¿Cómo fue vivir los últimos 35 años con la convicción de conocer un secreto milenario y no saber cómo contarlo?

−Bueno, ha pasado de todo. Al comienzo fue bien delirante, porque yo pensé que había descubierto Pompeya, un territorio gigantesco. Y eso trajo consigo una especie de megalomanía, apareada con la necesidad de contarle a todo el mundo esta maravilla que había sido descubierta. Me parecía indudable que la noticia, tan pronto se supiera, iba a aparecer en todos los diarios del mundo.

Confiesas en el libro que te veías como un nuevo Newton.

−Exactamente, un nuevo Newton que había descubierto el secreto del cosmos virgiliano. Pero poco a poco me di cuenta de que esto era muy difícil de comunicar. Y lo que vino después fue todo un proceso de madurez. Es decir, yo he madurado con la desilusión de no poder convencer a nadie de que esto era tan fantástico. Y este libro es en cierta forma la historia de esa desilusión, porque cuento las cosas tal como me pasaron.

Nadie te pescó…

−Nadie me pescó. Primero, porque Virgilio fue el poeta más popular del mundo durante 18 siglos, desde la fundación del Imperio romano hasta la Revolución francesa, pero ya muy poca gente lo lee. Y después, porque esto de andar descifrando mensajes secretos, sobre todo en ambientes letrados, era una conducta a lo menos dudosa…

“Yo he madurado con la desilusión de no poder convencer a nadie de que esto era tan fantástico. […] La verdad es que, por muchos años, las personas a quienes les mostraba mis borradores creían que yo estaba loco”

Lo tuyo es como un Código Da Vinci, pero de verdad.

−Sí, mi hermano siempre se reía de mí: “Tú tienes que ser muy pelotudo: Dan Brown inventa el Código Da Vinci y se hace rico, y tú que descubriste un código de verdad no eres capaz de terminar tu libro”. Y si ya esta cuestión de los códigos le daba al asunto un tufito medio chanta, yo además hablaba del “nuevo milenio”, con lo cual agarraba una onda New Age directamente sospechosa… La verdad es que, por muchos años, las personas a quienes les mostraba mis borradores creían que yo estaba loco.

¿Nunca te convencieron de que lo estabas?

−No, porque la evidencia era demasiado fuerte. Sobre todo desde el punto de vista numérico, matemático. Pero sí me fui convenciendo de que tal vez esto no podía interesarle a nadie. Por eso renuncié a escribirlo. Dije “ya, da lo mismo”.

Además, todo esto te pilló inmerso en la academia norteamericana de los años 80, el epicentro mundial de las teorías de la deconstrucción. Había que ser desubicado para anunciar ahí la construcción más ambiciosa que se haya hecho de un texto.

−Absolutamente. La palabra “teoría” había conquistado todos los campus universitarios. Uno no era nadie en el mundo literario si no sabía “teoría”, ni siquiera se hablaba de “teoría literaria”. Y yo temblaba cuando escuchaba esa palabra, porque nunca supe qué significaba. Sabía que todo ese aparato discursivo era un absurdo, una mentira, pero una mentira que no paraba de crecer. De manera que hice el ridículo tratando de mostrar en ese mundo los templos verbales que había querido crear Virgilio. Más aún, estuvieron a punto de echarme de Haverford College cuando presenté este proyecto. Así que finalmente huí. Me exilié en mi propio país y nunca volví a la academia.

Y después de tanto tiempo, ¿por qué escribiste este libro?

−Porque quedé impregnado de esto, nunca me lo pude sacar. Seguía leyendo la Eneida, seguía obsesionado con Virgilio. Y lo peor es que seguía descubriendo cosas, nuevas dimensiones ocultas que confirmaban que mis hallazgos no eran banales, que efectivamente eran claves de la estructura del libro. Hasta que un día, mi amiga Teresa Matte me dijo de manera perentoria: “Ya, ponte a escribir el libro”. Y le hice caso. Ya tenía fragmentos escritos, así que dije “en un par de años lo termino”. Me demoré nueve.

 

EL HALLAZGO

Según cuentas, todo esto partió con una revelación que te tuvo en trance durante cinco días, en diciembre del año 84.

−Así es. La gente cree que es mentira, pero es verdad que estuve cinco noches sin dormir…

¿Quién eras tú en ese momento?

