Columna de Florencio Ceballos: La opinión atrincherada

Columna de Florencio Ceballos: La opinión atrincherada

“La revuelta permitió en la primavera de 2019, por unos pocos días, que en matinales, paneles y programas de debate político aparecieran dirigentes sociales, alcaldes de comunas populares, activistas , investigadores intentando dar pistas. Cuando la perplejidad aflojó, eso se acabó”.

El proceso constituyente que se avecina tiene por objeto comenzar a reparar la fractura en el pacto social que dejó expuesta la revuelta de octubre. La operación es abrumadora y un contexto de pandemia, crisis económica, agitación social, violencia callejera, brutalidad policial y deslegitimación transversal de la clase dirigente no lo hace más fácil.  

La revuelta impugnó un modelo -los arreglos transicionales que lo fundan, las instituciones que lo sostienen- e interpeló a aquellos que dentro de él tienen un acceso desproporcionado a recursos sociales como el dinero, el poder político, la justicia o la palabra en la esfera pública. Una clase y una élite que en Chile es particularmente homogénea, concentrada, y poco acostumbrada a ser interpelada. 

Para enfrentar el debate constituyente en condiciones de mínima horizontalidad (pues sin eso no se construyen pactos sociales legítimos),  una dimensión de esa exagerada  concentración del poder que las elites ostentan tiene que ceder. Me refiero al acceso desproporcionado a controlar los términos del debate en la esfera pública, las llaves de la polis. Puede sonar absurdo y extemporáneo acusar “control” de la palabra en tiempos en que proliferan medios alternativos y buena parte de  la discusión discurre lejos de la circunspección de los foros consagrados, en la virulencia de las redes sociales y sus cámaras de eco. Sin embargo, la concentración de la opinión y la palabra sí tiene efectos sobre cómo se configura el debate público, incluido el constitucional.

Las élites prefieren escucharse a sí mismas en las opiniones de sus ungidos, lo que algunos han denominado “élites mediáticas” -otros como Bourdieu los llamaron “doxósofos”- representantes de un rango “aceptable” de apertura, tolerancia y diálogo. Aquellos que en virtud de su capital mediático acumulado son capaces de pesar de manera sobredimensionada en la conversación en la polis. Columnistas dominicales, panelistas estables, periodistas comentaristas,  intelectuales públicos  y opinólogos de diversa laya que constituyen ese “elenco estable” se repite en los pocos programas televisivos y radiales, columnas, seminarios y cartas al Director  “que cuentan”.  De la misma forma se repite una cierta pertenencia biográfica, social, económica y de género del elenco en cuestión. 

“Ser parte de una élite mediática en Chile entrega capital  para dar forma y ocupar el debate público. Llegó la hora quizá de ponerlo de verdad a disposición de un diálogo en que no serán -por una vez- actores centrales, pero que pueden facilitar mucho”.

La crítica, si la hay, no es personal: hay entre ellos buenos y malos analistas, tipos divertidos y otros francamente áridos, algunos que señalan verdades dolorosas  otros, falsedades evidentes.  La crítica, si la hay, radica en que ese ensimismamiento en sus espacios de discusión exclusivos y excluyentes, constituye una limitante epistémica que reduce el rango de discursos y  explicaciones desde donde es posible conocer la(s) realidad(es). Y cuando eso pasa en contextos de agitación social -como les sucedió a las élites en Chile- la historia te toma por sorpresa. 

Sospecho que parte de ese aislamiento intelectual es correlato de otro geográfico, parte de un retiro del territorio, parapetado en los faldeos cordilleranos de Santiago de los que se sale por carreteras pagas sin pasar por la ciudad ni ver marginalidad. Eso que tras el plebiscito se fijó como “las tres comunas” y que siendo honestos habría que extender a un par más.

La revuelta permitió en la primavera de 2019, por unos pocos días,  que en matinales,  paneles y programas de debate político aparecieran dirigentes sociales, alcaldes de comunas populares, activistas , investigadores intentando dar pistas. Cuando la perplejidad aflojó, eso se acabó. Luego se publicaron libros  -algunos bastante apresurados, hay que reconocerlo-, se organizaron seminarios, corrieron ríos de bits. Pero poco y nada se incorporó a la mesa a esas otras voces, miradas y orígenes. El elenco se mantuvo, se volvió a la comodidad  de las certezas,  las voces conocidas, los disensos cordiales. La opinión pública volvió a ser la opinión publicada. 

