Saben cuidarse solas: Mujeres resguardan su lugar en las manifestaciones de la Plaza de la Dignidad

Agencia UNO

Saben cuidarse solas: Mujeres resguardan su lugar en las manifestaciones de la Plaza de la Dignidad

De forma orgánica, decenas de ciudadanos se desplegaron en las primeras líneas de defensa y choque en la rebautizada Plaza de la Dignidad. Y aunque la prensa y las redes sociales muestran y cuestionan la posición de hombres como temerarios escudos humanos, lo cierto es que las mujeres han ocupado un lugar activo, autoconvocado y protagónico en la lucha callejera. Una forma de enfrentamiento que genera controversia, donde la discusión acerca de quién genera la violencia también es un campo en disputa. Una rescatista, una matalacrimógenas y una picapiedras cuentan cómo es habitar este espacio, y cómo es participar de una forma de resistencia que exige poner sus cuerpos de frente a la represión.

Martes 10 de diciembre, a 13 años de la muerte de Pinochet, y en una nueva conmemoración del día de los DDHH, la manifestación suma otro día en Plaza de la Dignidad. Los focos de enfrentamiento con las fuerzas policiales se ubican en Vicuña Mackenna con calle Carabineros de Chile, y de manera más intensa, en Alameda y Ramón Corvalán. En esos puntos se despliega la llamada primera línea.

Pueden contarse hasta cinco o seis líneas desde la barricada hacia la manifestación: las personas que tiran piedras con las manos, otras que pican la calle y acercan piedras en bolsas, telas o en sus poleras; un grupo armado con hondas, y luego un espacio vacío donde se despliegan quienes apagan bombas lacrimógenas con rudimentarios bidones de agua, personas con láser verde apuntando a los conductores del guanaco y zorrillo, y una decena de brigadas de salud que se mueven repartiendo agua para aliviar el ardor químico producido por los gases de carabineros.

A esa altura de la manifestación, todas las personas están en mayor o menor medida encapuchadas. Es muy difícil identificar si son hombres o mujeres.

Paloma es parte de una brigada de primeros auxilios. Atienden impactos de perdigones y quemaduras ocasionadas por bombas lacrimógenas que llegan al cuerpo. “Aunque están encapuchadas, te das cuenta que hay mujeres por el cuerpo. Las minas le ponen el hombro a todo. Me ha tocado atender a chicas que reciben lacrimógenas en los senos. Duele, no es lo mismo ese impacto en un hombre”, comenta. 

La brigada se mueve entre Parque Bustamante, donde nos juntamos, y Universidad Católica. Este día solo somos mujeres, tres cis y una trans. Equipadas con overoles, antiparras obligatorias, casco, máscaras antigases y un escudo en manos de A, la más alta y fuerte, para el autocuidado. Todas llevamos botellas de agua –con bicarbonato, con leche de magnesia- y usamos chapa, porque se rumorea que hay carabineros infiltrados en la primera línea, y si pasa algo, gritar el nombre real puede ser peligroso. 

Imagen de referencia. Foto: Agencia UNO

El ambiente es esquizofrénico. Mientras dejamos atrás a las personas que toman sol en el parque, en Vicuña Mackenna la batalla se desata, con disparos desde la esquina de calle Carabineros de Chile, lo que calienta los ánimos en el sector. Dos bombas impactan muy cerca de nosotras y quedamos afectadas por el gas que logra colarse por las rendijas de nuestras antiparras.

“Vivir la primera línea los primeros días era para llorar. Llegar a tu casa, vomitar, pasarla mal. Después te curtes”, dice Paloma. Si bien la brigada no participa del enfrentamiento, para que su misión sea efectiva, debe estar ahí. Observando, voceando: ¿Algún herido, algún herido?”.

En los días que Paloma lleva saliendo percibe que las mujeres en ese espacio “están cuadraditas con lo que tienen que hacer. En las barras de equipos hay muchas mujeres también. Con una pura mirada cachan lo que está pasando”, comenta.

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Nos acercamos a la esquina de Namur y Alameda. Justo al frente, en la Plaza de Carabineros, y detrás de una palmera, alcanzamos a ver a un policía disparando bombas de humo. Ahí se despliega otra primera línea, mucho más desordenada de lo que sugiere el término. 

“Primera línea es un concepto que viene de la estrategia militar y se refiere a la gente que enfrenta directamente al enemigo”, explica la historiadora Cherie Zalaquett, autora de Chilenas en armas (Catalonia). Ella ha investigado precisamente el lugar que ocupan las mujeres en el Ejército y en grupos subversivos. “Cuando en 1974 las mujeres se incorporaron al Ejército de Chile, lo hicieron para realizar labores de apoyo, de asistencia, de logística, pero en ningún caso en primera línea. En el ámbito subversivo el escenario no fue muy distinto”, dice.

