(*En la imagen: Rodrigo Fluxá, autor del libro Usted sabe quién).

Te fuiste a vivir dos meses a Puerto Montt para seguir un juicio que iba a seguir todo Chile, sobre un caso que llevaba siete años en los medios. ¿Qué te hizo creer que podías encontrarle otra vuelta a esta historia?

−Que yo mismo llevaba casi seis años averiguando el caso y nunca me había aburrido. Y hasta hoy, si me pongo a conversar con un amigo, podemos elaborar teorías durante dos horas. Incluso cuando he comentado el caso con gente del extranjero, todos quedan locos. Creo que eso pasa porque es un caso que apela a miedos muy universales.

¿Qué tipo de miedos?

−Primero, que tú nunca terminas de saber quién es la persona que tienes al lado. Y segundo, que esa persona también te puede matar. De hecho, es la historia de la mayor parte de los femicidios. Por eso este caso enganchó tanto con un público de matinales y señoras.

“Este caso apela a miedos muy universales. Primero, que tú nunca terminas de saber quién es la persona que tienes al lado. Y segundo, que esa persona también te puede matar. Por eso el caso enganchó tanto con un público de matinales y señoras”.

Dices que este crimen no enciende muchas pasiones feministas, pero sí conmueve mucho a las dueñas de casa.

−Y es interesante, porque las otras manifestaciones son más notorias, pero en Chile hay una mayoría de dueñas de casa que se conmueven más con esto. Algo hay por ahí, algún miedo, que conectan con Anguita. Y la verdad es que mi interés en el caso pasa por otro lado, pero también me enganché con el personaje viendo un matinal. Había una experta en gestos analizando a Anguita, y dije “esto es muy loco”. Me imaginé ser Anguita y ver que en la tele están analizando cómo sonrío, cómo cierro los ojos. Y lo raro que tiene que ser vivir en una ciudad donde todos creen que soy un asesino. Ahí fui a Puerto Varas a entrevistarlo. Y un mes y medio después, aparece el sicario confesando. Pero volviendo a tu pregunta, mi expectativa con este libro no era resolver el crimen, estaba buscando otras cosas.

¿Qué cosas?

−Primero, hacer el ejercicio de meterme en un tema muy a fondo, para poder tratarlo con propiedad. Y eso funcionó. Yo me daba cuenta cuando los testigos mentían en el juicio. Y detectaba cosas que los jueces no, porque ellos no tienen acceso a todo el material, se supone que llegan “descontaminados” a ver las evidencias por primera vez. Además, al vivir allá, me pude abstraer completamente. Pasé dos meses pensando sólo en el caso. Y una segunda motivación es que hace mucho tenía ganas de ir a un juicio completo. El Centro de Justicia es uno de mis lugares favoritos de Santiago, porque está siempre hirviendo de historias. Y es un lugar de encuentro social como quizás no haya otro en la ciudad.

¿Por qué?

−Es loco pensarlo, pero no hay otro lugar donde se crucen el joven cuico que atropelló a alguien y el joven narco de una población. Y además es un lugar entretenido, porque las audiencias son súper teatrales. Un juicio, al final, es un choque de dos narrativas, y eso se parece mucho a lo que hacemos en el periodismo. Aunque en este juicio, curiosamente, ganó la peor narrativa, tan mala que no tiene sentido. El fallo deja unos hoyos que, si esto fuera una película, serían inaceptables. Te obliga a asumir que Jaime Anguita recibió una pitanza, “oye, tengo a tu mujer”, a la misma hora en que otro tipo la estaba matando en su casa, sin conexión entre ambos. O si no, que un ladrón mató a una mujer y partió a un cibercafé a llamar al marido para contarle. Yo no digo que el fallo sea errado, digo que aquí la verdad judicial le ganó a la verdad lógica.

¿Un buen lector del libro debería llegar a la misma hipótesis que tienes tú sobre si Anguita es culpable o inocente?

−Pienso que el libro da herramientas suficientes para que el lector, como dicen los juristas, haga convicción sobre si él mató o no a esa mujer. De hecho, el lector está en mejor pie que los jueces, porque tiene todo lo que ellos escucharon y otras cosas que no sabían. Pero cada lector se formará su juicio, yo no soy quién para decir si Anguita es culpable o inocente. Mi posición es que aquí hay un fallo y los fallos se respetan, pero el rol del periodismo es investigar a todos los poderes y el poder judicial ha pasado un poco colado. Como que los jueces que tienen un aire de infalibilidad, nadie pone en duda sus decisiones.

