Rehabilitación vulnerada: la otra cara de la drogadicción infanto-juvenil en Chile

Agencia Uno

Rehabilitación vulnerada: la otra cara de la drogadicción infanto-juvenil en Chile

En Chile, miles de niños, niñas y adolescentes tienen problemas de consumo de alcohol y drogas, y dependen de programas Senda para su tratamiento. Pero hay sólo dos centros residenciales a nivel nacional y tampoco pueden acceder a una desintoxicación hospitalaria. Aquí, el complejo escenario que vive la drogadicción infanto-juvenil en Chile.

Durante los últimos meses, han surgido distintas iniciativas para evitar el consumo de alcohol en menores de edad. Desde patrullajes de carabineros uniformados y de civil en botillerías de la región del Bío Bío, hasta la creación de un Servicio Especial de Fiscalización de Alcoholes, el cual comenzó a operar el pasado 14 agosto, y que busca fiscalizar la venta de alcohol a menores en pubs, supermercados, botillerías, minimarkets, restaurants y delivery. Además a lo anterior, se suma “el toque de queda juvenil”, propuesto por el alcalde de Las Condes, Joaquín Lavín. 

Aunque no prosperó en la forma planteada inicialmente, la idea es un síntoma de la existencia de consumo problemático de alcohol y drogas en niñas, niños y adolescentes. El asunto también está presente en el plan Elige Vivir Sin Drogas, proyecto instaurado por el Presidente Sebastián Piñera. 

Créditos: Agencia Uno

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Christopher(*) como todas las tardes estaba sin hacer nada en su dormitorio. Miraba las paredes y las acariciaba mientras pensaba en lo que iba hacer al salir de ahí. Estos dos últimos meses habían sido una eternidad. La idea de escapar tomaba fuerza, pero sabía que era casi imposible, ya que sus intentos de fuga siempre fracasaban. De pronto, un impulso gatilló lo que pasaría en los próximos instantes. 

Salió de su pieza, y mientras caminaba por el pasillo notó que la puerta hacia el patio estaba abierta. Corrió lo más rápido que pudo y al llegar al patio sintió voces que gritaban su nombre: “¡Christopher ven! ¡El Chris se está escapando!” Que lo hayan descubierto no le impidió continuar con su huida. El estrecho patio se volvió kilométrico, pero siguió corriendo.

Logró llegar a la muralla que limitaba con el exterior. Saltó una, dos y tres veces, fracasando en cada intento. Las voces se acercaban cada vez más. Tomó impulso y saltó una cuarta vez. Llegó arriba, pero no se percató del alambre de púas que protegía el recinto y en las que enterró sus manos. Mientras miraba emana su sangre, alguien le jaló un pie y lo tiró al suelo. Todos lo abrazaron. 

Su nuevo intento de fugarse del centro de rehabilitación había fracasado. 

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“Me quise escapar porque estaba chato. Lo peor que le pueden hacer a un drogadicto es que lo internen. Todavía tengo las marcas de los alambres púas”, cuenta Christopher y muestra las cicatrices en su mano derecha. Tiene apenas 17 años, pero su vida ha estado marcada por las drogas. Todo comenzó cuando tenía 10 años. Durante una fiesta infantil, uno de sus amigos propuso que fumaran marihuana. Todos se rieron. Pensaban que era broma, pero no. Esa tarde, y sin adultos cerca, agarraron una pipa y fumaron marihuana por un largo rato. Esta misma situación se repitió por días, semana, meses. 

Al cumplir 12 años, y en una fiesta de la población, un niño de 11 años le ofreció probar “nevado” (mezcla de marihuana con cocaína). Christopher no sabía qué era, pero de igual modo lo probó. “En ese momento sentí que el corazón se me iba a salir del pecho. Podía ver como el polerón me saltaba. Me latía tan fuerte, que pensé que iba a morir”, recuerda sonriendo y simulando el movimiento del corazón con una mano por debajo de la ropa. 

