Testigos de los cinco buses quemados: “Estábamos todos ahí, todos paramos las micros”

Sábado 19 de octubre, a un día de la suspensión del servicio de Metro en sus líneas 1 y 2, tres manifestaciones provenientes de Plaza Italia, Vicuña Mackenna y Diagonal Paraguay se juntaron en esta última esquina. Pancho y Javier venían corriendo de las bombas lacrimógenas que policías lanzaban desde Portugal. Gaspar se movía entre Rancagua y Providencia. Los tres vieron las cinco micros arder.

Por Romina Reyes.

Javier (nombre cambiado) es un hombre joven que participó de la intervención que terminó en la quema de cinco buses del Transantiago junto a su novio chileno, Pancho. Viven en calle Portugal hace pocas semanas, aunque conocen el barrio desde antes. Hace tres años vivieron en calle Carmen, la pequeña Venezuela santiaguina.

Ambos vivieron el día viernes en sus oficinas, informándose por la televisión y las redes sociales sobre la suspensión del servicio de Metro, y las protestas.  Por la tarde, caminaron hasta su casa, y al menos hasta las 10 de la noche vivieron una vida “normal”, aunque sabiendo que el edificio de Enel se incendiaba cerca de su departamento.

“Ese día sábado con Pancho habíamos quedado de salir, ver qué onda. Fuimos con una amiga del Pancho a Diagonal Paraguay con Portugal” relata. Al rato de estar ahí, denuncia que la policía comenzó a dispersarlos con bombas lacrimónegas.

“Los pacos estaban detrás de un guanaco, y tiraron una bomba que cayó adentro del patio de urgencias de la Posta. Fue lo que más me impresionó. Ahí la devolvieron y nos cayó a nosotros”, cuenta Javier.

Pancho comenta que era una protesta pacífica “pero después llegaron los pacos, tiraron lacrimógenas. Salimos todos arrancando”, dice. Para huir de las bombas, Javier cuenta que el grupo corrió hasta Vicuña, “donde está el paradero de la micro que siempre tomo (risas). Y ahí estábamos como súper tranqui, había una fila enorme de autos, y nada, estábamos ahí protestando, tranquilos. Había muchos jóvenes, mucha gente” cuenta. 

Paralelamente, Gaspar venía en un ir y venir entre Plaza Italia y Rancagua desde el mediodía.

“A las 12, doce y media yo estaba en Plaza Italia, había un grupo igual importante de gente manifestándose de forma pacífica. Eran hartas personas, no tanto un cúmulo, yo diría unas 70-80 cien personas en una esquina, y más alrededor. El ambiente era bien festivo, todos apañándose, nadie actuando de forma violenta, salvo un par de tipos que fueron calmados por la misma gente que estaba ahí. Yo diría que no peligroso, sino bien fraterno, pero los pacos nos empezaron a tirar lacrimógenas y nos empezaron a mover a Bustamante” cuenta. 

En Vicuña, Javier y Pancho se encontraron con otro grupo de personas protestando. “Había tráfico”, dice Javier, “estaba muy parado, entonces los mismos autos trancaban el paso a los autos que iban a reprimir, y ahí tiraban bombas pa que se disipara la cosa un poco”. 

“Sí, habían autos de pacos, de milicos, me cuesta identificarlo. Se veía a lo lejos, que iban llegando, y les gritábamos cosas, yo veo un camión verde y entro en pánico. Pero la gente lo que hacía era que se aglomeraba y no dejaba que llegaran a la Alameda” cuenta Javier. 

Gaspar, por su parte, más cerca del Parque Bustamante, veía cómo llegaban militares. 

“Empezamos a bajar, subir, bajar, subir por Bustamante, y a la 1 y algo, ya estábamos por Rancagua, entonces vimos fuego a lo lejos” relata. A su alrededor, había gente quemando cosas, barricadas, y “harta piedra volando, pero en ningún momento me sentí en peligro, excepto cuando aparecieron los milicos”.

“Ahí la cosa se puso fea. Mucha gente corrió”, cuenta, “nosotros los detuvimos, los echamos, se fueron pa otro lado, eso. Y nada, la gente era gente del barrio, la mayoría eran vecinos”, comenta, ya que él también vive en el sector. “Llegaron los milicos, los espantamos, gritábamos, les dijimos que se fueran, se fueron”, relata.

En dicho escenario, las micros que iban del centro a Providencia comenzaron a varar.

“Había mucha gente”, recuerda Pancho. “Había una concentración en cada esquina. Unas 60- 50 personas en mi grupo, y en la otra esquina entre 70 y 100. Y toda la gente se puso a protestar y vueltas locas, todas pararon las micros. Estábamos todos ahí, todos paramos las micros”, dice.

