Hace más de 45 años que soy la directora de una revista, Artpress, dedicada al arte, a la defensa de la libertad de expresión y a la lucha contra todas las formas de censura. Hemos dedicado números especiales a temas controversiales como la pornografía o la corrida de toros y hemos escrito editoriales en defensa de artistas que han sido impedidos de exhibir sus obras.

Es desde esa experiencia que quisiera hablarles.

Creada poco después de 1968, cuando todavía podía leerse la consigna “prohibido prohibir” en los muros de París, la revista se oponía en ese entonces a la censura de Estado. Con el tiempo, en Francia, un país liberal, la censura estatal fue retrocediendo, y nos fuimos enfrentando a ciertas asociaciones de la sociedad civil y a particulares. De hecho, una novela de mi esposo, Jacques Henric, cuya portada reproduce El origen del mundo de Gustave Courbet, fue retirada de las vitrinas de ciertas librerías por la presión de una asociación defensora de la familia. Después se supo públicamente que estos grupos eran cercanos a la extrema derecha.

Desde hace unos pocos años, la situación ha cambiado drásticamente, y los artistas han empezado a ser censurados por personas que creían ideológicamente cercanas a ellos. Es lo que muestran con claridad al menos dos casos recientes en Francia.

 

ANTIGUAS LUCHAS, NUEVOS ATAQUES

Hace pocas semanas, la presentación de una obra de Esquilo, Las suplicantes, fue físicamente impedida por grupos “antirracistas”, apoyados por la UNEF (Federación Universitaria de Estudiantes), con el pretexto de que el maquillaje y las máscaras que usaban los actores podrían evocar conductas caricaturales ofensivas como el blackface, sin siquiera preguntarse por la tradición de máscaras en la tragedia griega ni enterarse por el hecho de que el director de la obra, Philippe Brunet, ha trabajado férreamente para mostrar la importancia de África en la cultura griega. Esto ocurrió en La Sorbonne, la universidad más antigua de París. La ignorancia tomando por asalto el símbolo del saber.

En su conjunto, la prensa se mostró escandalizada y se burló un poco de esta censura, sin darle mucha importancia. Pero en una columna en Le Monde, el periodista Michel Guerrin remarcó juiciosamente que el mundo cultural estuvo un poco lento en reaccionar: “los medios culturales están tetanizados”, afirmó. “Saben estar unidos para enfrentar las censuras del Estado, de círculos de extrema derecha o de los católicos. Pero ahora, los enemigos parecieran ser los amigos.”

Esto fue confirmado por el pintor Hervé di Rosa pocos días después. Fue personalmente atacado, de manera muy brusca, y se lanzó una petición para destruir un fresco realizado por él en 1991 en unos de los pasillos de la Asamblea Nacional para conmemorar la abolición de la esclavitud. Según ellos, los labios gruesos de los negros le servían al racismo para mantener sus estereotipos. Sin embargo, tampoco parecieron interesarse por el hecho de que di Rosa tenga una técnica de dibujo cercana a la tira cómica y que todos sus personajes tengan esos labios, incluso los blancos. Di Rosa es, por lo demás, el fundador de un museo en el sur de Francia, el MIAM, dedicado a las artes populares, que en este momento alberga una exposición de artistas de Kinshasa, la capital del Congo. Estupefacto, el pintor declaró al diario Le Monde que cuando su obra “enervaba a la derecha por ser portadora de una cultura popular, era casi una guerra buena. Ahora me parece desolador que [los ataques] vengan de parte de personas que consideraba de mi lado.”

Paradójica y curiosa situación, la de estas y muchas otras personas que a lo largo de sus vidas han luchado por la igualdad de hombres y mujeres, contra el racismo y a favor de la laicidad como mejor garantía de las mismas libertades religiosas, al verse hoy acusados de incomprensión hacia las mujeres (y de falta de solidaridad con las más débiles de ellas, como nos ocurrió a las firmantes del artículo publicado en Le Monde contra los abusos de las campañas de #Meetoo y #Balancetonporc) o de “racismo”, como ocurre a Hervé di Rosa o a Philippe Brunet, que por cierto siempre han considerado tener una sensibilidad “de izquierda” y “feminista”. De similar manera, las mujeres libres que hicieron suyo el eslogan de mayo del 68, “el cuerpo de las mujeres nos pertenece”, tienen dificultades para aceptar que sea hoy una consigna para justificar el uso del velo islámico.