Es como un principio de convivencia.

−Porque los jueces tienen una labor tan importante, tan delicada, que uno quiere creer que ellos deciden con mucha más información de la que tenemos nosotros. Pero eso es puro voluntarismo. Cuando estás ahí, llegas al día 50 del juicio y dices “chucha, yo escuché lo mismo que ellos y no sabría qué hacer, sería casi un acto de fe creerle a uno o al otro”. Porque no había ninguna prueba científica. Y pasan cosas chocantes. Un testigo, que era empleado de Anguita, dijo durante la investigación que el día del crimen lo llamó a las 12 del día y Anguita le dijo “no puedo hablar porque tengo un problema familiar”. Y si Anguita es inocente, él no tenía ningún problema familiar a esa hora. Pero este testigo, en el estrado, dijo que en verdad no había querido decir eso, que los policías se confundieron. En cambio otro empleado, que durante la investigación no había dicho nada, declaró en el estrado que habló con Anguita a la 1 y que también le dijo que tenía un problema. ¿En base a qué decides a quién creerle? Y esto te pone a dudar sobre cómo has trabajado antes.

“Los jueces tienen una labor tan importante, tan delicada, que uno quiere creer que ellos deciden con mucha más información de la que tenemos nosotros. Pero eso es puro voluntarismo. Cuando estás ahí, llegas al día 50 del juicio y dices ‘chucha, yo escuché lo mismo que ellos y no sabría qué hacer’”.

¿Como periodista?

−Claro, porque uno toma las declaraciones de las carpetas judiciales como si dijeran alguna verdad. “¿Eso salió en la carpeta? Ah, ya, estamos”. Y de partida, esas declaraciones no deberían citarse textuales, porque están traducidas por un PDI a lenguaje policial. Pero además, están llenas de mentiras, y acá lo corroboré totalmente: en casos así de polarizados, la gente que miente es el 50%. Y esto te marea un poco: cómo buscar verdades en un pantano así. Y la forma que encontré fue mostrar siempre de dónde conseguí la información, no guardarme cartas. Por eso, el libro parte contando los 42 días que pasaron entre la desaparición de Viviana Haeger y el hallazgo de su cuerpo, con todos los datos que acusan a Anguita. Pero más adelante están los mismos 42 días con las explicaciones de Anguita para todo eso. Y ahí ves lo que pasa en los juicios: la verdad depende demasiado de quién la cuenta. Da susto la poca certeza que te entrega el sistema judicial.

¿Quedaste más preocupado por nuestra justicia o por nuestras policías?

−Son dos problemas distintos. En el caso de las policías, esta investigación significó un papelón histórico, de los peores. Es una mancha que la PDI asume, no la oculta. Y el sumario interno es una tragicomedia: “es que yo no tenía linterna”, “es que yo asomé la pura cabeza”. Ahora, no todos los policías son así. El segundo equipo que agarró la investigación, la reorientó bien. Pero lo que a mí me preocupa, al final, es el desconocimiento de la gente del sistema judicial. Creo que es un tema que en algún momento va a explotar.

¿Explotar cómo?

−Mira, una anécdota. Semanas después de este fallo, en el mismo tribunal de Puerto Montt, formalizaron a un hombre acusado de violar y matar a una guagüita. Obviamente fueron todos los vecinos al tribunal, básicamente a tratar de lincharlo, y algunos pudieron entrar a la sala. Entonces termina la audiencia y la jueza dice “damos 60 días de prisión preventiva para completar la investigación”. Y salió alguien a contarle al resto que esos 60 días eran la condena. Empezaron a tirar piedras y casi queman el tribunal. ¿Cómo no va a ser un problema grave? Y la responsabilidad sobre esto es variada, entonces siempre se la reparten.

El rol de esa persona que salió a avisar, de hecho, a veces lo cumple la prensa.

−Sí. No sé si a ese nivel, pero la verdad es que yo hablo con periodistas y editores que no saben lo que es una formalización.

¿O les conviene no saber? Ya no se explica que insistan en anunciar que un imputado “quedó libre” porque no quedó en prisión preventiva.

