias con niños y donde un perro es agresivo.
“Si no se le entrega a ese paciente un tratamiento adecuado desde el punto de vista conductual, pero también farmacológico, tú ahí también estás generando una práctica que no es la correcta”, advierte.
Me queda una duda más: ¿Le voy a tener que dar clonazepam a mi gato? Esa es una línea que, moralmente, no estoy dispuesto a cruzar.
Araneda me explica que, en casos de ansiedad generalizada, por ejemplo, suele haber un desequilibrio a nivel de neurotransmisores que uno debiese lograr equilibrar, por decirlo en términos simples, con fármacos. “Es lo mismo que en los humanos”, dice la experta.
Si es lo mismo que en los humanos, Sofrito podría estar frente a un problema sin solución. Eso sí, él no puede salir a tomar cerveza con amigos, ni ir a hacer deporte. Y en mi casa, tampoco salir a cazar ratones, como lo hace el gato de mi papá.
El día de la terapia
Cada día que nos demorábamos en elegir un etólogo, una prenda moría en el basurero. Por recomendación de una amiga llegamos a Carolina Morinaga . Tal como me sugirió Araneda, revisé si estaba registrada en la Asociación de Etología Clínica Veterinaria de Chile. Agendé la primera sesión para un sábado a mediodía.
No tenía idea de qué hacer. Mi polola instaló el iPad en el living y Carolina se conectó. En un acto sin sentido, agarré a Sofrito y lo puse frente a la cámara para que la especialista viera a su paciente.
¿Cómo no iba a conocer a su objeto de estudio?
No fui capaz de sentarme al lado de mi polola, los dos como padres escuchando a la especialista, así que dejé sola a mi pareja frente a la pantalla mientras yo me recostaba en el sillón de al lado, con las manos apoyadas sobre el pecho y mirando al techo. Tal como en mis sesiones, me sentía en el diván.
En total, la sesión duró una hora y media. Las preguntas partieron desde el día cero: de dónde venía Sofrito, quién era su madre, sus vacunas y sus hábitos. Luego pasamos a su alimentación y a si tenía relación con otros gatos. Después vinieron las preguntas dirigidas hacia nosotros: si jugábamos con él, con quién se llevaba mejor. Sin dudar, mi pareja respondía; yo, en cambio, divagaba y me acordaba de mi primera terapia: quién era yo, quién era mi madre, qué me gustaba hacer.

La parte final vino con conclusiones y recomendaciones: una clase educativa sobre accesorios para gatos. Enriquecer el ambiente era clave. Al parecer, Sofrito, al ser un gato de departamento, no desafía sus capacidades intelectuales. En las tiendas de mascotas hay toda una línea de “juegos mentales” e interactivos que imitan presas para estimular su inteligencia, además de estructuras con agujeros que funcionan como escondites y juegos que rotan para mantener su interés.
Días después la etóloga nos envió un PDF con un diagnóstico y recomendaciones. Un documento de 27 páginas que, en síntesis, decía lo siguiente:
Pre diagnóstico: Falta de aprendizaje en primeras etapas de vida, estrés/frustración (por falta de algo ambiental) y aburrimiento.
Luego, el documento avanzaba hacia la explicación del desarrollo de los mamíferos, el cual “comienza en el útero y persiste hasta una edad avanzada”. Me recomienda que, para que Sofrito esté en un equilibrio fisiológico y mental, el entorno debe ser capaz de satisfacer sus necesidades sanitarias, tróficas y conductuales.
Cómo ese mismo entorno —nuestro departamento— va a poder satisfacer las necesidades de dos personas y un gato. ¿Cómo con mi pareja podremos entender las necesidades de Sofrito?
Unos días después vuelvo a llamar a la etóloga. Me dice que nunca le había tocado un caso de un gato que coma ropa. Ahora le hago una de las preguntas difíciles: ¿Tiene que seguir yendo a terapia? “Muchas veces las terapias son largas; hay que entender al animal en su totalidad y evaluar si vamos bien o si es necesario hacer algunos cambios. Porque esto tampoco es magia”.
La angustia vuelve. Me dice que esto puede dar para largo. La enfrento con otra pregunta: ¿Crees que el caso de Sofrito es culpa nuestra? “No, en el caso de ustedes no”, responde. “Ahora estamos hablando de una terapia conductual y de manejo ambiental, para ver si realmente lo hace por aburrimiento o por otro motivo”, añade.
Ahora ya no tengo tanta angustia por mí, sino que por Sofrito. Empatizo con él. No es mi hijo, pero compartimos cosas. A veces nos sentimos aburridos, a pesar de que ambos vivimos en un lindo departamento rodeado de árboles: él con sus juguetes para desafiar su mente; yo, con mi televisor y mis libros.
¿Cuánto más tendremos que enriquecer nuestro ambiente para no sentirnos aburridos? ¿Hay un final? ¿Es un vacío que se puede llenar?
La etóloga me dice que una de las razones de su comportamiento puede ser que se separó de su mamá muy tempranamente. En mi terapia yo también hablaba de mi mamá, porque me enojaba su sobreprotección. Lo que a mí me sobró, a Sofrito le faltó.
Cuelgo y aparece la última pregunta ¿Seré yo el que necesita volver a terapia?