Zalaquett menciona casos destacados en el FPMR, como el de la comandante Tamara, Cecilia Magni, o Fabiola, cuya identidad se desconoce, y que participó en la primera línea de fuego del atentado a Pinochet. Pero incluso en estos espacios, la presencia de las mujeres fue marginal.

ACCIÓN DIRECTA

En las primeras líneas el sonido de disparos de perdigones y bombas lacrimógenas es permanente. Aparecen las heridas: un perdigón en el muslo. Un ojo ardiendo por efecto de un chorro de agua de guanaco. Piel ardiendo por las quemaduras químicas que ese mismo día Carabineros admite ante la prensa. 

Algunas personas que nos ven nos regalan insumos médicos. Los llevamos a las enfermerías provisorias que atienden las heridas más graves, como el pasaje Santiago Bueras con calle Irene Morales, ésta última nombrada así por una soldado de la Guerra del Pacífico.

De vez en cuando aparecen encapuchadas a pedir agua en la cara para contrarrestar el efecto del humo. Y personas que cargan bidones de agua de seis litros, las “matalacris”, que ayudan a reducir el efecto de las bombas. 

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Es lo que hace Pascal (23, estudiante). Un día subió al caballo, ayudada por un hombre que le preguntó cuál era su lucha. Ella dijo “el feminismo”, mientras él respondió que luchaba por “el bulla”

Siempre cerca de la emblemática estatua apostada en la rebautizada “Plaza de la Dignidad”, Pascal le perdió el miedo a las armas cuando tomó su primera lacrimógena: “Al principio agarraba las bombas y las tiraba al Mapocho. La acción de agarrar una es perderle el miedo”, dice. 

En un punto decidió adentrarse en la primera línea, pero no sola, porque “hay muchos hombres”. Entonces se organizó con uno de sus amigos, que ya tenía la técnica para matar (apagar) lacrimógenas. “Los guantes son lo más importante porque si no, te quemai. Lo típico es el bidón de agua con bicarbonato, para las clásicas redonditas. Hay que pensar en la capucha, lentes, mascarilla, porque si vai a tapar lacri, teni que tener mascarilla sí o sí, o vas a vomitar”, explica Pascal.

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G tiene 38 años. Participa de la primera línea, sin especificar una labor concreta ni un lugar fijo. “Depende el día, por ahí vas con una idea… a veces voy con pico y martillo, y saco piedras. Otro día pensaba que iba a hacer de todo y me quedé escondida porque no daba más, otras veces voy a tirar piedras. Tengo buena puntería, pero no llego muy lejos, entonces no sé qué tanto aporto ahí”, agrega.

G se identifica más como camiona que como mujer, y en la primera línea, dice “soy leída como hombre”. No le molesta, piensa que “igual está bueno que piensen que son solo ellos, que se lleven los créditos, no importa”, se ríe. Le pregunto si percibe a otras mujeres en primera línea. Dice que ha visto un montón de chicas trans, maricas y camionas no binarias. “Como estamos en el anonimato se percibe por el cuerpo. Me pongo cerca de ellas y habito con ellas. Yo no activo con varones, ni en la asamblea barrial ni en la vida ni nada. Con esto que está pasando, ahora tenemos intereses comunes”, indica.

Pascal también nota la presencia de otras chicas por el cuerpo. “Hay cabras que van a todas… siempre dos o tres, juntas, no he visto a una cabra sola que camine por ahí sola, sin compañía de amigas… están bien encapuchadas, tapadas, se diferencian los gritos… las que empiezan a gritar son las mujeres. Los gritos de ‘el pueblo unido…’, ‘que se vayan los pacos’, muchas voces femeninas dando esa contención… pa’ tirar pa arriba, ‘ya ¡vamos cabros!’… ya dirán ‘vamos cabres’”, piensa.

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Cherie Zalaquett en el artículo “La frentista ‘Fabiola’, un relato en reversa del atentado a Pinochet”, dedicado a la guerrillera que participó en 1986 del atentado al dictador, indaga en las prácticas de militancia femenina en grupos armados subversivos. Dice Zalaquett que, para una mujer, ocupar esos lugares, implica “corporizar posiciones simbólicas masculinas”.

