Durante el primer gobierno de Michelle Bachelet, Juan Carlos Silva se fue con una Beca Chile a hacer un máster en derecho en Berkeley. Hasta entonces, trabajaba en el estudio Otero y era socio fundador del espacio cultural Salón Tudor. Se especializó en derechos de autor, porque quería unir ambos mundos, una idea que le atraía desde que sacó la licenciatura en estética además del título de abogado en la PUC. De vuelta de Berkeley, con una pega en el mundo privado prácticamente segura, optó por incorporarse al equipo del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes.

—Me parecía interesante trabajar en el entonces Consejo. Le llegó mi currículum a Luciano Cruz-Coke y en 2011 empecé a trabajar más propiamente en temas legislativos, incluyendo las primeras etapas del proyecto del ministerio. Luego ya vino el cambio de gobierno y aunque a Claudia Barattini la conozco y la quiero mucho, ella me dijo “comprenderás que no puedo andarme paseando contigo por el Congreso”.

En 2013, Silva se convirtió en vicepresidente de Deportes Iquique, y era dirigente de la ANFP cuando trabajó en los equipos programáticos de Sebastián Piñera en el área cultura. Dejó la Asociación para asumir su cargo en el flamante ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio el 11 de marzo de 2018.

—Trabajar desde un gobierno de derecha en lo que tiene que ver con el desarrollo cultural es una oportunidad bien única, un desafío bien importante y he encontrado, de cara al sector artístico cultural, muy buena disposición. He podido hacer un trabajo integral con la ministra Consuelo Valdés y con el subsecretario del Patrimonio, entendemos cuáles son esos valores que distinguen al sector cultural de otros sectores, y eso nos ha permitido enfrentar los desafíos que hemos tenido —dice Silva desde su oficina que da al Paseo Ahumada.

Han sido meses agitados: la ley que creó el ministerio se publicó en el Diario Oficial el 1 de marzo, diez días antes del cambio de mando. Había que echar a andar la institución, que implicaba el desafío no menor de reunir bajo una misma rúbrica, por fin, a la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, el Consejo de Monumentos Nacionales y el Consejo de la Cultura, más otras reparticiones que aún seguían al alero del ministerio de Educación. Por el camino, salieron la ministra Alejandra Pérez y, en agosto, después de solo unas horas en el cargo, Mauricio Rojas.

Silva se tomó muy en serio su papel en medio de las tormentas que agitaron al ministerio, y para explicarlo recurre a su experiencia en el fútbol: dice que nunca quiso ser “el abogado al que le gusta la cultura”:

—Me pasaba con el fútbol: veía gente que era de otros rubros —algo que no tiene nada de malo—, para la que el fútbol era su espacio de confort, cuando no tiene que serlo: tiene que ser algo que enfrentas con la misma rigurosidad que tu tarea principal.

No puede ser un hobby.

—Es lo mismo que acá: no puede ser una afición B, es algo a lo que hay que dedicarle mucho tiempo, estudio, estar encima.

En ese sentido, ¿cómo has visto la instalación del ministerio, cómo ha sido el proceso?

—Es una contingencia que creo que no le ha tocado a ninguna otra institución pública en la historia: convivir con un cambio de administración, cambio de la institucionalidad y cambio de tres autoridades ministeriales. Y lo único que ha hecho posible que salgamos adelante en esa circunstancia única es un sentido de equipo, de historia y de cariño y respeto por la institución. Yo fui a hablar antes del 11 de marzo a Contraloría y me dijeron “ustedes están en una situación de fuerza mayor: no tienen presupuesto, no tienen funciones, no tienen nada”. Y lo primero era que no hubiera una sensación de caos: dar el máximo de certezas posibles y un sentido de equipo. Cada funcionario y funcionaria, cualquiera sea su rol, entendió que acá estábamos en una contingencia muy difícil y que se tenía que sacar adelante con amor por lo que se hace acá. Hay mucha gente, ahora menos, pero hay quienes vienen del 2003, que también fue una época difícil, hubo que cambiarse de domicilio, trasladarse a Valparaíso. Cuando el 1 de marzo entró en vigencia la ley que creó el ministerio, no por voluntad de las anteriores autoridades sino por una situación de facto, toda la institución se enteró literalmente de la noche a la mañana, y eso generó mucha incertidumbre, sabiendo que en diez días venía un cambio de administración. Yo quise poner mi experiencia acá al servicio de dar esa certidumbre a los equipos. Muchas personas que estaban subrogando afortunadamente las pudimos ratificar. Generalmente uno dice “yo llego con mi gente de confianza”.