Ante el desconcierto se impuso en esta élite -con contadas excepciones-  un impulso normativo. Se renunció a entender el malestar, la violencia y la desconfianza. Se prefirió decodificar esto como una polarización “política” y preocuparse de las escaramuzas electorales de los partidos (sobre todo de lo que suele llamar “extrema izquierda”) y la cultura de la funa (que en lo personal desprecio). Prefirió recurrir a miedos atávicos -el comunista, el lumpen, el etnoterrorista-  y  exigir la condena a la violencia como si fuera un hechizo para devolver el tiempo. Llamó insistentemente al diálogo y se inventó sus propios dialogantes de camisa blanca, pero no dialogó con “los otros”, los alienígenas. Se hizo como si la  bronca silenciada por la pandemia hubiese simplemente desaparecido. 

Nada de esto es una buena forma de iniciar un debate constitucional  necesario y urgente que tendrá consecuencias profundas. Se requiere, sobre todo de las élites,  una disposición actitudinal distinta. Aceptar esa interpelación, reconocer los orígenes de su miopía, esa condición que no permite distinguir objetos a distancia, ni verlos venir. Hasta que estallan en la cara. 

En vistas a lo que se viene, se me ocurre que una disposición diferente de esas élites mediáticas  puede ayudar a romper esa miopía epistémica. 

Se trata, al menos por un tiempo, de reemplazar la opinión sentenciosa por la escucha humilde.  No es casual que las miradas más lúcidas sobre la revuelta sean las de investigadores -pienso por ejemplo en los sociólogos Katya Araujo o Manuel Canales-  que han dedicado un tiempo inestimable a recuperar,  escuchar y dar sentido explicativo a lo micro, las voces de los no escuchados, sus  problemas, resentimientos y broncas cocinadas a fuego lento.  

Parte de esas voces -miles de ellas, de hecho-  y sus aspiraciones ya están reflejadas desde los lejanos Encuentros Locales Autoconvocados de 2017 hasta la proliferación de cabildos post  18-O.  Otras acompañarán el proceso que venga. Reflejan un ejercicio ciudadano -insuficiente, por cierto- que esa élite debiese mirar con más curiosidad que desdén. 

“Se requiere, sobre todo de las élites,  una disposición actitudinal distinta. Aceptar esa interpelación, reconocer los orígenes de su miopía, esa condición que no permite distinguir objetos a distancia, ni verlos venir. Hasta que estallan en la cara”.

Ser parte de una élite mediática en Chile entrega capital  para dar forma y ocupar el debate público. Llegó la hora quizá de ponerlo de verdad a disposición de un diálogo en que no serán -por una vez- actores centrales, pero que pueden facilitar mucho.  Juan Pablo Luna ha llamado a eso “poner la mesa”. Lo entiendo como no intentar monopolizar el debate ni dictar sus términos. Tampoco autocondenarse al ostracismo (¡sí, pueden ser precandidatos por el distrito 10 u 11! ). Más bien abrir de buena fe esos espacios (paneles, foros, entrevistas, columnas, programas políticos) a una conversación de verdad, sustantiva, fuera de los límites de su zona de confort. Sentar con dignidad a la mesa a interlocutores que rara vez se sentaron allí, canalizar el debate, facilitar evidencia técnica. No es imposible, muchas organizaciones, de sectores diversos, lo han venido haciendo desde octubre.

La fractura que Chile necesita sanar no se resuelve sólo en un ejercicio constitucional. Eso es fundamental, pero no suficiente. Un verdadero ejercicio de refundación de un pacto social, con una perspectiva de 20 o 30 años, pasa también por los gestos casi cotidianos que ayuden a  definir nuevas formas normales de convivencia y maneras más justas de ejercer, compartir y perder poder, también el de la palabra.

*Florencio Ceballos es sociólogo, DEA en Ciencias de la Educación y Especialista Principal del Programa de Intercambio de Conocimiento e Innovación (KIX) de la Alianza Global para la Educación (GPE).   Reside en Canadá.  

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