“La guerra y el enfrentamiento son configuraciones simbólicas que provienen de una cultura patriarcal”, dice la historiadora. Comenta que mientras hay posiciones feministas que promueven el acceso paritario de las mujeres a las FFAA, ya sea de forma institucional o irregular, de tipo subversivas, hay otras posiciones que consideran que los espacios de enfrentamiento armado son siempre masculinos, y que ni las mujeres ni homosexuales deberían incorporarse a estos escenarios. 

Zalaquett cita a la antropóloga Francoise Héritier, quien dice que las mujeres están acostumbradas a dar la vida y derramar sangre, pero la propia, no la de otros

La perspectiva de Héritier sirve para pensar la diferencia sexual. La autora lee a partir de la sangre las construcciones estereotípicas fundadas en lo biológico: la esperma versus la menstruación, dando pie a una relación de perfección/imperfección, pureza/impureza que redunda en la supremacía de lo masculino frente a lo femenino. En ese sentido, cuando la mujer participa de las armas lo que transgrede es un mandato cultural.

DEFENSA O VIOLENCIA

“Es complicado determinar si hay violencia o no de parte de la primera línea”, opina Cherie Zalaquett. “El discurso de la primera línea es que ellos enfrentan a las FFEE de Carabineros, supuestamente, para permitir que la otra gente se pueda manifestar en paz”. Ella opina que “hay resistencia a lo que las FFEE hacen”, y resalta que “los  informes de DDHH (ONU, Human Right Watch y Amnistía), señalan que el problema de Carabineros ha sido reprimir más la manifestación pacífica que aislar a los grupos que solo realizan vandalismo y violencia”, apunta Zalaquett.

“Habría que ver, Naciones Unidas acaba de expresar a Chile en su informe la preocupación por el proyecto de Ley Antisaqueos, el Frente Amplio se arrepintió de haber votado por esta ley, porque criminalizaba la protesta pacífica”, dice la periodista.

Entonces, hay un doble discurso. Formalmente, y haciendo caso al Estado de Derecho, atacar la propiedad pública es vandalismo. Cherie destaca a quienes se han asumido como integrantes de esta primera línea, de acuerdo a lo que ha publicado la prensa, “la gran cantidad de gente que participa en estos actos de vandalismo son sujetos populares, niños del Sename… personas marginadas por el sistema económico y social por la criminalización del sujeto social que se identifica como delincuente, pero la sociedad no asume su responsabilidad con respecto a qué le corresponde decir acerca de esta grandes masas de jóvenes que quedan excluidos de la educación, del acceso a la salud, etc.

“Habría que ver, hilar muy fino, respecto de la responsabilidad que tiene la sociedad chilena en la marginalización de ciertos grupos sociales, al privarlos del acceso a los beneficios del sistema y dejarlos sin poder incorporarse. En ese caso se necesita una reflexión de la sociedad, porque los vínculos con el territorio se han perdido, las personas que destrozan luminarias, veredas, no tienen un vínculo con ese lugar, no lo sienten como propio”, señala Zalaquett.

Entonces, “respecto de la violencia, hay un doble discurso siempre, es un campo de debate, en términos de que se culpabilizan unos a otros, Carabineros siempre culpabiliza a los manifestantes de la violencia, y a su vez los manifestantes señalan que son Carabineros los que los provocan para iniciar las acciones de violencia”, dice Zalaquett.

“MACHITOS” DE BARRICADA

Pascal relata que la primera vez que salió a apagar lacrimógenas, cerca de la primera línea, agarró una y escuchó a un hombre atrás suyo diciendo “¡su manito!”, creyendo que no usaba guantes y que no estaba preparada. “Eso me quedó muy marcado, la precaución que tienen ellos por las mujeres que están ahí, que no les vaya a pasar algo. Ahí dije ‘yapo, basta, estoy preparada igual que tú, si estoy aquí’”, dice.

Esa sobreprotección también la ha sentido a la hora de esconderse, o de agacharse para evitar los perdigones. “Siempre hay un hueón que me da órdenes, ‘¡avanza, avanza!’… al principio me quedaba callada, pero ya no, siento que se recuerda constantemente. Como que te ‘cuidan’ pero es limitante… yo puedo cuidarme sola. Yo creo que por eso no hay tanta cabra en la primera-primera línea, porque te van a dar órdenes… a menos que vayai con un hombre, y ahí no te molestan”, cuenta.

“Me ha pasado que cuando están las chicas picando piedras vienen los chongos a decirles cómo picar”, comenta G. “Yo los ignoro completamente, pero sí les tiro agüita para que respiren, aunque estén funados. Es típico, pasa en todos los lugares que habitamos. Yo no les digo cómo tirar la piedra, que ellos no me digan a mí como picar la calle”, señala.