−En ese momento yo tenía 32 años, había estudiado Literatura en Berkeley, entremedio volví a Chile, trabajé en un banco, decidí que sólo me importaba la literatura y partí otra vez a Estados Unidos, para escribir una tesis de doctorado sobre Andrés Bello. Y mientras intentaba comprender qué visión tenía Bello de Simón Bolívar, creí necesario saber qué pensaba Virgilio de Augusto, porque Bello se veía a sí mismo como un Virgilio americano. Eso me llevó a un pasaje de la Eneida, el final del libro VI, en que se describe a Augusto. Y ahí fue cuando hice el hallazgo.

¿Qué fue lo que viste en la Eneida durante esos cinco días?

−Mira, una de las cosas más frustrantes es saber que vi mucho más de lo que alcanzo a recordar. Porque fueron muchas horas continuas… Me acuerdo así como de pugnas entre luces y tinieblas, en forma de pulsaciones, pero pulsaciones que podían durar minutos, incluso horas, con cierta violencia… Pero también recuerdo la sensación de que se habían abierto las puertas de un nuevo territorio. Como si hubiera entrado a un jardín o a un país nuevo y pudiera pasearme por ahí.

¿Pero tienes claro cuál fue el primer hilo, la primera asociación que abrió estas puertas?

−Sí, fue cuando descubrí en la Eneida lo que en el libro llamo la Matriz: una especie de escuadrón romano de tres columnas por ocho filas, formado por personajes históricos de Roma. Pero en la última fila había un casillero vacío, y dilucidar a qué correspondía ese vacío fue la llave maestra que me catapultó a los otros descubrimientos.

Siempre se entendió que la Eneida fue escrita para glorificar al Imperio romano recién fundado por Augusto. Pero tú planteas que Eneas, el héroe mítico del poema, es directamente una alegoría de Augusto.

−Y que la Eneida, de hecho, es un diario político. Es decir, un registro fabulado de lo que está pasando en Roma durante los años fundacionales del imperio. Es la misma historia con distintos personajes: Eneas es Augusto, Dido es Cleopatra, Anquises es Julio César, etc.

¿Y qué pretende Virgilio al crear esta doble trama?

−Fundar una especie de dinastía divina –los Césares− a través de la cual el nuevo imperio quedara unido a los orígenes míticos del pueblo romano, que son las glorias de Eneas tras la caída de Troya. Ahora, lo que yo planteo es que pretende mucho más que eso, porque concibe el comienzo del imperio como el comienzo de un nuevo milenio. Y con eso, lo que en definitiva quiere Virgilio es fundar un orden terrenal que sea la imagen de un cosmos que funciona. Ni más ni menos. Esa intención de fundar un nuevo milenio es lo que da coherencia a todos los códigos numéricos y verbales de este gran criptograma.

Tratemos de explicar qué representaban los milenios en la época de Virgilio.

−El ser humano siempre ha pensado que está viviendo el fin de los tiempos, ¿no? O por lo menos el fin de un gran ciclo. Somos demasiado importantes como para estar simplemente en la mitad de algo. Y ese espíritu apocalíptico siempre estuvo ligado a la división del tiempo en milenios, pero especialmente en la época de Virgilio. Lo podemos ver en la tradición persa, en la judía, en la cristiana, etc. El concepto de milenio más frecuente era la semana planetaria: el tiempo constaba de siete reinos, cada uno de mil años.

Por la luna, el sol y los cinco planetas que se conocían además de la Tierra.

−Efectivamente. Y una vez concluida esta semana planetaria, cuando los planetas ya habían cumplido su cometido, se llegaba al fin de los tiempos y había una trascendencia. Porque lo que  el tiempo crea son el sol, la luna y los planetas, eso es lo que le da razón de ser. Entonces, una vez que tú cancelas esas fuerzas, lo que queda es la eternidad.

Los romanos recién entraban al segundo milenio, ¿no?

−Claro, porque el tiempo para ellos partía en la Guerra de Troya. Pero Virgilio toma otra idea que también estaba muy de moda en las culturas mediterráneas de la época: el triunfo de Apolo, que es el triunfo del sol. En el nuevo milenio, Apolo reemplaza a Júpiter y comienza el reino del sol.

¿Y qué cualidades tenía Augusto como para ser el artífice de ese reino?

−El hecho de que la historia lo hubiera puesto en un momento que significó el fin de la guerra civil en Roma.

El mito del gran pacificador.

