Atardece y en el liceo Valentín Letelier de Recoleta solo quedan un grupo de escolares jugando a la pelota en uno de los patios. Las salas están vacías. Los pizarrones, en blanco. Eso, hasta que oscurece y un profesor enciende la luz de una las salas del tercer piso y abre su computador. A las 7 de la tarde, comienzan a entrar sus estudiantes con ropa de calle a la sala y se sientan sobre las graderías. El curso: Santiago Cinematográfico, uno de la amplia oferta de clases gratuitas que ofrece la Universidad Abierta de Recoleta que empezó sus funciones recién el 10 de abril gracias a una iniciativa única del alcalde de la comuna, Daniel Jadue: fundar una universidad gratuita no solo para los habitantes de Recoleta sino de todo Santiago donde los profesores imparten cátedras a través de trabajo voluntario. ¿Cómo se le ocurrió esta idea? El alcalde Daniel Jadue responde: “Como todas las iniciativas de Recoleta: desde la ciudadanía, la inquietud de nuestros vecinos, tanto jóvenes como adultos mayores que querían tener más acceso al conocimiento. Voy a la casa de vecinos y vecinas todos los días, en las tardes o en las noches me junto con grupos de vecinos a discutir y ellos me decían que querían saber más, entender más el mundo en el que habitan”. Así empezaron a averiguar de proyectos parecidos en Chile y en el extranjero. Y en septiembre de 2018 el alcalde llamó a Rodrigo Hurtado quien tenía experiencia en el tema, desde la Universidad de Chile. En noviembre abrieron la convocatoria de cursos: recibieron más de 1700 propuestas de 2300 académicos, pero solo quedaron 500 seleccionadas por ahora. Este semestre hay 150 cursos. Luego, abrieron las postulaciones para los estudiantes. Llegaron a más de 4.200 personas. El coordinador ejecutivo de la Universidad, Rodrigo Hurtado, dice: “Salvo un tuit que lanzó Jadue el día que abrimos el proceso de admisión, no hicimos nada de difusión porque nos asustamos. Solo el primer día se inscribieron más de 1500 personas”. El alcalde agrega: “Al principio pensé que íbamos a partir con mucho menos cursos, pero cuando lanzamos la convocatoria y llegaron más de 1500 propuestas dijimos guau, esto va en serio”.

Eduardo, uno de los estudiantes sentados sobre la gradería, dice: “Lo mejor de la universidad es que te encuentras con gente de todas las edades, hay un intercambio de conocimiento, es interesante que haya distintos públicos”. Berenice, una de sus compañeras, es estudiante de medicina de la Universidad de Chile. “Vine a probar. Encuentro muy interesante todas las áreas de conocimiento que están abiertas y que estemos todos mezclados”. El profesor Gonzalo Cáceres, historiador y planificador urbano propuso este curso apenas supo del surgimiento de la universidad. Conocía otras experiencias de universidades de este tipo en el mundo y quiso ser parte. En la reunión de profesores que hubo antes del comienzo de las clases, se devolvió a casa caminando con otro de sus colegas seleccionados, un académico de la Universidad Católica. Él le dijo: “Hacer clases aquí no es mi obra de responsabilidad social, sino que quiero ser parte porque aquí puedo influir directamente en el comienzo de una trayectoria que no sabemos dónde va a terminar”. Gonzalo asintió. “La vida del lugar es impresionante. Salgo de clases y hay mucho dinamismo. Mis estudiantes tienen bastante formación, este es un curso básicamente universitario. Vienen más que por una curiosidad. No hacen turismo académico. Están energizados por algo más que la narrativa convencional. Demandan inteligencia colectiva, co-creación, aula inversa, aula sin paredes”. Un piso más arriba cinco estudiantes esperan sentados en los pupitres a su maestro: Andreas Bodenhofer, destacadísimo músico y compositor nacional, viene por el pasillo con un maletín y un polerón encima. Una hija le habló de la universidad y le dijo: “¡Tienes que ir!”. Entonces postuló este curso: Paisaje Sonoro, “para descubrir el mundo auditivo. Puede ser el ruido de una ciudad, los ruidos de la cocina y con ellos hacer un relato, como la banda sonora de una película imaginaria. Aquí la gracia de los estudiantes es que vienen voluntariamente, les entretiene la idea y quieren hacerlo. No es un ramo más dentro de una carrera. Vengo porque me interesa el proyecto comunal. Soy un agradecido y quiero entregar mi experiencia. Ya no hago clases, pero quiero tener contacto con la gente joven”, dice y luego entra a su sala.