A sus escasos 13 años, Christopher se sentía feo debido a su sobrepeso. Tenía serios problemas de autoestima. A pesar de que sus amigos no lo molestaban, presentía que pronto lo harían. Su adicción a las drogas continuó. En fiestas consumía cocaína, marihuana y alcohol, ya que solo así se sentía bien consigo mismo. Comenzó a hacer la cimarra para drogarse. Ir al colegio ya no estaba en sus planes. Su familia notaba algo raro en él, pero creían que era parte de la adolescencia, puesto que como todos trabajaban, con suerte lo veían en la noche, al finalizar sus jornadas laborales, por lo que el contacto con Christopher era el mínimo. Además, la drogadicción de su padre, era el foco de problemas de su hogar. 

“Mi papá desde que tengo memoria consumió drogas. A veces no llegaba a la casa, y cuando estaba, uno se daba cuenta que estaba drogado, así que preferimos hacernos los tontos”, recuerda. Durante toda su vida vivió en la población El Castillo, junto a sus padres, sus dos hermanos mayores, y su hermana que es menor en un par de años. A medida que pasaban los meses, Christopher no se sentía cómodo con su cuerpo. Veía cómo sus amigos y crecían, pero él seguía con la misma talla. Su gordura se transformó en un grave complejo que no lo dejaba relacionarse con sus pares. El único método que encontró para escapar de su baja autoestima fueron las drogas.

A los 15 años, consumía cocaína y marihuana mañana, tarde y noche. “Las drogas eran como mis comidas. A veces con una manzana me bastaba para no tener hambre por tres días”, cuenta. De pronto, Christopher se miró en un espejo y notó que su sobrepeso comenzaba a desaparecer, por lo que su adicción a las drogas ya no era solo un escape de la realidad, sino que más bien un tratamiento antiobesidad. Se sentía mejor que nunca, sus amigos lo admiraban y tenía muchas citas. Mientras vivía en esta especie de “racha”, iba a fiestas todos los días, no asistía a clases, y fue expulsado del colegio, por mala conducta, cuando apenas cursaba séptimo básico. Aquella situación no llamó la atención de su familia en lo absoluto, puesto que cada uno vivía en su propio mundo. Además, al mismo tiempo que sucedían estos cambios, su padre decidió ingresar a un centro de rehabilitación para tratar su drogadicción.

Al cumplir 16, la vida de Christopher se desbordó. Su consumo alcanzó niveles críticos, necesitaba droga todo el día y para conseguirla, robaba objetos de su casa y dinero a su madre. “Ese fue mi peor momento. No llegaba a mi casa en semanas. Quienes me veían en la calle creían que sufría de anorexia, porque estaba en los huesos. De 90 kilos llegué a pesar 48. Consumí de todo: pasta base, cocaína, pastillas, todas las drogas que existen. Estaba muy mal”, recuerda.

Era tan grave su estado de salud, que su familia reaccionó al fin. Le pidieron que se tratara para que no fuera como su padre. Asistió al Centro de Salud Mental (Cosam) de La Pintana, pero para él no era ayuda suficiente, puesto que, según recuerda, conversaba con un terapeuta por una hora aproximadamente, se sentía bien por un rato, pero volvía a consumir. Y la internación en un centro de rehabilitación no estaba en sus planes. “Para qué estamos con cosas: me gustaba consumir, sentirme libre. Y para internarse en un centro de rehabilitación, tienes que pagar, porque casi no hay centros gratuitos para nosotros (adolescentes)”.

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En diciembre de 2018 se dieron a conocer los resultados del 12° Estudio Nacional de Drogas en Población Escolar, realizado por el Servicio Nacional para la Prevención y Rehabilitación del Consumo de Drogas y Alcohol (Senda), durante octubre y diciembre de 2017. En el informe se consultó por el consumo de cinco tipos de drogas: marihuana, tabaco, pasta base, cocaína y tranquilizantes. La ingesta de estas sustancias aumentó en todas sus categorías (con respecto al año 2015), en donde la marihuana alcanzó un 30,9% de consumo, fármacos y/o tranquilizantes un 8,6%, el tabaco 4,3%, la cocaína 3% y finalmente la pasta base, un 1,4%. 