Muchas y muchos tenemos la impresión de que los principios defendidos durante décadas por los movimientos más liberales y emancipadores de nuestra sociedad occidental han sido llevados al extremo hasta convertirse en sus contrarios, en boca de grupos autoproclamados radicales que actúan como si no se hubiera hecho ningún avance desde la abolición de la esclavitud o la proclamación del sufragio femenino. Quisiera poner un ejemplo de esto, sacado del catálogo de una exposición que actualmente se muestra en el Museo d’Orsay de París sobre la representación de los negros en la pintura histórica: “Esta exposición nos obliga por fin a tomar conciencia del poco cambio que afecta a la posición de los negros en relación a los blancos desde el pretendido ‘descubrimiento’ de América, la trata y la colonización.” (Lilian Thuram y Pascal Blanchard).

A los más viejos que no hemos caído en las trampas de la culpabilización, nos resulta muy incómodo ser acusados de no haber hecho ninguna contribución al avance en estos ámbitos. Una de las reflexiones que quiero someter a ustedes, y que creo que merece ser tratada en profundidad, es la siguiente: ¿Es porque asistimos a la desaparición de las ideologías y al fracaso de numerosos ideales, que las nuevas generaciones no tienen otra opción de volverse actores de antiguas luchas como si no hubieran sucedido, bajo un modo caricatural?

 

RESISTIR SIN ILUSIONES

Un supuesto antirracismo pareciera estar hoy en día creando un neo-racismo. Aquellos que fueron los primeros en defender la libertad de creación y expresión y el respeto de todas las culturas, así como el multiculturalismo en la sociedad occidental, hoy están atrapados y siendo acusados por quienes creían defender. Y estos últimos parecen haber comprendido hasta qué punto el sentimiento de culpa debilita a aquellos que ven como “los colonizadores”.

Es lo que pudimos verificar los meses que siguieron a los atentados del periódico Charlie Hebdo y de la sala Bataclan:

La exposición de la artista franco-argelina Zoulikha Bouabdellah fue clausurada por una advertencia dirigida a la municipalidad por parte de una federación de ciudadanos de confesión musulmana. ¿Cuál era el chocante objeto que ponía en peligro el orden público? Unas alfombras de oración sobre las cuales ella ponía zapatos de taco aguja. La película Timbuktu, ganadora de varios premios, que mostraba como aldeanos de Mali son sometidos a la sharia por grupos islámicos, fue sacada de cartelera en varias ciudades. El escritor (también fotógrafo) Michel Houellebecq, como es sabido, acababa de publicar Sumisión al mismo tiempo que funcionaba una exposición de fotografías suyas –sin relación alguna con el libro–, y fue brutalmente cerrada por los responsables de la sala que exhibía la muestra.

Algo parecido sucede con las tentativas de censura solicitadas por feministas particularmente radicales y carentes de sensibilidad estética, para cuadros de Balthus y afiches de Egon Shiele. Algunas de estas iniciativas alcanzaron niveles insólitos, como la que buscó prohibir La Bella Durmiente porque el Príncipe no había pedido a la Princesa su consentimiento antes de besarla en los labios.

Aplaudimos que el Metropolitan Museum haya resistido a la petición de descolgar las pinturas de Balthus, pero no debemos olvidar que el Museum of Modern Art de Nueva York se desligó de La lección de guitarra, uno de los cuadros más audaces de Balthus, a la demanda de uno de sus trustees, y el Museo Folkwang de Essen canceló la exposición de las polaroids que sirvieron a Balthus de estudio para sus cuadros (y eran imágenes muy inocentes, debo decir). La Cinemateca francesa de París supo resistir a una violenta manifestación en contra de una retrospectiva de Roman Polanski, pero postergó la del cineasta Jean-Claude Brisseau que venía enseguida, y todavía no hay fecha de reposición.

Hasta ahora, la sociedad ha resistido bastante bien, pero no nos hagamos ilusiones. A menudo la censura se ejerce de manera discreta y la autocensura –por principio de precaución– es siempre invisible.

 

EL PODER DEL IMPACTO

El principal argumento de los musulmanes de la fatwa contra el autor de las caricaturas de Mahoma (Jyllands-Posten, 2005) era que la injuria al profeta los hería en su sensibilidad, y no el respeto a una persona sagrada. Este rasgo de híper-susceptibilidad propio de los integrismos religiosos es, a mi parecer, compartido por los neofeminismos y los antirracistas radicales (con su nueva forma de racismo y sus nuevas caricaturas).