−Yo asumo que en general no es por mala intención. Veo más mala intención en cómo los políticos comunican esas cosas, cuando hablan de “jueces garantistas” o “puerta giratoria”. Eso es desinformación pura, populismo penal, y está creando un nivel de efervescencia y de odio contra el sistema judicial que sólo conduce a la barbarie. Porque si tú crees que son todos una manga de inútiles corruptos, el paso siguiente es la justicia por mano propia. En Temuco, hace dos años, ya mataron a golpes a un niño acusado de violación.

¿Para ti el sistema funciona mal o sólo está mal comunicado?

−No, también hay problemas con la presentación de las pruebas. Porque tenemos una legislación moderna, pero sin las policías que aporten ese estándar de prueba. Hay un gap, digamos, entre lo que exigen los jueces y lo que entregan los policías. Y la solución sería capacitar a las policías, pero eso toma 15 años. ¿Qué hacemos por mientras con la gente que se siente violentada al ver en la calle a personas que, con la información que tiene, considera culpables? Eso pasa hoy en Puerto Varas con Anguita. Y además, desde afuera se vio que un rico le encargó un homicidio a un pobre y el que queda preso es el pobre. Yo creo que este caso también fue un buen test para esa sala, porque para ellos era mucho más fácil condenar a Anguita.

El fallo tiene una frase que, después de leer tu libro, da un poco de nervio: si bien muchas conductas de Anguita llamaron la atención, “estas sólo alcanzaron para ello, llamar la atención”.

−Sí po, da susto. Es todo tan endeble, depende tanto del azar… Si el cabro del cibercafé desde el cual llamaron a Anguita, que era el testigo estrella, hubiera amanecido con otro humor el día que le tocó testificar, quizás hubiera dicho “sí, ese pelado que está ahí [José Pérez] fue el que entró a llamar”. Y ahora tendríamos que estar tratando a Anguita como un psicópata en brote. Pero estaba chato de ir a declarar y con razón, si por culpa de este juicio perdió a la polola y perdió la mejor pega que podía tener. Lo hicieron ir a Puerto Montt ene veces, viviendo en otras regiones, para pedirle que se acuerde de un pelado que vio durante trece segundos hace siete años. ¡No quería más!

Y es sorprendente, como decías, la cantidad de gente que declara una cosa y después otra.

−Pasan cosas muy raras y tú no puedes saber qué intenciones hay detrás. ¿Qué significa que Anguita haya dado tres fechas distintas de su aniversario de matrimonio? Puede significar lo peor o puede no significar nada. Una secretaria se acordó en el juicio de que Anguita, horas antes del homicidio, tenía los ojos llorosos, cosa que no había dicho cuando la entrevistaron dos días después. El perito médico, que es de los más famosos de Chile y se supone que ha resuelto veinte mil casos, se paró en el estrado a defender que no había intervención de terceros, a dos metros del asesino confeso. Es como un micromundo en que las cosas empiezan a perder el sentido, porque todos ocupan el espacio que tienen para empujar su agenda. Llega un momento en que la verdad da realmente lo mismo.

Durante el juicio, te devolvió la fe un fiscal que no quería meter pruebas truchas.

−Sí, uno se admira. Él sabía que el cabro del cibercafé no iba a reconocer al sicario. Entonces yo le pregunto para qué lo subió al estrado, y me dice “porque mi pega no es culpar a nadie, es exponer todos los elementos posibles”. Un poco de dignidad.

ANGUITA Y ANGUITA

Dices que si uno se queda mirando el rostro de Anguita, sus rasgos faciales se difuminan. Lo mismo pasa con su mente: es un ser inasible, uno lo nunca termina de encasillar.

−Es alguien que muy pocas veces hace lo que tú esperas que haga. El libreto que tú le asignes, él lo rompe. Entre los mismos abogados del caso, tipos inteligentes, con experiencia, algunos lo creían un asesino sicópata en brote y otros el falso acusado más grande de la historia. Es una personalidad bastante magnética, la verdad.

¿Te pareció que lograbas captar qué pasaba adentro de esa cabeza?

−Es que yo creía que lo captaba, pero salía con unas actitudes… Durante el proceso hizo muchas cosas ilógicas, como agarrar el auto para irse a pelear con el carabinero que le tomó la primera declaración. Nadie hace eso para que lo crean inocente. Como que hay una pulsión… da la impresión, a veces, de que quisiera que lo pillaran. Yo espero haber aprendido a conocer su cabeza, porque cuando fui la primera vez no la capté tan bien, siendo que he visto cosas bastante raras. Bueno, lo cuento en el libro: esa vez estaba tan sugestionado por los matinales que creí que el tipo me podía matar a mí.

