Felipe Palacios, exalcalde de Estación Central: “Llegué a consumir siete u ocho gramos de cocaína diarios”

Felipe Palacios. Foto: Emilia Rothen

Felipe Palacios, exalcalde de Estación Central: “Llegué a consumir siete u ocho gramos de cocaína diarios”

En medio de la polémica por la denuncia de vínculos entre narcotraficantes y municipios, Felipe Palacios ha decidido desclasificar su historia. Fue el último alcalde designado por la dictadura en Estación Central y en democracia, obtuvo la segunda mayoría en dos períodos consecutivos. Fueron campañas intensas que, afirma, lo llevaron a consumir altas dosis de cocaína, anfetaminas, alcohol y marihuana. La adicción, las deudas con narcos, el alejamiento de su hijo y las frustraciones políticas lo llevaron a dejar su casa con una pistola en la mano y la clara intención de quitarse la vida. Al final, en cambio, tomó un avión rumbo a La Habana, donde buscó rehabilitarse. En el baño del aeropuerto, se jaló la última línea que le quedaba. Ahora está de vuelta.

Felipe Palacios (64 años) de pronto se saca la dentadura. Cuenta que como todos, aspiraba cocaína por la nariz, pero para evitar el “moqueo permanente”, empezó a consumirla por la boca. “Perdí el sentido del olfato”, dice mientras compartimos un café de grano hecho en Cuba y cuyo aroma es incapaz de sentir.

Estamos en el living de un departamento ubicado en el primer piso de una torre gigantesca en Estación Central. Es su nueva casa. Le pido que partamos por el principio. “Tuve una niñez y una adolescencia bastante complicada por pérdidas irreparables”, sentencia a la vez que afirma que dos de sus hermanos murieron cuando él era muy niño: una sufrió una atípica infección conocida como encefalitis letárgica, y el otro se suicidó. En esos años, su familia vivía en la esquina de calle Holanda con Lota, en la comuna de Providencia. Sus estudios los cursó primero en el colegio San Gaspar y luego en el Liceo 11 de Las Condes. 

“Yo el año ‘70 era gordo y había sufrido bullying. Me habían quemado parte del cuerpo en unos juegos de niños, así que empecé a buscar instancias donde poder surgir. Me acerqué, por una cuestión familiar más que ideológica, a la Juventud Nacional en los años setenta. Ahí conocí a Andrés Allamand”,agrega. 

Palacios acompañó al actual senador en una verdadera aventura para la derecha de la época: las elecciones de la Federación de Estudiantes Secundarios de Santiago (Feses) de 1972, recordadas por su virulencia, beligerancia y posterior quiebre. En ese entonces, Allamand usaba una melena -para disgusto de Sergio Onofre Jarpa- que le llegaba hasta los hombros. El prometedor cuadro estudiantil del Partido Nacional había decidido cambiarse del aristocrático Saint George al Liceo Lastarria para ganar visibilidad y llamar a combatir el gobierno de Allende en las calles.

Pero la aventura solo duró algunos meses. Tras el Golpe de Estado, el PN tomó la decisión de desarticularse, Allamand se dedicó a sus estudios de derecho y no volvió a la política hasta varios años después. Por su parte, Palacios no alcanzó a terminar su enseñanza media. Su hermano, que era director de Radio Minería, se lo llevó a trabajar de bodeguero y planillero. “Me empecé a relacionar con locutores, radiocontroladores, todo ese mundo de la bohemia y a consumir mucho alcohol. Tenía relaciones sentimentales básicamente con prostitutas, porque yo era muy gordo”. 

El joven Andrés Allamand. Foto: Biblioteca Nacional

Sin embargo, en 1975 tuvo una relación que lo marcó. Lo contactó una expolola de su adolescencia y le contó que padecía cáncer de pulmón. “Me mandó una foto de ella con las piernas cortadas. Se vino a Chile y vivió conmigo sus últimos seis meses de vida. Murió un 31 de diciembre. Eso me marcó mucho”, reconoce hoy. 

