Ambulancias voladoras: La hazaña del SAMU a 5 mil pies de altura durante la pandemia

El colapso del sistema hospitalario con el aumento de casos críticos y la escasez de camas UCI disponibles obligó la gente del SAMU Metropolitano a tener que usar aviones para trasladar enfermos de extrema complejidad por distintas regiones de Chile. Desde hace 10 meses duermen entre 4 a 5 horas por día y se han convertido en un verdadero salvavidas. Han trasladado a más de 170 pacientes conectados a respiradores artificiales en una hazaña médica sin precedentes. El grupo se llama EVACAM y en pleno anonimato, mantiene la esperanza de centenas de familias que quedan en vilo y a centenas de kilómetros, rogando por la recuperación de sus seres queridos.

El último año la vida se les ha pasado volando. El equipo especializado de Evacuación Aeromédica –“EVACAM”- perteneciente al SAMU Metropolitano prácticamente no ha tenido descanso desde la llegada del Covid-19 a Chile. 

“Buscamos darles a las personas la mejor oportunidad que puedan tener. Descongestionamos hospitales para que esas camas se vuelvan a usar de manera inmediata”, dice Víctor Aguilera (46), de profesión enfermero matrón, resucitador del SAMU y actual coordinador aéreo de este equipo que -hasta el momento de esta crónica- ha cruzado en 57 ocasiones los cielos de Chile en aeronaves de la FACH y Carabineros, trasladando a 174 pacientes que al momento del despegue se encontraban al borde de la muerte. 

Es el último martes de enero y vía telefónica contesta desde la oficina ubicada en dependencias de la Posta Central. Desde acá, un grupo de 15 profesionales de la salud se dirigirán, en un ritual que se repite hace meses, hacia el grupo de aviación N° 10 de la Fuerza Aérea para abordar un Lockheed Martin C-130H, el avión “Hércules”, con rumbo al aeropuerto de Temuco con el fin de trasladar a cuatro enfermos provenientes de la comuna de Padre de las Casas.

“Despegaremos hoy como a las 10:30 PM”, afirma. 

Liberar camas UCI para reubicar pacientes en otra región que tenga disponibilidad en sus hospitales es la tarea que el Ministerio de Salud le ha encomendado al SAMU Metropolitano. Una operación médica inédita en la historia clínica nacional, en un tiempo en que el Covid-19 ha provocado la muerte de cerca de 19 mil personas en Chile.

“EVACAM ha tenido un rol fundamental. Gracias a la labor de nuestros funcionarios, los pacientes que requieren cama UCI han podido tenerla y eso es sinónimo de vida”, declaraba en una ceremonia el Director (s) del SAMU, Rubén Carvacho. Motivos de orgullo no faltaban: la totalidad de los traslados se efectuaron de manera exitosa, sin contagios (recién el primer sábado de febrero serán vacunados) ni muertes de pacientes en vuelo. 

Previo a la pandemia, el grupo EVACAM funcionaba sólo para catástrofes puntuales como terremotos, volcanes o aluviones. Las “ambulancias voladoras” se llevaban a los heridos más graves a hospitales de otras zonas y sus equipos se disolvían tan pronto acababa la urgencia. Sin embargo, la aparición, permanencia y peligrosidad del contagio masivo del Covid-19 provocó que EVACAM se profesionalizara a través de un sistema de traslados aéreos en el que más de 180 trabajadores del SAMU Metropolitano –la mitad del total de su dotación- han podido participar y en coordinación con hospitales regionales en todo Chile.

Profesionalizándose sobre el aire

Los primeros traslados de pacientes críticos del 2020 fueron desde Santiago a ciudades como Concepción, Copiapó, Puerto Montt, Osorno, Valdivia, La Serena, Los Ángeles y Talca. Cuando el contagio en la capital bajó, los traslados fueron de Antofagasta a Santiago. Luego desde Punta Arenas a la Región Metropolitana y a contar de enero de este año, han tenido que atender requerimientos desde Antofagasta y Temuco. “Yo he estado en unos 20 vuelos… si acumulara millas, tendría para ir a Dubai ya”, cuenta Víctor sobre este periplo que casi no da tregua.