Cuando fue a la cocina a buscar un jugo.

−Sí. Es tonto, pero ese es el nivel de sugestión que te pueden crear los medios sobre alguien. Ahora, ¿cómo es realmente Anguita? No te lo puedo decir, porque siempre se salió del cuadrado en que yo lo trataba de encasillar.

Si es inocente, hace cosas inexplicables, y si es culpable, durmió 42 días con su esposa muerta del otro lado de la pared.

−Y armó una especie de santuario justo en esa pared. Había puesto cruces, como una pequeña gruta. Si es culpable, es una mente perversa con rasgos un poco sádicos, y si es inocente, no sé cómo calificarlo.

Además, a veces parece inteligente y otras veces tonto.

−Totalmente. Cuando discutía con sus abogados, siempre me enumeraban sus errores incompatibles con una mente criminal perfecta. Y esto no se sabe, pero hace unos seis meses me escribió una hermana de Viviana Haeger, que vive al frente de la casa donde ocurrió todo: “Jaime se vino a vivir acá”. ¡Volvió a vivir a la misma casa! Al frente de gente que lo cree un asesino. Eso es Anguita: sea inocente o culpable, es igual de raro. Lo que sí, es un muy buen padre, al parecer.

¿Quizás demasiado bueno?

−Bueno, eso planteó la fiscalía, que él tenía miedo de perder a las hijas. Yo me remito a decir que a las niñas nunca les ha faltado nada.

La mamá…

−Es verdad, pero no sabemos si él es el culpable de eso.

Lo que sí dices es que él sólo la buscó a ella para tener hijos.

−Y no lo digo yo, lo dicen testigos que lo conocieron. ¡Y me lo dijo él mismo! Eso fue muy loco. En el juicio llevaban varios días discutiendo esa tesis de la fiscalía: que él la había buscado a ella sólo para procrear. Y revisando el bruto de mi entrevista con él, descubrí que me había dicho exactamente lo mismo: que en el fondo la eligió porque tenía que elegir a alguien. Y según creen los Haeger, eligió a Viviana porque cumplía con ciertos parámetros: era como alemana, bonita, le permitía tener los hijos o hijas que él se había imaginado.

Y tiempo antes de casarse, cuando una ex polola suya quedó embarazada, quería asumir la paternidad del hijo, habiendo un padre presente.

−Y los Haeger cuentan que cuando iban a Quillota a pasar las vacaciones, él dormía en la pieza de su mamá y no con su señora. Ahora, ¿todo esto prueba algo? Vivian, su hija, dice con mucha razón: primero, no es delito ser raro, y segundo, ponle la lupa a la vida privada de cualquiera y, si buscas a un loco, lo vas a encontrar.

TU MORBO

Cuando te refieres por primera vez al amante de Viviana Haeger, escribes: “En este punto te pido un poco de decencia. […] Contrario a lo que piensas, no estoy acá para satisfacer tu morbo, a menos que sea estrictamente necesario”.

−Cuando ocupo esa segunda persona se supone que le hablo al editor del libro, pero en el fondo es una manera de interpelarme a mí mismo. Y al lector. La semana pasada, cuando salió la promo del libro, los matinales empezaron a llamar y la editorial les dijo “desde el lunes, cuando esté en librerías”. Pero uno de los matinales dijo “filo” y hablaron una hora del libro, sin saber qué decía. Y me escribieron de otro matinal: “hueón, es que nos están matando en rating”. ¡Sin ningún dato nuevo! Entonces, todos somos culpables de esta cuestión. El público siempre se la lleva pelada, pero si está lleno de tonteras en las noticias es porque la audiencia las elige, y en la era digital ya lo puedes medir con certeza absoluta.

Pero no hay manera de contar esta historia sin dejarle lugar al morbo.

−Sí, es inevitable. Y el periodismo tiene un poco de morbo siempre, porque parte del interés por la vida de otros. Yo trato de limitarme a lo que sea relevante para la historia. La sexualidad de Anguita, por ejemplo, se discutió en el juicio porque reforzaba el móvil que planteaba la fiscalía: la distancia entre él y su señora. Pero no me voy a poner a meter morbo con cosas de la hija. Ahí había más material, pero ella es una víctima, no está en juicio, pese a que muchos medios trataron de enjuiciarla.