A principios de la década del ‘80, Palacios sufrió un accidente automovilístico. Mientras estaba en recuperación, lo comenzó a visitar un cura que frecuentaba la casa de su madre. “En ese momento, me empecé a cuestionar una posible vocación sacerdotal. Me vinculé a unas charlas que estaban dando en el Seminario San Rafael en Valparaíso y después me aceptaron en el preseminario”. Si bien no lo terminó, esto le permitió sacar su enseñanza media y posteriormente estudiar teología. 

“Me transformé en profesor de religión y participé activamente en la pastoral de la parroquia San Ramón. Me nombraron delegado de la pastoral de la zona oriente, lo que me permitió conocer la situación que se estaba viviendo en Chile”, narra. 

Por esos años se casó por primera vez. Ella era una persona “diez años menor que yo, pero el padre y la hermana presentaban esquizofrenia. Ella era muy brillante, pero al poco tiempo de estar casados empezó a desarrollar signos de esta enfermedad, incluso con agresiones físicas. Hicimos terapia a través de la iglesia y psicólogos, pero yo no pude superar esa situación”. 

Actualmente, ¿sigue vinculado a la Iglesia?

-Voy a misa cada vez que puedo, pero no por compromiso.

¿Cree en Dios?

-Creo en un ser superior.

Felipe Palacios. Retrato de Emilia Rothen

LA CARRERA POLÍTICA

En 1983, Palacios participó en la formación de Unión Nacional y dos años después fue convocado para trabajar en una de las ocho comunas de la Región Metropolitana creadas por la dictadura para su nueva planificación territorial: Estación Central

“Es nombrado alcalde Raúl Alonso, a quien yo había conocido en la Juventud Nacional, y me pidió que lo acompañara como relacionador público y jefe de gabinete”, cuenta. Sin embargo, al poco tiempo se hizo cargo del área de desarrollo social, que describe como “el corazón de la municipalidad”, debido a su contacto directo con los vecinos. 

En 1989, Alonso decidió ser candidato a diputado y Palacios entró en una terna para ser el nuevo alcalde designado de Estación Central, donde finalmente fue ratificado. Como flamante alcalde, fue la primera vez que consumió cocaína. Había llegado medio ebrio a una conmemoración del Día del Profesor y en su calidad de jefe comunal debía pronunciar un discurso ante unas 500 personas. Un colaborador que lo vio mal le pidió que lo acompañara al baño, donde le entregó un tubo de lápiz pasta y un papel encerado que contenía la droga. 

“Vas a ver cómo te despejas de inmediato. Estarás listo para cumplir con tus tareas”, le dijo, y el jale surtió efecto. Cada vez que aspiró cocaína de ahí en adelante, afirma, lo hizo para beber sin emborracharse, evitar sentir sueño e incluso, dice, para prolongar su desempeño sexual. 

Paralelamente, tuvo un “enredo emocional” con su secretaria. Fruto de esa relación nació su único hijo. Sin embargo, lo dejó de ver cuando apenas tenía tres o cuatro meses, justamente, previo a las primeras elecciones municipales. A esas alturas, “yo ya estaba consumiendo marihuana en forma bastante asidua. En la campaña de alcalde había que trabajar de noche y de día, los recursos que había pedido no llegaron; hipotequé mi departamento y empecé a consumir cocaína en cantidades bastante importantes”. 

Uno de los rincones de la casa de Palacios. En la imagen aparece junto a su hijo

Palacios enfrenta en las urnas a Cristián Pareto (DC). “Fue una campaña muy violenta, con muchos recursos, con baleos de noche. Para poder soportarla, empecé a consumir en forma desmedida. Era muy fácil conseguir cocaína con los traficantes”.  

¿A qué llama “en forma desmedida”?