También pasó que se desarmaron equipos completos.

—El problema estuvo en prensa del gabinete ministerial. Pero en los cuatro departamentos de soporte y tres programáticos que dependen de la subsecretaría hubo en general continuidad. Y lo del gabinete me tocó a mí buscar que mucha de la gente que se había pedido que no siguiera, reincorporarla y que llegaran a lugares donde los perfiles calzaran.

Y a estas alturas, a un año y meses, ¿te parece que la institucionalidad está marchando?

—El grueso de la instalación ya está hecho. Tenemos ya el primer presupuesto del ministerio como tal, independientemente de las discusiones que se dieron respecto de instituciones como el GAM, Matucana 100, Balmaceda Arte Joven, pero está esa primera partida 29 del ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio. Luego, las funciones del Mineduc que se traspasaron están plenamente operativas: los premios nacionales, la exención del IVA a la venta de entradas para los espectáculos culturales y el tema de los derechos de autor y la supervisión de las entidades colectivas de gestión de derechos. Después, los órganos colegiados: se demoró más el Consejo Nacional, pero ya están operativos los consejos que son continuadores de este espíritu representativo de la sociedad civil que tenía el ex Consejo. Parte del desafío es cómo conviven historias institucionales muy distintas bajo un mismo paraguas: la de la antigua Dirección de Bibliotecas Archivos y Museos era una realidad muy diferente a la del ex Consejo de la Cultura y las Artes, y hemos tenido que, respetando esas historias institucionales, darles una lógica y una integralidad común.

La ley, por una parte, y la instalación, por otra, ¿lograron conservar el elemento participativo que era tan importante en el ex CNCA?

—Creo que sí, pero me parece que hay un desafío. Se decía que se había optado por esta figura de un servicio con un jefe de servicio con rango de ministro o ministra, porque era la única forma de convivir con una participación vinculante de la sociedad civil que aprobara políticas de Estado quinquenales, que trascendían a los gobiernos. Y en 2013 dijimos no, es posible combinar ambas cosas, hay otros ministerios que lo hacen, por ejemplo Educación con el Consejo Nacional de Educación, que aprueba los currículum y tiene una función vinculante. Por tanto, era posible incluso cuando en este caso correspondía que el consejo aprobara la política sectorial. Finalmente el proyecto salió con un consejo que aprueba una estrategia quinquenal, y ahí hay un desafío, porque no puede convivir la institucionalidad con estrategias y políticas a la vez: corresponde sincerar que lo que llamamos estrategia es por último, la política.

¿Te parece que, después de un año y medio de ministerio y más de quince años de Consejo, esas políticas que se aprueban a cinco años plazo y que son grandes paraguas, realmente se reflejan en los programas que se ejecutan o son sobre todo declaratorias?

—Sí, pero tenemos el desafío de darles mayor seguimiento. Como subsecretaría, tenemos alrededor de 30 programas, y a la hora de planificar el año con cada encargado pedimos que haya dos ejes: el programa de gobierno y las políticas culturales, es decir cómo los programas dan cumplimiento a los objetivos en ambos casos. Pero siempre está el riesgo, es muy cierto, de que al final toda acción o todo programa calce con determinada política. Y ahí es importante ver cómo priorizamos de forma más acotada, para que la ejecución de planes o programas específicos cumpla más directamente con los objetivos de determinada política cultural. Ese es un desafío que tenemos que asumir.