Es una parte delicada del libro.

−A mí me gustaría remarcar que las hijas son víctimas en todo sentido. Sobre todo la mayor, porque ha sido muy hostigada: que cómo no defiende a la mamá, que tiene algo raro con el papá, que hay algo enfermizo…

Casi que había algo incestuoso, por decir que su papá era inocente.

−Claro, imagínate. Mi llamado es a ponerse en sus zapatos: quedó una situación imposible, no tenía cómo salir bien de ahí. Y por el hecho de ser una persona muy inteligente, creo que le costó más todavía.

¿Por qué?

−Porque tuvo que analizar esto y llegar a una conclusión. Y lo analizó y concluyó que su papá no era culpable, pero aun así la juzgaron. Ella ya perdió a su mamá, y que su papá fuera culpable incluía perder al papá, teniendo además una hermana chica de la que debió hacerse cargo mientras el papá estuvo en prisión preventiva, casi dos años. Creo que recién entró a estudiar el año pasado, y estoy hablando de una mujer brillante, que tenía como 6,8 de promedio y sacó 800 puntos en la PSU.

En la entrevista que le haces se la percibe muy lúcida, pese a todo lo que le tocó.

−Es bien sorprendente. Y me gusta esa entrevista porque te muestra el derecho a juzgarte con que se cree la gente a raíz de lo que sale en un matinal. ¡Pero qué se creen! Las señoras en el juicio la agarraban a chuchadas, por mala hija. De eso trato de acordarme siempre, por eso no voy a los paneles de los matinales.

“Me gusta esa entrevista [a la hija de Anguita] porque te muestra el derecho a juzgarte con que se cree la gente a raíz de lo que sale en un matinal. ¡Pero qué se creen! Las señoras en el juicio la agarraban a chuchadas, por mala hija. De eso trato de acordarme siempre, por eso no voy a los paneles de los matinales”.

Ahí se hace evidente que reclamar justicia no es siempre un acto de nobleza.

−Ni de empatía. Ella me contaba que llegó un momento en que miró a su papá a los ojos, para ver si estaba frente a un psicópata. ¿Cómo no vas a empatizar con alguien que hace eso? Lo que haya decidido después de eso, nadie puede cuestionarlo.

EL PERIODISMO

Aunque se trate de un asesinato terrible, en tu libro hay mucho juego narrativo, incluso sentido del espectáculo. ¿Se puede decir que esto es también periodismo de entretención?

−Mientras se entienda que el fin del libro no es entretener. O sea, yo espero que esto se lea como una historia que pone en tensión preguntas importantes: cómo decidimos quién es culpable de algo, cómo funciona nuestro sistema de justicia, cómo impacta lo mediático en lo judicial. Otra cosa es que ocupe recursos narrativos para que eso funcione, porque ofrecerle un libro plano a gente que tiene Netflix es asumir que no lo van a leer. Pero al final hay un capítulo que cuenta los últimos días de Viviana Haeger, y ahí la intención es no olvidar que se murió una persona.

La voz que elegiste para contar la historia, al menos en el contexto del periodismo chileno, está muy lejos de la convención. Una apuesta ambiciosa.

−Sí. Puede funcionar o no, pero no quería hacer lo otro: pasarle la máquina a la historia, la fábrica de salchichas. ¿Te has fijado que todos los reportajes del fin de semana parecen escritos por la misma persona? Es muy raro: el mismo tono neutro, como un robot omnisciente que escribe igual sobre cualquier tema. Uno pensaría que eso te lo imponen los medios, pero yo estuve en un medio y no me imponían cómo escribir, entonces también hay una parte de flojera. Yo he visto libros periodísticos que parecen carpetas judiciales vomitadas. Y de verdad no entiendo con qué fin se publica eso, si nadie gana plata haciendo libros. O de repente me pillo con alguien que empezó a escribir un libro, me lo vuelvo a pillar a los tres meses y ya lo terminó… O sea, buena onda, pero me imagino que un libro pretende dejar algo que perdure un poquito. Y eso también le hace mal al formato, porque si la gente no está acostumbrada a leer libros periodísticos y justo agarra uno que es el vómito de una carpeta, no va a comprar otro. Podemos tratar de poner un estándar un poco más alto para generar nuevos lectores.