-Uno o dos gramos diarios. Hasta que fui derrotado en la elección del ‘92 y saqué la primera mayoría como concejal. 

Palacios reconoce que durante esos cuatro años no fue un buen concejal. Comenzó una terapia en alcohólicos anónimos y también asistió al psicólogo una o dos veces por semana. En ese mismo período, la madre de su hijo tuvo “problemas personales” y le entregó al pequeño, dedicándose casi exclusivamente a su crianza. “Hasta el año ‘96 tuve solo una recaída”, confiesa.

Ese año fue nuevamente buscado por dirigentes vecinales y los partidos de la entonces Alianza por Chile. “Era el único candidato que se suponía podía derrotar a Pareto. Por el bichito del poder, me dejé tentar y accedí a ser nuevamente candidato. Al poco andar, en agosto, con muy pocos recursos y rodeado de malos equipos, tomé contacto con uno de los traficantes que había conocido”.

Empecé a consumir anfetaminas para poder estar más tiempo sin dormir, activo y con las pilas puestas. Visitando una cantidad de casas puerta a puerta increíble, preocupado de los equipos de pintura de la noche. A fines del ‘96 perdí la campaña, empecé a tomar una botella de whisky diaria, y llegué a consumir hasta siete u ocho gramos de cocaína diarios”, dice. 

Palacios nuevamente salió segundo, pero no concurrió al acto oficial. “Estaba con mi cabeza totalmente destruida. Empecé a tener deudas con traficantes y prestamistas. El año ‘97, en febrero o marzo, yo estaba totalmente en otra. Incluso, algunos abogados me dijeron que me declarara interdicto”, asegura. 

La madre de su hijo decidió llevarse al niño y él optó por irse de la casa de su mamá. “Me llevé la pistola con la idea clara de quitarme la vida”, afirma. Pero algo pasó en el camino, él no sabe si fue mágico o no, pero terminó en el aeropuerto Arturo Merino Benítez tomando pasajes para Cuba, país que había visitado solo en un par de ocasiones antes.

“Sin nada claro, llegué al aeropuerto y me di cuenta que tenía la pistola. La boté en el baño y consumí la última línea de cocaína que me quedaba”, cuenta. Ese mismo día partió rumbo a La Habana. 

Jalado, sin familia, sin dinero, sin nada. Había tocado fondo.

LA VIDA EN LA HABANA 

Una vez en Cuba, se alojó en un hotel y agotó el cupo de sus tarjetas de crédito. Sus recuerdos de esos primeros días son confusos. “Veía hombres vestidos de blanco, camisas de fuerza, no bajaba de la habitación”, afirma sin saber exactamente qué fue de él en esos días. 

“Sin nada claro, llegué al aeropuerto y me di cuenta que tenía la pistola. La boté en el baño y consumí la última línea de cocaína que me quedaba”

Tiempo después fue acogido por una familia de cubanos, pero no duró mucho. “Llegó un momento en que no tuve un peso. Dormí varias noches en el Malecón. Me mantuve con pan con las colillas de cigarro que recogía en la calle”, relata. 

Un día se topó con Miguel Lizama, concejal comunista de Estación Central que se encontraba de visita en la isla. Lo contactó con Julio Espinosa, a quien Palacios define como su “ángel de la guarda” y quien en ese entonces era vicepresidente de la Comisión de Relaciones Internacionales del parlamento cubano. Sus gestiones lograron que fuera atendido en el Hospital Psiquiátrico Gali García. 

Pese al lamentable estado de Palacios, los médicos decidieron que no era conveniente una internación permanente, debido a la ausencia de vínculos familiares y el síndrome de abstinencia. No era lo mejor cortar el consumo “de un paraguazo”. Sin embargo, debió asistir prácticamente 12 horas al día para tener sesiones diarias con terapeutas, psiquiatras y grupos de apoyo. Poco a poco, fue disminuyendo su consumo de alcohol, que era lo único que podía conseguir en la isla. 