−Ese es el mito. Porque el cambio de milenio significa que los planetas vuelven a alinearse y el tiempo vuelve comenzar: termina el caos, se detiene el tiempo prácticamente, y comienza un ciclo pacífico con los planetas en orden. Esto es importante, porque los romanos creían muy fuertemente que la Tierra era un microcosmos que seguía lo que pasaba en el macrocosmos: si había caos en la Tierra, era porque lo había en el cosmos; si había guerra, era porque los dioses estaban en guerra. Entonces se procuraba entrar en la pax deorum, la paz de los dioses, momento en que los humanos pueden estar en paz.

La trastienda política de esta historia también es muy intrigante. Porque Virgilio, Augusto y Mecenas, al planificar la creación de la Eneida, están casi planificando una nueva Constitución, o lo que va a ser la Constitución poética del imperio.

−Así es, esa es la idea. Era muy común en la Antigüedad que las figuras de corte monárquico, tipo Alejandro Magno, buscaran artistas y pensadores que ayudaran a crear el mito fundacional. Y en este caso Mecenas es clave, porque él era muy cercano a Augusto, de hecho era su lugarteniente…

El consiglieri.

−Algo así. Y al mismo tiempo su pasión era la poesía, y él era un creyente absoluto en el rol que tenían los poetas en este momento histórico. Entonces los poetas protegidos por Mecenas operaban como un grupo de gran influencia. Había una simbiosis, podríamos decir, en que la poesía necesitaba al poder y el poder necesitaba a la poesía.

Y Virgilio, aparte de ser el poeta quizás mejor pagado de la historia, estaba muy arriba en la línea de poder.

−Muy arriba. Porque el poeta era el vate, y esa figura se inspiraba en el vate etrusco, que era el que anticipaba el futuro. Por lo tanto, el poeta no estaba al servicio del mandamás, sino sobre él. O al lado, pero no abajo. Y si te fijas, casi siempre que Augusto aparece en la Eneida o en las Geórgicas aparece también Virgilio, como para que al lector no se le olvide que Augusto no es nada sin Virgilio al lado. Y de hecho ha sido así. El mito de la pax augusta, que sobrevivió por siglos, fue en gran parte creado por los poetas.

“El poeta romano no estaba al servicio del mandamás, sino sobre él. O al lado, pero no abajo. Y si te fijas, casi siempre que Augusto aparece en la Eneida o en las Geórgicas, aparece también Virgilio, como para que al lector no se le olvide que Augusto no es nada sin Virgilio al lado”.

DESCREÍDOS QUE CREEN

Cuando Virgilio vincula la política con los dioses, ¿de verdad cree en ese vínculo?

−Ahí hay una paradoja que nunca pude resolver. Porque estamos hablando de una época bastante agnóstica de Roma, o por lo menos la aristocracia era bien descreída. Y hay huellas clarísimas de esto en la Eneida. Las palabras de Júpiter siempre terminan siendo falsas, y Dido sabe que los dioses de Eneas son unos epicúreos que ya se olvidaron del mundo. El propio Virgilio, tras relatar el episodio en que una divinidad transforma los bosques en naves, dice: “Este tipo de cosas antes se creían”. O sea que ya no se creen. Entonces, ¿cómo compatibilizo esta actitud descreída de Virgilio con su programa cósmico de crear el mito de una dinastía que tiene sus orígenes en los dioses? No tengo la respuesta, pero una pista importante es que Virgilio estaba muy influido por los epicúreos.

¿Qué implicaba eso?

−La doctrina central de los epicúreos era que el alma es mortal: la muerte sólo significa el fin, no hay más allá. Eso les lleva a no temer a la muerte, porque en ese tiempo el miedo a la muerte era el miedo al más allá. Y esa doctrina es importante para Virgilio. Sabemos que se fue a Nápoles a estudiar con los epicúreos y su poesía tiene una enorme influencia de Lucrecio, que es el gran poeta epicúreo. Ahora, el problema es que los epicúreos no eran ateos. Decían que los dioses existen, pero viven en los intermundios. Están gozando, pasándola bien, pero sin interesarse para nada en lo que pasa aquí en la tierra. Entonces los epicúreos son descreídos, pero creen. Creo que esta ambivalencia es clave para entrar en la mente de Virgilio y entender su cosmovisión.

En el libro te metes en todas las creencias de la Antigüedad que circulaban por Roma cuando Virgilio imaginó la Eneida.