Ha sido todo un trabajo a pulso, han debido generar nuevos protocolos, estructurar las alianzas con las FFAA, crear estrategias con centros hospitalarios, y hacer contenidos propios para afrontar una situación nunca antes confrontada en el sistema de salud moderno. “Tuvimos que crear un curso para capacitar a nuestra gente para manejar equipos médicos diseñados para altura o en fisiología del vuelo” cuenta Víctor. Este último concepto se refiere a la especialidad de la medicina que estudia los problemas a los que se ve expuesto el cuerpo humano cuando está en el aire. 

El núcleo de EVACAM se cohesionó en los primeros vuelos del año pasado. Está compuesto por el doctor Julio Barreto, jefe de la unidad; Cristián Marambio, a cargo de la parte técnica; un conductor y un TENS encargados de la parte logística, además de Víctor Aguilera que coordina con los SAMUS regionales que prestan la cobertura en tierra con ambulancias y móviles. En su labor también está verificar que se cuenten con todos los equipos e insumos médicos necesarios y recluta al personal que volará del SAMU y de refuerzos externos que se han hecho necesarios ante la alta demanda de camas. “De todos los que hemos seleccionado, todos se han querido quedar”, revela.

Ambulancia alada

En aviones privados, helicópteros de guerra tipo Black Hawk o en el enorme Hércules, decenas de personas en coma inducido han viajado dormidas y aferrándose a la vida dentro de incubadoras plásticas. Son las cámaras de aislamiento y transporte ISOARK 36-6, que estaban en Chile desde el año 2010 cuando fueron adquiridas para ser usadas en caso de que el Ébola –enfermedad altamente mortal- arribase al país. La contingencia provocó que fueran recuperadas de las bodegas, preparadas para los vuelos y sumadas a dos más de fabricación nacional. Son doce en total.

Tener un cupo para irse en ellas no es fácil. Dentro de la extrema gravedad en que un paciente así se encuentra: en coma, sin posibilidad de respirar por sí mismo y alimentado vía sondas, debe estar “estable dentro de su gravedad”, como diría el clásico parte médico. Los hospitales regionales cuando completan su capacidad envían los requerimientos de espacio a la unidad centralizada de camas del Ministerio de Salud y desde ahí se decide quién y cuándo será trasladado. Por tierra o por aire. Como si fuera un Tetris de camas UCI en que las piezas deben ser movidas con precisión vital. 

La estrategia de EVACAM ha priorizado a quienes necesitan una máquina de circulación extracorpórea –enorme aparato que bombea sangre artificialmente-; pacientes un poco más estables que requieran cama UCI y a quienes requieran ventilación mecánica mucho más prolongada y que lleven más de un mes hospitalizados en cuidados intensivos. Toda la coordinación del traslado pende de un hilo y ese hilo es la salud del paciente. Si sus condiciones sanitarias se extreman, el viaje se cancela. 

Deben ser trasladados en las mismas condiciones que están en sus camas UCI, cuenta María José Jara (36), enfermera reanimadora del SAMU desde hace una década, madre de tres niños y que ha volado en cinco operativos: “La última vez fuimos con un técnico de Santiago y nos acoplamos con el equipo de reanimación avanzada de Antofagasta. En conjunto vamos a buscar al paciente, donde más menos nos demoramos dos horas en poder estabilizarlo, subirlo a la cápsula y sacarlo. Tienes que evaluar que el paciente esté en buenas condiciones para poder evacuar, además de revisar que tenga todos los requisitos que te piden de la FACH: infusiones, vías venosas permeables, presiones arteriales invasivos, catéteres venosos. Además de las condiciones hemodinámicas y ventilatorias del paciente para poder ser reubicado”.

Levantar y cambiar de posición a un enfermo desde su cama hasta la camilla es el momento más crítico del viaje, reafirma Roxana Cordovez (36), técnico en enfermería del SAMU Metropolitano: “Tenemos que desconectarlo del ventilador mecánico, de las bombas de infusión, del soporte que lo mantiene con vida, entonces estos pacientes están tan débiles y dependen tanto de las máquinas que el hecho de movilizarlos implica un riesgo súper alto”.