Las que se presentaron como víctimas de agresiones masculinas en el marco del movimiento #Metoo también ponen en primer plano su “sensibilidad herida”. No estoy poniendo en cuestión el estatuto de víctima de las que sufrieron una violación, pero muchas delataron en redes sociales los nombres de personas culpables de miradas, gestos y palabras groseras. Para Sandra Muller, la iniciadora del movimiento #Metoo, no hay diferencia: “Una agresión, ya sea verbal o física, y cual sea su nivel, es una agresión”, declaró a Le Monde. En un libro publicado en 2003 sobre las derivas del feminismo, la filósofa feminista Elisabeth Badinter (Fausse Route) respondía de antemano: “Pretender censurar la violencia verbal asimilándola a la violencia física es un error de cálculo. Digan lo que digan, la herida de las palabras es de otra naturaleza que la herida de los golpes. La primera es un arma en igualdad de disposición para los dos sexos que muchas veces puede servir para evitar la violencia física.”

En su obra, Badinter subraya la dificultad de apreciar el impacto psicológico de las agresiones verbales o psicológicas: “¿Dónde empieza el insulto en el espacio público? Lo que una puede sentir no es necesariamente lo mismo sentido por otra.” Y advierte de los riesgos de codificar este tipo de umbrales: “¿Qué queda de la frontera entre lo objetivo y lo subjetivo, lo real y lo imaginario?”.

Detengámonos en esta noción de “impacto psicológico”. Desde mi punto de vista, se impone poco a poco una dictadura de “lo que se siente”, expresión que se encuentra en todas partes. Todos y cada uno y una quisieran que se reglamentara la sociedad en función de su percepción subjetiva de las cosas. El hecho objetivo se evapora ante la prioridad de lo que siente aquel o aquella que se dice víctima. Y como dice Badinter, eso “que se siente” es muy difícil de apreciar desde el punto de vista del derecho.

Quiero poner un ejemplo tragicómico. Varios suplementos de periódicos, como Newsweek, hicieron eco del testimonio de una mujer que acusaba al escritor Elie Wiesel, casi treinta años después de ocurrida (ya no basta delatar a los vivos, sino además a los muertos), de una agresión sexual en su contra. Sentada a su lado durante una ceremonia oficial, le habría puesto su mano derecha sobre el hombro y luego habría descendido por la espalda hasta tocar sus nalgas, razón de un traumatismo que habría desnaturalizado sus relaciones con los hombres durante todo ese tiempo, lo que la habría conducido a una “depresión suicida”.

Soy tolerante y puedo admitir que una joven particularmente naif pueda tener semejante reacción, pero pido que se acepte que muchas otras personas de todas las edades consideren esta historia ridícula. Algunos lo sienten así, yo lo siento de otra manera, pero, ¿era necesario que los periódicos dieran importancia a un testimonio así?

El rol de la prensa cotidiana ha sido catastrófico. La justicia de casos denunciados “en directo” y en “la plaza pública”, se volvió tanto más expeditiva cuando los medios tradicionales (particularmente Le Monde y Libération), en vez de jugar un rol de contrapeso, se sumaron a la ola denunciadora, obsesionados con “no quedar rezagados” de las redes sociales, en vez de iniciar investigaciones objetivas.

 

UNA SITUACIÓN PROBLEMÁTICA

Ya es un lugar común decir que vivimos en una sociedad cada vez más individualista. Cada uno se siente autorizado no solamente a priorizar sus propias convicciones por sobre las del otro, sino, además, y después de todo, siente que para ser feliz tiene que imponer a los otros los límites de esas convicciones, porque fuera de ellos estas convicciones podrían ser sentidas como heridas.

Es una situación extremadamente problemática. Sin ser jurista, creo entender que este último tiempo asistimos a una evolución del derecho que tiende a acercarlo a la moral. Es bastante visible, incluso en Francia, un país universalista caracterizado por ejercer el separatismo del derecho y la moral. Y la paradoja es que esta tendencia nace en el momento mismo en que la moral religiosa (al menos la cristiana) es seguida por comunidades cada vez más reducidas, y la moral se desplaza al individuo. Curiosa época la que estamos atravesando y que nos pone, a nosotros, los sujetos, en una situación “esquizofrénica”, para usar una palabra de moda: obligados a asumir la globalización, a no decir la palabra “raza” (Francia acaba de sacarla de su Constitución) y llamados a apoyar el proyecto europeo más allá de nuestras historias, idiomas y religiones, pero, simultáneamente, a volcarnos como veletas en todas direcciones para responder a las expectativas individuales y acomodar espacios para –y ojalá sanar– todas las sensibilidades heridas. ¡Ni un verdadero santo, o santa, lo podría lograr!

*Conferencia (extractos) para Adults for Adults (AFA) Citizens against Patronizing Politics, pronunciada el 24 de abril, en Salzburg, Austria.