Columna de Constanza Michelson: Asfixia

Si estos días hay una atmósfera algo desesperante es justamente por el aplastamiento de lo igual: una situación sanitaria sin horizonte que nos vuelve a encerrar y, por otra parte, la estridencia política que en estos días también ha estado falta de aire de futuro.

La asfixia se puede pensar como un problema de distancia.

Elias Canetti escribió: cogí el siglo por la garganta. Se refería al gas, invento con el que su siglo inauguró un modo de exterminio inédito, atacar la atmósfera que hace posible la vida. Pero la atmósfera no es sólo el aire, el tiempo de Canetti fue también el del golpe al lenguaje. El totalitarismo no sólo tensiona el lenguaje con la mentira institucionalizada, sino que lo arruina. La mayor ferocidad del lenguaje, incluso más que el grito del tirano que se ubica por sobre la lengua compartida, es el lenguaje que no dice nada, que no hace mundo, sino que destruye la existencia; un ejemplo paradigmático quizá sea la práctica de las cuentas en los centros de prisioneros, como una repetición mortífera y anónima que despoja de humanidad tanto al que cuenta, como al que es contado.

Si bien nuestro mundo no es el de Canetti, creo que en el siglo XXI somos cogidos por la garganta. Por cierto, enfrentamos la amenaza climática, pero también hay una asfixia producto de una atmósfera cuya cualidad es la viscosidad. La cultura tardocapitalista ha implicado una expansión desde el punto de vista del dominio técnico, pero a la vez un estrechamiento de la experiencia: la velocidad y la fe en la novedad lleva a una pérdida de densidad histórica, que convierte al tiempo en instantes sucesivos difíciles de hilar, pero sobre todo de habitar. Y es que lo que en el nihilismo se corta -si estamos de acuerdo en que es la atmósfera que nos toca como época- es el hilo. Para algunos más que para otros, la existencia se parece a eslabones sueltos sin continuidad.

Una noticia puede ser absolutamente importante y medio día después es olvidada en otro trending topic, como si cada instante fuese un mundo encerrado en sí mismo. La actualidad se ha vuelto dogmática, aplastante. Pero a pesar de la velocidad de todo, pensar, entre otras cosas, requiere tiempo; de otro modo la opinión se torna más parecida a un corto circuito, y no se logra distinguir lo banal de lo importante. Pensamos que el nihilismo es vacío, pero también es algo colmado de sentido, tanto, que paradójicamente lleva a perder la distancia necesaria para afirmarse en sentidos con mayor espesor. La actualidad se puede volver una forma de ser, en que se llena con prisa el tiempo que de otro modo ya no se soporta. La duda, la pregunta, la espera se traducen como ansiedad, aburrimiento o depresión.

Incluso las cosas que vienen a salvarnos del hastío y los problemas, ellas mismas si pasan por la licuadora implacable de los lenguajes de la época, se transforman en cosas que cierran, se vuelven un poco productos, un poco ideas gruesas, un poco como palabras que caen como piedras. Pasa con lo que llamamos salud mental, que, si soy franca, muchas veces se convierte en una palabra burocrática y desmoralizante, o bien, en una mercancía que se vende como estilo de vida. Al Alvarez cuando escribió sobre su intento de suicidio, dijo algo inquietante. Tras la decepción de no encontrar ninguna respuesta en su acto, salvo quedar por un tiempo con un hoyo en la cabeza, pensó que quizá esa expectativa era producto de estar demasiado tomado por una lengua norteamericanizada. Y hasta cierto punto, creo que tiene razón, que la vida interior, cada vez más exterior, está colonizada por la cultura que hace de la vida una especie de elección de supermercado. 

“Una noticia puede ser absolutamente importante y medio día después es olvidada en otro trending topic, como si cada instante fuese un mundo encerrado en sí mismo. La actualidad se ha vuelto dogmática, aplastante”.

Me pregunto si no ocurre algo parecido en la política. Si bien, creo que hay un acuerdo bastante transversal en el deseo de comenzar una nueva etapa política, la forma de enunciar la “nueva política”, tal como la salud mental, puede volverse asfixiante justo ahí donde pretende abrir algo. Quizá eso pueda explicar que tantas personas hayan participado en la votación por el Apruebo, no así en esta última de gobernadores. Las ideas nuevas pueden quedar atrapadas en algo nada nuevo, la pasión por el Uno identitario, asunto muy propio de la época. Si bien ya no son tiempos del Uno universal que organizaba a las ideologías, hoy hay una pulverización en múltiples Unos parciales, que encierran y no hacen mundo.

