Túnez 2011

Esta  semana, se cumplió una década desde que los tunecinos tumbaron una dictadura. Un aleteo de mariposa que se convirtió en huracán atravesando el Magreb, el Medio Oriente y el mundo. 

Mucho de lo que vivimos hoy -globalmente y en Chile- se preconfiguró y anunció ahí: las revueltas súbitas y sus efectos de contagio; la frustración juvenil devenida protesta callejera; el papel político de las redes sociales; la fragilidad de los pactos de élites excluyentes y esclerosadas. 

Lo que partió en Túnez como una escalada de desobediencia civil, en menos de un mes tenía al corruptísimo Zine El Abidine Ben Ali arriba de un avión con su parentela y su fortuna malhabida rumbo a Arabia Saudita para no volver. Luego vendría Egipto -la icónica plaza Tahrir-,  Libia, Siria, Jordania, Bahrein y Yemen, dejando dictadores derrocados, monarquías impugnadas,  guerras cruentas, o, en el mejor de los casos, transiciones democráticas fallidas. 

Fueron bautizadas por los creativos occidentales como “Primaveras Árabes”, algo que allá les molestaba sobremanera, entre otras cosas, porque era pleno invierno. En Túnez, sólo se la conoce con el nombre -mucho más bello- de  “Revolución del Jazmín”. 

El remezón se expandería luego por España, Estados Unidos, India, Israel, Senegal y Latinoamérica, inaugurando una década de movilizaciones sociales como no se veían desde los 60´. Chile, con el movimiento estudiantil, fue parte constitutiva de esa ola indignada.

Es difícil predecir la chispa que encenderá el pastizal (una brutalidad policial, un salto de torniquete, un martirio), pero no es difícil saber qué sucede cuando el pastizal está seco como yesca.

En el caso de Túnez, la chispa fue -en sentido figurado, literal y trágico- la autoinmolación frente al edificio del gobernador de una pequeña ciudad interior, de Mohamed Bouazizi, 24 años, un vendedor de fruta agobiado por las deudas, las coimas y los abusos. 

El pastizal seco estaba a la vista: una dictadura de 24 años; una economía deteriorada por la crisis del 2008; 40% de los jóvenes titulados de la universidad desempleados; sus familias endeudadas por pagar sus estudios. Mientras, no había negocio en Túnez, desde la importación de petróleo a la venta de dátiles en la calle, en que algún miembro del clan Ben Ali no se llevara una tajada. 

Cuando en mayo del 2011, visité Túnez por primera vez,  la revolución estaba fresca, todavía reverberaba. Recorrí la ciudad, fotografié muros y me fasciné con la elocuencia de los grafitis. Conversé con gente en la calle y los cafés. Todos tenían opinión, explicaciones, pronósticos.  Me reuní con activistas de DDHH, dirigentas feministas históricas, periodistas legendarios, sindicalistas, juristas islámicos moderados,  jóvenes blogueros/as influencers, fundadores de nuevos partidos liberales, y académicos/as afrancesados/as. Muchos se preparaban como candidatos para la elección de la asamblea constituyente que se elegiría en unos meses.

El levantamiento del mundo árabe fue por mucho tiempo etiquetado en occidente, siguiendo a analistas pasados de rosca y tecnogurúes de la costa Oeste que jamás pusieron un pie en la región, como una “revolución facebook”. Jóvenes auto-organizados a través de redes sociales, sin liderazgos identificables y ni militancias tradicionales. 

A los locales esa teoría les causaba gracia. Si bien eran todos asiduos a las redes sociales y reconocían que jugaron un rol catalizador indispensable para organizarse y correr la voz, no fue Facebook sino la coordinación de la central nacional de trabajadores UGTT, la cobertura de la cadena Al Jazeera,  las prédicas del viernes en la mezquita, lo que sacó gente a la calle, sin armas, y  tumbó a Ben Ali. 