−Sí, para comprender la cabeza que concibió todo esto tuve que meterme muy a fondo en la cultura que lo rodeaba. Por eso me tiro en picada contra la idea de que el autor ha muerto, que también era muy dominante en la academia. Si yo no hubiese creído que era importantísimo lo que pensara el autor, no habría indagado en las tradiciones que me permitieron darle sentido a lo que encontré en el poema. Las escuelas neopitagóricas, por ejemplo, fueron un movimiento muy fuerte en Roma a partir del año 50 a. C., y eso le da mucho sentido a la dimensión que tienen los números en Virgilio. Yo creo que a través de eso él podía conjugar el descreimiento de su época con la divinidad. Podía pensar que lo que sí trascendía era el número.

Las simetrías matemáticas que detectas en sus obras no son juegos de ingenio.

−No, el número está a la par con el verbo, se potencian y juntos crean la poesía. Para mí fue fundamental pedirle a mi amigo Luis Izquierdo, que es arquitecto, que me ayudara a hacer maquetas de estos templos verbales que había descubierto. Porque yo tenía las series numéricas, pero no era capaz de visualizarlas. Y a Lucho se le ocurrió hacer un taller en la Escuela de Arquitectura de la Católica. Pasamos un semestre entero, dos o tres veces por semana, con los alumnos leyendo la Eneida y mi libro y proponiendo distintas maquetas, dos de las cuales aparecen en el libro.

Pero también dices que ese templo, más allá de las resonancias numéricas, se deja oír en el sonido mismo de la poesía.

−Claro, esa es la maravilla. Digo que es una poesía en tres dimensiones, porque los hexámetros de Virgilio, cuando tú los recitas, hacen eco en esta bóveda que es el gran templo verbal. Es una poesía que se eleva y retumba. Porque es muy anagramática, las letras hacen eco unas de otras, hay un permanente espejeo entre los versos. Entonces se crea una sonoridad muy grande, eso tú lo escuchas.

Y en un tono provocativo, muestras que Virgilio y otros poetas antiguos ya hacían muchas de las gracias que patentaron las vanguardias del siglo XX, pero haciendo a la vez mucho más que eso.

−Sí, yo creo que la expresión “poesía experimental” es un absurdo. Toda poesía está tratando de encontrar nuevas fronteras, de jugar con nuevos límites. Y reducir eso a un juego explícito, como hace la poesía experimental, no enriquece la poesía, más bien trasluce una cierta pobreza. No quiero menospreciar, siempre son saludables las innovaciones, yo mismo pasé por una época en que hice poesía concreta. Pero al poco andar me pareció que renunciar al verso era una autoflagelación innecesaria. Y lo que muestra Virgilio es que con el verso puedes hacer miles de experimentos. Tanto como crear un templo cósmico hecho de letras, números y sonidos.

Tú llegaste al extremo de tener que contar todas las letras del poema, al concluir que debían ser 361.600 porque cada letra era un día del milenio. Y persiguiendo los manuscritos antiguos para reconstruir el original, aparece un amigo en tu camino…

−Esto para mí es muy importante, porque no lo conté bien en el libro. Como te dije, la recepción que yo tuve de estas ideas en el mundo académico norteamericano fue pésima. O sea, ninguneo total. Siempre que di una conferencia apareció el erudito que buscaba la falla, en vez de tratar de entender la concepción general. También hubo gente generosa, pero en general me enfrenté a un frigorífico. Y muchos años después, un amigo me dijo: “Para que tus ideas tengan validez, tienes que contactar a la persona que más sepa de Virgilio en el mundo”. Y fue entonces que un día le escribí un mail a Mario Geymonat, autor de una famosa edición de las obras completas de Virgilio.

Y eminente filólogo italiano…

−Por cierto. Le escribí sin ninguna fe, al correo que aparecía en su página, preguntándole si sabía cómo encontrar un manuscrito carolingio de la Eneida, del siglo IX. A los quince minutos me manda un mail de vuelta: “¡Pero cómo no me había preguntado antes! Mándeme su dirección”. En tres días tenía sobre mi escritorio su copia del manuscrito, la misma que él había usado para su edición. Se había gastado 100 euros en mandarme esto. Y no sabes lo importante que fue para mí ese gesto, ese contraste entre lo que había vivido en Estados Unidos y la actitud generosa, abierta, de una persona curiosa por saber lo que está pensando otra persona en el fin del mundo. Me dio mucha confianza para seguir adelante. Después le mandé un capítulo del libro y me dio crédito inmediatamente, reconoció ahí un posible descubrimiento valioso. ¡Pero antes de haber leído nada ya estaba abierto a ideas nuevas, algo tan básico como eso!