Imagen referencial (créditos: Agencia Uno)

Según el Informe sobre el Consumo de Drogas en las Américas 2019, publicado por la Organización de los Estados Americanos (OEA), los escolares chilenos son líderes en la ingesta de marihuana con un 30%, superando a Estados Unidos, donde ese consumo representa un 23%. También los jóvenes chilenos lideran el consumo de cocaína, con niveles por sobre Colombia y Ecuador. Una de las conclusiones de este estudio fue que “el consumo de drogas por parte de adolescentes es una manifestación temprana de este fenómeno en un grupo particularmente vulnerable”.

Según Jorge Escudero, psicólogo experto en temáticas de niñez y adolescencia, el aumento de consumo de alcohol y sustancias en escolares se debe a que “existe una variable cultural que valida el consumir sustancias para sentirse mejor. Pocos espacios de vida familiar, maltrato en la infancia, legitimación del consumo de drogas, alcohol y fármacos psicotrópicos de forma automedicada”, serían algunas entre varias razones. 

Debido al aumento de está problemática, el Presidente Sebastián Piñera lanzó el plan Elige Vivir Sin Drogas, en abril de este año, el cual busca “involucrar a las familias, a los establecimientos educacionales, al sector privado y a la sociedad civil en general, en el desafío de prevenir el consumo de drogas entre nuestros niños, niñas y jóvenes” (según se publica en la página web del programa). Este proyecto está basado en el modelo islandés “Planet Youth”, que inició sus operaciones en 1998, y que obtuvo exitosos resultados. Islandia lo implementó, ya que, como Chile, tenía los índices más altos de toda Europa en cuanto al consumo de drogas en etapa escolar.

Según Eduardo Bahamondes, coordinador de la Red Chilena de Reducción de Daños, “es necesario incrementar los recursos financieros destinados a esta iniciativa. $512 millones son incompatibles con los objetivos formulados”. También añadió que, para que prospere, es deseable que la comunidad escolar y familiar estén en constante diálogo. Sin embargo, esto no ocurre en Chile, en contextos de exclusión, vulnerabilidad, y violencia intrafamiliar. 

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Era agosto de 2018, y Christopher estaba invitado a una fiesta en la comuna de Lo Espejo. “No lo puedo negar. Esa noche consumí de todo. En un momento me asuste porque sentí que mi corazón iba a salir de mi pecho, tuve muchas taquicardias. Bailé y besé a muchas chiquillas. La mejor noche de toda mi vida”, recuerda sonriendo. A la mañana siguiente, regresó a su población descalzo, con los jeans rasgados y un polerón. Sin embargo, algo llamó su atención: un auto estaba estacionado afuera de su casa. Su padre, quien estaba internado desde hacía un tiempo en un centro de rehabilitación, se bajó del vehículo, lo abrazó y le dijo que la situación ya no daba para más, que era su momento de internarse. Christopher lo miró con sorpresa, pero sabía que no tenía escapatoria. Se despidió de su madre y se subió al automóvil. Uno de sus mayores miedos se había materializado.

Cocaína (Imagen referencial: Agencia Uno)

Su familia lo internó en el mismo centro en que estaba su padre, en Lonquén. Los primeros días fueron una tortura para Christopher. La desintoxicación y abstinencia fueron los procesos más complicados. “Como mis papás estaban urgidos por internarme, buscaron uno de los centros más baratos. Este costaba mensualmente 300 mil pesos más o menos. Para estar sano hay que tener plata, si no estás cagado”. En reiteradas ocasiones discutió con sus compañeros y líderes de rehabilitación. Su agresividad estaba más viva que nunca, y la abstinencia empeoraba la situación. 

Durante su estadía planeó dos intentos de fuga que fracasaron. Su padre, de vez en cuando, le daba palabras de aliento para que se mantuviera en el centro, pero no eran suficientes para retenerlo. En octubre, intenta escapar otra vez. Una tarde, mientras estaban todos en sus actividades diarias, trató de huir por el patio del centro, pero fue descubierto por uno de sus compañeros. Entonces llamó a su madre y le pidió que lo sacara del centro de rehabilitación, o de lo contrario seguiría intentando fugarse. A la mañana siguiente, su madre estaba en el lugar para retirarlo. 