A principios de 1999 compartió un departamento en el populoso barrio de Marianao con un funcionario de la embajada chilena en Cuba, Roberto Ávila. A través de su pareja, conoció a Odalys Llanes. Palacios define esta relación como “muy complicada”, puesto que el padre de su pareja, el doctor Julio Llanes Llanes, era un médico vinculado a la inteligencia cubana y a la alta jerarquía del Partido Comunista. “Ningún oficial de seguridad puede tener relación con un extranjero”, explica.

Además, el 26 de julio de 1999, tuvo un fuerte altercado con Odalys por una borrachera. Él le prometió que nunca más iba a consumir alcohol, algo que cumple hasta hoy. 

Van 20 años sin alcohol y 22 sin cocaína ni ninguna otra droga. Pero yo soy alcohólico y drogadicto, porque eso es una cosa que uno no se cura”, dice.

LA DERECHA CASTRISTA

Según Palacios, antes de que partiera a La Habana, Andrés Allamand había puesto sus fichas en él. Pensaba que si hacía una buena gestión como concejal, el partido apostaría a levantarlo políticamente. Pero el año 2000 no se encontraba en el país y optaron por un joven dirigente, totalmente desconocido en la comuna, pero que logró aprovechar el voto de castigo contra Pareto en Estación Central: Gustavo Hasbún Selume

El joven Gustavo Hasbún. Foto: UDI

“Yo lo conocía de muchacho, nunca había tenido relación con él. A través de Lizama me vinculan, me ubican, hablo con Espinosa y coordinamos una visita de Hasbún a Cuba, la que fue un éxito, quedó maravillado”, relata. 

Precisamente, en torno a Palacios y otras figuras, se empieza a fraguar la llamada “derecha castrista”, la cual comenzó a gestionar el envío de jóvenes de dicha comuna para estudiar en la Escuela Latinoamericana de Medicina. “No sacábamos nada que siguiera yendo la gente de izquierda, que era importante, pero la idea era vincular a la gente que no conocía Cuba y no se guiaran por esta impresión de los diarios y los medios de información, y me dediqué a llevar a mucha gente a Cuba”, cuenta. 

Paralelamente, gracias a dinero que le enviaba su hermana a escondidas de su familia, logró comprarse un vehículo y trabajar de taxista en La Habana. También atendía a grupos pequeños de chilenos que querían conocer la otra Cuba, no la de los turistas. “¡Hasbún viajó en ocho o nueve oportunidades!”, exclama. 

Hoy alejado de la política e imbuido en el mundo empresarial, Hasbún recuerda que conoció a Palacios en el seno de Renovación Nacional y asegura que “si hay algo que siempre le voy a reconocer a Felipe es su tenacidad, su persistencia y su constancia por luchar por lo que él cree. Yo me considero amigo de él y toda mi familia le tiene un aprecio enorme”.    

Hacia el año 2004, Palacios se enteró que Allamand también viajaría a La Habana. ¿La razón? Depositar las cenizas de su hijo Juan Andrés, quien falleció a la corta edad de 15 años. El joven Allamand estuvo cerca de 10 años con un daño neurológico severo tras sufrir un accidente en una piscina y recibió buena parte de su tratamiento en Cuba. 

Palacios y Allamand no se veían hace siete años. “Nos habíamos peleado por situaciones de cumplimiento de dinero que me habían ofrecido para una campaña y que después no me llegaron, en fin. También, seguramente, por mi adicción a las drogas. Él apareció afuera de mi casa, conversamos por cerca de una hora y al final me convidó a la celebración de su cumpleaños. Ese día estuvieron las más altas autoridades cubanas”.