Acá te pasaste del robot omnisciente a escribir en primerísima persona.

−Y yo odiaba la primera persona. Pero como siempre en la vida, uno termina haciendo las cosas que criticaba. Hay periodistas que son exhibicionistas y otros que son voyeristas. Yo soy de los voyeristas, estas entrevistas las hago porque estoy obligado. Y este libro fue como un paso al exhibicionismo, pero muy controlado, porque no estoy hablando de mí. Y el tono de ese narrador tampoco es el mío, yo no soy tan pichulero ni tan ocurrente. En todo caso, es un narrador que no llega a dar cátedra, porque parte siempre desde la duda y él mismo se equivoca. O sea, vive el proceso de reporteo tal como es: 95% humillaciones y 5% certezas.

Claro, tampoco es que te pusiste a hacer literatura…

−¡No, no! Esto fue un reporteo brutal, cuatro años de recopilar información de manera obsesiva, escuchar 3 mil horas de llamadas, leer las 5 mil páginas del expediente, hacer un montón de entrevistas… Y no tiene intención literaria, sino periodística. O sea, escribir 300 páginas donde todo sea verdad es más difícil que escribirlas bonito. Mi pega es que a alguien le pueda enojar el tono de algo, pero que no me diga que no es verdad. Fue lo que me pasó con el libro sobre el crimen de Zamudio [Solos en la Noche, 2014], que le molestó mucho a cierta gente pero no había ningún dato refutable. Hasta el papá de Zamudio, cuando lo criticó hace poco en El Desconcierto, dijo “en verdad no tiene ningún dato errado”. También dijo que yo gané 50 millones con los derechos del libro. Puta, ojalá… Le escribí al colega de El Desconcierto, “oye, buena onda pero no costaba nada llamarme para preguntar”. No me respondió.

En muy pocos años, el periodismo escrito tuvo que pasar de buscar lectores a buscar reacciones: clics, likes, comentarios, shares

−Sí, pero yo no funciono mucho así, no tengo ni Twitter ni Instagram, no recibo mucho feedback. Y nunca medí la calidad de un reportaje por las reacciones. Escribir buscando una buena reacción es fatal, atenta contra todo el espíritu de lo que hacemos. El periodismo nació para mostrar mundos nuevos. Cuando le dices a la gente lo que quiere oír, eres un algoritmo de Facebook. Por eso escribí ese capítulo que es la misma historia al revés: ¿te gustó la versión en que Anguita es un loco culpable? Ya, léete esta otra, a ver si te gusta tanto. Y la verdad es que gusta menos. Porque este caso está muy en sintonía con los tiempos: todo el mundo tiene una opinión muy firme y muy desinformada.

¿Crees que el periodismo bien hecho, con tiempo para reportear y escribir, está en riesgo de desaparecer porque nadie quiere pagar por él?

−Creo que en cinco años más, así como lo conocemos, no va a existir. O sea, hace cinco años llegaba el viernes y yo quería ver qué llevaban la Paula, la Qué Pasa. Hoy ya no tengo qué buscar. Pero yo confío en que esto sí va a sobrevivir.

Los libros.

−Sí. De hecho, con un socio estamos creando una editorial de no ficción −que se llama Tensa Calma, como el cliché− y ya firmamos a cuatro autores para publicar el año que viene. Porque cuando las revistas se caigan todas, algo va a tener que quedar parado. Pero sí, todas las señales son malas. Y esta crisis también pasa por las audiencias, que están en un nivel… Hace no mucho leí en Emol que la Universidad de Chile recomendaba no bañarse en una laguna, porque detectaron un contaminante peligroso. Y había cien comentarios abajo diciendo “qué se creen esos hueones, que me van a decir dónde me puedo bañar”, con teorías conspirativas, qué sé yo… Y los periodistas, en vez de diferenciarse, se han unido a esta maquinaria. Hay una moral perversa en esto de asumir que la audiencia tiene la razón. Primero, ya no sé si quieren contenido de calidad, al parecer prefieren que les reafirmen lo que piensan. Y si lo quieren, no están dispuestos a pagarlo. Cuando se cierran medios te das cuenta de que realmente no le importa a nadie, sólo a los periodistas. A los políticos tampoco les importa.