Es como si los asuntos no se pudieran abordar como algo que va de A a B o a C, sino que se dice: las cosas son A, B o C. ¿De dónde eres tú? Las ideas más novedosas se vuelven cosas fijas y filosas, no vaya a ser que no califiques para entrar. Lo que ocurre con la cristalización de las ideas es que éstas se estancan y obturan la distancia que otorga esa resistencia llamada interioridad. La falta de distancia consigo mismo, no sólo es la definición clínica de la locura (creerse Napoleón es tan grave como la certeza absoluta de creerse cualquier otra cosa), sino que nos deja esclavizados a las emociones instantáneas. Sin interioridad, quedamos sin reverso, sin sombra, atados a lo más triste de nuestra materialidad; quizá la escena de la influencer vomitando que circuló estos días es un caso muy extremo, pero lo cierto, es que el cuerpo es vivido por muchos de manera descarnada.

“Me pregunto si no ocurre algo parecido en la política. Si bien, creo que hay un acuerdo bastante transversal en el deseo de comenzar una nueva etapa política, la forma de enunciar la “nueva política”, tal como la salud mental, puede volverse asfixiante justo ahí donde pretende abrir algo”.

Arendt decía que al totalitarismo no había que pensarlo sólo bajo las formas que tomó en el siglo XX, sino que uno de los rasgos que lo caracteriza es la soledad organizada, es decir la destrucción de mundo. Para que haya mundo hay una condición esencial, que exista el Dos, es decir, la diferencia. El Dos puede operar incluso cuando estamos a solas, puede expresarse como aquello que nos hace pregunta. Si estos días hay una atmósfera algo desesperante es justamente por el aplastamiento de lo igual: una situación sanitaria sin horizonte que nos vuelve a encerrar y, por otra parte, la estridencia política que en estos días también ha estado falta de aire de futuro. O bien, el futuro hoy, antes que un más allá, se vuelve, como ocurre con los fantasmas en las casas ocupadas, demasiado acá: un más allá que no trasciende de la vuelta a la manzana.

Nos asfixia tanto el virus como la distancia social, que me parece que más que distancia, implica justo lo contrario: la ausencia de distancia psicológica a falta de mundo. Pero este problema es previo a la cuarentena, aún cuando ésta la haga más evidente; como dice Luciano Lutereau, cada vez con mayor frecuencia la toma de la palabra pública se hace con locura. Y la locura hace masa (un gran Uno) no lazo social (el Dos).

Los discursos se pueden volver locos, ya sea porque comienzan a no decir nada, por repetitivos, por anónimos, despojan lo que hay de sujeto en el lenguaje, y expresan el nihilismo bajo la forma de no creer en lo que se dice; quizá la “vieja política” pudo volverse algo así. Pero también el lenguaje se desquicia cuando se dice infatuado, sin distancia consigo mismo, y expresa el nihilismo bajo la forma de creer sin ninguna duda; tal vez lo que le ocurre a parte de la “nueva política”.

“Si estos días hay una atmósfera algo desesperante es justamente por el aplastamiento de lo igual: una situación sanitaria sin horizonte que nos vuelve a encerrar y, por otra parte, la estridencia política que en estos días también ha estado falta de aire de futuro. O bien, el futuro hoy, antes que un más allá, se vuelve, como ocurre con los fantasmas en las casas ocupadas, demasiado acá: un más allá que no trasciende de la vuelta a la manzana”.

Creo que política, tanto como “salud mental”, para ser realmente política y dar lugar a lo “mental”, deben resistir y oponerse a los discursos que toman formas invasivas y locas, que alimentan el totalitarismo mental; incluso cuando provengan desde sus propias disciplinas. Quizá una política de salud mental sea garantizar el aire, la distancia psicológica para encontrar proximidad con las cosas. Puesto que lo próximo requiere del respeto a su diferencia; una justa distancia con el otro, incluso consigo mismo podría ser el mejor consejo para el amor propio, tanto como para el amor al mundo.  Quizá sean la misma cosa.

*Constanza Michelson es psicoanalista y escritora. Su último libro es “Hasta que valga la pena vivir”.

Comentarios
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