También se convirtió en cómplice de la visita de Gladys Marín a la isla. El 2003 se le había detectado un tumor cerebral a la dirigenta comunista, por lo cual viajó a La Habana para recibir tratamiento. Dentro de su agenda de actividades, recibió la condecoración más alta que puede entregar el Consejo de Estado cubano: La Orden José Martí, y para la celebración, incluyeron a Palacios en la lista de invitados.

“Un par de veces la saqué en mi auto, porque le tenían cauto protocolo y todas estas cosas que a ella no le gustaban. La llevé a ferias artesanales, en fin. Tengo la mejor opinión de toda la gente, que puede estar equivocada o no pensar como pienso yo, pero que se juega por lo que cree. Eso tiene un valor tremendo. Y Gladys se la jugó por lo que creyó siempre”, dice Palacios.

Ambos concordaron nuevamente en la celebración de los 50 años del Asalto al Cuartel Moncada en Santiago de Cuba. Se hospedaron, almorzaron y desayunaron juntos en el mismo hotel. Palacios recuerda que ella ya estaba comenzando a sufrir intensos dolores de cabeza y él justo andaba con algunos remedios.

El día del acto estuvimos con Fidel Castro. En esa comida, donde estaba Allamand, también llegó Fidel. Él fue un líder tremendo para Cuba, creo que el mayor valor de él fue enfrentarse a un imperio como el norteamericano, y no aceptarles ni la punta. Eso le dio mucha dignidad al pueblo cubano”. 

A Palacios le brillan los ojos. “Yo tengo una gratitud eterna con Cuba porque me permitió vivir de nuevo sin preguntarme nunca qué pensaba, qué decía. Aquí incluso corrieron que yo era agente de la seguridad cubana. Que me habían lavado el cerebro. Jamás. Nunca se me pidió ni siquiera el pasaporte”, sentencia. 

Felipe Palacios al extremo izquierdo de la foto. Al centro Guillermo Tellier, Gladys Marín y Fidel Castro

REGRESO A CHILE

Buena parte del mundo que había construido Palacios en La Habana se comenzó a derrumbar: debido a un cáncer cerebral, muere el concejal Lizama, quien vivió sus últimos seis meses en su casa, junto a Odalys. Espinosa, su gran aliado, también fallece víctima de un tumor. Palacios recuerda que le levantaron un busto frente a la Universidad de Santiago (Usach) que “después los estudiantes, sin saber seguramente quién era, lo destruyeron”. 

Odalys, su gran amor, también decide cortar la relación. El quiebre revive los pensamientos suicidas que lo habían atormentado años antes. “Se me vino el mundo abajo”, admite. Afortunadamente para él, cuando se tiene que ir de la casa, “la gente del partido y del gobierno cubano, quienes nunca me pidieron un compromiso político ni nada, me entregaron un departamento en un barrio muy alejado”.

El lugar estaba en mal estado, pero Palacios se entusiasma con su reparación. Además, aprovecha ese tiempo para escribir el libro “El laberinto de la droga”, donde relata su experiencia. En la isla se imprimieron 10 mil ejemplares. Comenzó a recorrer la isla haciendo charlas y conversatorios. Casi de memoria, el exalcalde explica que para dejar la adicción, lo primero es “la abstención total. Después mejorar las melladuras de carácter producidas por el consumo. Y tres, rehacer con creces el mal causado a la sociedad”. 

“Es momento de pedir disculpas”, pensó Palacios. Y pese a las causas pendientes en su contra y las deudas que mantenía con narcos, decidió volver a Chile cuando su madre tenía 101 años. Palacios apenas pudo contener el temor, porque “los traficantes no cobran con los tribunales, sino que de otra manera”.

¿Cómo lo “apretaban” los narcos?

-En ese tiempo me amenazaban. Me pedían cheques en blanco y los llenaron con cantidades increíbles. Me llamaban por teléfono. Me acosaban ofreciéndome droga, para meterme más. Ya no he tenido contacto con ellos ni los he buscado.