¿Es verdad que en estas pesquisas también llegó a colaborar la PDI?

−Sí.

Involucraste a mucha gente en esto…

−Mucha, todo lo que sirviera. Necesitábamos saber si ciertos versos del manuscrito Gudianus, también del siglo IX, habían sido incluidos por el escriba original o si tenían una caligrafía distinta. Ahí uno de mis colaboradores contactó a la PDI y se involucraron en esto.

¿Cuánto tiempo estuvo ese manuscrito en oficinas de la PDI?

−Varios meses…

¿Y resolvieron el misterio?

−Lo resolvieron, pero… Mira, a mí me ha costado contar la firme de este cuento porque le tengo miedo a la PDI, pero la verdad es que quisieron cobrarnos una fortuna por los resultados. Y no me pareció correcto.

LOS TEMPLOS DE JÚPITER

Cuentas que en muchas épocas de crisis se ha vuelto a recurrir a Virgilio buscando orientación, y propones que su obra puede ser hoy “como un conjuro por un mundo con mayor amplitud y sentido de lo sublime”. ¿Volveremos a necesitar de Virgilio o ya no estamos para esas cosas?

−Virgilio renace. Porque lo sublime sigue ahí, en su intención poética de crear un mundo. Eso nunca se va a perder, porque Virgilio fue tan fiel a su obra que finalmente se le cae el mundo, pero su templo queda en pie.

Aunque ahora nos falta la mitología.

−Pero no sé si lo sublime tenga que ver necesariamente con lo trascendente.

Pero como dices en el libro, el único que supo darle un sentido al cambio de milenio fue Bin Laden.

−Sí, creo que una genialidad de Bin Laden fue marcar el cambio de milenio. No es casualidad que hayan intentado volar el aeropuerto de Los Ángeles el 31 de diciembre de 1999. En Occidente, en cambio, el concepto del nuevo milenio se banalizó. Tal vez porque estaba demasiado vinculado al milenio de Hitler, a ideas teosóficas muy en descrédito. Pero por eso mismo fue tan fuerte lo de Bin Laden: nos pilló al descampado, incapaces de darle un sentido al paso del tiempo.

“Virgilio renace. Porque lo sublime sigue ahí, en su intención poética de crear un mundo. Eso nunca se va a perder, porque Virgilio fue tan fiel a su obra que finalmente se le cae el mundo, pero su templo queda en pie”.

Aunque siguiendo tus hipótesis, el espíritu fundacional de Virgilio también fue la respuesta a una orfandad: la que dejó en Roma el incendio del Templo del Júpiter.

−Claro, me acordé mucho de eso con el incendio de Notre Dame… La destrucción del Templo de Júpiter, el año 83 a. C., fue una catástrofe tal para los romanos que 150 años después se seguía hablando de ella. Porque cayó el principal templo del principal de los dioses, pero también desaparecieron los versos sibilinos, que era la biblia de los romanos, los “libros fatales” que debían consultar en los momentos de crisis. Y para mí, lo que intentó crear Virgilio fue un templo verbal que cumpliera la misma función que el de Júpiter pero que fuera imperecedero, que no estuviera sujeto a las llamas.

“Creo que una genialidad de Bin Laden fue marcar el cambio de milenio. En Occidente, en cambio, el concepto se banalizó. Tal vez porque estaba demasiado vinculado al milenio de Hitler, a ideas teosóficas muy en descrédito. Pero por eso mismo fue tan fuerte lo de Bin Laden: nos pilló al descampado, incapaces de darle un sentido al paso del tiempo”.

Citas una carta que le escribe a Augusto: “Tengo que haber estado malo de la cabeza para meterme en esto”.

−¡Es que tenía la vara muy alta! Pero también se tenía mucha fe…

Y si Notre Dame hubiese quedado en el suelo, ¿un fantasma virgiliano habría recorrido Occidente?

−No, estamos demasiado descarriados para eso… [se ríe]. Lo que pasa es que el romano estaba mucho más cerca de lo sagrado, lo divino, lo cósmico…

Había un cielo.

−Tal cual. Y como ahora hay más bien rascacielos, lo de las Torres Gemelas es mucho más fuerte para nosotros que lo de Notre Dame. Esas son las catedrales, los templos de Júpiter que vimos destruirse. Pero ocurre algo paradójico, y es que Virgilio también está muy cerca de Notre Dame, en parte, porque fue mal leído.

¿Cómo?