Un “traslado normal” con cuatro pacientes a bordo de un Hércules se inicia a las 8 de la mañana y puede terminar, como mínimo, a la medianoche. Los profesionales de la salud deben enfundar sus cuerpos en plástico para prevenir contagios: usan buzo de protección, doble guantes, cubre calzado, mascarilla, antiparras y tapones auditivos para soportar el ruido provocado por los cuatro motores del avión de la FACH. 

Durante el traslado no pueden ir al baño, beber líquidos o comer. Roxana Cordovez, con una decena de vuelos de experiencia, explica: “Para que la gente se haga una idea, es básicamente subirte en la parte de atrás de un camión de carga cerrado. El Hércules tiene unas ventanas que son mínimas, no se ve nada para afuera, funciona la calefacción o muy alta o muy baja. Vamos sentados en unas literas armables y nos tenemos que afirmar con arnés, tal cual como se muestra que los soldados van a la guerra y se tienen que tirar. Así es el Hércules por dentro. No es un viaje cómodo”. Un vuelo Santiago-Punta Arenas-Santiago puede llevar casi 10 horas.

Hoy por ti, mañana por mí

El itinerario lo saben solo con un día de anticipación. “Antes de que nos subamos a los móviles para ir a la loza, Víctor Aguilera o el doctor Barreto dan una charla motivacional. Nos animan y agradecen lo que estamos haciendo. No a todos les gusta hacer esta evacuación médica, porque nos podemos contagiar o se puede caer el avión”, revela con honestidad María José Jara.

Roxana Cordovez

Aunque no han tenido mayores peligros, el Hércules se mueve bastante con los cambios de presiones de aire. El mal tiempo se siente más fuerte a bordo del avión militar y los despegues-aterrizajes son rudos. Los pacientes sedados no lo sienten. Sus cámaras de aislamiento –que están cerradas hasta llegar a la UCI del hospital de destino- van firmemente sujetas al piso ya que cualquier movimiento brusco puede generar una complicación, además de estar constantemente monitorizados por equipos electrónicos y a la vista de tres o cuatro profesionales del SAMU, además de personal médico de la FACH.

Por lo general, cuenta Roxana Cordovez, quedan frente a frente con el rostro de los pacientes: “Es duro verlos en esas condiciones. Uno igual piensa: hoy día estoy yo acá sentada cuidando a esta persona, pero quizá mañana me puedan estar trasladando a mí. Nadie sabe si nos vamos a contagiar y o que no será algo grave. Ahora todos sabemos lo que es el Covid, todos saben cuánta gente muere a diario. Pero aun así considero que no hay consciencia y eso es súper lamentable”. 

Pero la vocación prima. “Piensas que detrás de ese paciente hay una familia esperanzada, que con lo que tú estás haciendo le estás dando una oportunidad de vida. Tienes que sacar a ese paciente lo mejor posible para que llegue lo mejor posible, para que se recupere y pueda volver a su casa y puedan abrazarlo”, reflexiona la enfermera María José Rivas.

Al coordinador Víctor Aguilera se le aprieta el corazón de no poder hacer más trasladados diarios o aviones para enfrentar una contingencia que los rebasa: “No se me olvida la imagen de un paciente de Santiago. Afuera estaba la familia, en la puerta del hospital. La hija en el piso llorando y uno tratando de explicarle que era lo mejor que le podía suceder. Que lo llevábamos lejos no para morir, sino que a darle una oportunidad. Esas cosas te marcan”.

Los traslados continúan. Los funcionarios de EVACAM no saben cuándo podrán descansar y volver a sus labores clásicas en las ambulancias del SAMU Metropolitano. Este tiempo ha tenido costos personales. Víctor cuenta que no ha visto a su madre en más de un año por temor a contagiarla y siente que a sus hijas, de 13 y 16 años, han quedado un poco huérfanas. María José dice que su hijo le pregunta por qué trabaja tanto. Roxana revela lo doloroso que resulta volver a casa luego de los turnos. Su hija pequeña le dice que espera que se acabe el Covid luego para que se quede más con ella: “Ojalá cuando sea más grande entienda que su mamá estuvo ayudando a otras personas y no que la abandoné”. 

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