La rehabilitación de Christopher había sido un completo fracaso. 

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El plan Elige Vivir Sin Drogas busca la prevención del consumo de alcohol y otras sustancias en niños y jóvenes menores en etapa escolar. Actualmente está en su primera etapa (piloto), la cual es evaluada en distintas comunas de la zona norte, centro y sur del país. Esta fase tiene un costo de 512 millones de pesos, puesto que corresponde al convenio que Chile firmó con Islandia para llevarlo a cabo. Pero según, Eduardo Bahamondes, coordinador de la Red Chilena de Reducción de Daños, el presupuesto inicial es insuficiente: “Usando un parámetro (de lo que cuesta) en recursos humanos, financiar equipos especializados, que deben recibir inducción y formación específica, en las comunas focalizadas en el programa, más los gastos operativos y de implementación, esta cobertura, en término de destinatarios, no podría generar un impacto digno de ser medible y que sea extrapolable”. También se refirió al cuestionario (primera fase) que se realizará durante el 2019, afirmando que “sólo bastará para realizar un diagnóstico inicial, caracterizando los contextos de estudiantes en relación a su bienestar”.

A pesar de que el proyecto esté en su fase inicial, algunos expertos creen que su metodología no es viable en contextos de vulneración social, puesto que en este sector de la población la drogadicción alcanza niveles críticos. Cristián Currumilla, experto en reinserción educativa de la Universidad Silva Henríquez, por ejemplo, piensa que es casi imposible que sea efectivo en colegios vulnerables: “Uno de los pilares de este plan es la familia, la que en estos contextos tiende a estar más ausente en la crianza de sus hijos e hijas (…) Quizás la principal problemática en estos espacios educativos es el escaso vínculo entre el apoderado y el colegio. Esto a su vez, se traduce en demasiado tiempo libre (de los niños) e intensifica el consumo”. 

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El consumo perjudicial de alcohol y otras sustancias en menores de edad es una vulneración al derecho a “Una vida segura y sana” (según la Convención sobre los Derechos del Niño, ratificado en Chile en 1990), que a largo plazo puede provocar deserción escolar, infracción de ley, exclusión social, pobreza, entre otras.

Por ello el Estado implementó en 2007 dos programas para abordar esta problemática: el Programa asociado a la Ley de Responsabilidad Penal Adolescente (aquellos jóvenes condenados o imputados bajo la ley 20.084), y el Programa Ambulatorio Intensivo, que garantiza a través del GES, tratamiento para jóvenes menores de 20 años, con consumo leve y moderado. Sin embargo, estos programas excluían a una parte importante de la población. Debido a esto, en 2014 se creó el Programa Infanto-Adolescente General, que brinda tratamiento a los niños, niñas y adolescentes que no están abordados por el GES. A pesar de estas iniciativas, “esta oferta continúa siendo insuficiente para la demanda y necesidad de tratamiento”, como reconoce el propio Senda en su página oficial. 

A través de estos programas, en el 2018 se trataron 1.727 jóvenes (63% , hombres y 37%, mujeres) en los 50 centros de salud ubicados a lo largo del país: 21 públicos (720 casos) y 29, privados (1.007 casos). El 78,9% de los casos atendidos es de niños, niñas o adolescentes dentro del sistema escolar. Hay que recalcar que el Ministerio de Salud, en conjunto con Senda, buscan que la desintoxicación y rehabilitación de cada niño o joven sea desde su vínculo cercano, según información entregada por una operadora de Fono Drogas. Cristián Silva, psicólogo y coordinador equipo clínico y comunitario ALSINO opina que los programas ambulatorios  “siempre son efectivos cuando conllevan procesos de inclusión social. Los procesos de rehabilitación o tratamiento cuando son centrados sólo desde un modelo biomédico no tienen efecto a largo plazo. Por eso, el modelo en salud mental debe ser comunitario”.

