Ilustración de Patricio Vera

Constanza Michelson, sicoanalista: “No basta una revolución sexual”

Escritora y psicoanalista, habla de sus inicios cuando sólo la etiquetaban de “sexóloga”. Ahora, con una reconocida trayectoria, señala la importancia de abordar el feminismo como un tema plural y no sólo cultural y sexual. “El feminismo no es sólo una suma de derechos, es imperativo interrogar la economía política”, remarca.

Ha escrito decenas de columnas sobre el amor, la líbido, la salud mental, el insomnio, el deseo, el estallido social, la incertidumbre, la violencia, el feminismo, la muerte, la vejez. Constanza Michelson (42), sicóloga y sicoanalista, es además autora de varios libros, como Cincuenta sombras de Freud y Hasta que valga la pena vivir

“Cuando comencé a escribir tenía un blog y después trabajé en un podcast. Y lo cierto es que siempre quise escribir, pero no me pescaban”, recuerda. Hoy, con los años, se ha convertido en una columnista influyente. 

“Siempre que me entrevistaban en los medios, me etiquetaban como ‘sexóloga’. Y yo insistía: soy sicoanalista, no sexóloga. Pero no les importaba, siempre colocaban: sexóloga. Por esos años, para entrar en los medios, debía ser esa sexóloga un poco divertida, pero no estaba la disponibilidad para desarrollar una labor de ensayista. Predominaba el estereotipo de revista femenina, donde una mujer profesional solo podía escribir de amor y de sexo”, comenta sobre sus inicios. “Y recuerdo: quien no me trató como sexóloga fue la Andrea Moletto (ex editora The Clinic), quien me permitió que escribiera sobre lo que me interesaba, que era sobre los cruces entre psicoanálisis y política”.   

Constanza Michelson – Crédito: Mónica Molina

-Mirando las condiciones de las mujeres hoy y haciendo una reflexión histórica, ¿qué han ganado? 

-La revolución de las mujeres, una de las más largas, es porque no sólo abarca aspectos sexuales, sino también culturales, políticos y económicos. No basta una revolución sexual. ¿Y por qué? Porque mujer no es lo opuesto a hombre. Hombre con mayúscula, es el lugar de lo universal, desde ahí ha estado escrita y diseñada la cultura, por lo tanto, mujer, no es lo opuesto con mayúscula, sino es lo diverso. Por eso la reivindicación de las mujeres siempre viene acompañada de otras reivindicaciones: disidencias sexuales, étnicas, que son todos los otros grupos que no están en el universal.     

-¿Y qué han perdido?,  ¿qué queda pendiente?

-En cada ola van quedando algunas cosas. Por ejemplo, en la liberación sexual de los 60, en la medida que no existían otros cambios políticos, esa dimensión se acopla a otra revolución, que fue la del neoliberalismo. Es como si hubiese sido una trampa, parte de la liberación sexual de las mujeres se reduce también a la mercantilización del sexo. Y la siguiente ola feminista, se revisa, se interroga y se cuestiona. Pero, si hay un punto cero, en la revolución de las mujeres, según Silvia Federici, y yo concuerdo con ella, es la economía. El feminismo no es sólo sumar derechos a lo que ya hay, sino que es tan profundo que implica cuestionar la jerarquía que existe entre los modos de producción, entre el trabajo productivo y reproductivo. Si algo de eso no cambia, siempre volvemos al punto cero. Esto se vio en la pandemia que, a pesar de estar en una ola feminista, las mujeres retrocedieron décadas con respecto a su participación laboral. 

-Tras el #MeToo y las marchas de los movimientos feministas, ¿cómo ves el futuro del feminismo frente a sus objetivos? 

-Con cada ola vuelven reivindicaciones pendientes y también se producen correcciones. Tras la liberación sexual de los 60, una cosa es liberarse, pero esto es lo mismo que el modelo económico, de qué libertad hablamos, si no hay condiciones de igualdad. Una liberación sexual puede ser una trampa en la medida que en el terreno que se realiza es sexista y sigue siendo machista. Yo siempre digo, en broma y en serio, fuimos libres para administrar el culo pagando nosotras la silicona en cómodas cuotas. ¿Esa es la liberación? Por eso los objetivos del feminismo no son uno solo: es un tema cultural, sexual, político y también económico. Por eso el feminismo fue un preludio del estallido social, porque está cuestionando lo mismo, la base del modelo económico.  

“El feminismo no es sólo sumar derechos a lo que ya hay, sino que es tan profundo que implica cuestionar la jerarquía que existe entre los modos de producción, entre el trabajo productivo y reproductivo. Si algo de eso no cambia, siempre volvemos al punto cero. Esto se vio en la pandemia que, a pesar de estar en una ola feminista, las mujeres retrocedieron décadas con respecto a su participación laboral”.

-¿Y qué otros factores impedirían que las mujeres alcancen empoderamientos concretos en diferentes áreas de la sociedad? 

-Las mujeres son muy potentes. Ahora, la palabra empoderamiento me complica, que viene del ámbito social y que luego lo toma el campo de la administración, que es convertir a las mujeres en un líder hijo de puta. Claro, las mujeres también tenemos derecho a convertirnos en hijas de puta, pero lo que quiero decir que en la idea del empoderamiento hay algo tramposo, que es transformarnos en otra cosa. Esto es distinto a mirar cual es la potencia que tienen las mujeres. Y esto tiene que ver con los modos de producción, acá citó a Hannah Arendt, quien decía que la felicidad es pública, las personas hacemos mundo en la medida que estamos con otros. Pero, el problema, es que lo doméstico ha sido relegado a un lugar silencioso sin ningún tipo de incidencia en la política. Y esto tiene consecuencias, el uso de sicofármacos en las mujeres es mucho mayor. La vida doméstica quedó fuera de mundo y eso hay que politizarlo. 

-¿Cómo ha cambiado la autoestima de las mujeres y la sexualidad, en relación con su cuerpo ante los estereotipos impuestos por el consumo?  

-Reprimir no es el único modo de control. Si bien es cierto que ya no se reprime a las mujeres sexualmente, quedan en la cultura, igualmente, resabios represivos. Sin embargo, desde la revolución de los 60, comienzan a existir otros modos de control. Por ejemplo, la imposición visual, que es una industria muy poderosa de cómo tienen que ser los cuerpos. Ocurrió, en los 60, una liberación sexual, pero después, en los 80 y 90, las mujeres estaban llenas de plástico. El cuerpo como un lugar de consumo. Y esto es muy fuerte y todavía existe. Es cosa de ver las redes sociales, donde el capital sexual de una mujer se invierte para ser consumido por otro. Ahora, en la medida que tú seas un consumidor, no se reprime nada. En los últimos años ha tomado fuerza una interrupción de la visualidad estereotipada, aparecen otros cuerpos, se corre el ojo, cuestión que ha sido muy interesante. La estética es también un campo de disputa ética.    

-¿Qué esperas del futuro de las mujeres en Chile?

-Espero que el feminismo empuje otras maneras de conocimiento y que así se entienda que el feminismo no es sólo un asunto de las mujeres, ya que su disputa es contra un régimen machista, no contra los hombres. Es problemático cuando el feminismo queda relegado sólo a temas culturales, y no se avanza en lo económico y lo doméstico. Por eso debe ser revolucionario. El feminismo no es sólo una suma de derechos, es imperativo interrogar la economía política.   

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