Porque pierde. En una sociedad de competencia y producción, donde los números pesan más que las almas, donde llegar segundo significa ser el líder de los últimos, donde los parámetros son alcanzar metas con vendas en los ojos, esta sentencia parece demencial. Bielsa pierde a menudo. Él mismo se considera un especialista en derrotas.  Ha perdido mucho más de lo que ha ganado. Sin embargo, es un técnico referencial, seguido por otros entrenadores a lo largo del planeta. ¿Por qué? Porque su fútbol hechiza, su método asombra, porque distingue el potencial, porque sigue tratando con respeto a la pelota. En estos tiempos, ser consecuente es señal de rebeldía. Y el rosarino lo es, aunque le cueste una derrota, un título o una corona.

Porque no es perfecto.Ni pretende serlo. No es inmaculado. Nada más monocorde y pretencioso que un discurso sin fisuras. Se equivoca. Comete errores. Se acelera. No perdona. Es tincado. Es como nosotros, como cualquiera de nosotros.

Porque no está loco. Ok, lo parece, es verdad. Es obsesivo en los detalles, histriónico en el borde de la cancha, excesivamente mesurado en su tono de hablar, celoso de su privacidad al máximo, con metodologías que sorprenden a quienes nunca jugamos. Devoto de los ritos. Pero un futbolista que jugó con él durante todo su período al frente de la selección chilena me confesó que “ustedes creen que está loco o que es muy enredado y confuso. Al revés. Te da instrucciones muy simples. Dos o tres cosas que debes cumplir. En la cabeza tiene armado el rompecabezas”.

Porque nos hizo creer que éramos buenos. El gran aporte del paso de Marcelo Bielsa por todos los lugares donde dirige es que produce algo mejor de lo que había. Es un convencido del entrenamiento permanente. Más que en el talento cree en el artesano, el que trabaja permanentemente y explota todas sus capacidades. Los tocados con la varita si no corren, si no entrenan, si no escuchan, no juegan, aunque sean los más dotados con el balón en los pies. Su aporte en Chile superó con creces los márgenes de la cancha, donde ya fue muy bueno. Entregó confianza. Aumentó la autoestima. Sentíamos que Chile le podía ganar a cualquiera no porque fuéramos mejores, sino porque el equipo se esforzaba al máximo. Jorge Sampaoli tuvo el mérito de tomar estos principios, bajarles un cambio, agregarle dosis de pragmatismo para ganar. Y lo consiguió. Pero es difícil imaginar ser campeones de América sin el paso previo del argentino en la banca y sin la materia prima de una generación notable de jugadores. El Chile de Bielsa jugaba como soñábamos todos. El de Sampaoli como tenía que hacerlo si quería ser campeón.

Porque los jugadores lo dicen. Una de las razones del rosarino para aceptar dirigir a la Roja fue la certeza de que Chile tenía buenos futbolistas. Sabía que la generación juvenil dirigida por José Sulantay contaba con elementos superlativos en el juego. Pero a todos les sacó el mejor rendimiento. Bielsa fue clave para el desarrollo de sus carreras, porque los tomó en el momento preciso antes de dar el gran salto. Era el momento del despegue o el afincamiento perpetuo. Y casi todos se fueron y triunfaron en los mejores clubes del mundo, donde los chilenos nunca habían militado. Hace una década, ningún compatriota había vestido la camiseta del Barcelona, por ejemplo. Ahora ya van tres. Alexis, Bravo y Vidal. Cuando Chile fue campeón de América en el 2015 realicé una encuesta entre los 23 convocados con una pregunta muy simple. ¿Quién fue el entrenador más importante de tu carrera? Dieciocho contestaron Bielsa.

Porque no le agradan los halagos. Porque no es políticamente correcto. Porque los lamebotas no tienen un buen futuro con el DT. Mide a los desconocidos. Los pone a prueba. Quizás sea parte de su personalidad reservada, excesivamente enfocada. Pero le desagradan los honores majestuosos, le incomodan ciertas autoridades, escapa a los formalismos. En el planeta Bielsa, él elige a los habitantes, quienes comúnmente no están bajo el amparo de las luces. Sus más cercanos son el chofer que lo transportaba de lugar en lugar en Valparaíso, el verdulero de la esquina a Juan Pinto Durán. Don Gabriel Aravena, su amigo Cachureo, un hombre silencioso, reservado que sabe escuchar y guardar secretos, el dueño de un pequeño video club que le recomendaba películas, el escritor desconocido de crónicas costumbristas, el chico con el que se cruzaba cada mañana en Bilbao camino al hotel, el vecino al predio de Ezeiza que ni siquiera sabía quién era. Contrario a lo que muchos piensan, la vida de Marceo Bielsa no es solo fútbol. Cuando llega a trabajar a un sitio intenta empaparse de su cultura, de sus raíces, conocer sus artistas, ver sus películas, transitar por los barrios populares. Proviene de una familia acomodada. Nunca tuvo penurias económicas. Gana bastante dinero como entrenador. Pero parece cargar con una mochila culposa por esto. Quienes lo conocen dicen que Bielsa cree que tiene demasiado. Mucho más de lo que necesita.

Porque tiene detractores. Y eso es saludable, sano, natural. No se entendería el fenómeno que genera sin la crítica. Bielsa, con su forma y fondo, provoca que sus oponentes mejoren. Eso es bueno para todos.

Porque Marcelo Bielsa no cree en el bielsismo ni en los bielsistas. No trabaja pensando que la suya es una corriente de pensamiento o un dogma sagrado. Muchas veces leemos, escuchamos, vemos a defensores a ultranza del rosarino utilizando argumentos que él jamás usaría.

Marcelo Bielsa no ganó nada en Chile, en el Athletic de Bilbao, en el Marsella o en el Leeds. Ningún título. Ninguna corona. ¿Fracasó? Para muchos sí. Yo creo lo contrario. Nosotros ganamos mucho. Eso que no se mide ni se pesa. Aprendizaje. Amor por el juego. Distancia con la trampa. Hacer recuerdos. Construir memoria. En definitiva, crecer.