El Programa Ambulatorio Intensivo (dividido en 32 subprogramas) gubernamental tiende a no tener resultados exitosos en casos de vulnerabilidad social, debido a la falta de apoyo familiar o el constante contacto con la droga que existe en los espacios cercanos de quienes intentan rehabilitarse. Cristián Currumilla agrega que “observa a estudiantes que van a diversos programas y que son dados de alta. Sin embargo, la droga es tan accesible que recaen con facilidad y quedan a la deriva. El sistema cree que el proceso de rehabilitación es finito, cuando en realidad las personas deben recibir un tratamiento permanente”.

Según Jacqueline Muñoz, directora de la escuela San Francisco de La Pintana (recinto perteneciente a la fundación Súmate, del Hogar de Cristo), un tratamiento desde el entorno familiar no es lo más efectivo, puesto que “estos niños no tienen a nadie. Puede que tengan una tía, la hermana o la mamá, pero a pesar de eso, están solos. Además, muchos se drogan con sus papás, porque prefieren que consuman con ellos, que en la población”. 

Jacqueline Muñoz (créditos: Josefa Barraza Díaz)

Otra problemática que afecta la rehabilitación de niños y adolescentes en situación de vulnerabilidad social, con problemas de consumo crítico, es la falta de Unidades de Desintoxicación infanto-juvenil en hospitales públicos, lo que evidencia la carencia de políticas públicas para esta población, cuando no tienen medios económicos para costear el tratamiento. José Ignacio Peralta, candidato a Magíster en políticas públicas UAH, asegura que “nuestro sistema de rehabilitación, incluyendo las unidades de desintoxicación, están estructuradas para la atención de adultos. No conozco una iniciativa en la oferta pública que esté ideada para atender a niños, niñas y adolescentes. Es decir, algún programa donde el equipo biosicosocial, la infraestructura, el equipamiento del recinto, las actividades y otros elementos, se enfoque en infancia”.

Tal como relata Jacqueline Muñoz, quien enfrentó una emergencia con unos de sus alumnos: “Bastián (*) se descompensó (debido a la abstinencia) en la escuela y se autolesionó. Como no conozco ningún centro especial, lo llevamos al hospital Padre Hurtado de La Granja, estuvo internado en un pasillo por una semana. Nunca lo atendieron. El niño se escapó y llegó a nuestra escuela. Esto refleja que no hay políticas de salud para internar a un niño o joven vulnerable”.

Al cabo de un tiempo, Bastián fue derivado a la Unidad de Desintoxicación y Tratamiento para Adolescentes con Trastornos Conductuales Severos del Instituto Psiquiátrico Horwitz de Recoleta. Pero en dicho recinto solo reciben a jóvenes varones infractores de ley, de entre 14 y 17 años de edad, quienes reciben tratamiento mediante un dictamen judicial. El caso de Bastián fue una excepción, debido a que también sufría problemas psiquiátricos. Al recibir el alta médica, volvió a consumir marihuana y cocaína, abandonó la escuela, y desde aquel momento se desconoce su paradero. El problema de Bastián aborda otra arista que es el consumo problemático con algún trastorno mental. En los programas Senda, el 78,9% de los casos tratados presenta algún tipo de trastorno mental, según señala el Programa de Tratamiento para niños, niñas y adolescentes con consumo problemático de alcohol y otras drogas (2018).

Alumno de la escuela dirigida por Jacqueline Muñoz (créditos: Josefa Barraza Díaz)

Actualmente, en Chile existen tan solo dos Centros de Tratamiento Residencial para Adolescentes con problemas de consumo crítico (gratuitos con convenio Senda), ubicados en la Región de Magallanes (hombres) y Metropolitana (mujeres). Sumados ambos centros, solo hay 125 casos atendidos, durante el 2018. Muchos de los jóvenes que sufren de consumo crítico reciben atención en centros residenciales privados, como fue el caso de Christopher. Sin embargo, el resto, que no posee los medios económicos para costear una desintoxicación, depende de  programas Senda, o de fundaciones sociales. 