Inicialmente, las visitas a Chile fueron esporádicas, porque Palacios tiene responsabilidades en La Habana. Se convirtió en presidente del Comité de Defensa de la Revolución (CDR) de su edificio, e inició una nueva relación sentimental en la isla. Con su nueva pareja contrajo matrimonio y lograron venir juntos a Chile. Sin embargo, al poco tiempo ella adujo que la relación “no daba para más” y le pidió el divorcio. Meses después, él se enteró que había escapado a Estados Unidos. “Me había usado”, dice resignado. En el mismo período también murió su madre.

En sus breves visitas a Santiago, comenzó a hacer algunos trabajos para la municipalidad de Estación Central, ahora bajo el mando de Rodrigo Delgado, hasta que se termina radicando en la comuna. “Él me contrató como simple empleado del Centro de Salud Comunitario (Cosam) en un proyecto dental de Junaeb. También estamos presentando un proyecto para hacer charlas de drogadicción y alcoholismo”.

Acá en Chile, también entabló amistad con el nuevo concejal comunista de la comuna en ese momento, el abogado Hugo Gutiérrez. “Él y su esposa Carmen fueron un apoyo tremendo en las primeras semanas, porque yo estaba totalmente deshecho con esta separación. Igual que don Jaime Tohá, que hoy es diputado y era embajador. Me acogió, a pesar de mi pasado político”. 

Palacios se define a sí mismo como un “bicho raro” políticamente. Sigue teniendo residencia en Cuba y viaja de visita una vez al año por lo menos.

¿Qué le parecen los casos que han aparecido el último tiempo de municipalidades vinculadas al narcotráfico?

-Es gravísimo que los municipios y la política estén influidos por la droga. No conozco en detalle los efectos en San Ramón, pero hay signos bastante graves. En otras comunas no he visto. Hay que hacer un trabajo profundo y evitar por todos los medios que la política esté salpicada, porque ahí sí que ya estamos liquidados.

¿Le parece que ha aumentado el narcotráfico desde su época?

-Yo creo que sí. Si no hay una política absolutamente dura, eso no se soluciona. En Cuba, un traficante recibe entre 20 y 30 años de cárcel.  

¿Pudo resolver su situación de deudas que tenía con narcos?

-No tengo paranoia, pero sé que darme a conocer públicamente es peligroso. No le tengo miedo, porque el drama es tan grande que vale la pena el esfuerzo y me da mucha rabia. Testimonios como el mío o de cualquier persona que haya vencido esto, te demuestra que una persona puede salir.

En su época, ¿hubo vínculos de narcos con la municipalidad o con su campaña?

-No, mi campaña la financié con dos departamentos que tuve y el apoyo de mi familia. Mi vínculo era como comprador. 

Hace un año y medio, Palacios ofreció una charla en la Escuela de Formación de Carabineros en Cerrillos. Le habían dado una hora y media, pero la conversación se extendió por cerca de tres horas. “Me hicieron 36 preguntas”, recuerda con la aguda memoria que ha mostrado durante toda la entrevista. 

“Ojalá pudiera dedicarme en forma completa a esto”, cierra.  

Comentarios
Sabía ud que... EN LOS CARRETES DE LOS ZANCUDOS SIEMPRE HAY ALGO PA PICAR. -------------------------------- Sabía ud que... A VECES CANTO ODAS, OTRAS VECES SOLO ALGUNOS MINUTOS. -------------------------------- Sabía ud que... HAY PERSONAS TAN MALÉFICAS QUE SON EL SEXO DEVIL. -------------------------------- Sabía ud que... CUANDO HANNIBAL LECTER LEE UN LIBRO DE COCINA, PARTE POR EL ÍNDICE. -------------------------------- Sabía ud que... COMO NO VAN A DEJAR LIBRE A LOS LADRONES SI LES DICEN “HABLE AHORA O CALLE PARA SIEMPRE”. --------------------------------