Cuáles te parece a ti, Juan Carlos Silva, subsecretario de las Culturas, que son los desafíos de la política cultural de Chile a mediano plazo.

—Primero, desde el punto de vista de la sociedad civil, tenemos que hacer desde el ministerio, que las manifestaciones artísticas no sean algo propio de un solo sector que asiste o tiene una vinculación más directa con el ámbito cultural. Eso tiene muchas dimensiones: la educación, el acceso, pero tenemos que poner ese foco. Eso nos va a permitir mejorar la educación artística, buscar un mejor acceso, valorar el trabajo de los creadores y de los gestores, y sobre todo profesionalizar la gestión de los espacios que median entre la creación artística y quienes asisten. Poder implicar a los públicos: que cuando una persona asiste a un espectáculo o a alguna manifestación artística cultural, sea algo connatural a su día a día, y no algo excepcional. Eso para resumir.

¿Ahí entra el tema del “vale cultura”, que estaba en el programa de gobierno? ¿Avanza eso?

—Se está trabajando en algunos pilotos. Más que tener un voucher que haga las veces de vale, la pregunta que nos hacemos es cómo poner el foco en distintos instrumentos que permitan implicar mejor a las personas en la actividad artística. Lo primero que hicimos fue crear una Unidad de Programación y Públicos, que lidera Javier Ibacache [ex encargado de públicos del Centro GAM], para que los espacios culturales pudieran desarrollar un plan de públicos y se hicieran cargo de sus públicos.

Esa unidad trabaja con los centros culturales de las comunas de más de 50 mil habitantes?

—Trabaja hoy con cinco centros culturales: Ovalle, Quillota, La Pintana, Biobío y San Antonio. A raíz de ese trabajo ya podemos ir pensando en un vale cultura que tenga un sentido en razón de que haya un plan de los centros culturales para sus públicos.

¿Tienes la impresión de que pasó un poco el momento de construcción de espacios, aunque no se haya abandonado la idea de un centro cultural en todas las comunas de más de 50 mil habitantes?

—Creo que fue muy necesario ese plan de centros culturales, pero hoy tenemos que ver lo que hablábamos antes, como enfocarlo mejor. De hecho hoy el énfasis, sin afectar y respetando los 26 años de historia del Fondart, es empezar a relevar los instrumentos o programas a favor de las instituciones. Sacamos por primera vez junto con los fondos concursables, los programas de financiamiento a instituciones, y eso apunta que cada vez que se cree una infraestructura cultural, el Estado tiene que pensar cómo se vincula con el financiamiento. Aunque parezca un lugar común, no hay ningún espacio cultural que sobre, pero la pregunta es cómo los hacemos eficientes no en términos económicos, sino de llegada a la gente.

¿Hay un déficit en términos de formación de gestores o administradores para las instituciones culturales? Tenemos másters en gestión, pero cada vez que hay que elegir o nombrar a un director ya sea del GAM, del CCPLM o incluso del Museo de Bellas Artes se producen tensiones porque al parecer todavía no hay suficientes profesionales capacitados para esas tareas.

—Creo que eso es resultado de que el modelo de gestión de espacios, ya sea públicos o privados de interés público con los que el Estado se vincula no se ha estudiado de una manera profunda, que permita dar una tranquilidad a la hora de ir viendo los modelos de gestión y por tanto las personas que van a liderarlos. La gestión de los espacios se personaliza, para bien o para mal, y eso da cuenta de que los modelos de gestión no están bien pensados, entendiendo que hay distintos modelos según la naturaleza de los espacios.  Estos espacios: son públicos, sí, son públicos; con cuánto se financian, con ese financiamiento dónde llegan, cómo podrían llegar mejor. Y así ir dándoles seguimiento de manera más cercana, y no dejarlos al arbitrio de lo que un buen gestor o gestora puede hacer en determinado momento.