Muralismo, Marxismo y Agujeros Negros

En el subterráneo del liceo Valentín Letelier están las oficinas del equipo coordinador de la Universidad. Ahí tiene su oficina Rodrigo Hurtado, el coordinador ejecutivo. Hurtado habla con pasión del proyecto, le brillan los ojos al contar cómo se gestó. “La idea es democratizar el conocimiento y acercarlo a la población que no tuvo la posibilidad de estudiar en una universidad. Al principio vimos que se produjo esta tremenda respuesta masiva y de parte de académicos muy prestigiados. Hay un malestar en la academia porque los profesores sienten que los propios valores de su trayectoria tienden al individualismo, a la competencia, un discurso que se repite es que hacen clases por años en otras universidades, pero por primera vez van a dictar el curso que siempre han querido dar. No les pagamos, pero nuestros académicos tienen acceso a todos los beneficios de la comuna: farmacia, biblioteca, óptica. Y a ellos les encanta hacer algo donde la transacción no está mediada por el dinero. Los alumnos que llegan están interesados en estudiar. No tienes una relación clientelar con ellos. Es una propuesta contrahegemónica y contracultural”. La universidad Abierta también tiene un consejo académico y social de lujo: el astrónomo José Maza, la escritora Premio Nacional Diamela Eltit, el doctor Ramiro Molina, la periodista Faride Zerán, el actor y director Alejandro Goic, la presidenta de la CUT Bárbara Figueroa entre otros. Y las clases, que son de lunes a viernes desde las 7 de la tarde y los sábados en la mañana, se distribuyen entre distintos establecimientos de la comuna: los liceos Valentín Letelier, Paula Jaraquemada, República de Paraguay, Juanita Fernández y la Corporación Cultura de Recoleta.

Ya es de noche y alrededor de los mesones de la sala de la escuela República de Paraguay, hay unos 40 alumnos escuchando atentamente al artista Alejandro Mono González. La clase de Muralismo organizada por la Brigada Ramona Parra fue uno de los cursos más cotizados, igual que los cursos de idiomas – inglés, japonés, hasta ruso –, electricidad doméstica y energía solar. Los alumnos tienen frente a ellos largos papeles craft y bocetos. Mientras Mono González muestra imágenes de algunos murales proyectados en un televisor. “El mural es una reunión de citas: en su totalidad arman el discurso”, dice. Los estudiantes anotan la frase en sus cuadernos. Hay de todo, desde abuelitas, señores, hasta chicos jóvenes de brazos tatuados. El perfil de los más de tres mil estudiantes de la universidad es diverso: el 22% es de Recoleta, pero también hay de otras comunas como Santiago y Pudahuel. El 50% tiene entre 18 y 29 años, pero el 42% entre 30 y 59. El 31% de la totalidad tiene formación universitaria completa. El alcalde Jadue dice: “Ver nuestros colegios llenos hasta las 10 de las noche con gente estudiando, ya es una maravilla soñada. Creo que democratizar el saber y el conocimiento es el único camino para tener un país mejor en el futuro”.

Anayka Fuentalba, encargada nacional de la BRP, cuenta: “Estamos comprometidos con un sistema de educación inclusivo y poder llevar el arte a las personas, que está restringido en general por la reducción de horas de arte en los colegios, el bajo fomento de la cultura, la ley anti grafiti. Queremos fomentar la expresión popular e incidir en cambio social. Esto nos abre las puertas para hacerlo también desde la academia”. Al final del curso, todos pintarán tres murales en la Corporación Cultural. Otros de los cursos más concurridos de la universidad se hacen en los auditorios de la Corporación, que son más grandes: Introducción al Marxismo (120 estudiantes), De Los Átomos a los Agujeros Negros dictado por un doctor en física de la Universidad de Valparaíso y un diplomado sobre Palestina que dan cinco doctores del centro de estudios árabes. Todo eso, gratis.