Por eso, a Pascal le parece relevante ser una mujer y habitar la primera línea. “Yo lo hago porque sé que es importante que haya mujeres ahí, si me considero feminista, es mi forma de aportar, poner mi cuerpo de mujer en ese lugar, para visibilizarnos ahí”, precisa.

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En La guerra no tiene nombre de mujer (Debate), de la rusa Svetlana Alexiévich, ganadora del Nobel 2015, se relatan historias de mujeres que formaron parte del Ejército Rojo (casi un millón), y que pelearon en la Segunda Guerra mundial. El libro cuenta que, por ejemplo, a ellas no les daban zapatos militares porque no existían para mujeres. 

Alexiévich constata que todas eran muy jóvenes, incluso adolescentes de 15, 16 años. Eran mujeres que habían tomado las armas, y no recibieron el trato heroico que recibieron los hombres al volver. “Los hombres permiten con desgana que las mujeres entren en su mundo, en su territorio”, escribe. 

Muchas volvían mutiladas, y preferían no recibir la pensión a decir que habían ido a la guerra, porque les daba vergüenza. Y, dramáticamente, la guerra para ellas significaba el recuerdo de su juventud: “…están enamoradas de todo lo que les pasó, porque para ellas no solamente es la guerra, también es su juventud. El primer amor”, dice el libro.

ENCAPUCHADAS

Cherie Zalaquett observa que “la primera línea del movimiento social chileno fue una configuración espontánea de jóvenes encapuchados que resolvieron organizarse como una primera línea para autodefenderse, y defender a la gente que participaba en las manifestaciones”. 

En ese sentido, pese a que el término “primera línea” tiene un origen militar, inscribe este fenómeno en una línea de continuidad histórica con “las manifestaciones que se dieron a partir de los 80 en las poblaciones, en contra de la dictadura, donde el pueblo organizado, cuando protestaba, recurría a elementos domésticos para defenderse”, dice.

Cacerolas como cascos, y adoquines convertidos en proyectiles para atacar a carabineros. Objetos del paisaje cotidiano que se convirtieron en un tipo de arma frente a chalecos antibalas, bombas y lumas de metal. Así, el enfrentamiento fue tremendamente desigual. 

Para G, la primera línea es un espacio acéfalo, donde la organización es sobreentendida. “Por ahí hay grupitos de activación que se conocen, pero es súper acéfalo. Creo que la organización como que va surgiendo con el correr de los días”, comenta. 

Pascal coincide. Ella no responde a las órdenes de nadie. Dice que el objetivo principal de la primera línea es “cortar el paso, todo se organiza en torno a eso. Ahí se mantiene, lo demás es intuitivo, lo demás es defenderse”, piensa, “decir ‘ya tiraron una lacri, a apagarla’, van dos, dos más, otro dice ‘no la patees, ¡viene otra!…’ Es algo muy del presente. Esta cosa de avanzar juntos, en cinco pasos llegamos allá, resguardarse, taparse, es algo más intuitivo que organizado”, opina.

La lógica del encapuchado alude al movimiento zapatista en México, referente de las luchas indígenas latinoamericanas. Una novedad respecto de los movimientos guerrilleros tanto europeos como latinoamericanos de la militancia de los 60 y 70, que como recuerda Zalaquett, actuaban a cara descubierta. 

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“Dentro del movimiento zapatista indígena de Chiapas, las mujeres fueron las primeras en declarar y exigir los derechos revolucionarios de las mujeres. Ellas hicieron su declaración de la ley revolucionaria de las mujeres y exigieron paridad dentro del movimiento”, agrega, 

El primer artículo de la ley reza que “las mujeres, sin importar su raza, credo, color o filiación política, tienen derecho a participar en la lucha revolucionaria en el lugar y grado que su voluntad y capacidad determinen”, mientras que la novena dice que “las mujeres podrán ocupar cargos de dirección en la organización y tener grados militares en las fuerzas armadas revolucionarias”. Esto ocurrió en 1993, mientras otros movimientos revolucionarios adoptaron demandas de género después del 2000.

Las mujeres zapatistas fueron muy vanguardistas en términos de exigir una paridad en la lucha revolucionaria. No lo hemos tenido en Chile, ha sido tardío, pero sí es posible que se dé en los movimientos sociales actuales, debido a la conciencia social feminista de los últimos años, la que motiva también la incorporación de mujeres a la primera línea”, piensa Zalaquett. 