Para Jorge Escudero, psicólogo experto en temáticas de niñez y adolescencia, “no son pocos los casos donde se deserta de un tratamiento, porque la familia no está en condiciones de trasladar a su hijo o hija a otra ciudad para que acceda a la unidad de desintoxicación más cercana”. Cristián Silva cree que “lo más importante para tratar a los usuarios de entre los 10 y 15 años, es que no deben pasar solo por tratamientos clásicos, sino que se debe apuntar a evaluar las necesidades del ciclo vital y potenciar actividades artísticas, culturales y deportivas. Un adolescente debe pasarlo bien. Y en ese escenario, la droga es competencia, e intentar rehabilitar desde la premisa biomédica es un error”. 

Frente a la falta de Unidades de Desintoxicación infanto-juvenil en hospitales públicos, y la existencia de sólo dos centros residenciales en todo Chile, Eduardo Bahamondes, coordinador de la Red Chilena de Reducción de Daños, afirmó que “la escasez de recursos es evidente; la falta de camas psiquiátricas, como la de profesionales asociados, es una debilidad frecuente del sistema de atención de salud”. 

La Defensora Nacional de la Niñez, Patricia Muñoz, sostiene que “lo que tiene que ver con aquellos jóvenes que no han tenido participación en algún delito, lo cierto es que las instancias posteriores de rehabilitación son bastante escasas y dificulta por lo tanto una recuperación de esta enfermedad”; vulnerando de este modo el derecho a “Una vida segura y sana, según la Convención de los derechos del niño (1990).

Jorge Escudero añade que “si bien una mayor cantidad de unidades contribuiría a la rehabilitación, es importante recordar que no es la única medida. Nuestra sociedad, sobretodo la familia, el grupo de pares y la escuela, deben contar con apoyo y herramientas que les permitan advertir recaídas y prevenir situaciones que afectan emocionalmente a los adolescentes y los instan a retomar el consumo”. 

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Christopher está terminado octavo básico y, a sus 17 años, aún consume drogas. Para él, el proceso de desintoxicación fue un verdadero infierno, por lo que descarta volver a asistir a algún tipo de programa Senda o a internarse. Pero sí, dice, espera rehabilitarse algún día y ser un profesional. 

Jacqueline Muñoz, directora de la escuela San Francisco de La Pintana, cree que los 512 millones destinados al Programa Elige Vivir Sin Drogas son insuficientes, y que deberían aumentar los recursos en materia de rehabilitación infanto-juvenil. Además, señala que el plan preventivo islandés “excluye a los sectores más vulnerables, ya que es un proyecto destinado a otras clases, como la clase media media”. 

José Ignacio Peralta, candidato a Magíster de políticas públicas UAH sostiene que el consumo problemático de drogas y alcohol “es una de las áreas donde los niños, niñas y adolescentes vulnerados se encuentran abandonados, en un completo estado de naufragio social”

Se solicitó una entrevista al Ministerio de Salud para tratar la problemática del consumo de alcohol y otras sustancias en menores de edad, y el plan Elige Vivir Sin Drogas. Hasta la publicación de este reportaje no ha habido respuesta.

(*) Los nombres de los menores de edad fueron cambiados para resguardar su identidad. 

Comentarios
Sabía ud que... LA CONVENCIÓN DE IMANES SE REALIZARÁ EN UN PARQUE DE ATRACCIONES. -------------------------------- Sabía ud que... “SE VEÍA VENIR” NO ES UN PAJERO NARCISISTA. -------------------------------- Sabía ud que... A VECES CANTO ODAS, OTRAS VECES SOLO ALGUNOS MINUTOS. -------------------------------- Sabía ud que... HAY PERSONAS TAN MALÉFICAS QUE SON EL SEXO DEVIL. -------------------------------- Sabía ud que... CUANDO HANNIBAL LECTER LEE UN LIBRO DE COCINA, PARTE POR EL ÍNDICE. --------------------------------