Japonés y electricidad

Es sábado en la mañana y en la escuela República de Paraguay ya comenzaron varias clases: Energía solar en una sala. Inglés conversacional en la otra. Transición Política en un lado y Formulación de Proyectos con Enfoque de Género por el otro. “He trabajado en varias universidades: Arcis, en la universidad de Talca y me dedico a la docencia. Acá los estudiantes tienen interés y le ponen pasión al cuento. Eso de alguna manera es un gancho que me estimula”, dice el historiador y cientista político Antonio Almendras, profesor de Transición Política. La historiadora del arte Isidora Parra, profesora de Formulación de Proyectos con enfoque de Género agrega: “Creo firmemente en los proyectos colectivos y la educación es una manera. Mis privilegios de haberme formado en Chile y en el extranjero, trabajar donde trabajo, tengo que hacer algo por el resto del mundo. No es solo retribuir en la lógica mercantil de dar y recibir. Es deber de todos vincularnos y participar por el bien común”.

En el liceo contiguo, el Paula Jaraquemada, están impartiendo Cultura Oceánica. Y una de las clases más concurridas: Cultura e idioma Japonés. Tamara vio por la televisión el proyecto de la universidad abierta y se inscribió porque uno de sus grandes sueños es ir a Japón. Pedro y César son compañeros de Letras en la Universidad Católica. César supo de esta propuesta universitaria y le avisó a su amigo Pedro y también a su hermano Matías para entrar a clases de japonés. “Quería aprender otro idioma. Postulé a este curso y el de ruso”, dice César. “Encuentro muy bonita la forma de escritura y la profundidad que tiene esta lengua”, cuenta Pedro. Luego se despiden de la profesora Valentina Durán y salen de la sala. Valentina estudió lingüística aplicada a la traducción con mención inglés-japonés en la Usach. Hace este curso en colegios y lo ofreció en la universidad abierta porque sabe que a muchas personas les interesa el japonés, pero los cursos para aprenderlo son carísimos: mínimo 500 mil pesos. “Los estudiantes son muy participativos. Se nota que son de rango universitario. No les da miedo conversar, tirarse con las oraciones que les pido. Tienen hartas preguntas. Aprenden lo básico para sobrevivir en un viaje a Japón simple, preguntar cuánto cuestan las cosas, decir su nombre, preguntar por personas o lugares”.

Cerca de la estación del metro Einstein, en la Corporación Cultural de Recoleta, hay una charla de la Internacional de Allende. El auditorio está lleno. Esa es una de las cosas que ha logrado la Universidad Abierta: convenios con organizaciones y también universidades internacionales como la Federación de universidades populares españolas y centro de Estudios Sociales de la Universidad de Coimbra. “No nos visualizamos como universidad facultativa como las conocemos acá en la que puedes sacar una carrera. Sí trabajamos en ciertas certificaciones y de acá a cinco años esperamos ser referentes en Chile y en Latinoamérica de ciertos temas claves: gestión de desastres naturales vinculados al cambio climático, enfrentar los problemas sociales derivados del envejecimiento de la población, observar el desarrollo de las tecnologías para salvaguardar el interés social. Aportamos territorio, data y voluntad política”, explica el coordinador ejecutivo. Mientras en el colegio aledaño, el Juanita Fernández, los ingenieros de la universidad de Chile Álex Echeverría e Ignacio Maldonado, enseñan Electricidad Básica y Doméstica. El aula es diversa: más hombres que mujeres, pero hay gente de todas las edades. “La idea es que cualquier persona que tenga instalaciones eléctricas en la casa pueda interactuar con ellas y arreglarlas. Todos vienen porque quieren aprender a arreglar cosas en la casa, saber qué está pasando. La electricidad está muy oculta. No sabes cómo es, cómo funciona. Para mí la democratización del conocimiento es lo más importante. Ese empoderamiento me motiva mucho compartirlo”, explica Ignacio. “Nos interesa que haya más crítica porque teniendo información de cómo pasan los cables y cómo te cobran la cuenta de la luz uno puede ir formándose una conciencia de que hay cosas irregulares en el país y en especial en el sector eléctrico”, añade Álex. La clase se termina. Las puertas de la sala se abren. Los alumnos salen contentos. “¡Buena la clase!”, dicen y levantan el dedo pulgar en el aire. Bajan las escaleras. Llegan hasta el metro. Vuelven a sus casas.