VENCER EL MIEDO

Pese a que las convocatorias han reducido la masividad de los primeros 30 días de manifestaciones, “Plaza de la Dignidad” permanece como un espacio tomado entre seis y nueve de la noche. A esa hora, la brigada de Paloma da la última ronda. Siempre entre el arrojo y el riesgo, caminamos hasta Vicuña Mackenna, donde están los últimos encapuchados. Avanzamos a un kiosco vacío, donde vemos avanzar el guanaco. Nos quedamos ahí, apretadas una contra otra, mirando hacia abajo, mientras los carabineros hacen su última barrida represiva, y la primera línea finalmente se dispersa. 

Es un minuto de un rocío químico, ruido de sirenas y disparos.

“Hemos estado en situaciones de constante peligro”, dice Paloma. “No deja de ser duro. Vemos cómo se llevan a las personas a la rastra, pegándoles lumazos, y llegamos al punto de normalizarlo para que no te afecte tanto”, dice.

-¿Y qué pasa en tu cabeza, en tu corazón cuando estás al frente? -pregunto.

-Se van a negro –responde Paloma. 

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Cuando G va a la primera línea dice que va sola, pero avisa a sus amigas. Envuelve su pasaporte en una bolsa, y se anota el teléfono de una abogada en el cuerpo. “Creo que lo que me da miedo es que me pillen y se den cuenta que no soy hombre, y me hagan cosas, tipo torturas, o violación correctiva. La corporalidad que habitas tiene más riesgo, he pensado formas de salvarme, como decir que estoy menstruando, o vomitarme encima… Igual no me paraliza ese miedo, soy pilla, corro rápido, me puedo esconder bien, debajo de un auto, en pasajes… pero he visto personas que han agarrado al lado mío. El riesgo existe”, sostiene.

Pascal trata de mantenerse atenta a la calle. Apagar la bomba es una acción muy concreta, y en eso trata de pensar: “Hoy voy a apagar esto, porque no es difícil, es fácil: llega la lacri, si no la ves por el humo, tu amiga te ayuda a buscarla. Cuando la encuentras, al bidón y se sacude”.

La contraparte del miedo es, como dice Sara Hebe en su canción ACAB, el placer de “ver a las fuerzas superiores retroceder”. “Siempre es catártico verlos correr de vuelta”, añade G.


En nuestra última vuelta por la “Plaza de la Dignidad”, habitada a esa hora solo por FFEE de Carabineros, escuchamos unos gritos de histeria. Acogemos a una persona con ataque de pánico, y escucho claramente como un policía imita los gritos en la oscuridad. Acompañamos a esta persona a su casa, caminando por la Alameda. A cada piquete, una barricada se le enfrenta, cortando en algunos puntos el tránsito de vehículos. Cuando pasamos cerca de los piquetes, levantamos los brazos.

“Si vas a pasar por la primera línea, vas con tu billetera, tu plata, tu carnet de identidad, pero con nada que los pacos puedan meterte, y decirte ‘ah, andai con encendedor, dónde está la molotov…’. A nosotras nos dijeron jamás hagas que un paco se enoje, porque va a ser peor pa’ ustedes, porque ustedes no tienen con qué defenderse. ¿Ustedes qué tienen?, un roceador con bicarbonato, y los pacos tienen gas pimienta. Es muy desigual”, agrega Paloma. 

“Yo personalmente no sé si vaya a cruzar de matar las lacris a pasar a la primera línea, porque es súper fuerte. Es guerrillero, es dar todo, poner el cuerpo… siento que como mujer ponemos el cuerpo de tantas formas. Escuchaba un relato de un cabro que decía que a él lo agarraron los pacos y al otro día no podía ni tocarse él mismo cuando se bañaba, y yo pensé eso nos ha pasado a nosotras toda la vida, algo nos pasa y nos da asco nuestro cuerpo porque siempre lo ponemos al frente. Si hubiera más mujeres en este lugar habría sororidad, sabríamos que hay otra al lado, y que podemos hacer lo que sea”, concluye Pascal.

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Sabía ud que... “SE VEÍA VENIR” NO ES UN PAJERO NARCISISTA. -------------------------------- Sabía ud que... A VECES CANTO ODAS, OTRAS VECES SOLO ALGUNOS MINUTOS. -------------------------------- Sabía ud que... LOS MÁS SUPERSTICIOSOS SON LOS CARPINTEROS PORQUE ESTÁN TODO EL DÍA TOCANDO MADERA. -------------------------------- Sabía ud que... LO QUE BUSCAS ESTÁ EN TI… O DEBAJO DE LA CAMA. -------------------------------- Sabía ud que... NO SOY NI DEL SEXO DÉBIL NI DEL SEXO FUERTE, SOY DEL “SEXO, POR FAVORCITO”. --------------------------------