También pasa que la prensa, con internet, dejó de ser necesaria para muchas cosas. Tú mismo dices que ahora la competencia es Netflix.

−O sea, si hay periodistas que todavía creen que su competencia no es Netflix, están en un grave error. El periodismo no puede plantearse como una tarea para el lector: “Oye, haznos el favor de leerte esto, es muy necesario para la democracia”. Eso no va pasar, nadie quiere hacer tareas en su tiempo libre. Y también hay un problema con los mandos: los medios deben ser de las industrias menos meritocráticas en Chile. Es espantoso. La gente que toma las decisiones no puede parar un reportaje de 6 mil caracteres, no sabe hacerlo.

“Los medios deben ser de las industrias menos meritocráticas en Chile. Es espantoso. La gente que toma las decisiones no puede parar un reportaje de 6 mil caracteres, no sabe hacerlo. Y hay mucho de clasismo. Es cosa de ver en qué colegio estudiaron los lectores de noticias, dónde viven. ¿Cómo puede ser que todo el talento periodístico salga de dos comunas?”.

Te estás tirando a todos encima…

−Pero es verdad. Y hay mucho de clasismo, también. Es cosa de ver en qué colegio estudiaron los lectores de noticias, dónde viven. ¿Cómo puede ser que todo el talento periodístico salga de dos comunas?

¿Qué crees que buscan los medios al elegir su personal con ese sesgo?

−Mira, cuando yo fui a mis primeras reuniones de pauta, sentía que era mal periodista, porque no cachaba los comentarios que traían: “Oye, parece que este ministro se separó de tal ministra”. Era información a la que yo no accedía, porque estaba en otros círculos. Por mucho tiempo me sentí mal. Otra vez fui a una entrevista de trabajo y lo que querían saber era a qué gente importante tenía en mi celular. Y eso todavía pasa. Si quieres armar una revista es un plus tener a alguien cuico, porque conoce gente, te trae las pautas cuicas. Y en realidad la gente que lee diarios es más cuica, entonces quiere leer de su mundo. Pero está mal. Hay textos buenos y textos malos nomás, no debería importar otra cosa.

Estudiaste Periodismo en la Universidad de Chile. ¿De ahí sacaste el oficio del reportero?

−No, aprendí muy poco en la Chile.

¿Se había perdido esa escuela de los 80?

−En los 90 era la escuela del Chancho Cero, esa fue la escuela donde estudié. Pero sí había una mística de la Chile que es bacán. No sé ahora, pero el material humano era súper bueno, entraban treinta personas. Entonces, aunque fueran muy flojos y muy carreteros, que lo éramos, siempre había algo que aprender en los patios. Pero a reportear aprendí trabajando. Y en realidad, uno nunca puede decir que ya aprendió. Hace cuatro años yo creía que reporteaba bien y que había hecho unas inmersiones brígidas en ciertos temas, y ahora veo que eran ahí no más.

¿Qué habilidad crees tener para perseguir buenas historias?

−Dudo que tenga una gran habilidad para contarlas, al menos. No tengo un gran uso del lenguaje. Y no tengo ninguna habilidad para abordarlas, porque no soy una persona muy simpática, no me relaciono bien con la gente.

¿Y por qué te ganas siempre los premios?

−Yo creo que lo único en que soy bueno es cachando dónde hay conflicto, dónde las historias se tuercen. Y me gustan las torceduras no evidentes, las que no están mirando los otros. Por ejemplo, he hecho hartos reportajes sobre “pobreza”, pero me cargan los reportajes de pobreza en los que suenan violines, los de pobreza dickensiana.

Los violines para llorar.

−Sí, para llorar y que el culpable es el sistema. Y me cargan porque así no te acercas a lo que le pasa a la gente que crees estar retratando.

Los reduces a ser el resultado de lo que hacen los de arriba.

−Ese es el problema. Por verlos de manera compasiva, los obligas a comportarse como tú quieres que se comporten. Una vez estuve una semana en el sur con un cabro que hacía portonazos. ¿Tú crees que él se sentía una víctima? ¡No estaba ni ahí, hueón! Siempre es mala pega hacer calzar al mundo en tu cabeza. La buena pega es que tu cabeza se adapte al mundo.

USTED SABE QUIÉN

Rodrigo Fluxá

Catalonia / Periodismo UDP, 2019, 331 páginas.