¿Cómo ha sido para ti, personal y políticamente, lidiar con lo que hablábamos al principio: nueva administración, instalación del ministerio y que te toque convivir con tres ministros en menos de un año. ¿Alcanzaste a saludar a Mauricio Rojas, al menos?

—[Se ríe] Sí, sí, lo alcancé a saludar. Ha sido un doble desafío, digamos: el desafío normal que significa asumir un cargo en las circunstancias que te decía, y sumarle esta contingencia a mí me hizo reforzar el por qué estos con cargos, en el buen sentido, ‘de confianza’. El Presidente pone la confianza en uno para sacar adelante la gestión. Para mí fue reforzar el objetivo de instalar el ministerio y sacar adelante el programa de gobierno.

Te convertiste en el elemento de continuidad, de hecho.

—Busqué sobre todo dar el máximo de certezas cuando se producen legítimas incertidumbres con estos cambios.

Llama la atención que de pronto el ministro de Cultura se convierte en alguien sobre el que también están puestos los focos. Pasó no sólo en esta administración, y aunque se trate de un servicio relativamente nuevo, Cultura era un poco como Hacienda: no se cambia al ministro de Hacienda, pero hasta el segundo gobierno de la Presidenta Bachelet tampoco se cambiaba al ministro de Cultura. Hay un cambio ahí: que la mirada esté puesta en cómo lo hace el ministro de Cultura.

—Desde el punto de vista de percepción pública, mientras más ojos haya sobre la gestión del ministerio de las Culturas es mejor, habla de su relevancia, más allá de ciertas contingencias. Pero también es el resultado de avanzar, 25 años de Fondart, 15 de institucionalidad cultural, eso genera un ambiente que puede propiciar lo que tú señalas. Es una señal de empoderamiento del sector y de madurez y avance de la institucionalidad cultural.

La polémica por el fin del aporte de BancoEstado al cine chileno:

“Apoyar al sector cultural no puede ser visto como gasto”

El martes 2 de julio, se anunció que el BancoEstado pondría fin a su línea de fondos concursables de apoyo al cine chileno, abierta en 2004. El sector audiovisual reaccionó con furia. El director Che Sandoval, por ejemplo, calculó que los 200 millones de pesos anuales que aportaba el banco equivalían a cinco horas de sus utilidades brutas en 2018 (356 mil millones de pesos).

—Lo primero que hicimos —dice Juan Carlos Silva— fue contactarnos con nuestra contraparte, la subsecretaría de Hacienda. Ellos también están alerta, preocupados de conocer las razones de esta medida. Tenemos que despejar si esto es algo definitivo o una reorientación de recursos. Estamos apostando por lo segundo: que no se trate de una eliminación de financiamiento, sino de una reorientación. Uno podría entender que haya otros énfasis de este apoyo, para reforzar otros ámbitos, como la exhibición o la formación audiovisual, por ejemplo. Eso es lo primero que tenemos que atender, más que establecer o no un determinado ahorro. Apoyar al sector cultural no puede ser visto como gasto.

—En los últimos años, el cine se ha transformado en la nave insignia de la producción cutural chilena de cara al mundo globalizado, ¿estamos en condiciones de quitar fuentes de financiamiento? 

—El financiamiento al sector audiovisual se ha justificado con creces. Que hoy una industria como esta esté consolidada en el extranjero, debe ser un motivo de orgullo para el país. Por lo tanto, más que decir si estamos en condiciones o no de restar apoyo, quiero señalar que el apoyo del Estado está totalmente justificado, entregando réditos con creces a Chile. Y no lo digo solamente por los premios Oscar; este año recibimos la noticia de que Chile fue designado como país invitado de honor al mercado del Festival de Cine de Berlín, otra señal clara de cómo estamos siendo observados en el exterior.