La segunda vez que visité el país, en marzo del 2012, el ánimo era otro. A la elección se habían presentado 11.686 candidatos en 1.517 listas.  A los blogueras/os  e  independientes de nicho, les había ido pésimo: los llamaban ahora los zerovirgule (cerocoma), porque tuvieron cero coma algo por ciento de los votos. 

Había ganado Ennahda, el partido islámico moderado proscrito por Ben Ali, seguido por  cuatro formaciones de una centro izquierda secular casi tan dividida como indistinguible. Ennahda ahora  quería, con la fuerza de su 40%, incorporar la charia a la constitución y derogar derechos adquiridos por las mujeres, en el país menos desigual en materia de género en el mundo árabe. 

Algo de todo eso recordé, mientras veía en Chile inscribirse las listas de candidatos a constituyentes. 

El poder circulaba por otros lados, lejos del espíritu callejero de hace dos años,  cerca de los círculos tradicionales: Ennahda,  la UGTT, tecnócratas puestos por el FMI,  partidos centristas y aliados del ancien régime. Casi todos hombres de entre 40 y 80 años, de más está señalarlo. El mundo aplaudía al buen alumno de la clase, la historia con final feliz y Nobel de la Paz incluido. Había en ese mundo de élites políticas transicionales un cierto desplante de concertacionista noventero, sin las tasas de crecimiento económico. 

La tercera vez que volví a Túnez, a mediados del 2014, las redes de la “revolución facebook” se habían convertido en un sumidero de troleo, incitación al odio y reclutamiento salafista. La Constitución seguía enredada en la asamblea, transformada ya en una casa de intrigas y escaramuzas. El país lo manejaba un “Gobierno Tecnocrático” (sic), visado por los organismos internacionales. El dinar seguía devaluándose, y el turismo -otrora la principal industria y fuente de divisas- destruido a punta de salafistas jihaidistas volándose en pedazos en los resorts del Mediterráneo.  

“En las conversaciones lo que escuchaba era puro desgano y frustración de quien convive a diario con una economía empobrecida  y una política esclerosada. Eso era más fuerte y más presente que cualquier entusiasmo constitucional”. 

Para mi cuarta y última visita, a principios del 2015, la Constitución venía de ser aprobada, tras una acuerdo in extremis entre Ennahda y las agrupaciones seculares. Se había adoptado un parlamentarismo atenuado y se habían hecho ciertas concesiones en cuanto al carácter islámico de la nación a cambio de una clara adscripción a valores republicanos, las libertades individuales y el respeto de los DDHH. 

Los movimientos feministas habían hecho su pega: la protección de derechos adquiridos, la condena a la violencia de género y la paridad en representantes (listas cebra) estaban en la Constitución. Los tunecinos se declaraban, en general, satisfechos con el texto. Sin embargo, en las conversaciones lo que escuchaba era puro desgano y frustración de quien convive a diario con una economía empobrecida  y una política esclerosada. Eso era más fuerte y más presente que cualquier entusiasmo constitucional. 

Esta semana, coincidiendo con las conmemoraciones de la revolución, el umbral de 200.00 infectados Covid y las presiones del FMI por nuevas medidas de austeridad, masivas movilizaciones juveniles -y enfrentamientos con la policía- han vuelto a aparecer en más de una docena de ciudades. Se pide -nuevamente- trabajo, dignidad y la salida de quienes gobiernan. 

No existe inevitabilidad en esta historia tunecina, no hay equivalencias fáciles, ni trayectorias predestinadas, ni lecciones mecánicas que sacar. Cada pueblo escribe su destino -cuando lo dejan- y en general, para bien o para mal, lo hace sin mirar demasiado por el espejo retrovisor. Pero aún así creo que es posible  reconocer en la década de Túnez ciertas pistas, puntos de referencia, historias que “no se repiten pero riman” como decía Twain,  y que pueden servir para imaginar luces y sombras de un Chile que viene y que todavía cuesta pensar.

*Florencio Ceballos es sociólogo, DEA en Ciencias de la Educación y Especialista Principal del Programa de Intercambio de Conocimiento e Innovación (KIX) de la Alianza Global para la Educación (GPE).   Reside en Canadá.  

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