−Él fue, hasta la Revolución francesa, el poeta perfecto para darle el elemento artístico a la alianza entre cristianismo y monarquía. Porque al anunciar en las Bucólicas algo equivalente al nacimiento de Cristo, y al glorificar en la Eneida la monarquía que nace con Augusto −al mismo tiempo en que nace Cristo−, Virgilio parecía crear el elemento divino en que estas dos tradiciones se juntan y perduran para siempre. Ese gran mito se viene abajo en el siglo XIX, cuando la monarquía pierde su predominio y, sobre todo, su origen divino. Pero yo creo que Virgilio cumplió esa función porque su Eneas fue leído como el gran héroe homérico, y en realidad sería más apropiado leerlo como un antihéroe. Si uno se olvida del mito y se atiene a lo que dice Virgilio, es un ser muchas veces despreciable. ¡Olvidémonos del héroe épico, es un ser de carne y hueso! Creo que entenderlo de esa manera lo haría mucho más atractivo para el lector moderno, lo rescataría. Y sería, además, una lectura más fiel al texto.

¿Entonces Virgilio no admiraba tanto a Augusto?

−O no lo admiró todo el tiempo. Mi impresión es que esos altibajos de Eneas reflejan las distintas percepciones que Virgilio tuvo de Augusto durante los diez años en que escribió el poema.

¿Pero él se podía permitir que Augusto quedara mal?

−Virgilio se podía permitir lo que él quisiera. Y si Augusto se veía mal retratado iba a tener problemas, pero creo que la fidelidad a su plan, que era dar cuenta real de este nuevo inicio, le importaba mucho más que quedar bien con Augusto.

Pero si quería fundar una dinastía, el prócer tenía que estar a la altura.

−Por supuesto, pero ahí viene la parte delicada: si yo estoy en lo cierto, ¿qué rol, finalmente, le da Virgilio a Augusto? El rol de haber preparado el camino para Marcelo, su sobrino, al que Virgilio le había destinado el lugar de Iulus, el hijo de Eneas.

O sea que Augusto, en ese poema épico que había esperado por diez años, al final se iba a encontrar con que le estaban diciendo “retírate”.

−Exactamente. De hecho, Virgilio se lo viene insinuando desde las Geórgicas: “Ya es tiempo de que abandones la tierra y seas transformado en un dios”. Pero en la Eneida no se lo alcanza a decir del todo porque el año 23 a. C., mientras está escribiendo el libro, se muere Marcelo. Es decir, su plan se viene abajo. ¿Y por qué los últimos libros del poema casi nunca se leen? Porque muestran precisamente un mundo que se viene abajo. Eso confirma, al menos para mí, que Virgilio fue fiel a sí mismo de principio a fin. Todo lo demás podía venirse abajo, pero no la coherencia de la obra poética.

Por eso es tan desconcertante que su última voluntad haya sido quemar la Eneida para que nunca se leyera. Incluso mandó a pedir el manuscrito para quemarlo él mismo, por si no le hacían caso.

−Bueno, esa es una de las anécdotas más conmovedoras de la literatura occidental. Y nunca sabremos bien qué pasó, pero el último mes de Virgilio tiene que haber sido muy complejo. Él viaja a Atenas para quedarse allá un par de años, pero al llegar se encuentra con Augusto y se ve obligado a regresar con él a Roma. Y termina muerto a causa de una insolación que sufre durante el viaje. Incluso existe la conjetura de que Augusto lo asesinó. Yo no me meto a especular ahí, pero debió ser una situación muy extrema, por ser un regreso forzado y porque Virgilio tiene que haberle mostrado el poema a Augusto. Y en esa situación, tiene sentido que haya dicho “tuve un gran plan, concebí un mundo, pero ese mundo se vino abajo: mejor quemémoslo”. Pero para serte franco, no me puedo explicar que después de dedicarle tantas energías mentales, y sabiendo muy bien la magnitud de la obra que había creado, al final haya querido destruirla.

Y tú, ¿te liberaste de Virgilio?

−Eso espero, pero es pronto para decirlo. Ahí tengo los tres libros, de repente los abro, los corrijo…

¿Los que acabas de publicar?

−Sí.

O sea que tu mal no tiene cura…

−Yo no sería tan categórico, porque los corrijo con una cierta conciencia de estar haciendo algo absurdo. Eso me da alguna esperanza.

EL MILENIO SEGÚN VIRGILIO

Antonio Cussen

Tácitas, 2018, 495 páginas