“Lo primero que pasó es que sale un cabro que le hace señas al conductor”, relata Javier. “El conductor se baja y lo primero que hace es agarrar el extintor. Y ahí todos como ¡eh, eh, eh!, celebrando”, dice.

“Los choferes se bajaron también así como ya chao con esta hueá, hagan lo que quieran”, agrega Pancho, “y ahí las empezaron a quemar. Quemaron una micro, y después quemaron otra, y después quemaron otra. Fue harto rato, estoy hablado de por lo menos veinte minutos. 

“Como que igual, fue súper emocionante, nunca había visto algo así”, dice Javier, “la gente aplaudiendo… fue bacán” dice.

SENSACIONES DE EMERGENCIA

Javier, venezolano, lleva tres años en Chile. Dice que es la segunda vez que le toca vivir una situación de este tipo. “Me trae muchos recuerdos, mucho flash back que tenía bloqueado”, dice. Salió a la calle para acompañar a su pololo, Pancho, “él quería estar afuera, y por otro lado yo no puedo hacer la vista gorda”, comenta.

Viviendo en uno de los epicentros de la protesta, siente que “el ambiente está súper tenso, pero al mismo tiempo es bonito ver que todos están como muy motivados, muy felices, y una felicidad que la puedo nombrar como esperanzadora”, dice. 

El día de la quema dice que “era extraño, había rabia, sí, pero había una felicidad que se sentía del colectivo luchando por una causa. Me sentía súper nervioso, ver a los milicos, la gente vestida de verde le llamo yo, siempre me pone nervioso. Los motorizados también me ponen nerviosos, por experiencias previas, pero a pesar de todo eso se veía mucha gente, y gente que se apoyaba entre sí, y eso fue bonito”, dice Javier.

El día de la quema, y unas cuadras al oriente, Gaspar se acercaba al fuego para comprobar que el rumor fuera cierto: lo que se quemaba eran micros. “Cuando las micros dejaron de quemarse nos acercamos a Vicuña y cachamos que de la Diagonal hacia abajo estaban armándose barricadas. Quedamos plop”, dice.

“Después leímos en las redes sociales que eran micros puestas, no sé si esa información estará correcta. Pero no había pacos ni milicos”, dice. Pancho, por su parte, confiesa que en el momento no le pareció raro ver cinco micros juntas, además que la quema ocasionó una celebración entre las personas que estaban ahí. “Llegaron los pacos, tiraron lacrimógenas, y en todo ese rato quedó muy la cagá, igual fue raro porque en esa esquina hay una bomba de bomberos, y no salieron nunca, también era raro que se supone que estaba suspendido el servicio de las micros… pero en ese momento no me pareció raro”, comenta.

Gaspar dice que el estado de emergencia lo tiene muy inquieto, muy estresado, “muy chato. He tenido que hacer fila, me he demorado en hacer trámites, pero no me preocupa. Del resto de la gente no he sentido ningún temor, al contrario, nos hemos estado apañando con las lacrimógenas, nos cuidamos. Los únicos que han estado causando terror son los milicos y los pacos, esos hueones deberían salir de la calle y parar este estado de caos que están manteniendo”, comenta. 

A Javier, el estado de emergencia le ha recordado las protestas de Venezuela, entre enero y febrero de 2014. “Fue una protesta dirigida por los estudiantes a partir de un hecho muy puntual: En Venezuela el 2014 sucedió la muerte de un estudiante en la marcha del día de la juventud, y eso agrupó un descontento mayor. En esa parte se parece caleta, y después en todas las regiones empezó a escalar. A Venezuela lo que le faltó fue no creerle el cuento al gobierno. Fue muy pasivo, cuando salían los líderes a decir guárdense en sus casas. He peleado caleta con gente de Venezuela que critican, que repudian lo que está pasando, y digo ya hueón cálmate un poco porque tú eras el primero en hacer barricadas allá en Venezuela. No puedes juzgar algo que tiene más historia que el tiempo que tú llevas viviendo acá”, opina.

Pancho no ha dejado de salir a la calle. Para el, el estado de emergencia “es el gobierno diciéndole a la gente que le tiene miedo, que al fin escucharon lo que la gente tiene que decir y no les gustó nada. Nos apretaron con el neoliberalismo hasta que ya no dio más y ahora están con miedo de que les devolvamos la mano”, opina. Ve en la calle que “solo hay odio por la clase política y el sistema que impusieron, y me parece bacán”, termina.

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