Este domingo fue un día donde yo me reconocí. Quizás, una de las pocas cosas que he hecho bien en mi vida y de la cual me siento orgulloso. Jamás he sido el mejor hijo, ni el mejor hermano, ni el mejor periodista. Como amigo soy un poco extraño, algo narciso y soberbio. Como pareja, alguien descartable y demasiado atormentado como para convivir con los tormentos de otro.

La gente y yo nunca nos hemos llevado del todo bien y mis relaciones son funcionales: lo digo sin pudor. Desde niño fui raro, silencioso, algo sociópata y apático. Entre la torpeza y el retraimiento comenzó desde muy temprano, ladrillo a ladrillo, la construcción de un muro que concluyó en la madurez en una enorme estructura casi impenetrable.

A estas alturas para quienes a lo largo de mi vida se han lanzado al desafío de cruzarla, la verdad, no guardo ningún pensamiento. Para ser franco, nunca le tuve mucha fe a ninguno y siempre pensé que sería una tarea peligrosa para mí y para ellos. Sus nombres están actualmente en la parte trasera de mi memoria, en el museo de los malos recuerdos. La prueba era muy grande o más grande fue el desinterés de tan compleja aventura. Eso jamás fue amor, lo he decretado, aunque la verdad jamás la voy a conocer.

De ese sentimiento amoroso y compasivo que ayuda al hombre a sentirse menos solo y a romper con la angustiante realidad del permanente separatismo del alma, yo tuve acceso por otra vía. Llegaron desde niño los primeros lengüetazos salibosos y sinceros. Primero fue la cachorrita maltesa de una prima y después, un callejero adoptado por un vecino. Sus colas eran códigos de felicidad y de necesidad de cercanía. Siempre pensé en los animales como la puerta de acceso hacia algo superior.

Mi relación con cada uno de los más de veinte animales con los cuales he compartido mi vida transitó de los juegos infantiles, a una canalización de energía sanadora y terapéutica, con sentido de transcendencia absoluta. El debate humano y su pulsión de darle geometría a las emociones, es no entender cómo funciona la naturaleza. Es menos predecible, nada de analizable ni mentirosa. Es explosiva, espontánea, cercana, reconfortante y energética. Así son los animales, así es convivir solo con ellos y sacarlos adelante.

Ellos descodifican al natural… desarrollan el calor muscular del cariño sin reprensión alguna. Dan todo y piden nada. Viven poco, pero son capaces de hacerte sentir como si fuera toda una vida, porque finalmente es toda su existencia al servicio de nuestra compañía. Les agradezco a ellos haberme empujado a descubrir todo lo leal que puedo ser y desde un plano más elevado enseñarme -como nadie nunca antes- a ser más humano, a volver a ese sentimiento de origen que no se mide por estadísticas ni pensamientos y que obedece a la ley natural.

Para ustedes y todos los que son como ustedes, yo guardo lo mejor de mí, aunque el precio sea perder a veces a los que son como yo. Por eso me celebro por el cuidado, el cariño, la lealtad y el juego de vivir animales: “Feliz día Papá”, me digo en silencio y aunque no verbalizo, ellos igualmente agitan su cola, porque saben que a mí no me hace falta más para sentirme festejado.